EDUCACIÓN
DE LOS HIJOS,
DERECHO - DEBER PRIMARIO E INALIENABLE
Se
iluminarán entonces
los ojos de los ciegos,
y los oídos de los sordos se abrirán.
Las palabras del profeta Isaías nos hablan del tiempo en que
el Mesías estará presente en el mundo como redentor de
la humanidad y son el preludio de la obra de Cristo que, realizando
el milagro en el hombre sordo y mudo, nos dice que con Él ha
llegado el Reino de Dios. El milagro de Cristo no es sólo la
curación de una enfermedad; es, de modo especial, el signo de
la libertad de la atadura que le impide escuchar la palabra de Dios
y proclamarla a sus hermanos. Atadura que no es sólo la atadura
física, sino sobre todo la atadura del corazón que se
encierra en sí mismo y que impide al hombre abrirse a la voz
de Dios en su corazón, a las necesidades de los hermanos, a los
signos de los tiempos que reclaman su testimonio.
Este
milagro, Cristo lo sigue realizando con todos los hombres que se encuentran
con Él. A todos y cada uno Cristo los llena de luz para que su
corazón no se cierre al hermano, para que sus oídos se
abran a las necesidades de los demás, para que su lengua pueda
proclamar una palabra de esperanza al necesitado.
Sin
embargo, esto no se produce por arte de magia; es necesario que el corazón
humano se eduque a responder de esta manera al reclamo que, desde dentro
y desde fuera, se le hace de no ser sordo y mudo ante la voz de Dios.
La educación del corazón para responder a Dios y a los
hermanos es algo que no puede faltar.
¿Cómo
nos educa Cristo? En primer lugar, a través de la conciencia,
en la que Él nos va iluminando sobre el bien que hay que hacer
y el mal que hay que evitar, a veces, incluso, de modo heroico. En segundo
lugar, nos educa a través de la Palabra de Dios que, leída
y meditada en la Sagrada Escritura, nos muestra el camino que el hombre
tiene que seguir. En tercer lugar, a través de la voz de la Iglesia
que, con su guía moral y su sabiduría -maestra de humanidad
la llamaba Pablo VI-, nos va haciendo ver situaciones que nuestra sola
inteligencia no sería capaz de discernir de modo adecuado.
Sin
embargo, hay una escuela que está en la base de todas las demás;
esa escuela en la cual la Madre Teresa aprendió virtudes heroicas;
una escuela que, cuando falta, se desorienta la conciencia, presenta
graves fallas la relación con Dios y con la Iglesia e, incluso,
se ve gravemente cuestionada la capacidad de relacionarse socialmente
y de adquirir un aprendizaje para la vida diaria. Esta escuela es la
familia, el hogar en el que cada uno de nosotros nace y crece. La familia
no es sólo la primera escuela en la que todos nosotros aprendemos
a ser humanos; la familia es el molde que marca el resto del desarrollo
de nuestra vida. Si nuestra familia no se convierte en el lugar en que
crecemos como personas, esta deficiencia la sufriremos y la tendremos
que trabajar durante toda la vida.
Dios
ha querido que cada ser humano nazca en una familia, que sus padres
sean para él el rostro del amor de Dios, que sean para él
la mano que lo arranca de la sordera del espíritu y de la mudez
de la vida, como veíamos que Cristo hacía en el Evangelio.
La familia es, por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales,
que todas las sociedades necesitan.
Esta
realidad no es sólo una constatación: la educación
que se da a cada uno de los seres humanos es, sobre todo, un derecho
que los padres tienen. Como recuerda el Concilio Vaticano II: "Puesto
que los padres han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima
obligación de educar a la prole y, por tanto, hay que reconocerlos
como primeros y principales educadores de sus hijos". Nadie
en la sociedad tiene un derecho primario sobre el derecho de los padres.
Ciertamente
existen otras instancias sociales que colaboran con los padres en la
educación de los hijos. Instancias que nunca pueden sustituir,
ni imponerse, sino siempre apoyar la tarea que los padres tienen. Una
de estas instancias es el Estado que viene a ponerse al servicio de
los padres, dándoles unos medios que ellos muchas veces no podrían
ofrecer a los hijos. Hay también muchas asociaciones privadas,
algunas religiosas y otras no, que colaboran en esta tarea. Es de alabar
el esfuerzo que se hace para que, a todos los niveles sociales, la familia
se vea apoyada en el proyecto educativo que tiene para sus hijos.
Sin
embargo, ni el Estado, ni la Iglesia, ni estas otras instituciones,
pueden olvidar que la tarea educativa tiene su raíz en la vocación
primordial de los esposos a participar en la obra creadora de Dios;
es decir, cada matrimonio tiene, en nombre de Dios, el deber primario
de educar a sus hijos; los padres son los que van moldeando su espíritu,
los que van formando en ellos las virtudes, los que los enseñan
a convivir; en definitiva, los que al engendrar a una nueva persona,
han asumido, por ello mismo, la obligación de ayudarla a vivir
una vida plenamente humana.
Cuando
el hombre y la mujer carecen de la educación en la familia, casi
podríamos decir que resulta estéril toda la información
que se pueda dar. ¿De qué le sirven los conocimientos
al ser humano si nadie se ha preocupado por darle un corazón?
Ciertamente que es necesario que alguien nos instruya sobre lo que necesitamos
para desenvolvemos en la sociedad. Ciertamente que todos necesitamos
adquirir una visión del mundo que sea racional, no basada en
nuestras imágenes, sino en la maravilla de la inteligencia humana
que, hecha a imagen y semejanza de Dios, va poco a poco iluminando toda
la realidad.
De
muy poco sirve toda la formación que uno va adquiriendo en la
vida, si no se enmarca en la herencia espiritual, afectiva, psicológica
que transmite la familia. Cuando la familia no ha sido la base de nuestra
educación, cuando algo ha interferido con todo lo que nuestros
padres deberían habemos dado, contemplamos con tristeza seres
humanos quizá muy inteligentes, muy capaces de resolver problemas
técnicos, muy hábiles para dirigir otras cosas, pero impotentes
para comprenderse a sí mismos, para entender sus propios problemas,
para dirigir la propia vida hacia la felicidad.
La
familia logra hacer esto cuando la pareja hace del amor el alma que
inspira y guía toda la acción educativa concreta. Es decir,
cuando los padres dan a sus hijos, antes que muchas cosas de tipo material,
el amor que nace de sus corazones. Qué mejor educación
que la que nace del padre que aconseja en la recta visión de
la vida al hijo; qué mejor guía para la vida que la que
siembra la madre al enseñarnos a vivir los valores de la dulzura,
la constancia, la bondad, el servicio; qué escuela tan fecunda
es la de la pareja que construye la persona del hijo en el desinterés
y el espíritu de sacrificio, que son el fruto más precioso
del amor.
El
mejor modo de amar a los hijos es educarlos. Y no se trata simplemente
de darles unos estudios universitarios o introducirlos en un trabajo,
aspectos importantes, pero no absolutos en sí mismos. De modo
especial, es importante educar a la persona del hijo y no sólo
su mente; educar su voluntad para que enfrente con certidumbre las dificultades
de la vida; educar sus sentimientos para que los hijos sepan aprovechar
la riqueza que éstos aportan a la vida dentro de una recta jerarquía
interior; educar su inteligencia para que sepan buscar siempre la verdad,
incluso cuando ésta no sea agradable o sea costosa de aceptar;
educar su conciencia para que sean insobornables en la búsqueda
del bien.
De
modo muy especial, los padres deben formar a los hijos, con confianza
y valentía, en los valores especiales de la vida humana, en el
contexto de una cultura invadida por el materialismo que ciega, abrumada
por el afán de tener que endurece el corazón, oprimida
por la búsqueda del éxito a toda costa sin medir el precio
que hay que pagar; un éxito que, muchas veces, se identifica
con el crecimiento económico aún a costa de los valores
humanos.
Los
padres tienen que invitar constantemente a sus hijos a vivir la trascendencia
de la libertad ante los bienes materiales, el sentido de la verdadera
justicia, el respeto de la dignidad personal de todos y cada uno de
los que nos rodean, el amor y servicio desinteresado hacia los demás,
especialmente a los más pobres y necesitados, manifestado, incluso,
con la renuncia, o sabiendo dejar de lado los propios planes para ayudar,
en modo concreto, a quien pide la luz de la fe o el pan del cuerpo.
Para
todo esto, la familia es el lugar privilegiado de enseñanza viva,
porque la familia es el ambiente donde los valores se aprenden en modo
concreto, vivencial. Los valores y las virtudes, que son lo que nos
hacen propiamente humanos, no pueden ser transmitidos por la sola enseñanza
académica; se transmiten, más bien, por la relación
entre las personas. Un profesor universitario nos puede enseñar
que el amor es un valor; pero una madre, que pronuncia en casa palabras
de perdón hacia quien la ha ofendido, transmite, contagia, el
amor como algo que vale la pena. No es lo mismo oír mil explicaciones
que vivir las virtudes en lo concreto de la vida familiar diaria.
Si
queremos construir una sociedad en la que los valores no sean una teoría
bonita, que se proclama en los discursos y nunca llega a la vida; si
queremos una sociedad en la que disminuya la violencia, hagamos de la
familia la escuela de la paz; si queremos una sociedad en la que brille
la honestidad, hagamos de la familia una escuela de rectitud de vida;
si queremos una sociedad en la que haya respeto, hagamos de la familia
la fuente de la consideración hacia los demás. Nunca olvidemos
que en la familia se lleva a cabo la pedagogía más concreta
y eficaz para la inserción activa y responsable de los hijos
en la sociedad.
Un
elemento de particular importancia en nuestra sociedad es la educación
en la sexualidad, de la que a veces se olvida que es un derecho y deber
fundamental de los padres. Hoy hay muchas campañas que buscan
hacer que los padres eduquen a sus hijos en la sexualidad olvidando
que esta educación debe nacer, en primer lugar, de los valores
morales que la familia profesa. La información en la sexualidad
y, por lo tanto, la educación en la misma, no puede verse separada
de los principios morales.
Cuando
se rompe la unión entre educación en la sexualidad y los
valores morales, se reduce la dimensión de la sexualidad a una
introducción devastadora en el ámbito psicológico,
afectivo y social, a la experiencia del placer y, por lo tanto, a la
visión de la sexualidad no como un camino de realización
de la persona humana en el encuentro amoroso con el otro, sino como
un simple goce que reduce el cuerpo propio y el ajeno a un objeto despersonalizado
y campo abierto a todo tipo de abuso y comercialización.
Con
frecuencia se presiona a la familia, se manipula la información
que se da a los padres y a los hijos y, lo que es peor, se presiona
a los hijos para que dejen de lado y desprecien el consejo y los valores
que sus padres les transmiten. La educación en la sexualidad
de los hijos debe realizarse siempre bajo la dirección solícita
de los padres y madres de familia, tanto en casa como en los centros
educativos elegidos por ellos. En este sentido, la Iglesia reafirma
el principio de la subsidiariedad, es decir, de ayuda y no de imposición
substitutiva, que la escuela tiene que observar cuando coopera en la
educación sexual, de modo que nunca contradiga los principios
educativos que, en este campo, tengan los padres, entrando con ellos
en un respetuoso diálogo.
El
Evangelio de este domingo nos presenta a Cristo haciendo que un hombre
sordo y mudo recupere la posibilidad de integrarse plenamente a la sociedad.
Para esta misión, Cristo ha dado a la familia la tarea primaria
e ineludible de ir haciendo, de cada uno de sus miembros, personas que
puedan infundir, en el ambiente que los rodea, los valores que recibieron
de modo vivo en su casa. Pidámosle al Señor que en cada
familia mexicana podamos decir lo que sus contemporáneos decían
del Señor: ¡Qué bien lo hace todo! Ayudemos a que
la familia mexicana pueda hacer bien su tarea.
Este
día, demos gracias a Dios porque la Madre Teresa fue un fruto
excelente de una familia con valores; demos gracias a Dios porque la
Madre Teresa siempre trabajó para consolidar la estructura familiar.
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