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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Doce cartas a la FAMILIA, del Cardenal Norberto Rivera Carrera

LA IGLESIA DOMÉSTICA: FRUTO Y SERVIDORA
DE LA EVANGELIZACIÓN

El que reciba en mi nombre
a uno de estos niños a mí me recibe.
Y el que me recibe a mí,
no me recibe a mí,
sino a Aquél que me ha enviado.

Recibir a Cristo no es una tarea opcional para el hombre. Recibir a Cristo es uno de los urgentes requerimientos del corazón humano. Porque recibir a Cristo, como ha enseñado la Iglesia Católica desde hace dos mil años, es la necesidad fundamental para la propia realización. Sin embargo, hoy el mundo nos propone muchos redentores, muchos hombres, muchas instituciones, muchas técnicas, muchas filosofías, que se nos presentan como capaces de hacer feliz al hombre. Pero una tras otra van pasando, dejando en los hombres y en las mujeres que los han seguido, la decepción de la vida perdida y el anhelo inapagado de alguien que los redima.

¿Quién podrá hacer que Cristo nazca, crezca y viva en el corazón de los hombres? ¿Quién podrá hacer que Cristo arraigue de tal modo en el alma, que nada ni nadie nos lo pueda arrebatar? ¿Quién puede hacer que se mantenga viva entre nosotros la fe de nuestros padres, la fe en Cristo, la fe en la Iglesia, el amor a la Santísima Virgen María?

Es claro que hay muchos que pueden ayudar a que Cristo sea recibido en el corazón como verdadero redentor que nos da su Iglesia, la Iglesia Católica; que nos da a su Madre, la virgen María; que nos da su Palabra en la Santa Biblia; que nos da su cuerpo y su sangre en la Eucaristía. Sin embargo, hay algo que es verdaderamente insustituible: se trata de la familia. Precisamente ahora, que nos encontramos tan cerca del encuentro de las familias del mundo con el Santo Padre Juan Pablo II, en Brasil, quisiera que reflexionáramos sobre el apoyo que la familia nos da a cada uno de nosotros en el conocimiento de Cristo.

La familia cristiana tiene como tarea insustituible el hacer crecer entre sus miembros no sólo la vida física, sino también la vida de Dios. Es en la familia donde cada uno de nosotros aprendió las primeras oraciones; es en la familia donde Dios se hizo presente en nuestras vidas. Pues la familia es el lugar del primer encuentro entre Dios y el hombre. Cómo no recordar, cada uno de nosotros, a nuestra madre enseñándonos a rezar, o a nuestro padre dándonos consejos de vida cristiana moral. La familia es, por lo tanto, la primera edificadora del Reino de Dios en la tierra, pues es la que construye la fe en cada uno de sus miembros. La familia es, por lo tanto, una verdadera escuela de fe y vida cristiana, la familia es una verdadera escuela de evangelización.

Como dice el Concilio Vaticano II: La familia cristiana. cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos la presencia viva del Salvador del mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia. ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros. La principal misión de la familia es evangelizar. Y esto no significa otra cosa sino hacer capaz al hombre de recibir a Cristo y de escuchar su mensaje, para luego ponerlo por obra.

La familia es la que hace al hombre capaz de recibir a Cristo, no sólo porque, por medio del bautismo, los padres cristianos se preocupan de que sus hijos lleguen ser hijos de Dios o, a través de la preparación para los sacramentos y de la catequesis, aprendan y reciban la iniciación de la fe cristiana, sino también, porque de manera importante, la vida de familia prepara el corazón del hombre y de la mujer que en ella viven para recibir a Dios.

Solamente un corazón bondadoso, un corazón abierto, un corazón capaz de compartir, es un corazón que puede recibir a Cristo; solamente un corazón que no le importa sacrificarse por los demás, es un corazón capaz de recibir a Cristo; solamente un corazón capaz de vencer el materialismo, el afán de usar a los demás para el propio provecho, es capaz de recibir a Cristo. ¿Y acaso no es la familia donde todos aprendemos de modo primario a recibir la bondad, a abrimos a los demás, a compartir e, incluso, a soportar el dolor por otros?

La familia es la que hace al hombre y a la mujer capaz de seguir el mensaje de Cristo, porque es en la familia donde se aprenden los comportamientos que nos van a regir durante la vida, o, por lo menos, nuestros padres se esfuerzan, aún con sus debilidades, para que pongamos en práctica las grandes virtudes cristianas de las que nos habla hoy el apóstol Santiago: Los que tienen la sabiduría que viene de Dios son puros ante todo. Además, son amantes de la paz, comprensivos, dóciles, están llenos de misericordia y buenos frutos, son imparciales y sinceros. La familia, con la convivencia diaria, con la palabra a veces bondadosa y, otras, severa, pero sobre todo con el mutuo ejemplo, construye en los padres y en los hijos los hombres y las mujeres que serán luego testimonio de la vida cristiana en la sociedad.

¿Dónde se empieza a amar y defender la vida sino en la familia? ¿Dónde se comienza a respetar la persona del otro sino en la familia? ¿Dónde se vive en la práctica el amor y la entrega a los demás, la laboriosidad, sino en la familia? ¿En qué otro lugar vamos a aprender, mejor que en nuestras casas, el respeto que hay que dar al día del Señor cuando nuestros padres nos inculcan y nos dan ejemplo yendo a misa cada domingo? ¿Dónde vamos a empezar a leer la Palabra de Dios y a aplicar su significado en nuestra vida sino a través de la preocupación de nuestros padres por que en la casa todos conozcamos la Sagrada Escritura? ¿Y dónde vamos a aprender a decir en las penas y en los gozos: Ruega por nosotros pecadores, a nuestra madrecita del Tepeyac, si no es de los labios llenos de tristeza o de alegría de nuestra familia?

Esta tarea tan hermosa es un deber primario de los padres y de las madres, que tienen la obligación no sólo de ellos mismos recibir el amor de Cristo, sino a convertir su hogar en una comunidad donde se hace presente la salvación que Cristo trae a través de hacer partícipe a su hogar de todo el amor que Él ha tenido por cada uno de ellos hasta morir en la cruz por su redención: la muerte y la resurrección de Cristo.

El misterio de amor y de entrega que es toda su vida, es el mensaje que de cada familia deben recibir todos sus miembros. Los esposos entre sí, deben ayudarse a vivir la verdad del amor de Cristo por medio de la comprensión, del mutuo apoyo, de la entrega sacrificada de uno a otro. Y, al mismo tiempo, el padre y la madre deben ser para sus hijos una luz que les haga entender que, en medio de todas las circunstancias, aún difíciles de la vida, Dios los ama y está siempre con los brazos abiertos, dispuesto a darles su gracia y su perdón.

Los padres y las madres deben tener siempre presente esta tarea. Con frecuencia se deja a otros que sean los que eduquen a los hijos en campos tan importantes como es el campo moral y religioso. Hay que recordar que es la familia la primera responsable de la fe de los hijos , y que tiene el derecho y el deber de que sus hijos reciban la verdadera palabra de Dios. Es, por lo tanto, una tarea de vigilancia la que deben ejercer los padres sobre los criterios morales y religiosos que están recibiendo sus hijos en la escuela, en la catequesis, en los medios de comunicación, en el ambiente de amigos y sociedad en que se mueven. Y como consecuencia, es un deber de los padres el exigir que se respeten las convicciones morales y la veracidad de la doctrina católica que se imparte a los niños y a las niñas.

Hoy nos encontramos con una malentendida pluralidad en la evangelización de los hijos y de la sociedad, y se hacen pasar, como moral católica, criterios que están tomados de concepciones materialistas y ateas del ser humano, o doctrinas y modos de comportarse que se oponen al Magisterio de la Iglesia o del Santo Padre. La familia debe defender la fe de los suyos y no dejarse engañar por apariencias. La fe de los hijos es un bien sumamente precioso, pues es la condición para que se encuentren con Cristo. No sería correcto que la familia descuidara lo que los hijos reciben, para encontrarse, al paso de no mucho tiempo, con que los hijos han acabado por perder la fe, desviados en doctrinas y comportamientos materialistas, egoístas, consumistas, permisivistas.

Pero juntamente con esto, los padres se convierten en verdaderos testigos de evangelización, cuando ellos son los primeros que viven e invitan a vivir a sus hijos la fe. Cuántas oportunidades nos ofrece el mundo de hoy de ser ejemplo de vida cristiana para los hijos y hacer que ellos, a su vez, lo sean en su ambiente. Pensemos en los padres que hablan con sus hijos en la medida de su capacidad, de las decisiones morales que deben tomar para ser honestos, o para mantenerse dentro de la coherencia cristiana. Pensemos en los padres que sacrifican su tiempo de descanso y llevan consigo a sus hijos para predicar la palabra de Dios y la fe católica entre quienes no la conocen. Pensemos en los padres que ponen en guardia a sus hijos frente a los antivalores del mundo actual y llevan a cabo acciones concretas que promueven y no sólo destruyan los verdaderos valores humanos y cristianos en los medios de comunicación, en el mundo artístico, cultural, económico, político, etc.

Con todo esto, la familia se convierte, no sólo ella misma, en lugar donde el Evangelio de Cristo se conoce y se vive, sino también en fuente de nuevas familias cristianas, cuando los hijos, al formar cada uno su propia familia, lleven a su nuevo hogar las semillas de fe que recibieron de sus padres.

Si Cristo prometió que lo recibiríamos a Él si recibíamos a uno de los pequeños, qué gran amistad y qué gran cercanía nos regalará el Señor si nuestra tarea ha sido que muchos de esos pequeños lo reciban a Él. Hagamos de cada una de nuestras familias el lugar donde Cristo es conocido, amado e imitado; hagamos de ellas el lugar desde donde Cristo pueda ser conocido, amado y seguido, por otros muchos hombres y mujeres.

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