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Vicaría      de Pastoral

El Espíritu y la Carne

Pbro. Eduardo Lozano


La vida de todos los días


Es un hecho cotidiano que el padre y la madre de familia se preocupen por la vida, el crecimiento y la educación de sus hijos. Sabemos que el fruto del trabajo, las atenciones domésticas, la preocupación por el desempeño escolar, la procuración de la salud de los hijos… son algunos caminos para resolver la gran responsabilidad de ser papá o mamá.

Y parecería que todo se queda ahí: en dar las cosas materiales suficientes para que los hijos sean felices. He oído con frecuencia que buscamos ofrecerles lo que nosotros no pudimos tener en nuestra infancia y entonces los llenamos de juguetes sofisticados, de comida a toda hora, de golosinas a placer, de antojos domingueros, así como de escuelas de paga, de ropa, y de todo tipo de superficialidades que les alegran pasajeramente.

Les damos una niñez "feliz" a costa de un futuro incierto. Se nos olvida que los hijos tienen otro tipo de necesidades que no siempre son satisfechas, tal vez porque nosotros mismos, como adultos, ya no las sentimos.


Atendemos la carne, pero se nos olvida el espíritu


Los hijos tienen necesidad de sentirse queridos, aceptados, valorados. Tienen necesidad de estabilidad emocional y afectiva, de ejemplo y testimonio, de orientación y consejo.

Muy bien que alimentemos su cuerpo; qué mal que descuidamos su espíritu. Atenderlos en esa dimensión, que no es visible directamente, nos cuesta trabajo por falta de experiencia propia, es decir, porque tampoco hemos procurado nuestro crecimiento interior. ¿Quién dedica una parte de su semana a reflexionar sobre los valores morales, familiares o religiosos? ¿Quién tiene un tiempo dedicado al diálogo serio y meditado sobre el cariño y el afecto, la reconciliación, la fraternidad, la fidelidad, el amor a la verdad, el cumplimiento de la palabra dada?


Crecimos según la carne y estamos enanos en el espíritu


Como conclusión de la Pascua, celebramos el día de Pentecostés, cuando Jesucristo envió al Espíritu Santo sobre los apóstoles reunidos en oración junto con la virgen maría. Es una celebración que nos enseña cómo Jesús quiso enriquecer a su Iglesia naciente con el Espíritu Divino. Jesús no quiso que la comunidad de los creyentes fuera una sociedad humana sin más. No vino a fundar ni un club, ni un partido político, ni una organización social, ni una institución de asistencia pública. No quiso una estructura meramente humana, de carne, para comunicar su redención a todos los hombres. Quiso que la Iglesia estuviera llena del Espíritu desde su origen mismo. El Espíritu, dijo Jesús, es el que da vida. Y lo necesitamos con más urgencia en cuanto que la carne más nos agobia con sus caprichos y gustos. Necesitamos el Espíritu para que haga crecer nuestro corazón, para que renueve nuestro interior. Necesitamos del Espíritu Santo para que transforme la faz de la tierra. Somos, en efecto, como niños en la fe y corremos el riesgo de crecer en lo pasajero y olvidarnos de lo fundamental.


Es necesario hacer mucho más


¿Bastará con ir al templo y hacer una oración individual? ¿Será suficiente que nos aparezcamos en la misa sólo en el aniversario o con ocasión del fallecimiento del familiar? ¿Estaremos viviendo y creciendo según el Espíritu cuando el único interés es quedar bien con el santo de nuestra devoción? ¿Nos conformaremos con ser católicos de agua bendita y miércoles de ceniza?

Las palabras que he escrito pueden ser agresivas y a más de uno le dolerán. Pero sigo pensando que todo crecimiento supone una fatiga, un dolor, un despertar a nuevas realidades. La carne la tenemos alimentada. El espíritu anda desnutrido. No descuidemos lo material: es necesario. Pero atendamos a lo espiritual, que a fin de cuentas es lo que nos garantiza el crecimiento ante Dios. Jesús nos envió su Espíritu, porque sabía que la carne no era suficiente.

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