COMUNIÓN
CONYUGAL,
FUNDAMENTO DE LA COMUNIDAD FAMILIAR
La
liturgia de hoy nos habla de la unidad, de la unidad en la fe, y de
esa señal de la unidad en la fe que es la posibilidad de compartir
un mismo pan. La primera lectura y el Evangelio nos han mostrado la
narración de una multiplicación de los panes por parte
del profeta Eliseo y otra por parte de Jesús. Eliseo, el profeta,
con veinte panes dio de comer a mucha gente; el texto no nos dice cuánta;
y Jesús, con cinco panes y dos pescados, alimentó a unos
cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.
Estos
signos nos hablan de la maravilla del poder de Dios que puede hacer
cosas que, desde el punto de vista natural, son imposibles, pero también
nos hablan del interés de Dios por alimentar a su pueblo y, por
ello, son señal del alimento verdadero que Dios dará a
su pueblo, que es la Eucaristía; la Eucaristía, que es
el pan único del que todos participamos al recibir a Cristo,
presente de modo real por el sacramento en el alma de cada uno de los
que nos acercamos a comulgar.
Esta
realidad de la unidad en un mismo pan, nos hace pensar que la comunión
con Cristo no es la única comunión en que vive el ser
humano. Hay otras muchas circunstancias en las que, de modo muy diferente,
experimentamos estar en comunión con los demás. Podemos
pensar que la unión en una misma nación nos hace ser a
todos una misma cosa aunque seamos diferentes: todos somos mexicanos
y en esto se da una comunión entre todos nosotros.
También
todos somos miembros de una familia, en la que repartimos el pan que
llega a casa, y todos comemos de lo mismo y vivimos en el mismo lugar,
y tenemos una serie de rasgos que nos caracterizan como miembros de
esa familia, a pesar de ser cada uno diferente del otro. La familia,
fundada y vivificada por el amor, es una comunidad de personas: es la
comunidad del hombre y de la mujer como esposos, es la unión
de los padres y de los hijos, y también, y esto es algo muy propio
de nuestro modo mexicano de ser, es la comunidad con los parientes o
con los compadres.
De
este modo, en este domingo, en que la liturgia nos habla de la unidad
en el pan, y con san Pablo nos habla de que todos somos un solo cuerpo
y un solo Espíritu, como es también sólo una la
esperanza del llamamiento que ustedes han recibido, podemos reflexionar
sobre la comunión conyugal, es decir, la unión de los
esposos, como el fundamento de la comunidad familiar. De esta manera,
continuamos preparándonos como Iglesia Arquidiocesana de México
para el Segundo Encuentro del Papa Juan Pablo II con las Familias
que tendrá en Río de Janeiro los próximos 4
y 5 de octubre. Un encuentro muy importante, porque es el modo como
el Santo Padre quiere preparar a las familias católicas, y a
las que comparten nuestros valores, aunque no nuestra fe, al Jubileo
del Tercer Milenio del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo.
Toda
familia tiene un origen, que a veces olvidamos, y por ello hay problemas,
pues queremos hacer de la familia lo que no es. El origen de toda familia
no es otro sino la alianza de amor que se estableció entre el
esposo y la esposa. Por ello, cuando se quiere hacer de la familia un
modo de ventaja económica, en vez de un lugar de amor; cuando
se quiere hacer de la familia un lugar de poder sobre los demás,
en vez de una posibilidad de servir a los otros; cuando se quiere mantener
sobre la nueva familia, que el hijo o la hija han formado, un influjo
que va más allá de lo debido, olvidando la sana autonomía
que cada nueva familia debe tener... cuando pasa todo esto, la comunión
familiar se destruye, y lo que debería ser un espacio de armonía
se hace una ocasión de competencia, de dominio, de rivalidad.
Sin
embargo, y esto también se olvida con frecuencia, esta unión
no es algo que ya esté perfectamente terminado, sino que por
la misma naturaleza del hombre, que es un ser en continuo desarrollo,
tiene que ir creciendo de día en día. Caemos en un error
si pensamos que, una vez que se ha celebrado el matrimonio, ya no hay
que seguir trabajando para que se mantenga la unidad entre los esposos,
para evitar roces, para evitar peligros que puedan afectar a la fidelidad.
Hay veces que daría la impresión que el matrimonio hace
invulnerables a los cónyuges a toda la posibilidad que ponga
en grave riesgo la estabilidad conyugal.
El
matrimonio es el inicio de un hermoso camino de maduración de
cada uno de los miembros de la pareja. Un camino que no se puede llevar
a cabo sin trabajo. Como lo dice san Pablo en la lectura que acabamos
de escuchar: Esfuércense en mantenerse unidos en el espíritu
con el vínculo de la paz. Por ello, los cónyuges,
que ya no son dos sino una sola carne, están llamados a hacer
que la unión que un día establecieron cuando se casaron,
siga afirmándose día tras día, por medio de la
fidelidad cotidiana a la promesa de ser totalmente para el otro.
Pero,
deplorablemente, observamos, que esta comunión entre los esposos
no siempre es vivida con fidelidad. Y no nos queda sino constatar que
hay situaciones que estropean este maravilloso designio sobre el matrimonio.
Así vemos cómo, en muchos casos, parecería no tener
importancia la infidelidad de uno de los cónyuges al otro, al
establecer relaciones de adulterio con terceras personas. Relaciones
que se tienden a banalizar, a no darles importancia, como si fuesen
simples aventuras o como manifestaciones de un supuesta mayor virilidad.
Situaciones que, a veces, se excusan en la supuesta incomprensión
o soledad en la que uno de los cónyuges empuja al otro a establecer
una relación extraconyugal. No hemos de olvidar que la donación
que el hombre y la mujer se hicieron de modo recíproco no admite
excepciones: es total. Por ello, la donación total entre personas
tiene siempre como consecuencia ineludible la fidelidad.
En
otras ocasiones, percibimos cómo el deteriorarse de la unión
de los esposos hace pensar que la única salida es el divorcio
para librarse de una situación negativa que afecta la propia
vida. Lamentablemente, el divorcio, en una sociedad tan permisiva como
la nuestra, no suele ser sino la escalera de bajada hacia nuevas uniones
que de ninguna manera pueden ser aprobadas por Dios.
Además,
con frecuencia, son los hijos quienes acaban resintiendo más
fuertemente la falta de esfuerzo de los padres por superar las situaciones,
sin duda reales, que pueden poner en peligro la unión de los
esposos. Y junto con las repercusiones psicológicas y morales
que acarrea, para la formación de los hijos, el ver las nuevas
uniones de sus padres, queda vigorosamente grabada en sus jóvenes
conciencias la incapacidad del ser humano para ser fiel a un compromiso
asumido.
Por
otro lado, qué dignos de alabanza son los ejemplos de tantos
hombres y mujeres que conviven entre nosotros, y que, ante la decisión
del cónyuge de asumir un camino contradictorio con su condición
cristiana, siguen dando el testimonio de la fidelidad al primer y único
vínculo, a veces en situaciones de gran dificultad. Sin embargo,
aquí tendríamos que recordar lo que nos dice el salmo:
No está lejos el Señor de aquellos que lo buscan; muy
cerca está el Señor de quien lo invoca.
Otra
deformación de la comunión conyugal, que sería
bueno considerar aquí, es la que se encierra bajo la denominación
de unión libre, a veces tan presente en nuestra sociedad,
sea por la antigua costumbre, que empuja a que los jóvenes se
vayan a vivir juntos mientras reúnen el dinero para la boda,
sea la de quienes, por el influjo de corrientes liberales, deciden vivir
juntos, pero sin establecer ningún compromiso de tipo social
o religioso.
Obviamente
que la diferencia entre ambas situaciones es muy fuerte. En cuanto a
la primera, debe ser educada paciente y firmemente. Primeramente por
los padres de familia, y también por los sacerdotes párrocos,
en los lugares donde esto se dé con mayor frecuencia, debido,
además del aspecto religioso, a los problemas sociales que conlleva,
por la facilidad con que se puede dar el abandono por parte del varón,
sin que ello suponga ninguna responsabilidad para con los hijos, que
muy posiblemente ya se han tenido como fruto de esta unión.
En
cuanto a la segunda situación, denota la pérdida de lo
que es la verdad del amor humano, el cual, aunque no se quiera, sí
tiene implicaciones sociales y religiosas. Además, estas uniones
libres hablan de la tremenda inmadurez de quien no es capaz de asumir
un vínculo, pero quiere gozar de la posibilidad de tener relaciones
físicas con la otra persona, mismas que implican una vinculación
psicológica y moral entre quienes las establecen.
En
el fondo, unión libre, independientemente de sus implicaciones
religiosas que la hacen una situación de grave alejamiento del
camino de Dios, es siempre un tremendo acto de inmadurez, muy dañino
por las secuelas psicológicas que deja en la persona, haciéndola
incapaz muchas veces, tristemente, de poder asumir posteriormente serios
compromisos de cara a una familia. La unión libre se convierte
así en la más perniciosa de las esclavitudes.
Qué
claro aparece lo necesario que es el que, como dice san Pablo, cada
matrimonio lleve una vida digna del llamamiento que han recibido.
Qué diáfanos es que no se puede jugar con la unión
conyugal, sin arriesgarse a muy graves consecuencias personales y familiares.
Por ello, el mismo Apóstol nos da una hermosa regla de vida,
que podría hacerse programa diario para todos los esposos y esposas:
Sean siempre humildes y amables; sean comprensivos y sopórtense
mutuamente con amor.
Si
esto a veces, es un mucho o un poco difícil, sepamos que Dios
no deja de damos su ayuda para que vivamos según Él nos
lo pide, como dice el salmo: A ti, Señor, sus ojos vuelven
todos y Tú los alimentas a su tiempo. Abres, Señor, tus
manos generosas y cuantos viven quedan satisfechos. Los invito a
todos a seguir creciendo en la comunión familiar, en la armonía
de los corazones, en la unidad del esfuerzo diario por hacer de nuestros
hogares, espacios de verdadera cercanía.
Cartas:
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