IDENTIDAD
Y MISIÓN DE LA FAMILIA
Tu
bondad y tu misericordia me acompañarán
todos los días de mi vida;
y viviré en la casa del Señor
por años sin término.
La
liturgia del día de hoy nos habla sin cesar de la ternura que
Dios tiene por su pueblo, del amor con el que cuida de cada uno de nosotros,
aunque a veces caminemos por cañadas oscuras. Un amor que en
sus obras nos dice lo que es Dios para cada uno de nosotros. Sobre todo
nos dice que Él, para nosotros, es Padre, pues nos ha hecho un
solo pueblo, en el que todos somos hijos. Esta idea de la paternidad
bondadosa de Dios nos habla de que todos nosotros somos una familia
por la que Él se preocupa como un pastor se preocupa de sus ovejas.
Esta
preocupación de Dios porque seamos una familia, nos introduce
en la segunda de nuestras reflexiones sobre lo que es la familia. Reflexiones
que nos van a ir preparando, domingo tras domingo, para el Segundo
Encuentro Mundial del Santo Padre Juan Pablo II con las familias
en Río de Janeiro, los días 4 y 5 de octubre del año
en curso. Al pensar en la familia, pensamos en el hogar en el que cada
uno de nosotros vive y del que cada uno de nosotros vive y del que cada
uno de nosotros viene, pues, en el fondo, cada una de nuestras familias
debería ser el reflejo de lo que Dios Creador y Redentor ha querido
que sea la gran familia de sus hijos: una comunidad de vida y amor.
Es decir, la unión de varias personas por el amor para darse
unos a otros vida, la vida del espíritu y la vida física,
y darse amor.
Qué
examen tan serio para nuestras familias el intentar reflejarlas en este
modelo que Dios ha querido para la familia. ¿Cuántas de
las familias de nuestro querido México podrían decir "somos
una comunidad de vida y de amor"? ¿Nos sucede, por desgracia,
que muchos hogares se parecen más bien a la imagen del rebaño
disperso del que nos hablaba la primera lectura tomada del profeta Jeremías?
Ustedes han rechazado y dispersado a mis ovejas y no las han cuidado.
¿No
es éste el triste dibujo de muchas de nuestras familias? Cuando
vemos a los niños mendigando en las calles, ¿no son como
las ovejas que nadie ha sabido cuidar? Cuando vemos el terrible crimen
del aborto, ¿no viene a nuestra mente la multitud de hermanos
nuestros que han sido rechazados de nuestra sociedad y de nuestras familias?
Cuando se nos presenta el divorcio como la única salida para
lo que hasta ese momento había sido un único hogar, ¿no
se nos muestra con toda su crudeza el dolor por la falta de cuidado
que espera a unos corazones que, siendo de una misma carne y sangre,
tienen que empezar a caminar por senderos divergentes?
Cuántas
familias han dejado de ser comunidad de vida y de amor. Qué distinto
es cuando uno contempla una familia en la que se sabe ser comunidad,
es decir, en la que se sabe acoger, en la que se sabe servir, en la
que existe una real preocupación por el más débil,
por el menos dotado, en la que todos ponen lo mejor de sí mismos
para generar un ambiente positivo, constructivo, de mutuo enriquecimiento.
Qué
plenitud se tiene en un hogar que sabe ser comunidad de vida, en el
que los esposos saben ser generosamente responsables con el misterio
de la vida que están llamados a dar para formar su hogar, comunidad
de vida en que no se reduce el don de la vida a la vida física,
sino que se hace de la educación en los valores humanos y morales,
además de lo intelectual y social, una parte indispensable de
lo que los padres entregan a sus hijos.
En
este campo, cómo se requiere un clima de benévola comunicación
y unión entre los cónyuges y una cuidadosa cooperación
del padre y de la madre en la educación de los hijos. Qué
trascendental es la activa presencia del padre, para lograr en la formación
de los hijos un adecuado equilibrio, de modo que no se perpetúen
los modelos familiares que tanto promueven el machismo, cuando los hijos
perciben que el varón no tiene por qué colaborar en la
buena marcha interna del hogar. Qué importante es, en la formación
de esta comunidad de vida que es la familia, el que se asegure el cuidado
de la madre en el hogar; especialmente es necesario para los menores,
sin que esto signifique que se debe dejar de lado la legítima
promoción social de la mujer.
Comunidad
de vida en la que se educa y defiende el valor de la vida humana desde
el momento de la concepción hasta el misterioso momento de la
muerte. Comunidad de vida en la que se acoge con serena fortaleza el
misterio doloroso de la vida enferma, débil, necesitada de apoyo
y en la que se enseña a respetar al que convive con nosotros
y no tiene el don de la plena salud. Comunidad de vida que cumple, con
cada uno de los que la componen, las palabras del salmo: Tu bondad
y tu misericordia me acompañarán todos los días
de mi vida.
Cómo
necesitamos familias que sean también comunidad de amor, porque
la esencia y el cometido de la familia son definidos en última
instancia por el amor. Una familia que vive en el amor es un hogar en
el que la entrega de los esposos no está motivada por otro interés
que el de ser el uno para el otro, que el de ayudar, apoyar y hacer
plena la existencia del otro. Una familia que vive en el amor es un
lugar donde los hijos son vistos como personas a las que se respeta
y a las que se busca educar de modo pleno.
Una
familia que vive en el amor es la que busca difundir en la sociedad
que le rodea y en la comunidad cristiana de la que es parte, el amor
que se respira en casa. Y así, desde la propia parroquia o desde
un movimiento eclesial de oración y apostolado, la familia, en
conjunto o cada uno de sus miembros, como fruto de su ser comunidad
de amor, hace efectiva su preocupación por los pobres, por los
que necesitan madurar en el conocimiento de su fe, por el influjo de
los valores humanos y cristianos en el mundo de la cultura, por la promoción
de una cultura en favor de la familia y de los contenidos constructivos
en el campo de los medios de comunicación social. Así,
la familia se hace comunidad de amor, no sólo porque da amor
y vive amor, sino porque transmite el amor en su entorno. De este modo,
la familia cumple la misión de custodiar, revelar y comunicar
el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios
por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su
esposa.
De
este modo, cada familia, cada una de nuestras familias, se construye
como reflejo del designio de Dios sobre toda la familia humana al hacerse
capaz de colaborar en la formación de una comunidad de personas,
en el servicio a la vida, en la participación en el desarrollo
de la sociedad y en la participación en la vida y misión
de la Iglesia.
Ahora,
unidos a Cristo Jesús, ustedes, que antes estaban lejos, están
cerca, en virtud de la Sangre de Cristo. Porque Él es nuestra
paz. Así es, queridos hermanos y hermanas; la sangre de Cristo
nos ha acercado a los que estábamos lejos. Pudiera ser que alguno
de nosotros llegase a pensar que el ideal de familia que Dios nos propone
es demasiado elevado para lo débiles que somos los seres humanos.
Cuántos de nosotros podríamos considerar que sería
muy bonito que así fuera, pero que en la realidad, en lo cotidiano,
esto no es más que un sueño, hermoso, pero sueño
al fin. Y sin embargo, hermanos, hermanas, san Pablo nos dice que Cristo
ha vencido al odio, el mayor enemigo del amor, amor que es la esencia
de la familia. Cristo nos ha unido en un solo cuerpo, que es también
el único cuerpo de la familia, por medio de la cruz, dando
muerte en sí mismo al odio. Vino para anunciar la buena nueva
de la paz. Tengamos la certeza de que si nos acercamos a Cristo,
nuestra familia también podrá ser una comunidad de vida
y amor. Jesús no ha dejado solas a nuestras familias. Él,
como dice el Evangelio, vio una numerosa multitud que lo estaba esperando
y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor;
y se puso a enseñarles muchas cosas.
Tengamos
la certeza de que la mayoría de las veces en que nuestra familia
no es una comunidad, es porque no ha aceptado que Cristo venga a nuestro
hogar a enseñamos con calma. Tengamos la seguridad de que si
en nuestra familia no hay vida, sino destrucción de la vida,
es porque no hemos recibido a Cristo. Tengamos la persuasión
de que si nuestra familia no es capaz de amar y de repartir amor en
torno, es porque, en verdad, no ha aceptado a Cristo.
Querido
hermano que vives en México, querida hermana que compartes con
nosotros esta ciudad, deja entrar a Cristo en tu hogar, para que se
destruyan la desunión, la muerte y el odio que quizá están
desgarrando tu familia. Permite que Él se acerque a tu hogar
a través de la Reconciliación y de la Eucaristía,
a través de la palabra de un matrimonio amigo o de un sacerdote
cercano. Dejemos que Cristo transforme nuestro corazón y el de
nuestras familias, y entonces cada uno de nosotros vivirá en
la casa del Señor por años sin término, porque
cada uno de nuestros hogares será la morada del Señor,
porque cada una de nuestras familias será una verdadera comunidad
de vida y de amor.
Cartas:
1
| 2
| 3
| 4
| 5
| 6
| 7
| 8
| 9
| 10
| 11
| 12