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Vicaría      de Pastoral

El Crimen
y El Sacerdote

P. Eduardo Lozano Juárez

Parecería que me voy a dedicar a comentar la película que ha causado tanto revuelo en los medios de comunicación que son asíííííííííí de escandalosos. No. Más bien quiero referirme a aquel crimen que terminó por llevar al patíbulo a un compatriota nuestro en Texas, en agosto pasado.

Y sin detenerme en los nombres y en los detalles, lo que pretendo es volver a recalcar que los crímenes son responsabilidad humana. Se dijo que el condenado a muerte fue asesino confeso y eso puso una nota especial al caso: reconoció su falta; es más: pidió perdón. Lo que casi nunca decimos es que es tarea de la sociedad hacer que sus miembros vivan según el bien común, sobre todo cuando se autocalifica de civilizada. Es lo que nuestros vecinos del norte no han aprendido y todo parece indicar que tardarán en lograrlo.

¿No será un crimen mayor al de aquel paisano, el que la sociedad estadounidense viva ya en una dependencia ambiental de drogas, en un aire de inseguridad y defensa antiterrorista, que vivan sujetos a una ley que termina por someter los valores más elementales del espíritu humano?

¿No será un crimen mayor que matar un policía, el que su mismo sistema de seguridad tenga que condenar a muerte a quien puede rehabilitarse, sobre todo cuando hay arrepentimiento explícito?

La Sociedad Estadounidense ha cometido un Crimen (así, con mayúscula): se ha constituido dueña de una decisión que sólo le pertenece a Dios. Y este crimen ni es nuevo ni exclusivo. Aquí todo régimen dictatorial lleva, casi por definición, puntos ganados desde su inicio. Pero no vayamos lejos. Tendremos que poner nuestros trapitos al sol porque hasta en propia casa atentamos contra la vida.

Pero el al asunto del título de este artículo no queda ahí. Hablé del Sacerdote: es la segunda parte de mi reflexión.

Y es que junto a aquél condenado estuvo un cura para acompañarlo en un proceso crucial: prepararse para una muerte anunciada. En efecto, los curas aparecemos en momentos-clave: para bien nacer, bien casarse y bien morir. Si acaso nuestra sombra clerical se deja ver en otras ocasiones, es probable que no salgamos bien librados: nos tachan de amigos de ricos, de soliviantadores de pobres, de confesores de políticos y encubridores de narcos, que debajo de la sotana llevamos un fusil.

Los curas llevamos el estigma de ser bocado común: se dice que engatusamos viudas, que manejamos a la clase dirigente, que somos los intelectuales detrás de luchas populares, que somos gente culta, que extorsionamos en nombre de Dios, que somos pederastas, amargados, corajudos, que la gente ya no confía en nosotros, que predicamos el celibato y que tenemos hijos a escondidas, que tenemos intereses políticos... ¡uf! ¡Qué no se dice de los sacerdotes!

Lo que casi nunca sale a la luz es que nuestro ideal es dedicar la vida al servicio, que nos esforzamos llevando la cultura a marginados, promoviendo a desprotegidos, que luchamos por evitar distinciones en nuestro quehacer, que lo mismo asistimos al enfermo pobre que al rico, que llegamos con la misericordia de Dios antes que con la justicia humana, que nuestras noches de sueño amanecen en un espíritu de renovado servicio... Bueno, no quiero hacer una apología que autosatisfaga al clero (y yo soy parte). Lo que pretendo es subrayar que los sacerdotes somos de carne y hueso, y no cabemos en una producción cinematográfica; que estamos más allá de la ficción y que para poder entendernos es preciso meterse un poco, al menos, en nuestros zapatos. Un cura estuvo cerca de aquél condenado. Eso sobresalió poco y qué bueno: no somos materia de película por la misión que tenemos, sino por la fragilidad de nuestra humanidad. Ese es nuestro mayor crimen: ser seres humanos.

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