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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Doce cartas a la FAMILIA, del Cardenal Norberto Rivera Carrera

LA FAMILIA, PRIMERA Y VITAL CÉLULA DE LA SOCIEDAD

¿Quién dicen los hombres que soy yo?

Esta pregunta, tantas veces escuchada y tantas veces respondida por los hombres, se nos hace a nosotros en el día de hoy. ¿Quién dice cada uno de nosotros que es Cristo? ¿Cuál es la imagen, la experiencia que cada uno de nosotros ha hecho de Cristo en su vida? Para muchos, Cristo es un ser etéreo, alejado, que no tiene nada qué decir a nuestra vida o, a lo sumo, un simple ejemplo moral de buen comportamiento. Para otros, Cristo es todo lo contrario: un hombre doctrinario, que proclama la violenta liberación de la opresión.

Ante todo esto, Cristo sigue preguntando: ¿Quién dicen los hombres que soy yo? Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? La respuesta definitiva es la que da S. Pedro: Él es el Mesías, "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo", es decir, el hombre designado por Dios para redimimos del peor de los males que es el pecado, por la obediencia hasta la muerte de cruz. Qué difícil es aceptar la verdad de Cristo. Cómo preferiríamos poderla manipular a nuestro gusto. Pero el Señor sigue presentándose en su misterio grandioso y cercano, para hacemos ver que no son nuestros esquemas humanos de conveniencia personal los que lo van a encerrar a Él, sino que es Él quien quiere encerramos en su amor por nosotros. Este amor es el que lo lleva a ofrecernos el camino para pode seguirlo: el camino de la cruz, por el que Él ha transitado primero.

Esta es la verdad de Cristo que no podemos alterar. El Evangelio de hoy, con la firme reacción del Señor ante el intento de san Pedro de alterar la identidad y la misión del Señor, nos pone frente a una gran enseñanza: no le es dado al hombre, si quiere seguir el camino de Cristo, romper con la verdad del plan de Dios sobre las cosas, sobre uno mismo. Esto nos introduce en la reflexión sobre el misterio de la familia, que llevamos haciendo desde hace diez domingos, con motivo del Segundo Encuentro mundial del Papa Juan Pablo II con las familias, que tendrá lugar en Río de Janeiro, en el próximo mes de octubre.

El hombre debe conocer y vivir la verdad de la familia, pues ella es la que hace que el hombre descubra y viva su dignidad de persona. Vivimos en una sociedad que corre el peligro de ser cada vez más despersonalizada y masificada, por la aplanadora de las modas ideológicas y culturales, por la vida urbana que tiende a hacer la existencia de las personas inhumana y deshumanizadora. Cuando la familia deja de ser la base de la vida del hombre, no tardan en aparecer los tristemente conocidos resultados negativos de tantas formas de "evasión y manipulación" como son: el alcoholismo, la droga, la violencia, el abuso del menor, la prostitución.

Ante este mundo que niega al hombre la verdad de la familia, el corazón se siente solo, el sentido de la vida parece agotarse en la obtención de dinero o de otro tipo de resultados; en definitiva, el hombre parecería que ha dejado de ser una persona, para comenzar a ser un objeto más de una cadena de producción. Sin embargo, frente a todo esto, la familia es capaz de sacar al hombre del anonimato, de mantenerlo consciente de su dignidad personal, de enriquecerlo con profunda humanidad y de afianzarlo activamente en el tejido de la sociedad corno alguien único e irrepetible. Pues en la familia cada uno de nosotros es una persona, no un número, es alguien y no algo.

Todo esto nos habla de uno de los aspectos fundamentales de la verdad de la familia, que es su dimensión social. La familia nos hace ver que cada uno de nosotros no está llamado a realizar se en solitario. La familia es el primer ambiente que refleja la vocación que todos tenemos de vida social, de ser cada uno constructor responsable de la sociedad. En efecto, de la familia nacen los ciudadanos, y éstos encuentran en ella la primera escuela de estas virtudes sociales, que son el alma de la vida y del desarrollo de la sociedad misma.

Por ello, no debemos perder de vista la importancia que tiene el que cada familia siga realizando esta misión. Una sociedad que permite que sus familias se desintegren, que sus familias se deterioren, dejen de ser un sólido fundamento de la vida de cada uno de sus miembros, es una sociedad que se está destruyendo a sí misma. Y, sin embargo, hoy podemos percibir síntomas que nos hablan de la pérdida de la familia como centro desde el que la persona humana se proyecta.

Por un lado, vemos cómo se ataca la solidez de la institución familiar con proyectos claramente trazados que van minando la autoridad de la familia: pensemos en las tentativas de hacer que los padres no tengan influjo en los hijos, al ser presentados como seres fuera de moda, a los que se mira con cierta compasión. Esto se hace en algunas publicaciones, medios de comunicación audiovisual e, incluso, a través de programas financiados con fondos provenientes de otros países y organizaciones internacionales.

Por otro lado, la cultura en la que estamos inmersos va forjando una personalidad en el hombre y la mujer, que los hace particularmente débiles para constituir un hogar en el que se vivan y enseñen los valores personales y sociales: el corazón humano se va haciendo cada vez más individualista, más incapaz de renunciar a sí mismo por el otro, menos dispuesto a compartir el sufrimiento, el dolor, el fracaso.

Nos rodea una cultura que ciega la capacidad de discernimiento de muchos jóvenes que eligen su compañero o compañera de vida basados en criterios tremendamente superficiales, incapaces de sostener el embate de la vida diaria una vez que se establece la vida en común. La consecuencia de esto acaba siendo, con frecuencia, el fracaso matrimonial y, por consiguiente, la herida en la vida y en el espíritu de los esposos y de los hijos que hubieran podido nacer. Esto se convierte en una cadena educativa que transmite, de generación en generación, un modo de ser alejado de la verdad de lo que la familia debería haber construido en el corazón de sus miembros.

Otro problema particularmente doloroso en nuestro México es el fenómeno de las uniones libres y de las madres solteras. Por un lado, se prescinde del matrimonio como modo de realizar la vida conyugal, haciendo de la familia un lugar inestable, pues no se basa sobre ningún compromiso serio y perdurable. Por otro lado, la misma fragilidad de la unión acaba haciendo que la mujer se quede sola al frente de la educación de los hijos, viéndose éstos privados del papel insustituible que lleva a cabo el varón en el equilibrio personal y social de éstos. En esta situación con frecuencia, el papel del hombre se reduce a la aportación económica, dejando injustamente a los hijos privados de su presencia.

¿Cómo queremos sociedades comprensivas, si no hay comprensión dentro de los esposos y de los hijos en el hogar? ¿Cómo queremos sociedades solidarias si, dentro de la casa, cada uno se busca nada más a sí mismo? ¿Cómo queremos una sociedad que sea tolerante y capaz de diálogo si no procuramos que los miembros de la familia sean capaces de llevar las cargas de los demás? ¿Cómo queremos una sociedad que respete los derechos de las personas, si en la casa nos vemos unos a otros como simples objetos de consumo o de producción económica? Así, la promoción de una auténtica y madura comunidad de personas en la familia se convierte en la primera e insustituible pedagogía de sociabilidad, ejemplo y estímulo para las relaciones comunitarias más amplias, en un clima de respeto, justicia, diálogo y amor.

Esta es una tarea que toca de modo primario a los padres y madres de familia. Ellos son los primeros que deben examinarse seriamente si están o no realizando esta tarea en su hogar. Sin embargo, también nos toca toca, a todos los que tenemos una responsabilidad social, el ofrecer a las familias los medios que colaboren y que faciliten a los esposos la creación de un hogar sano. Si la sociedad permanece indiferente ante los ataques que sufre la familia, si las asociaciones civiles no se preocupan de que los hogares no se vean sobrepasados por campañas que fomentan la promiscuidad con intereses claramente monetaristas, si la Iglesia no lleva a cabo su tarea de informar, prevenir, aconsejar y ofrecer su apoyo, si todo esto sucede, estaremos impidiendo que la familia realice su tarea de hacer más humanos a sus miembros, estaremos siendo obstáculo para que se construya un mundo en el que se desarrolle una vida propiamente humana, en particular por la custodia y transmisión de las virtudes y los "valores".

Si queremos una sociedad más humana, no nos quedemos en buenos deseos. A todos nosotros, como Iglesia, nos toca comprometemos muy seriamente para que la familia cumpla con su misión. Como dice el apóstol Santiago: ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no lo demuestra con las obras? ¿De qué nos sirve hacer bonitos discursos, pronunciar hermosas intenciones, sobre lo que querríamos hacer por la sociedad si no hacemos nada o muy poco por la familia que es la base de la sociedad? No olvidemos que la familia es una prioridad señalada por nuestro Sínodo, es una prioridad en el proyecto pastoral del Episcopado Mexicano y Latinoamericano.

No temamos asumir ningún sacrificio para defender a la familia y darle toda la dignidad y el papel que debe asumir en la sociedad. Cristo nos ha anunciado que quien quiere seguirlo debe atreverse a tomar su cruz. A veces defender el plan de Dios sobre la familia va a suponer ser difamado, malinterpretado, pero eso no le importa al cristiano, porque así está respondiendo con el testimonio de su vida a la pregunta que Cristo le hace en su corazón: y tú, ¿quién dices que soy yo?

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