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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Doce cartas a la FAMILIA, del Cardenal Norberto Rivera Carrera

EXIGENCIAS HUMANAS Y CRISTIANAS
DE LA PATERNIDAD Y MATERNIDAD RESPONSABLES

¿Quién será grato a tus ojos Señor?

La pregunta del salmista se convierte en una pregunta para todos los que hacemos el esfuerzo por acercamos a Dios; pues ser grato a los ojos del Señor es, sobre todo, llevar a plenitud la persona humana que somos cada uno de nosotros. Ser grato a los ojos de Dios no es otra cosa sino lograr que nuestra persona sea, en todo momento, todo lo que tiene que ser, sin corromperla ni mutilarla. Hoy día, vemos que se mutila con mucha facilidad a la persona, y no me refiero a operaciones quirúrgicas, sino a mentalidades que hacen que el ser humano se vea a sí mismo como disminuido en sus capacidades, de modo especial, en su capacidad de aspirar al bien.

Vivimos en una sociedad conformista, que ha renunciado a ser todo lo que tiene que ser; que ha renunciado a ofrecer a sus miembros las mejores opciones, para conformarse con darles cualquier cosa que funcione más o menos. Vivimos en una sociedad que ha perdido la capacidad de generar personas que mantengan íntegros sus ideales, para caer en una situación de impotencia ante los grandes flagelos que la atacan como el narcotráfico, la corrupción de la juventud, el materialismo. Todos estos son elementos que acaban mutilando a la persona, porque la empujan a perder de vista todo lo que, como seres humanos e hijos de Dios, podrían llegar a ser, porque privan al corazón humano de la esperanza que nace de un corazón íntegro para enfrentar la vida; porque, en definitiva, al disminuir nuestra calidad interior, no nos hacen gratos a los ojos de Dios.

Uno de los campos en los que esta mutilación se ha hecho más obvia es en la capacidad que tenemos como personas para vivir las exigencias humanas y cristianas del amor. Parecería que el hombre y la mujer de hoy no pueden amar de verdad, como si estuvieran hechos nada más para desarrollar amores efímeros, sin ningún compromiso, sin ningún propósito de duración. Parecería que vivimos en la cultura del desechable también en el amor humano.

La sociedad débil, de la que hablábamos hace un momento, ha construido personas débiles, o mejor dicho, personas que se sienten débiles, débiles para amar, débiles para comprometerse, débiles para ser fieles a la palabra dada, débiles para salir adelante en las dificultades, a veces normales y a veces extraordinarias, de la vida familiar. Sin embargo, con facilidad tendemos a no enfrentar con fortaleza las dificultades propias del matrimonio e, incluso, se busca falsearlo, dejando de lado exigencias que son sustanciales para la veracidad de la relación conyugal y familiar. Es una injusticia esconder las obligaciones que conlleva la vida de pareja y la construcción de un hogar, y por ello, hay que trabajar para que las eventuales dificultades conyugales se resuelvan sin falsificar ni comprometer la autenticidad del amor.

La autenticidad del amor reclama del ser humano, por un lado, el ser capaz de escuchar la voz de Dios que habla en la conciencia de cada uno de nosotros, y, al mismo tiempo, decidirse a seguir el camino luminoso que Cristo nos ha dejado en el Evangelio, y que llega hasta nosotros gracias a la enseñanza de la Iglesia. La autenticidad del amor no es una cuestión de lo que uno siente, sino que es una cuestión de si el amor que se dice tener es verdadero de modo real. Por ello, debemos procurar que nuestra sociedad y nuestras familias desarrollen un compromiso tenaz y valiente en crear y sostener todas las condiciones humanas -psicológicas, morales y espirituales- que son indispensables para comprender y vivir el valor y la norma moral.

Cuando en una sociedad se abdica de proponer y fomentar la plenitud de la norma moral, se está abdicando de llevar al ser humano a su plenitud, que es la finalidad primaria de la sociedad. Esto no quiere decir que ya no haya dificultades para vivir la norma moral, no quiere decir que no haya situaciones de tremendo dolor y angustia, que no haya situaciones en las que a veces parecería que la única salida es el mal. Y sin embargo, debemos tener la voluntad de perseverar en el camino del bien buscando soluciones buenas. Es como si nuestra sociedad se rindiese ante los tremendos problemas de la pobreza, del desempleo, de los niños de la calle, con la excusa real de que hay muchos y que es muy difícil solucionar estas situaciones. Sería un error dejar de buscar soluciones, o de hacer todos los esfuerzos y sacrificios necesarios para lograr erradicar el problema.

Esto mismo sucede con la norma moral. Ante la dificultad de su cumplimiento, no se puede decir: Bueno, en tu caso, haz algo que sabemos que está mal. El consejo verdadero, aún con grandes dificultades y sacrificios, es: Vamos a hacer lo que sabemos que está bien. Como decía Pablo VI: No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas. Si decimos que nos preocupan los demás, lo que no debemos de hacer es dejar de ayudarles a conocer y a practicar el camino del bien verdadero.

Esto tiene una especial resonancia cuando se refiere a uno de los problemas que más afectan a las parejas de hoy, que es el modo concreto de llevar a cabo la paternidad responsable. Todos estamos de acuerdo en que hay circunstancias en que la pareja puede y debe decidir espaciar los hijos que desea tener o, incluso, ya no tener más hijos. Hay causas graves que lo justifican y que no son excusas para un corazón egoísta, sino necesidad para ser verdaderamente responsables. Sin embargo, el fin no justifica los medios, y así como el no tener por el momento o de modo definitivo más hijos, puede ser un objetivo bueno, no cualquier medio lo es.

La unión sexual entre los esposos tiene un doble significado: el incremento del amor entre el hombre y la mujer, y la posibilidad de una nueva vida. Estos dos significados son inseparables, pues cuando un hombre y una mujer dicen entregarse totalmente uno a otro y no entregan la propia fecundidad -en el caso de que ésta exista-, la entrega deja de ser total. Las dos dimensiones de la unión conyugal, la unitiva y la procreativa, no pueden separarse artificialmente sin alterar la verdad intima del mismo acto conyugal. Por ello, todos los medios que, de modo artificial como: los fármacos anticonceptivos, dispositivos intrauterinos, preservativos, etc., rompen el significado de la unión sexual entre los esposos, son ilícitos, porque rompen la verdadera donación total entre los esposos.

Ésta es una doctrina de la Iglesia a la que la cultura actual es particularmente refractaria, pero a la que se llega cuando se entiende la verdadera naturaleza de la persona humana, como unidad de cuerpo y espíritu. Esta visión del ser humano y del amor, la Iglesia a nadie se la impone, pero sí reclama el derecho a proclamar lo que ha recibido de su Señor. A veces, se rechaza con la simple burla descalificadora, sin haber llegado a entender que destruir la verdad del significado del acto sexual entre los esposos, es destruir el amor verdadero y, por lo tanto, a la misma persona humana.

En parte, el problema de aceptación y de comprensión de la visión católica del matrimonio y de la paternidad responsable se origina, además de en algunos prejuicios de tipo ideológico, en una debilidad cultural para dar al ser humano toda la dignidad y riqueza interior que posee. Parecería que el hombre de hoy ya no es capaz de vivir la auténtica castidad conyugal, la cual no significa de ningún modo el rechazo o el menosprecio de la sexualidad humana: significa, más bien, la fuerza espiritual que sabe defender el amor ante los peligros del egoísmo y de la despersonalización, y sabe promoverlo hacia su realización plena. Esto, obviamente, supone una disciplina, una exigencia personal que se adquiere a base de amor. La castidad cristiana es el amor que sabe disciplinarse para mantenerse auténtico. La castidad y la fidelidad también a nadie se le pueden imponer, pero siempre serán valores e ideales que el cristiano tiene derecho a proclamar y proponer a la sociedad.

Ésta es una tarea en la que los esposos no se encuentran abandonados. A todos los miembros de la comunidad eclesial, sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos comprometidos y, especialmente, a los médicos que trabajan en el área de la, así llamada, salud reproductiva, en definitiva, a todos los que somos católicos, nos toca ayudar a las parejas a vivir la verdad de su amor conyugal, sin dejarse acobardar ante las presiones de la ideología de moda en la sociedad. Es una tarea de todos el preocupamos por animar, informar, suscitar convicciones y ofrecer ayudas concretas, a quienes desean vivir la paternidad y la maternidad de modo verdaderamente responsable y humano; por ejemplo, a través de métodos que broten del conocimiento más preciso de los ciclos de la fertilidad femenina. Un testimonio precioso puede y debe ser dado por aquellos esposos que, mediante el compromiso común de los métodos naturales, han llegado a una responsabilidad personal más madura ante el amor y la vida.

La paternidad responsable tiene, como vemos, exigencias humanas y cristianas, pero, de modo muy especial, requiere el dominio del corazón. Porque es, en el corazón del hombre, donde se encuentra la fuente del egoísmo que es la causa definitiva de nuestra resistencia al plan de Dios sobre el hombre y la mujer en la vivencia de su sexualidad conyugal. Como lo decía el Evangelio de hoy: Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro, porque del corazón del hombre salen las intenciones malas. Ser responsables en la paternidad supone, en ocasiones, la vivencia del sacrificio; pero es el sacrificio que no brota de un oscurantismo, sino de la certeza de que hay un valor, que es el amor mutuo que se debe poner por encima, incluso, de los propios gustos y conveniencias. Pretender en el matrimonio un amor diferente a éste es engañarse, es vivir un egoísmo disfrazado de amor.

Jesucristo es claro en su doctrina y, al mismo tiempo, es lleno de bondad. Por ello, siempre nos da un modo de poder vivir con plenitud su mandamiento, y siempre nos da la fuerza para vivirlo, cuando el único modo sea el de un camino costoso. Sepamos acudir a Él. Acudir a Él cada uno de nosotros, acudir a Él como pareja, en los momentos de gozo y de duda; acudir a Él como familia. Así, de nuestro corazón saldrá el deseo de poner el amor y no nuestro egoísmo como base de todas nuestras relaciones conyugales, familiares y sociales.

El domingo pasado les hacía una invitación para salir en ayuda de nuestras hermanas, muchas veces adolescentes, que se encuentran esperando un hijo, fuera de un hogar establecido. y les decía que no puede ser que la única opción que se les ofrezca sea una opción de muerte. Hoy celebramos el octavo aniversario de la fundación de los Centros de Ayuda a la Mujer, gracias a los cuales se han salvado de ser asesinados en el seno materno más de 15,400 niños mexicanos. Por todos los que trabajan en estos centros y por los niños que se han librado de la muerte ofrecemos esta Eucaristía.

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