LA
FAMILIA, CUNA Y SANTUARIO DE VIDA
¿Señor
a quién iremos? Tú nenes
palabras de vida eterna.
De
alguna manera, en este mundo tan difícil que nos toca vivir,
esta pregunta resuena en todas las conciencias. Cuánto cuesta
saber a dónde hay que ir en la vida; cómo se nos llena
de incertidumbres el horizonte. Si pudiéramos entrar en el corazón
de los hombres y mujeres que nos rodean, ¿no veríamos
una duda fundamental en cada uno de ellos? Son tantas las dudas que
hay: dudas para llevar adelante la propia vida, dudas para educar a
los hijos, dudas para resolver los conflictos matrimoniales. Vacilaciones
a todos los niveles: político, económico, social... Parecería
que vivimos en un mundo en el que la incertidumbre es la ley.
Y
el hombre y la mujer de hoy buscan certezas, y para ello, muchas veces
se crean dioses, que de alguna manera den seguridad. Obviamente, ya
no son dioses de piedra, o de madera. Los dioses de hoy se llaman dinero,
se llaman poder, se llaman placer. Los dioses de hoy se encuentran en
los movimientos que promueven una supuesta energía cósmica,
la venta de todo tipo de amuletos, la consulta a supuestos consejeros
que no pasan de ser verdaderos charlatanes. Los dioses de hoy están
en la mentalidad técnica que lleva a la deshumanización.
También
al hombre de hoy la vida le hace la demanda que Josué le hacía
al pueblo de Israel: "Digan aquí y ahora a quién
quieren servir". Depende de a quién sirva el hombre
para que encuentre la felicidad, la vida eterna. Solamente quien sirve
al verdadero Dios se libra de la esclavitud, se encuentra protegido
en el camino que recorre y entre las circunstancias por las que pasa.
Solamente quien sirve al verdadero Dios es capaz de ver, en su vida,
los prodigios que dan sentido a todo interrogante, que dan luz en toda
obscuridad. La razón de todo esto se encuentra en que sólo
quien sabe dirigirse hacia el verdadero Dios encuentra la vida.
Una
vida que no es sólo la vida del más allá, la vida
eterna. También es la vida temporal que aquí desarrollamos.
Esta vida tiene una dimensión física y otra dimensión
espiritual. Una vida que es el don más grande que podemos tener,
porque es única y se vive una sola vez. Esta vida es un don como
dice la Escritura: El Espíritu es quien da la vida.
En
efecto, es el Espíritu Santo quien da la vida al hombre, la vida
espiritual y la vida física con la colaboración de los
padres. Dios nos da la vida en una familia. ¿Cómo podemos
dar a la vida una certeza, una seguridad? El hombre que vive su vida
a través de su familia, en su familia encuentra la certeza que
Dios da. Por el contrario, el hombre que vive su vida fuera de un marco
familiar, cae en la angustia, la incertidumbre, y vuelve a experimentar
la angustia de la pregunta ¿a quién iré?
Del
don de la vida somos responsables cada uno en particular, pues no hay
don más grande que éste. Al ser el don del que dependen
todos los otros dones, es el que más hay que cuidar, el que más
hay que proteger. Quien primero cuida del don de nuestra vida son nuestros
padres que se preocupan por hacemos crecer, por damos lo mejor, dentro
sus posibilidades, para que nuestra vida se desarrolle. ¡De hecho,
hay tantos ataques contra la vida humana! ¡Es tan frágil
en sus inicios! ¡Corre tantos riesgos de ser destruida, de que
se desvíe en su camino hacia situaciones de desintegración!
Por ello, la vida humana necesita de la familia, de los padres, del
hogar, para verse sostenida y protegida. El primer lugar donde la vida
es recibida, cuidada, desarrollada es la familia: La familia es el
santuario de la vida, el ámbito donde la vida puede ser protegida
de manera adecuada contra los múltiples ataques a que está
expuesta, y donde puede desarrollarse según las exigencias de
un auténtico crecimiento humano.
Éste
es el papel que tiene la familia como comunidad de amor, preocupada
por cuidar a cada uno de sus integrantes, como lo escuchábamos
en la segunda lectura: Maridos amen a sus esposas como Cristo amó
a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla... Así
los maridos deben amar a sus esposas coma cuerpos suyos que son... nadie
jamás ha odiado a su propio cuerpo. La familia es el centro
de una cultura de vida y amor, pues en ella cada uno debe buscar darse
a los demás. El papel de la familia en la edificación
de la cultura de la vida es determinante e insustituible. En ella
se aprende a valorar lo que es la persona humana por sí misma,
por lo que es y no por la utilidad que puede reportar. En la familia,
se establecen unos vínculos que sostienen a la persona humana
en toda circunstancia difícil que puede encontrar en su vida.
En la familia, el ser humano vuelve a encontrar el sentido de su existencia,
se da a los demás, vence toda tendencia egoísta, no se
deja derrotar por las adversidades sociales, económicas y de
salud.
Todos
sabemos que la familia es el mejor ambiente para el nacimiento, crecimiento
y la educación de los hijos, pues en ella se puede establecer
el equilibrio necesario para la persona, en ella se pueden completar
las deficiencias afectivas del ambiente, en ella se hace que la persona
pueda aplicar a las cosas diarias los grandes principios. Cuando hablamos
de honestidad, ¿no es la familia la primera escuela, donde día
tras día los padres tienen que ser honestos entre sí,
los hermanos deben evitar todo engaño mutuo, los hijos y los
padres se encuentran con sinceridad? Cuando hablamos de preocupación
por los demás, ¿no es la familia el primer lugar donde
podemos escuchar el corazón de los demás y donde pueden
consolar el nuestro? Cuando hablamos de vivir con coherencia la fe católica,
¿no es la familia el lugar donde se aprenden las oraciones, las
virtudes, el compromiso cristiano?
Por
el contrario, cuando la familia se ve desplazada como lugar de vida,
de transmisión y educación de vida, podemos ver cómo
en la sociedad se extiende un manto de indiferencia, de rencor, de odio,
de temor, en el que ya no hay ninguna vida segura. Contemplamos cómo
se propaga la cultura de la muerte, es decir, el modo de pensar en el
que la vida humana es menos importante que otras cosas: menos importante
que el dinero, menos importante que los intereses de una determinada
ideología, menos importante que la convivencia social. Cultura
de la muerte que hace de la persona humana un objeto útil, que
se desecha cuando es inútil. La cultura de la muerte ataca
a la familia, centro y corazón de la civilización del
amor.
Pensemos en el anciano, en el enfermo. ¿Acaso la sociedad no
los ve como una carga molesta de la que hay que deshacerse o, por lo
meno, evitar que estorbe mucho?; ¿no es la familia el último
reducto donde es considerado como una persona y no como un objeto de
compasión?; ¿no es la familia donde se le escucha, donde
se le atiende, donde se le quiere? Pensemos en los discapacitados de
cualquier tipo, físico o mental. ¿no es la familia, en
la mayoría de los casos, el único lugar de superación
desde el que surgen las organizaciones para darles una vida digna según
su condición humana?
La
cultura de la muerte es una mentalidad pesimista, egoísta, que
ofusca al mundo, porque lo ciega, impidiéndole ver la grandeza
de la vida humana, de toda vida humana, sin importar cuál sea
su situación y estado. El mundo de hoy no es capaz de percibir
la inmensidad del amor que se encierra en el dolor de un hijo enfermo.
Nuestra sociedad no puede fácilmente descubrir la grandeza de
un corazón materno o paterno, que sobrelleve, con gozo en el
sufrimiento, el sacar adelante a un niño que, a lo mejor, sólo
podrá decir gracias con una mirada. Nuestro mundo no entiende
esos corazones que creen firmemente que la vida humana, aunque débil
y enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad.
En
esta tarea, la familia, santuario de la vida, no se encuentra abandonada.
Son muchas las organizaciones civiles, sociales y religiosas, que buscan
acompañarla para que pueda cumplir con su misión. También
la Iglesia Católica, a veces en medio del rechazo y la
incomprensión, promueve con todo medio la vida humana y la
defiende contra toda visión negativa, en cualquier condición
o fase de desarrollo en que se encuentre.
Vemos
hasta qué punto llega la intolerancia y la agresión contra
aquellos que defienden la vida humana, que Juan Pablo II ha sido insultado,
difamado y agredido, en Francia, en su espléndida visita pastoral
que hoy ha concluido, sólo por visitar la tumba de su amigo Jerome
Lejeume, científico reconocido, pero que cometió el delito
de estar en favor de la vida. Ayer leíamos en un diario capitalino
la petición angustiada del cardenal brasileño Lucas Moreira
que, en caso de que sea aprobado, los médicos que defiendan la
vida no sean castigados.
Qué
bueno que las autoridades obliguen a poner en el tabaco y en el alcohol
la leyenda "pueden ser nocivos para la salud", pero una leyenda
semejante no se pone en los preservativos que está promoviendo
el mismo gobierno, sabiendo que hay riesgos reales para la vida humana,
o por defecto de fabricación o por su mal uso.
De
un modo particular, es muy importante todo lo que se haga por las madres
solteras y por las mujeres, a veces adolescentes, que se encuentran
esperando un hijo, fuera de un hogar establecido. No puede ser que la
única opción que se les ofrezca sea una opción
de muerte. No puede ser que la salida normal sea la destrucción
de la vida humana que llevan en su seno. Si Dios da la vida, ¿cómo
el ser humano va a dar la muerte a uno de sus semejantes, al más
inocente de sus semejantes? Hay otras soluciones que, en vez de ser
criminales, son humanas.
Exhorto
a los médicos a apoyar a estas mujeres que se ven en tan grave
dilema, para que saquen adelante a sus hijos. Exhorto a los responsables
de la vida civil para que instrumenten medidas que permitan a estas
madres tener la certeza de que sus hijos van a ser acogidos en la sociedad.
Exhorto a todos los católicos, de modo especial a los sacerdotes
diocesanos y religiosos, a las religiosas y mujeres consagradas, a los
laicos comprometidos en los diversos movimientos y ministerios, para
que sean sostén de la desesperanza en la que se encuentran con
frecuencia las madres que no ven ningún futuro a su embarazo,
y les ayuden a dar una respuesta de vida a la tentación de muerte.
Pero, de modo muy especial, me dirijo a todos los habitantes de esta
Arquidiócesis de México: ¡No matemos a nuestros
hermanos mexicanos, a los más pequeños, a los más
indefensos de nuestros hermanos mexicanos!
Sepamos
servir al Dios de la vida, sepamos romper la esclavitud con que a veces
se nos ata el corazón, sepamos descubrir en la familia el santuario
de la vida, desde la que cada ser humano se ve acogido, valorado y amado.
Que, en este camino de preparación para el Encuentro Internacional
de las familias con el Papa Juan Pablo II, cada familia mexicana pueda
repetir las palabras de Josué: En cuanto a mí toca,
mi familia y yo serviremos al Señor. Y que todos podamos
responder: También nosotros serviremos al Señor porque
él es nuestro Dios.
Cartas:
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