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Vicaría      de Pastoral

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La Pastoral de la Caridad en Tiempos de Misión Evangelizadora en la Arquidiócesis de México

2 La Pastoral de la Caridad al Servicio de la Misión

2.1 Introducción

Con ocasión del 40 Aniversario de la Cáritas Arquidiocesana hay que recordar la enseñanza incesante de la Iglesia en el sentido de que las obras de caridad son parte esencial del ministerio evangelizador y que la enseñanza, predicación y celebración del Misterio Cristiano deben estar acompañadas de las obras de caridad fraterna.

2.2 Las Obras de la Caridad y el Anuncio del Evangelio

La Iglesia, consciente de que la caridad es el don de Dios por excelencia en Cristo Jesús, anuncia el Evangelio no sólo con la palabra de la predicación, sino también con la comunión fraternal y con las obras buenas de todos sus discípulos; ya que éstas son motivo de que los hombres rindan gloria a Dios (Cf. Mt 5,16).

Verdaderamente buenas son las obras de la caridad fraterna, porque "toda la ley encuentra su plenitud en un solo precepto: amarás al prójimo como a ti mismo" (Gál 5, 14). Por esta razón la caridad debe ser considerada no sólo como una entre las diversas virtudes cristianas, sino como la más alta, la más importante y expresiva de nuestro ser cristiano (1 Co 13, 13). Evangelizar por las obras de caridad ha de ser considerado el medio más excelente para llevar a todos al conocimiento de la verdad.

A través de las obras de caridad el discípulo, por una parte, imita fielmente la obra del mismo Jesús que ha dicho: "Les he dado en efecto un ejemplo, para que como yo lo he hecho lo hagan también ustedes" (Jn 13, 15) y, por otra, el mismo discípulo participa del modo más auténtico en la misión de la Iglesia, de anunciar el Evangelio de Jesús: "Por esto todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros" (Jn 13,35).

2.3 La Caridad como Unión Fraterna

La expresión más inmediata y clara de la caridad que se actúa en obras es la unión fraterna (Koinonía) de cada uno de los creyentes con todos aquellos que profesan la fe en el único Evangelio de Jesús. Esta vivencia de comunión es recordada en el libro de los Hechos de los Apóstoles; entre las notas que le dan identidad a la comunidad de Jerusalén se nos dice: "Eran asiduos a escuchar la enseñanza de los apóstoles y a la unión fraterna, en la fracción del pan y en la oración" (Hch 2,42).

La unión fraterna o "Koinonía" que se nutre de la Eucaristía se manifiesta de manera más expresiva en la comunión de los bienes materiales: "Todos los que habían aceptado la fe estaban unidos y tenían todas las cosas en común, quien tenía propiedades y bienes los vendía y ponía a disposición de todos, según la necesidad de cada uno" (Hch 2, 42-45).

Sin embargo, la obra de caridad que se expresa en la unión fraterna no implica necesariamente el compartir los bienes materiales en el modo que lo practicaba la comunidad de Jerusalén, sino que exige manifestarse en la vida eclesial de alguna manera que sea propia de las circunstancias de cada época, lugar y cultura. Lo importante para cada cristiano y para cada comunidad cristiana es buscar la unión fraterna: "Con nadie tengan otra deuda, sólo aquella del amor mutuo" (Rm 13,8).

2.4 La caridad como Servicio y Participación con los Pobres

Entre las muy diversas obras de caridad, asume una especial importancia la actitud y obra caritativa con los pobres. Según la enseñanza de Jesús en la parábola del buen samaritano (Cf. Lc 10, 29-37), la condición del pobre lo hace de modo especial prójimo de cada uno de nosotros y, más aún, hace de él una presencia del mismo Señor: "Cada vez que han hecho estas cosas a uno de estos mis hermanos más pequeños, lo han hecho conmigo" (Mt 25, 40).

La caridad hacia el hermano más necesitado debe llevar a los cristianos a organizar obras a favor de los pobres. Tal ministerio, ampliamente asentado en la tradición cristiana de todos los siglos, encuentra su inicio y fundamento en la práctica organizada y específica del ministerio de la caridad de la comunidad apostólica; pensemos en particular en la institución de "siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu y de sabiduría", a los cuales se les confía "el servicio de las mesas" (Hch 6, 1-6) pero también el relieve que asume "la colecta a favor de los hermanos" en el ministerio de San Pablo (Cf. 1 Co 16, 1-4; 2 Co 8, 9; Gá1 2, 10; Rm 15, 26-28).

Más allá de la ayuda material y espiritual organizada por la comunidad cristiana para servir a Cristo en los pobres, la caridad exige también y sobre todo, recibirlos y verlos como personas, insertándolos en una comunión de vida y de afecto.

La obra de la caridad debe crear vínculos personales y comunitarios con los pobres. Vínculos de inclusión en la propia vida de aquellos que están excluidos. Hacerse prójimo del pobre, del enfermo, del extranjero, del encarcelado y darle espacio en el propio tiempo, en la propia casa, entre las propias amistades, en la propia ciudad y en las propias leyes y estructuras sociales, es darle vida, en la Iglesia, al ministerio de la caridad. Es crear un rostro de Iglesia que sea misionera en la Ciudad a través de obras y gestos concretos.

Es decir, la Iglesia que sirve a los pobres, la Iglesia que actúa con ellos y es de ellos, hace posible la superación de la simple beneficencia ocasional, da nueva vigencia y actualidad y fuerza evangelizadora y misionera a la caridad, rehabilitándola y haciendo de esta hora, la hora de la caridad (Cf. Ecclesiam Suam 52).

Además de lo anterior, es necesario reflexionar sobre otros aspectos, ya que el servicio a los pobres conlleva, en nuestra época, problemas complejos que se implican en la relación de Iglesia y comunidad civil. En efecto, en el pasado más o menos reciente, la Iglesia realizaba obras de beneficencia, incluso supliendo a la autoridad civil; en la actualidad tanto la sociedad civil en general como el gobierno asumen cada día responsabilidades más importantes para atender y promover a los pobres. Sin dejar de reconocer y alentar las obras de acción social de la sociedad civil en general, con las cuales la Iglesia tiene un deber importante de colaboración, articulación, animación y servicio, y sin dejar de reconocer las obras que dependen directamente de la responsabilidad gubernamental con las cuales la Iglesia debe cooperar, la Iglesia conserva el derecho-deber de impulsar sus propias obras caritativas de asistencia, promoción y cambio social.

Se trata, más bien, de establecer relaciones maduras de colaboración y cooperación que no produzcan una pérdida de identidad de las actuaciones de la Iglesia, sin que ello signifique un proselitismo entre los pobres; y por otra parte, que el servicio de la Iglesia no ha de percibirse como suplencia de la actuación del gobierno, ni se debe pensar que la Iglesia no reconoce la autonomía e independencia de las organizaciones de la sociedad civil que han surgido muchas veces de la inspiración cristiana y que buscan la construcción de estructuras sociales más justas.

2.5 La Educación a la Caridad

Para que la comunidad cristiana viva eficazmente la caridad y, a través de todo esto la Iglesia evangelice, sea a través de las buenas obras, especialmente hechas entre los pobres, sea a través de la unión fraterna de las comunidades, es necesaria una eficaz formación en el campo de la pastoral de la caridad.

En cada cristiano debe, por tanto, ser cultivada la conciencia del fundamental empeño de edificar una comunidad de amor fraterno y de traducir esto en obras de amor preferencial hacia los pobres.

En la formación ordinaria de los cristianos, sea en los contenidos, sea en las metodologías de la catequesis o en la pastoral sacramental, especialmente a partir de la Eucaristía, deberán promoverse itinerarios permanentes de educación a la caridad, que ilustren la riqueza espiritual y vivencia! de la caridad evangélica y valoricen las experiencias de "diaconía" o servicio.

No se debe perder de vista que la educación a la caridad entre los cristianos deberá incluir procesos formativos concretos de asistencia, promoción y cambio social en campos específicos: niños, jóvenes, ancianos, población vulnerable, extrema pobreza, etc.

Por la importancia de la pastoral vocacional, en la formación de los futuros sacerdotes y de los aspirantes y las aspirantes a la vida religiosa, deberá también tomarse en cuenta seriamente la exigencia de la formación en la teología de la caridad, de sus implicaciones sociales y la necesidad de una cuidadosa formación en la pastoral de la caridad.

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