IGUAL
DIGNIDAD DEL HOMBRE Y DE LA MUJER
EN LA DONACIÓN DE SÍ MISMOS
Cristo
les ha enseñado
a abandonar su antiguo modo de vivir,
ese viejo yo, corrompido por deseos de placer (...)
Dejen que el Espíritu renueve su mente.
Las
palabras tan luminosas que San Pablo nos dirige en la liturgia de este
domingo, son palabras que tienen que llegamos al corazón, a lo
más profundo de nosotros mismos, pues son palabras que nos interrogan
con seriedad sobre el comportamiento que estamos teniendo en nuestras
vidas.
San
Pablo hace una distinción muy clara entre quienes conocen a Cristo
y quienes no lo conocen, entre quienes tienen fe en Cristo y quienes
no la tienen, pues esto debe diferenciar el modo de actuar de las personas.
Quien conoce a Cristo, no puede actuar de cualquier manera en su vida,
ya que tiene un criterio, un modelo al que seguir, y si no lo sigue
está viviendo en la inautenticidad.
Algunos
quisieran reducir el influjo de Cristo nada más a ciertas áreas
de la vida humana, facetas puramente religiosas, como si Cristo sólo
tuviese algo que decir al hombre para que rece mejor, y no para que
comprometa todo su actuar. Por ello, el comportamiento del auténtico
cristiano no puede ser de cualquier estilo, sea en la medicina, sea
en la enseñanza, en la economía, en la política,
en los negocios, en las diversiones, en la familia.
Precisamente
es el campo de la familia en el que quisiera reflexionar hoy como un
lugar en el que es muy necesaria la visión de Dios, la percepción
de esta realidad desde una nueva mentalidad. Nueva mentalidad que no
es necesariamente la aceptada por el pensamiento moderno; es nueva porque
está renovada por la Palabra de Dios. Se trata de ver la familia
desde la perspectiva de la autenticidad de las relaciones conyugales
y familiares, que consiste en la promoción de la dignidad y vocación
de cada una de las personas que la constituyen.
Parecería
que hoy la familia habría superado la diferencia entre sus miembros,
que en el hogar moderno todos son iguales y que a todos se les respeta
según su dignidad. Sin embargo, ante lo que se observa, debemos
volver a afirmar que el criterio primario de las relaciones en la familia
no puede ser el poder que tenga cada uno de los que la componen, es
decir, no puede valer más en una familia quien es más
inteligente, o más sano, o con más capacidad económica
que los demás, sino que es la dignidad de cada una de las personas
que forman el hogar lo que ha de fundar las relaciones familiares. No
obstante, constatamos con triste frecuencia, que en nuestras familias
no todos son respetados como personas, o no todos son respetados en
su identidad de personas.
Cabría
preguntarse si los esposos son siempre conscientes de la igualdad sustancial
que existe entre ellos, o si, más bien, no hay todavía
prepotencia e imposición. Sería bueno interrogarse si
nuestra sociedad, que se declara tan respetuosa de cada uno de sus miembros,
aprecia y en esto quiero fijarme de modo particular, a la mujer, que
está llamada a ser, por dignidad y vocación natural, madre,
esposa y colaboradora del desarrollo de la sociedad.
Cuántas
veces la sociedad se estructura de tal manera que la mujer se ve obligada
a tener que salir contra su voluntad a realizar trabajos que la apartan
de la dedicación que debería tener hacia sus hijos. Cuántas
veces las familias se ven sujetas, contra su querer, a reducir el número
de hijos, porque la organización de nuestra sociedad fuerza a
la mujer a un trabajo que no le permite, o que la discrimina, en el
caso de que se embarace o tenga que cuidar a sus hijos pequeños.
Cuántos
casos observamos de mujeres que deben, una vez completada su jornada
laboral semejante a la del varón, empezar una segunda ocupación,
poniendo en orden el hogar que tuvieron que desamparar en la mañana.
Cuántas situaciones en que los hijos crecen sin que nadie les
dé otra atención que, en el mejor de los casos, la del
fin de semana, porque ambos progenitores han de salir a trabajar, o
la actividad que realizan es de tal índole que, al final del
día, ya no hay ni tiempo, ni ganas, ni fuerzas, para llegar a
casa y educar a los hijos.
No
nos damos cuenta de que el problema principal en todo esto es que el
trabajo en el hogar no goza de estima y reconocimiento, por el simple
hecho de que no es pragmáticamente remunerativo o productivo
para los criterios de la sociedad. En cuántas ocasiones una supuesta
liberación de la mujer no hace otra cosa sino reducirla a una
pieza productiva más, dentro del mecanismo de desarrollo de la
sociedad. Y, sin embargo, tenemos que advertir que, sin el trabajo que
se realiza en el hogar, ningún empleado, ningún obrero,
sería rentable en su labor. Pues, ¿quién tiene
ganas de trabajar cuando su casa es un simple hospedaje? ¿Quién
se siente estimulado para tener una mejor empresa, o trabajar mejor
en ella, cuando no hay quien atienda con amor sus necesidades básicas
en el hogar?
Todo
esto nos hace ver que los reales costos sociales del trabajo obligado
de la mujer fuera del hogar son muy altos, pues conducen a una sociedad
quizá más rentable mecánicamente, pero menos productiva
humanamente. Más aún, llevan a una colectividad en la
que el ser humano se ve reducido a un objeto, que vale y es tenido en
cuenta en tanto es capaz de generar más recursos. No creo que
ésta sea la comunidad que cada una de nuestras familias quiera
dejar a las generaciones venideras. Por todo ello, la sociedad debería
estructurarse de tal manera que las esposas y madres no fueran, de hecho,
obligadas a trabajar fuera de casa.
Decíamos
que el cristiano auténtico no puede contemplar de cualquier forma
las realidades de la tierra, no da igual cómo el cristiano valora
la pobreza, el sufrimiento, el crimen del aborto, o cómo el cristiano
mira a su prójimo: al enfermo, al marginado; cómo el cristiano
ve a otro hombre, ni cómo el cristiano aprecia a la mujer. De
aquí que cada uno de nosotros, como católicos, tengamos
que volver a afirmar y a esforzamos por construir una sociedad en la
que la verdadera dignidad de la mujer sea respetada. La dignidad de
la mujer encuentra, como obstáculo y oposición persistente,
la mentalidad que considera al ser humano no como persona, sino como
cosa, como objeto de compraventa, al servicio del interés egoísta
y del solo placer.
Una
cultura así tiene a la mujer como su primera víctima.
Esto que sucede en el área laboral, acaece también en
los medios de comunicación, de la publicidad. Por ello, cuanto
más estimemos, como mentalidad, el papel de la mujer en su dimensión
conyugal y materna, es decir, en su dimensión personalista, y
no sólo en su dimensión productiva, monetaria, más
estaremos respetando lo que es la mujer en verdad, porque la estaremos
viendo más desde la óptica de quien hizo a la mujer, desde
la óptica de Dios.
La
verdadera promoción de la mujer exige que le sea claramente reconocido
el valor de su función materna y familiar respecto a las demás
funciones y profesiones que pueden llevarse a cabo. Pues las tareas
que se realizan fuera del hogar son realidades en que el ser humano
hace cosas, mientras que la esponsalidad y la maternidad en la mujer,
como la esponsalidad y la paternidad en el varón, son asuntos
en los que la persona humana es. Ningún programa de "igualdad
de derechos" del hombre y la mujer es válido si no se tiene
en cuenta la realidad más profunda de lo que significa ser madre
en la mujer. Cuántas veces una supuesta liberación de
la mujer no hace otra cosa sino reducirla a una pieza productiva más
dentro del mecanismo de desarrollo de la sociedad. Es por ello necesario
descubrir el significado original e insustituible del trabajo de la
casa y la educación de los hijos. Por lo demás, no hay
duda de que la igual dignidad y responsabilidad del hombre y de la mujer
justifican plenamente el acceso de la mujer a todas las funciones públicas.
Es
muy claro que el criterio cristiano sobre la misión de la mujer
en el matrimonio y en la sociedad no va a ser siempre idéntico
al criterio de la mentalidad circundante. San Pablo habla de dos mentalidades:
una que él llama antiguo modo de vivir; viejo, corrompido,
y otra que denomina el dejar que el Espíritu renueve su mente,
y revístanse del nuevo yo. El que la mujer tenga la misma
dignidad que el hombre, y una tarea insustituible en el hogar y la educación
de los hijos, es una sabiduría que no va a ser siempre aceptada
por la sociedad en la que el cristiano vive.
Sin
embargo, queridos hermanos y hermanas, el modo de percibir las cosas
por parte de la fe católica no sigue a las opiniones que hoy
son moda y mañana no, sino que se apoya en la Palabra de Dios.
Por ello, a veces, el hombre y la mujer de nuestros días, desconcertados
ante la realidad que les presenta la visión católica sobre
la mujer, parecen repetir la pregunta: Al ver eso, los israelitas
se dijeron unos a otros: "¿Qué es esto?", pues
no sabían lo que era. La Iglesia responde con las palabras
de Moisés: Moisés les dijo: "Este es el pan que
el Señor les da por alimento". ¿ y qué
es lo que la Iglesia, basada en la palabra de Dios, dice?: que creando
al hombre "varón y mujer" (Gn 1, 27), Dios dio la dignidad
personal de igual modo al hombre y a la mujer, los enriqueció
con derechos inalienables y con responsabilidades que son propias de
cada persona humana.
La
Iglesia, hermanos, hermanas, invita a que el hombre y la mujer se vean
a sí mismos desde la perspectiva de Dios y de su Palabra, que
es la verdad más fundamental, la única que llega hasta
el corazón y le responde a todos sus interrogantes. Quiera el
Señor que estas reflexiones que nos preparan al encuentro
que el Santo Padre Juan Pablo II tendrá con las familias del
mundo en Río de Janeiro, nos ayuden a cambiar aquellos aspectos
de nuestra vida que podrían ser fruto de una mentalidad vieja,
corrompida por la criterios llenos de vaciedad. Ojalá que cada
una de nuestras familias, respetando el papel que en ellas desarrollan
las mujeres, esposas, madres, hermanas, puedan construirse cada día
a imagen de Dios: en la justicia y en la santidad de la verdad.
Cartas:
1
| 2
| 3
| 4
| 5
| 6
| 7
| 8
| 9
| 10
| 11
| 12