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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Doce cartas a la FAMILIA, del Cardenal Norberto Rivera Carrera

AMOR HUMANO: SERVICIO Y PROTECCIÓN DE LA VIDA

Dejen su ignorancia y vivirán;
avancen por el camino de la prudencia.

Las palabras del libro de los Proverbios nos invitan con franqueza a ver las cosas con claridad. La ignorancia a la que aquí se refiere no es la que nace de desconocer las cosas, sino de no saber lo fundamental: lo que nos hace auténticos.

Hay ignorancias muy graves en la vida, pues no nos permiten realizamos como personas. Podemos pensar en quien ignora las reglas del tránsito, como alguien que pone en grave riesgo la vida de todos los demás. O el médico, que ignora las reglas y los avances de su profesión, estará arriesgando de modo imprudente la vida de sus pacientes, pues no podrá aplicarles tratamientos más eficaces para sus males. O el constructor, que ignora el terreno sobre el que edifica, y que expone a un peligro serio la vida de los futuros moradores de la casa, al no saber si la cimentación fue suficiente. O del gobernante, que ignora que sus gobernados deben tener principios y valores fundamentales para que la convivencia humana sea posible, de lo contrario no podrá contener la criminalidad sólo con la fuerza.

Pero, sobre estas ignorancias hay una que es, quizá, la peor de todas, porque sumerge al hombre en una situación de oscuridad y amargura. Es la ignorancia del sentido de su vida, la ignorancia del para qué de su existencia. ¿No hay mucha gente que vive así? ¿No hay personas que no saben para qué viven, aunque vivan en la abundancia?, ¿para qué trabajan, aunque trabajen honestamente?, ¿para qué sufren, aunque tengan las mejores oportunidades de curarse?

Como vemos, hay una seria ignorancia que no se quita yendo a la escuela, o con altos títulos universitarios, o siendo muy inteligente. Todo eso ayuda, pero la ignorancia que genera angustia, la ignorancia del sentido de la vida, sólo se soluciona cuando el ser humano se responde de modo verdadero a esta pregunta: ¿para qué vivo?, o a ésta que es semejante: ¿para qué estoy viviendo esto?

Porque hay modos falsos de responderla: se puede decir que el sentido de la vida está en tener dinero, o poder, o fama; y la vida diaria nos hace ver que estas cosas no están mal, pero tampoco son la solución. El salmo que acabamos de escuchar nos da una respuesta muy interesante: Que amen al Señor todos sus fieles, pues nada faltará a los que lo aman. El rico empobrece y pasa hambre; a quien busca al Señor nada le falta.

Amar al Señor y buscar al Señor como el sentido de la vida. Si el médico ama y busca al Señor, si lo hace el economista, si lo hace el abogado, si lo hace el político, si lo hace el obrero, si el padre o la madre de familia aman y buscan al Señor, serán capaces de no carecer de lo principal. que es el sentido de la vida. Porque a veces irá bien todo y amaremos y buscaremos al Señor, para no poner nuestra vida en un cimiento falso. A veces todo irá mal, y buscaremos y amaremos al Señor, para no caer en la desesperación y la oscuridad amarga del corazón.

El problema es que un corazón amargado, oscurecido, es incapaz de amar. Y el ser humano no puede vivir sin amor. Por ello, en estas homilías dominicales, que estamos dedicando al tema de la familia, hoy quisiéramos reflexionar sobre cómo la ignorancia del sentido del ser humano nos lleva a vivir en una sociedad en la que el amor entre el hombre y la mujer, que es el fundamento de la familia, se ha desfigurado e, incluso, se ha perdido. La cultura moderna, al no saber amar a Dios, no sabe amar a su hermano. Si el pobre o el marginado no son para nosotros hijos de Dios, ¿qué sentido tiene amarlos, o hacer algo por su promoción humana y cristiana? Si un enfermo o un desempleado no son para mí hijos de Dios, ¿cómo evitar que sean para mí algo más que una estadística?, ¿cómo sentirme obligado a remediar su situación?

Esto mismo pasa en el amor entre el hombre y la mujer, entre el esposo y la esposa. Quizá se pueda hablar de atracción física, de simpatía, de compatibilidad de proyectos. Pero esto todavía no es amor. El amor es donación de sí mismo, en toda la dimensión corporal y espiritual de la persona. Suena bonito y lo es, pero no es fácil. Y es menos fácil, en el contexto de una cultura que ha deformado gravemente, e incluso ha perdido, el verdadero significado del cuerpo humano y de la sexualidad al desarraigarlos de su referencia a la persona, como si se pudiese vivir la sexualidad conyugal de cualquier manera sin que esto afecte a la totalidad de la persona.

Hoy día, parece que las expresiones corporales en el ámbito de la sexualidad no tienen consecuencias en la persona. Parecería que, en el ámbito de lo sexual, hoy se puede hacer lo que se quiera, siempre y cuando no se haga con mala intención y no se cause un daño (siempre desde mi punto de vista), a los demás. Sin embargo, la razón humana nos dice que el bien o el mal de algo, y aquí se incluye nuestro cuerpo y nuestra sexualidad, no se basa únicamente en la sincera intención que uno pueda tener, pues uno puede hacer males muy grandes con toda la buena intención del mundo. Ni tampoco depende del consenso al que se llegue entre las partes, pues todos podríamos ponemos de acuerdo para hacer un crimen. Ni tampoco se fundamenta en el supuesto de que no se daña a los demás, ya que un mal que me hago a mí mismo, sigue siendo un mal. El bien moral de un acto debe determinarse con criterios objetivos tomados de la naturaleza de la persona y de lo que sus actos significan en realidad. Aquí está el centro de las cuestiones que actualmente se discuten: tenemos conceptos distintos de lo que es el ser humano. Si el ser humano es el inventor del matrimonio, entonces puede hacer lo que se le antoje con el matrimonio, pero si el matrimonio es una institución divina, yo, ser humano, tengo que ver este proyecto de Dios. Si el ser humano, como se dice a veces, es el dueño de su cuerpo, si la mujer es la dueña de su cuerpo, entonces yo puedo hacer con mi cuerpo lo que se me antoje, pero si yo me considero criatura de Dios, si yo me considero imagen y semejanza de Dios, ese cuerpo que el Señor me ha dado lo tengo que respetar.

Solamente cuando se respeta lo que significa la total donación sexual en el hombre y la mujer, es decir, cuando se respeta que la sexualidad muestra la entrega completa de toda la persona para siempre, entonces, la dimensión física de la persona humana se pone con verdad dentro del ámbito del amor, y se realiza auténticamente sin deformaciones ni mentiras. Sólo así la sexualidad se vive según Dios se la entregó al ser humano.

De aquí que el esposo y la esposa no puedan comportarse, respecto a su entrega sexual, como dueños absolutos, ni como manipuladores según las propias conveniencias. Cuando así se hace, la sexualidad humana se corrompe y pasa a ser, en vez de un acto de entrega, un acto de simple satisfacción personal. Además, la persona del cónyuge se reduce a un objeto, con el cual se obtiene ese placer, y pierde su condición de esposa o de esposo al que se le entrega todo el propio ser.

Esta situación se produce, de un modo especial, cuando los esposos, mediante el recurso a la anticoncepción, separan los dos significados que Dios Creador ha inscrito en el hombre y la mujer en la relación sexual. Estos dos significados son: la unión amorosa de los esposos y la procreación de nuevas vidas, cuando, de acuerdo a los ritmos de la naturaleza, éstas puedan darse. Aquí es importante recordar que la Iglesia Católica, en su enseñanza sobre los actos conyugales, nunca ha querido decir que, de cada relación entre los esposos, tenga que surgir una nueva vida, ni tampoco que haya que tener de modo irresponsable todos los hijos que sean.

La Iglesia afirma, con la conciencia de estar afirmando el designio de Dios sobre la pareja humana, que el amor conyugal debe ser plenamente humano, exclusivo y abierto a una nueva vida, y que va contra el plan de Dios sobre la autenticidad humana del acto conyugal, el separar voluntariamente, por medios artificiales, la unión y la procreación cuando ésta puede darse. Es decir, es gravemente ilícito el que los esposos impidan, de modo artificial, que en un acto conyugal del que, podría procrearse una vida, ésta no se produzca. Por ello, la Encíclica Humanae Vitae afirma: La Iglesia, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural, interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida (n. 11).

Cierto que esta enseñanza no es fácil para la mentalidad actual, que considera imposible el que un hombre y una mujer tengan un amor así. Cierto que muchas veces esta doctrina es ridiculizada por quien no es capaz de entenderla. Pero la Iglesia sabe que ha recibido de Cristo la misión de custodiar y proteger la dignidad del matrimonio y la responsabilidad de la transmisión de la vida humana. Tampoco los hombres de la época de Cristo entendieron sus palabras: Entonces se pusieron a discutir entre sí: "¿Cómo puede este darnos a comer su carne?"

Hoy día, hay voces también dentro de la Iglesia que intentan rebajar la dignidad del amor conyugal; opiniones, incluso de personas buenas en otros aspectos, que dicen que es imposible este modo de llevar el matrimonio, y aconsejan a los esposos que no sigan la doctrina católica. Hemos de recordar que ningún camino es fácil para el cristiano verdadero y tampoco lo es la vida conyugal. Al fin y al cabo, no olvidemos que el matrimonio es el modo con que los esposos participan del amor de Cristo que se entrega sobre la cruz. Por ello, no debemos ocultar que quien quiere amar de verdad, tiene que vivir el dominio de sí mismo para poder respetar la verdad de su amor. Y respetar la verdad del amor requiere de sacrificios que hacen el amor más grande, no más triste, ni más débil.

La respuesta de Cristo a los hombres fue conducirlos con claridad por el camino de la verdad: "Yo les aseguro: si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes". Para esto, hoy, a nosotros nos da como ayuda su gracia que, a través del Espíritu Santo, renueva y fortalece el corazón del hombre y la mujer, y hace a los esposos capaces de amarse como Cristo los amó. Así, el amor conyugal alcanza su plenitud. Por ello, como católicos, invitamos a los matrimonios a descubrir la verdad de su amor y la necesidad que tienen de mantener íntegra la autenticidad de cada una de sus relaciones conyugales. Sólo el camino de la verdad es el camino del amor, el camino de la vida. Caminemos por la verdad del matrimonio y la familia. No arranquemos la verdad del amor de los esposos, porque sería arrancarles el sentido que ilumina las dificultades de la existencia.

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