LA
FAMILIA, PRIMERA Y VITAL CÉLULA DE LA SOCIEDAD
¿Quién
dicen los hombres que soy yo?
Esta
pregunta, tantas veces escuchada y tantas veces respondida por los hombres,
se nos hace a nosotros en el día de hoy. ¿Quién
dice cada uno de nosotros que es Cristo? ¿Cuál es la imagen,
la experiencia que cada uno de nosotros ha hecho de Cristo en su vida?
Para muchos, Cristo es un ser etéreo, alejado, que no tiene nada
qué decir a nuestra vida o, a lo sumo, un simple ejemplo moral
de buen comportamiento. Para otros, Cristo es todo lo contrario: un
hombre doctrinario, que proclama la violenta liberación de la
opresión.
Ante
todo esto, Cristo sigue preguntando: ¿Quién dicen los
hombres que soy yo? Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?
La respuesta definitiva es la que da S. Pedro: Él es el Mesías,
"Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo", es decir,
el hombre designado por Dios para redimimos del peor de los males que
es el pecado, por la obediencia hasta la muerte de cruz. Qué
difícil es aceptar la verdad de Cristo. Cómo preferiríamos
poderla manipular a nuestro gusto. Pero el Señor sigue presentándose
en su misterio grandioso y cercano, para hacemos ver que no son nuestros
esquemas humanos de conveniencia personal los que lo van a encerrar
a Él, sino que es Él quien quiere encerramos en su amor
por nosotros. Este amor es el que lo lleva a ofrecernos el camino para
pode seguirlo: el camino de la cruz, por el que Él ha transitado
primero.
Esta
es la verdad de Cristo que no podemos alterar. El Evangelio de hoy,
con la firme reacción del Señor ante el intento de san
Pedro de alterar la identidad y la misión del Señor, nos
pone frente a una gran enseñanza: no le es dado al hombre, si
quiere seguir el camino de Cristo, romper con la verdad del plan de
Dios sobre las cosas, sobre uno mismo. Esto nos introduce en la reflexión
sobre el misterio de la familia, que llevamos haciendo desde hace diez
domingos, con motivo del Segundo Encuentro mundial del Papa Juan Pablo
II con las familias, que tendrá lugar en Río de Janeiro,
en el próximo mes de octubre.
El
hombre debe conocer y vivir la verdad de la familia, pues ella es la
que hace que el hombre descubra y viva su dignidad de persona. Vivimos
en una sociedad que corre el peligro de ser cada vez más despersonalizada
y masificada, por la aplanadora de las modas ideológicas y culturales,
por la vida urbana que tiende a hacer la existencia de las personas
inhumana y deshumanizadora. Cuando la familia deja de ser la base de
la vida del hombre, no tardan en aparecer los tristemente conocidos
resultados negativos de tantas formas de "evasión y manipulación"
como son: el alcoholismo, la droga, la violencia, el abuso del menor,
la prostitución.
Ante
este mundo que niega al hombre la verdad de la familia, el corazón
se siente solo, el sentido de la vida parece agotarse en la obtención
de dinero o de otro tipo de resultados; en definitiva, el hombre parecería
que ha dejado de ser una persona, para comenzar a ser un objeto más
de una cadena de producción. Sin embargo, frente a todo esto,
la familia es capaz de sacar al hombre del anonimato, de mantenerlo
consciente de su dignidad personal, de enriquecerlo con profunda humanidad
y de afianzarlo activamente en el tejido de la sociedad corno alguien
único e irrepetible. Pues en la familia cada uno de nosotros
es una persona, no un número, es alguien y no algo.
Todo
esto nos habla de uno de los aspectos fundamentales de la verdad de
la familia, que es su dimensión social. La familia nos hace ver
que cada uno de nosotros no está llamado a realizar se en solitario.
La familia es el primer ambiente que refleja la vocación que
todos tenemos de vida social, de ser cada uno constructor responsable
de la sociedad. En efecto, de la familia nacen los ciudadanos, y éstos
encuentran en ella la primera escuela de estas virtudes sociales, que
son el alma de la vida y del desarrollo de la sociedad misma.
Por
ello, no debemos perder de vista la importancia que tiene el que cada
familia siga realizando esta misión. Una sociedad que permite
que sus familias se desintegren, que sus familias se deterioren, dejen
de ser un sólido fundamento de la vida de cada uno de sus miembros,
es una sociedad que se está destruyendo a sí misma. Y,
sin embargo, hoy podemos percibir síntomas que nos hablan de
la pérdida de la familia como centro desde el que la persona
humana se proyecta.
Por
un lado, vemos cómo se ataca la solidez de la institución
familiar con proyectos claramente trazados que van minando la autoridad
de la familia: pensemos en las tentativas de hacer que los padres no
tengan influjo en los hijos, al ser presentados como seres fuera de
moda, a los que se mira con cierta compasión. Esto se hace en
algunas publicaciones, medios de comunicación audiovisual e,
incluso, a través de programas financiados con fondos provenientes
de otros países y organizaciones internacionales.
Por
otro lado, la cultura en la que estamos inmersos va forjando una personalidad
en el hombre y la mujer, que los hace particularmente débiles
para constituir un hogar en el que se vivan y enseñen los valores
personales y sociales: el corazón humano se va haciendo cada
vez más individualista, más incapaz de renunciar a sí
mismo por el otro, menos dispuesto a compartir el sufrimiento, el dolor,
el fracaso.
Nos
rodea una cultura que ciega la capacidad de discernimiento de muchos
jóvenes que eligen su compañero o compañera de
vida basados en criterios tremendamente superficiales, incapaces de
sostener el embate de la vida diaria una vez que se establece la vida
en común. La consecuencia de esto acaba siendo, con frecuencia,
el fracaso matrimonial y, por consiguiente, la herida en la vida y en
el espíritu de los esposos y de los hijos que hubieran podido
nacer. Esto se convierte en una cadena educativa que transmite, de generación
en generación, un modo de ser alejado de la verdad de lo que
la familia debería haber construido en el corazón de sus
miembros.
Otro
problema particularmente doloroso en nuestro México es el fenómeno
de las uniones libres y de las madres solteras. Por un lado, se prescinde
del matrimonio como modo de realizar la vida conyugal, haciendo de la
familia un lugar inestable, pues no se basa sobre ningún compromiso
serio y perdurable. Por otro lado, la misma fragilidad de la unión
acaba haciendo que la mujer se quede sola al frente de la educación
de los hijos, viéndose éstos privados del papel insustituible
que lleva a cabo el varón en el equilibrio personal y social
de éstos. En esta situación con frecuencia, el papel del
hombre se reduce a la aportación económica, dejando injustamente
a los hijos privados de su presencia.
¿Cómo
queremos sociedades comprensivas, si no hay comprensión dentro
de los esposos y de los hijos en el hogar? ¿Cómo queremos
sociedades solidarias si, dentro de la casa, cada uno se busca nada
más a sí mismo? ¿Cómo queremos una sociedad
que sea tolerante y capaz de diálogo si no procuramos que los
miembros de la familia sean capaces de llevar las cargas de los demás?
¿Cómo queremos una sociedad que respete los derechos de
las personas, si en la casa nos vemos unos a otros como simples objetos
de consumo o de producción económica? Así, la promoción
de una auténtica y madura comunidad de personas en la familia
se convierte en la primera e insustituible pedagogía de sociabilidad,
ejemplo y estímulo para las relaciones comunitarias más
amplias, en un clima de respeto, justicia, diálogo y amor.
Esta
es una tarea que toca de modo primario a los padres y madres de familia.
Ellos son los primeros que deben examinarse seriamente si están
o no realizando esta tarea en su hogar. Sin embargo, también
nos toca toca, a todos los que tenemos una responsabilidad social, el
ofrecer a las familias los medios que colaboren y que faciliten a los
esposos la creación de un hogar sano. Si la sociedad permanece
indiferente ante los ataques que sufre la familia, si las asociaciones
civiles no se preocupan de que los hogares no se vean sobrepasados por
campañas que fomentan la promiscuidad con intereses claramente
monetaristas, si la Iglesia no lleva a cabo su tarea de informar, prevenir,
aconsejar y ofrecer su apoyo, si todo esto sucede, estaremos impidiendo
que la familia realice su tarea de hacer más humanos a sus miembros,
estaremos siendo obstáculo para que se construya un mundo en
el que se desarrolle una vida propiamente humana, en particular por
la custodia y transmisión de las virtudes y los "valores".
Si
queremos una sociedad más humana, no nos quedemos en buenos deseos.
A todos nosotros, como Iglesia, nos toca comprometemos muy seriamente
para que la familia cumpla con su misión. Como dice el apóstol
Santiago: ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe,
si no lo demuestra con las obras? ¿De qué nos sirve
hacer bonitos discursos, pronunciar hermosas intenciones, sobre lo que
querríamos hacer por la sociedad si no hacemos nada o muy poco
por la familia que es la base de la sociedad? No olvidemos que la familia
es una prioridad señalada por nuestro Sínodo, es una prioridad
en el proyecto pastoral del Episcopado Mexicano y Latinoamericano.
No
temamos asumir ningún sacrificio para defender a la familia y
darle toda la dignidad y el papel que debe asumir en la sociedad. Cristo
nos ha anunciado que quien quiere seguirlo debe atreverse a tomar su
cruz. A veces defender el plan de Dios sobre la familia va a suponer
ser difamado, malinterpretado, pero eso no le importa al cristiano,
porque así está respondiendo con el testimonio de su vida
a la pregunta que Cristo le hace en su corazón: y tú,
¿quién dices que soy yo?
Cartas:
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