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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Doce cartas a la FAMILIA, del Cardenal Norberto Rivera Carrera

LA FAMILIA, FRUTO
DE LA RECÍPROCA DONACIÓN CONYUGAL

Bendito sea Dios,
Padre de Nuestro Señor Jesucristo

Sí, queridos hermanos y hermanas, bendito sea Dios que nos permite iniciar, el día de hoy, la preparación al Encuentro de las Familias del Mundo con el Santo Padre Juan Pablo ll, que tendrá lugar en Río de Janeiro, el próximo 5 de octubre. El encuentro con el Papa que haremos, sea estando presentes con él en Brasil, sea desde aquí, desde nuestra Ciudad de México, se convierte en un llamado muy especial, no sólo para nosotros como católicos, sino también para la humanidad actual.

Este encuentro en Río de Janeiro es el llamado del Vicario de Cristo a no perder de vista que el futuro de la humanidad se juega en la familia. Si la familia se salva, se salva el ser humano, si la familia se pierde -y hay, hoy día, demasiadas señales que hablan de una pérdida de la familia en grandes ámbitos de la sociedad-, se pierde el hombre. Así el Papa, reuniéndose con las familias de todo el mundo, cumple la Palabra de Dios que escuchábamos en la lectura del profeta Amós: "El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo, Israel". Por ello, el encuentro de Río de Janeiro con el Santo Padre no es simplemente una manifestación de la grandeza de la familia cristiana; es, sobre todo, un grito al mundo para que vuelva sus ojos y vea que la familia es la esperanza de la humanidad.

Sí, queridos hermanos y hermanas, la familia es la esperanza de la humanidad. Y esto no necesitamos que nos lo digan las estadísticas, esto lo experimentamos cada uno de nosotros dentro de nuestros corazones. Por ello, hoy tenemos que bendecir a Dios por el don de la familia que Él, como Creador y Padre bondadoso, ha hecho al ser humano. Dios podría habemos creado solitarios, al fin y al cabo hay miles de seres solitarios en la tierra, seres que no saben de dónde vienen ni para qué existen. Sin embargo, Dios ha dado al ser humano el don de la familia, por la cual cada hombre y cada mujer sabemos que no somos una cosa sin valor, que no somos seres perdidos en el universo, sino que el ser humano es una persona, alguien querido, alguien a quien se ama.

La familia es el primer lugar donde el hombre es amado, porque la familia nace del amor. Cada una de las familias en la que nosotros nacimos empezó el día en que nuestros padres se dijeron o se dieron cuenta de que se querían y decidieron, delante de Dios y de la Iglesia, entregarse y aceptarse como marido y mujer. Esto es, nuestra familia nació el día en que nuestros padres se unieron en matrimonio, el día en que cada uno de ellos decidió darse totalmente al otro, ser su esposo o ser su esposa. Ese día el amor que ellos se tenían como novios, empezó a ser amor de esposos. El amor es una vocación que todos tenemos dentro de nuestro corazón como algo a lo que no podemos renunciar. ¿Quién no quiere ser amado? ¿Quién no experimenta una alegría interior cuando sabe que es amado? Y sin embargo, ¡qué devaluada se encuentra en la actualidad la palabra amor! ¡Con que facilidad se dice hoy día: "Te amo" sin saber lo que se está diciendo!

Creo que todos nosotros, pero de modo especial los que son esposos y esposas, así como los que por medio del noviazgo se preparan para establecer la alianza conyugal, deberíamos preguntamos si sabemos lo que es de verdad el amor. El amor que no podemos confundir con un sentimiento bonito, el amor que no podemos cambiar por una atracción física que se desborda en un acto sexual. El amor verdadero, como dice el Papa, "afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano, solamente cuando es parte del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte". Es decir, el amor verdadero entre un hombre y una mujer, no puede existir sin la voluntad decidida de amarse para toda la vida.

¿Qué amor verdadero sería el que está dispuesto a abandonar al otro cuando se enfrenta a una dificultad? ¿Qué amor genuino existe entre un hombre y una mujer, que se dicen cristianos, cuando entre ellos todavía no se ha realizado la alianza del matrimonio delante de Dios y de la Iglesia para toda la vida? Creo que todos podríamos dar la respuesta: ese amor no es auténtico, le falta algo muy importante. Le falta la formal decisión de que todo lo que uno es, sea del otro para toda la vida.

Ciertamente que esta visión de la familia, como fruto de la total entrega mutua del hombre y de la mujer, es rechazada con frecuencia por la cultura contemporánea que, como escuchábamos en la primera lectura, parece decirle al cristiano: "Vete de aquí... no vuelvas a profetizar en Betel, porque es santuario del rey y templo del reino". Pues el mundo moderno tiende con facilidad a decirle al cristiano que su mensaje sobre la familia le es molesto, porque va en contra de algunos intereses, o porque cuestiona seriamente la tranquilidad en la que a veces se vive hoy día, sumergidos como estamos en el compromiso de la mentalidad de moda, con fuerzas que van en contra de la verdadera identidad del ser humano y de la familia.

Lástima que también a veces dentro de la Iglesia encontremos este rechazo de lo que debe ser la familia verdadera en la voz de quienes deberían ser guías para sus hermanos que les preguntan por el camino de la verdad. La verdad es que el matrimonio es el único lugar del amor pleno entre un hombre y una mujer, y que frente al permisivismo destructivo de nuestros días, la Iglesia afirma que la donación física total -o sea, la relación sexual entre el hombre y la mujer- sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona. Incluso su dimensión temporal; y que, como consecuencia de esto, si la persona se reservase algo o la posibilidad de decidir de otra manera en orden al futuro, ya no se donarían totalmente.

La Iglesia de hoy, los sacerdotes, los religiosos y religiosas, los agentes de pastoral, como los discípulos de Cristo en su tiempo, no tienen que tener miedo a no ser comprendidos, o a que no se acoja su mensaje, una vez que hayan puesto todos lo medios para que la mente del hombre y de la mujer de hoy sea capaz de comprender la luminosa verdad que Dios le ofrece sobre la vida conyugal y familiar. El Evangelio nos lo avisaba hace un momento: "Si en alguna parte no los reciben o los escuchan…" Jesús es consciente de que su mensaje no va a ser siempre bien recibido, pero no por ello lo rebaja o aminora su verdad.

Por ello, ante una sociedad que se engaña a sí misma sobre lo que es la verdad del ser humano y de la familia y que no ve mal que la familia se rebaje a una simple convivencia de una pareja o de compañeros, sin mayor compromiso que el que brota del no sentirse todavía cansados el uno del otro o de la simple atracción mutua, la Iglesia, en la voz del Concilio Vaticano ll, vuelve a decir que el único "lugar" que hace posible la donación total del hombre y la mujer es el matrimonio, que consiste en el pacto de amor conyugal, elección consciente y libre, con la que el hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima de vida y amor, querida por Dios mismo (cfr. Gaudium et Spes, 48), que sólo bajo esta luz manifiesta su verdadero significado. No cualquier amor es amor conyugal. porque no cualquier amor es amor total, amor que abarca no sólo el momento presente de la persona, sino todo el proyecto de la vida, amor que se expresa en la entrega física total, reservada de modo auténtico nada más a quienes ya han realizado el compromiso total de la propia persona en el matrimonio, amor confirmado públicamente como único y exclusivo.

Y no debemos olvidar, queridos hermanos y hermanas, que la plena fidelidad de la Iglesia, -del Papa, de cada uno de los obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos comprometidos- al designio de Dios Creador, en lugar de rebajar la libertad de la persona, lo que hace es defenderla contra dos grandes males que son el subjetivismo -es decir, que cada uno piense lo que quiera sobre lo que es el matrimonio- y el relativismo -es decir, que el matrimonio de un hombre y una mujer delante de Dios y de la sociedad no sería el único modo verdadero de constituir una familia humana-, y de esta manera hace que la familia participe de la Sabiduría creadora de Dios, y pueda llevar al ser humano a su realización total como persona en la plenitud de su dignidad.

Queridos hermanos y hermanas, sólo siguiendo el designio de Dios sobre el hombre y sobre la familia podremos hacer nuestra la bendición de que nos habla San Pablo "que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales". Él nos ha elegido "en Cristo antes de crear el mundo para que fuéramos santos e irreprochables a sus ojos, en el amor". Quien se aparta de esta elección, es decir, quien quiere hacer un camino propio, alejándose de lo que Dios quiere sobre la familia y la pareja, no se aparta de unas normas nacidas de convencionalismos, se está alejando del amor auténtico, se ésta retirando de la posibilidad, que le da la gracia de Dios, de hacer de su vida una existencia llena de paz, de justicia, de fidelidad.

Dejemos que el Señor bendiga nuestros hogares y nuestras familias. Permitamos que Dios haga su hogar en nuestra casa, no cerremos nuestro corazón al plan de Dios sobre la vida conyugal. Pongamos los medios que nos permitan recibir esta bendición de Dios. Cuántas veces bastará acercarse a un sacerdote amigo que nos ayudará a recibir la bendición de Dios, tras habemos preparado al sacramento del matrimonio. Permitamos, como decíamos en el salmo, que "El Señor nos muestre su bondad, y entonces nuestra tierra -es decir nuestra familia- producirá su fruto". No olvidemos que el fruto principal de la familia es el amor, lo que más necesita el hombre de hoy. No olvidemos que no podemos negar al hombre de hoy el derecho que tiene a nacer y vivir en una familia en la que un hombre y una mujer se han entregado para toda la vida.

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