AMOR
HUMANO: SERVICIO Y PROTECCIÓN DE LA VIDA
Dejen
su ignorancia y vivirán;
avancen por el camino de la prudencia.
Las
palabras del libro de los Proverbios nos invitan con franqueza a ver
las cosas con claridad. La ignorancia a la que aquí se refiere
no es la que nace de desconocer las cosas, sino de no saber lo fundamental:
lo que nos hace auténticos.
Hay
ignorancias muy graves en la vida, pues no nos permiten realizamos como
personas. Podemos pensar en quien ignora las reglas del tránsito,
como alguien que pone en grave riesgo la vida de todos los demás.
O el médico, que ignora las reglas y los avances de su profesión,
estará arriesgando de modo imprudente la vida de sus pacientes,
pues no podrá aplicarles tratamientos más eficaces para
sus males. O el constructor, que ignora el terreno sobre el que edifica,
y que expone a un peligro serio la vida de los futuros moradores de
la casa, al no saber si la cimentación fue suficiente. O del
gobernante, que ignora que sus gobernados deben tener principios y valores
fundamentales para que la convivencia humana sea posible, de lo contrario
no podrá contener la criminalidad sólo con la fuerza.
Pero,
sobre estas ignorancias hay una que es, quizá, la peor de todas,
porque sumerge al hombre en una situación de oscuridad y amargura.
Es la ignorancia del sentido de su vida, la ignorancia del para qué
de su existencia. ¿No hay mucha gente que vive así? ¿No
hay personas que no saben para qué viven, aunque vivan en la
abundancia?, ¿para qué trabajan, aunque trabajen honestamente?,
¿para qué sufren, aunque tengan las mejores oportunidades
de curarse?
Como
vemos, hay una seria ignorancia que no se quita yendo a la escuela,
o con altos títulos universitarios, o siendo muy inteligente.
Todo eso ayuda, pero la ignorancia que genera angustia, la ignorancia
del sentido de la vida, sólo se soluciona cuando el ser humano
se responde de modo verdadero a esta pregunta: ¿para qué
vivo?, o a ésta que es semejante: ¿para qué estoy
viviendo esto?
Porque
hay modos falsos de responderla: se puede decir que el sentido de la
vida está en tener dinero, o poder, o fama; y la vida diaria
nos hace ver que estas cosas no están mal, pero tampoco son la
solución. El salmo que acabamos de escuchar nos da una respuesta
muy interesante: Que amen al Señor todos sus fieles, pues
nada faltará a los que lo aman. El rico empobrece y pasa hambre;
a quien busca al Señor nada le falta.
Amar
al Señor y buscar al Señor como el sentido de la vida.
Si el médico ama y busca al Señor, si lo hace el economista,
si lo hace el abogado, si lo hace el político, si lo hace el
obrero, si el padre o la madre de familia aman y buscan al Señor,
serán capaces de no carecer de lo principal. que es el sentido
de la vida. Porque a veces irá bien todo y amaremos y buscaremos
al Señor, para no poner nuestra vida en un cimiento falso. A
veces todo irá mal, y buscaremos y amaremos al Señor,
para no caer en la desesperación y la oscuridad amarga del corazón.
El
problema es que un corazón amargado, oscurecido, es incapaz de
amar. Y el ser humano no puede vivir sin amor. Por ello, en estas homilías
dominicales, que estamos dedicando al tema de la familia, hoy quisiéramos
reflexionar sobre cómo la ignorancia del sentido del ser humano
nos lleva a vivir en una sociedad en la que el amor entre el hombre
y la mujer, que es el fundamento de la familia, se ha desfigurado e,
incluso, se ha perdido. La cultura moderna, al no saber amar a Dios,
no sabe amar a su hermano. Si el pobre o el marginado no son para nosotros
hijos de Dios, ¿qué sentido tiene amarlos, o hacer algo
por su promoción humana y cristiana? Si un enfermo o un desempleado
no son para mí hijos de Dios, ¿cómo evitar que
sean para mí algo más que una estadística?, ¿cómo
sentirme obligado a remediar su situación?
Esto
mismo pasa en el amor entre el hombre y la mujer, entre el esposo y
la esposa. Quizá se pueda hablar de atracción física,
de simpatía, de compatibilidad de proyectos. Pero esto todavía
no es amor. El amor es donación de sí mismo, en toda la
dimensión corporal y espiritual de la persona. Suena bonito y
lo es, pero no es fácil. Y es menos fácil, en el contexto
de una cultura que ha deformado gravemente, e incluso ha perdido, el
verdadero significado del cuerpo humano y de la sexualidad al desarraigarlos
de su referencia a la persona, como si se pudiese vivir la sexualidad
conyugal de cualquier manera sin que esto afecte a la totalidad de la
persona.
Hoy
día, parece que las expresiones corporales en el ámbito
de la sexualidad no tienen consecuencias en la persona. Parecería
que, en el ámbito de lo sexual, hoy se puede hacer lo que se
quiera, siempre y cuando no se haga con mala intención y no se
cause un daño (siempre desde mi punto de vista), a los demás.
Sin embargo, la razón humana nos dice que el bien o el mal de
algo, y aquí se incluye nuestro cuerpo y nuestra sexualidad,
no se basa únicamente en la sincera intención que uno
pueda tener, pues uno puede hacer males muy grandes con toda la buena
intención del mundo. Ni tampoco depende del consenso al que se
llegue entre las partes, pues todos podríamos ponemos de acuerdo
para hacer un crimen. Ni tampoco se fundamenta en el supuesto de que
no se daña a los demás, ya que un mal que me hago a mí
mismo, sigue siendo un mal. El bien moral de un acto debe determinarse
con criterios objetivos tomados de la naturaleza de la persona y de
lo que sus actos significan en realidad. Aquí está el
centro de las cuestiones que actualmente se discuten: tenemos conceptos
distintos de lo que es el ser humano. Si el ser humano es el inventor
del matrimonio, entonces puede hacer lo que se le antoje con el matrimonio,
pero si el matrimonio es una institución divina, yo, ser humano,
tengo que ver este proyecto de Dios. Si el ser humano, como se dice
a veces, es el dueño de su cuerpo, si la mujer es la dueña
de su cuerpo, entonces yo puedo hacer con mi cuerpo lo que se me antoje,
pero si yo me considero criatura de Dios, si yo me considero imagen
y semejanza de Dios, ese cuerpo que el Señor me ha dado lo tengo
que respetar.
Solamente
cuando se respeta lo que significa la total donación sexual en
el hombre y la mujer, es decir, cuando se respeta que la sexualidad
muestra la entrega completa de toda la persona para siempre, entonces,
la dimensión física de la persona humana se pone con verdad
dentro del ámbito del amor, y se realiza auténticamente
sin deformaciones ni mentiras. Sólo así la sexualidad
se vive según Dios se la entregó al ser humano.
De
aquí que el esposo y la esposa no puedan comportarse, respecto
a su entrega sexual, como dueños absolutos, ni como manipuladores
según las propias conveniencias. Cuando así se hace, la
sexualidad humana se corrompe y pasa a ser, en vez de un acto de entrega,
un acto de simple satisfacción personal. Además, la persona
del cónyuge se reduce a un objeto, con el cual se obtiene ese
placer, y pierde su condición de esposa o de esposo al que se
le entrega todo el propio ser.
Esta
situación se produce, de un modo especial, cuando los esposos,
mediante el recurso a la anticoncepción, separan los dos significados
que Dios Creador ha inscrito en el hombre y la mujer en la relación
sexual. Estos dos significados son: la unión amorosa de los esposos
y la procreación de nuevas vidas, cuando, de acuerdo a los ritmos
de la naturaleza, éstas puedan darse. Aquí es importante
recordar que la Iglesia Católica, en su enseñanza sobre
los actos conyugales, nunca ha querido decir que, de cada relación
entre los esposos, tenga que surgir una nueva vida, ni tampoco que haya
que tener de modo irresponsable todos los hijos que sean.
La
Iglesia afirma, con la conciencia de estar afirmando el designio de
Dios sobre la pareja humana, que el amor conyugal debe ser plenamente
humano, exclusivo y abierto a una nueva vida, y que va contra el plan
de Dios sobre la autenticidad humana del acto conyugal, el separar voluntariamente,
por medios artificiales, la unión y la procreación cuando
ésta puede darse. Es decir, es gravemente ilícito el que
los esposos impidan, de modo artificial, que en un acto conyugal del
que, podría procrearse una vida, ésta no se produzca.
Por ello, la Encíclica Humanae Vitae afirma: La Iglesia, al
exigir que los hombres observen las normas de la ley natural, interpretada
por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial
debe quedar abierto a la transmisión de la vida (n. 11).
Cierto
que esta enseñanza no es fácil para la mentalidad actual,
que considera imposible el que un hombre y una mujer tengan un amor
así. Cierto que muchas veces esta doctrina es ridiculizada por
quien no es capaz de entenderla. Pero la Iglesia sabe que ha recibido
de Cristo la misión de custodiar y proteger la dignidad del matrimonio
y la responsabilidad de la transmisión de la vida humana. Tampoco
los hombres de la época de Cristo entendieron sus palabras: Entonces
se pusieron a discutir entre sí: "¿Cómo puede
este darnos a comer su carne?"
Hoy
día, hay voces también dentro de la Iglesia que intentan
rebajar la dignidad del amor conyugal; opiniones, incluso de personas
buenas en otros aspectos, que dicen que es imposible este modo de llevar
el matrimonio, y aconsejan a los esposos que no sigan la doctrina católica.
Hemos de recordar que ningún camino es fácil para el cristiano
verdadero y tampoco lo es la vida conyugal. Al fin y al cabo, no olvidemos
que el matrimonio es el modo con que los esposos participan del amor
de Cristo que se entrega sobre la cruz. Por ello, no debemos ocultar
que quien quiere amar de verdad, tiene que vivir el dominio de sí
mismo para poder respetar la verdad de su amor. Y respetar la verdad
del amor requiere de sacrificios que hacen el amor más grande,
no más triste, ni más débil.
La
respuesta de Cristo a los hombres fue conducirlos con claridad por el
camino de la verdad: "Yo les aseguro: si no comen la carne del
Hijo del Hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en
ustedes". Para esto, hoy, a nosotros nos da como ayuda su gracia
que, a través del Espíritu Santo, renueva y fortalece
el corazón del hombre y la mujer, y hace a los esposos capaces
de amarse como Cristo los amó. Así, el amor conyugal alcanza
su plenitud. Por ello, como católicos, invitamos a los matrimonios
a descubrir la verdad de su amor y la necesidad que tienen de mantener
íntegra la autenticidad de cada una de sus relaciones conyugales.
Sólo el camino de la verdad es el camino del amor, el camino
de la vida. Caminemos por la verdad del matrimonio y la familia. No
arranquemos la verdad del amor de los esposos, porque sería arrancarles
el sentido que ilumina las dificultades de la existencia.
Cartas:
1
| 2
| 3
| 4
| 5
| 6
| 7
| 8
| 9
| 10
| 11
| 12