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Vicaría      de Pastoral

Enviados
      como corderos...

Alejandra Ma. Sosa

El otro día conversaban varias personas acerca de las razones que las habían llevado a dejar de prestar el servicio que antes daban dentro de la Iglesia, y la mayoría coincidió en una misma razón: que habían dejado todo porque no aguantaron a algún compañero con el que tuvieron roces, y ya no les gustó el 'ambiente'.

Es muy común -y no por ello menos lamentable- que personas que se han preparado durante meses -o años- para ejercer algún ministerio en la parroquia, lo abandonen porque han tenido problemas con algunos hermanos. Se nos olvidan algunos puntos esenciales en relación a nuestra vocación. Reflexionemos al respecto con base en este bello pasaje del Evangelio según San Lucas:

"Designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos, delante de Sí, a todas las ciudades y sitios a donde Él había de ir. Y les dijo: 'La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias..." (Lc 10, 1-4)

Designó el Señor...

En primer lugar, es el Señor el que nos elige para la misión, así que abandonarla no es una decisión que debamos tomar sólo nosotros (y menos como producto de un enojo, luego de algún altercado con un hermano).

los envió de dos en dos...

En tiempos de Jesús tenía que haber dos testigos para que un testimonio fuera válido. Pero no pensemos sólo en las razones legales o prácticas que tuvo Jesús para enviar a sus discípulos en pares. Vayamos más allá: el Señor conoce el corazón humano, sabe que aquél a quien envía a una misión, tiene necesidad de tener alguien con quien hablar, con quien compartir el camino y las dificultades de la tarea, alguien que lo apoye y comprenda porque se dedica a lo mismo. No es casualidad que el Señor suscite en una misma parroquia varias personas que tengan una misma vocación. El Señor espera que se sostengan mutuamente, se animen. De ahí que sea tan doloroso que aquellos que están llamados a ir juntos por la misma senda, se dediquen a ponerse piedritas.

Dice San Pablo en una de sus cartas: 'sopórtense mutuamente, si alguno tiene queja contra otro' (Col 3, 13), pero esto de 'soportar' no es sinónimo de: 'pon los ojos en blanco, suspira y aguántate', sino de ser un soporte, un sostén. Soporta al hermano del cual tienes quejas, es decir, sostenlo: en primer lugar con tus oraciones (y ojo: no se trata de pedirle al Señor: 'elimínalo' sino 'ilumínalo'), pero además sostenlo con tu paciencia, tu buena voluntad, tu amor. Santa Teresita del Niño Jesús se propuso amar el doble y ser el doble de bondadosa con una monja que le hacía la vida difícil (y en un convento de clausura, realmente la vida puede volverse muuuy difícil), y lo logró a tal grado, que la monja estaba convencida de que le caía muy bien a Teresita. Soportar al otro es comprender que hay que sostenerlo en lo que le falta: ¿le falta amabilidad? sé tú el doble de amable con él; ¿le falta prudencia?, sé el doble de prudente, ¿no es nada servicial? sé tú servicial con él.

Cuando decimos de una persona: 'no la soporto', creemos que la exhibimos en sus miserias y la hacemos quedar mal (etiquetada como 'insoportable'), pero en realidad estamos quedando mal ¡nosotros! porque estamos expresando públicamente que no queremos 'soportarla', es decir, que sabiéndola necesitada de soporte, de sostén, nos negamos a sostenerla en su debilidad, en su necesidad de amor, de perdón, etc. Quedamos mal nosotros porque siendo cristianos llamados a amar como Cristo nos ama, nos negamos a hacerlo. Jesús veía a los pecadores como enfermos que necesitaban un médico. Nosotros estamos llamados a ver a las personas difíciles, como paralíticos necesitados de nuestro sostén.

Es curiosísimo que como agentes de pastoral, nos preparamos para ir a anunciar la Buena Nueva a los de 'afuera', y se nos olvida que estamos llamados a vivirla también con los de adentro, lo cual resulta a veces mucho más arduo.
Decía San Francisco: 'proclama el Evangelio, y si hace falta, usa las palabras'. No hay proclamación más contundente del Evangelio que vivirlo, que dar un testimonio de tolerancia, comprensión, perdón, con los que menos lo 'merecen' según los criterios del mundo.

Qué maravilla poder responder al llamado que el Señor te ha hecho a ser agente de pastoral, preparándote, en primer lugar, para amar a los miembros de tu propio grupo, para estar dispuesto a pasar por alto el comentario desagradable, la crítica, la actitud difícil del otro, y concentrarte en cambio en sus cualidades, en su disposición para servir en el mismo ministerio que tú. Qué rico poder compartir con otro la propia vocación, y permitir que las diferencias entre ustedes no sean fuente de molestia, sino de aprendizaje y crecimiento mutuo.

rogad, pues, al Dueño de la mies, que envíe obreros a su mies...

Fiel a su costumbre de recomendar a otros lo que Él mismo hace, Jesús pide a sus enviados que oren, y al respecto, cabe comentar dos cosas:

  1. Jesús nos invita a orar porque sabe -lo ha experimentado toda su vida- que de la intimidad con Dios surge la fortaleza para enfrentar cualquier dificultad. Si llevamos ante el Señor, como dice la plegaria eucarística, 'los gozos y las fatigas de cada día', encontraremos luz para vivirlos y seguir adelante. Todo ministerio tiene que estar apuntalado por la oración. Como agentes de pastoral que hablamos de Dios, no podemos quedarnos sin hablar con Dios.
  2. Que ese rogarle a Dios que envíe obreros a su mies no sea como 'cartita a Santa Clos' en la que pides algo y te sientas -o peor, te duermes- a esperar que aparezca. No. No se vale pedirle al Padre: 'envía obreros' y decirle: 'pero no a mí, ¿eh?'. Jesús nos invita a pedir obreros y a atrevernos a solicitar el puesto. Jesús nos invita a renovar una y otra vez nuestro compromiso, nuestra disposición para ir a donde nos mande el Dueño de la mies.

os envío como corderos en medio de lobos...

Al hablar de lobos, Jesús no está invitándote a verle colmillos al compañero de junto, sino a estar muy consciente de que vas a tener que ejercer tu ministerio en un ambiente que muchas veces puede resultarte hostil, y que no por eso vas a mandar todo a volar. Decía San Ignacio de Loyola que a los cristianos comprometidos no los tienta el enemigo incitándolos a cometer un pecado gordo (como matar a alguien), pues probablemente no lo harían. Pero sí los puede hacer caer poniéndoles pequeños tropiezos en el camino para que tengan dificultades con alguien que los haga sentir mal, que los desanime, que haga que se pregunten si sirven para esto, que haga que quieran abandonarlo todo. Jesús advierte que vamos como corderos en medio de lobos, para que nadie se confíe, para que no creamos ilusamente que todo será miel sobre hojuelas, sino sepamos que habrá problemas y que éstos no han de tomarnos desprevenidos. Jesús nos dice que hay lobos, para que nos arrimemos más al rebaño, porque el que se aísla se convierte en presa fácil de cualquier depredador.

no llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias...


Después de decirnos que vamos como corderos en medio de lobos, podríamos esperar que a continuación alguien nos arme con unas AK47, unos 'cuernos de chivo', pero éstos no se verían bien en un cordero... Si nos disponemos a enfrentar a los lobos con armas de lobos, dejamos de ser parte del rebaño y nos colocamos voluntariamente fuera de la protección del Pastor. Pero si no llevamos nada, entonces dependemos por completo de Él y podemos estar seguros de que cuidará de nosotros.

Jesús espera que, como enviados suyos, aprendamos a confiar enteramente en su providencia, no en nuestra inteligencia, conocimiento, preparación, simpatía, dinero, influencia. Que nunca olvidemos que Él nos envió, nos acompaña y nos ayuda a salir adelante. Y eso no significa que no enfrentaremos dificultades y caídas como todo el mundo; significa que cuando nos toque pasar por cañadas oscuras, no debemos temer nada porque Él va con nosotros, su vara y su cayado nos sosiegan.

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