LA
IGLESIA DOMÉSTICA: FRUTO Y SERVIDORA
DE LA EVANGELIZACIÓN
El
que reciba en mi nombre
a uno de estos niños a mí me recibe.
Y el que me recibe a mí,
no me recibe a mí,
sino a Aquél que me ha enviado.
Recibir
a Cristo no es una tarea opcional para el hombre. Recibir a Cristo es
uno de los urgentes requerimientos del corazón humano. Porque
recibir a Cristo, como ha enseñado la Iglesia Católica
desde hace dos mil años, es la necesidad fundamental para la
propia realización. Sin embargo, hoy el mundo nos propone muchos
redentores, muchos hombres, muchas instituciones, muchas técnicas,
muchas filosofías, que se nos presentan como capaces de hacer
feliz al hombre. Pero una tras otra van pasando, dejando en los hombres
y en las mujeres que los han seguido, la decepción de la vida
perdida y el anhelo inapagado de alguien que los redima.
¿Quién
podrá hacer que Cristo nazca, crezca y viva en el corazón
de los hombres? ¿Quién podrá hacer que Cristo arraigue
de tal modo en el alma, que nada ni nadie nos lo pueda arrebatar? ¿Quién
puede hacer que se mantenga viva entre nosotros la fe de nuestros padres,
la fe en Cristo, la fe en la Iglesia, el amor a la Santísima
Virgen María?
Es
claro que hay muchos que pueden ayudar a que Cristo sea recibido en
el corazón como verdadero redentor que nos da su Iglesia, la
Iglesia Católica; que nos da a su Madre, la virgen María;
que nos da su Palabra en la Santa Biblia; que nos da su cuerpo y su
sangre en la Eucaristía. Sin embargo, hay algo que es verdaderamente
insustituible: se trata de la familia. Precisamente ahora, que nos encontramos
tan cerca del encuentro de las familias del mundo con el Santo Padre
Juan Pablo II, en Brasil, quisiera que reflexionáramos sobre
el apoyo que la familia nos da a cada uno de nosotros en el conocimiento
de Cristo.
La
familia cristiana tiene como tarea insustituible el hacer crecer entre
sus miembros no sólo la vida física, sino también
la vida de Dios. Es en la familia donde cada uno de nosotros aprendió
las primeras oraciones; es en la familia donde Dios se hizo presente
en nuestras vidas. Pues la familia es el lugar del primer encuentro
entre Dios y el hombre. Cómo no recordar, cada uno de nosotros,
a nuestra madre enseñándonos a rezar, o a nuestro padre
dándonos consejos de vida cristiana moral. La familia es, por
lo tanto, la primera edificadora del Reino de Dios en la tierra, pues
es la que construye la fe en cada uno de sus miembros. La familia es,
por lo tanto, una verdadera escuela de fe y vida cristiana, la familia
es una verdadera escuela de evangelización.
Como
dice el Concilio Vaticano II: La familia cristiana. cuyo origen está
en el matrimonio, que es imagen y participación de la alianza
de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos la presencia
viva del Salvador del mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia.
ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los
esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros.
La principal misión de la familia es evangelizar. Y esto no significa
otra cosa sino hacer capaz al hombre de recibir a Cristo y de escuchar
su mensaje, para luego ponerlo por obra.
La
familia es la que hace al hombre capaz de recibir a Cristo, no sólo
porque, por medio del bautismo, los padres cristianos se preocupan de
que sus hijos lleguen ser hijos de Dios o, a través de la preparación
para los sacramentos y de la catequesis, aprendan y reciban la iniciación
de la fe cristiana, sino también, porque de manera importante,
la vida de familia prepara el corazón del hombre y de la mujer
que en ella viven para recibir a Dios.
Solamente
un corazón bondadoso, un corazón abierto, un corazón
capaz de compartir, es un corazón que puede recibir a Cristo;
solamente un corazón que no le importa sacrificarse por los demás,
es un corazón capaz de recibir a Cristo; solamente un corazón
capaz de vencer el materialismo, el afán de usar a los demás
para el propio provecho, es capaz de recibir a Cristo. ¿Y acaso
no es la familia donde todos aprendemos de modo primario a recibir la
bondad, a abrimos a los demás, a compartir e, incluso, a soportar
el dolor por otros?
La
familia es la que hace al hombre y a la mujer capaz de seguir el mensaje
de Cristo, porque es en la familia donde se aprenden los comportamientos
que nos van a regir durante la vida, o, por lo menos, nuestros padres
se esfuerzan, aún con sus debilidades, para que pongamos en práctica
las grandes virtudes cristianas de las que nos habla hoy el apóstol
Santiago: Los que tienen la sabiduría que viene de Dios son
puros ante todo. Además, son amantes de la paz, comprensivos,
dóciles, están llenos de misericordia y buenos frutos,
son imparciales y sinceros. La familia, con la convivencia diaria,
con la palabra a veces bondadosa y, otras, severa, pero sobre todo con
el mutuo ejemplo, construye en los padres y en los hijos los hombres
y las mujeres que serán luego testimonio de la vida cristiana
en la sociedad.
¿Dónde
se empieza a amar y defender la vida sino en la familia? ¿Dónde
se comienza a respetar la persona del otro sino en la familia? ¿Dónde
se vive en la práctica el amor y la entrega a los demás,
la laboriosidad, sino en la familia? ¿En qué otro lugar
vamos a aprender, mejor que en nuestras casas, el respeto que hay que
dar al día del Señor cuando nuestros padres nos inculcan
y nos dan ejemplo yendo a misa cada domingo? ¿Dónde vamos
a empezar a leer la Palabra de Dios y a aplicar su significado en nuestra
vida sino a través de la preocupación de nuestros padres
por que en la casa todos conozcamos la Sagrada Escritura? ¿Y
dónde vamos a aprender a decir en las penas y en los gozos: Ruega
por nosotros pecadores, a nuestra madrecita del Tepeyac, si no es de
los labios llenos de tristeza o de alegría de nuestra familia?
Esta
tarea tan hermosa es un deber primario de los padres y de las madres,
que tienen la obligación no sólo de ellos mismos recibir
el amor de Cristo, sino a convertir su hogar en una comunidad donde
se hace presente la salvación que Cristo trae a través
de hacer partícipe a su hogar de todo el amor que Él ha
tenido por cada uno de ellos hasta morir en la cruz por su redención:
la muerte y la resurrección de Cristo.
El
misterio de amor y de entrega que es toda su vida, es el mensaje que
de cada familia deben recibir todos sus miembros. Los esposos entre
sí, deben ayudarse a vivir la verdad del amor de Cristo por medio
de la comprensión, del mutuo apoyo, de la entrega sacrificada
de uno a otro. Y, al mismo tiempo, el padre y la madre deben ser para
sus hijos una luz que les haga entender que, en medio de todas las circunstancias,
aún difíciles de la vida, Dios los ama y está siempre
con los brazos abiertos, dispuesto a darles su gracia y su perdón.
Los
padres y las madres deben tener siempre presente esta tarea. Con frecuencia
se deja a otros que sean los que eduquen a los hijos en campos tan importantes
como es el campo moral y religioso. Hay que recordar que es la familia
la primera responsable de la fe de los hijos , y que tiene el derecho
y el deber de que sus hijos reciban la verdadera palabra de Dios. Es,
por lo tanto, una tarea de vigilancia la que deben ejercer los padres
sobre los criterios morales y religiosos que están recibiendo
sus hijos en la escuela, en la catequesis, en los medios de comunicación,
en el ambiente de amigos y sociedad en que se mueven. Y como consecuencia,
es un deber de los padres el exigir que se respeten las convicciones
morales y la veracidad de la doctrina católica que se imparte
a los niños y a las niñas.
Hoy
nos encontramos con una malentendida pluralidad en la evangelización
de los hijos y de la sociedad, y se hacen pasar, como moral católica,
criterios que están tomados de concepciones materialistas y ateas
del ser humano, o doctrinas y modos de comportarse que se oponen al
Magisterio de la Iglesia o del Santo Padre. La familia debe defender
la fe de los suyos y no dejarse engañar por apariencias. La fe
de los hijos es un bien sumamente precioso, pues es la condición
para que se encuentren con Cristo. No sería correcto que la familia
descuidara lo que los hijos reciben, para encontrarse, al paso de no
mucho tiempo, con que los hijos han acabado por perder la fe, desviados
en doctrinas y comportamientos materialistas, egoístas, consumistas,
permisivistas.
Pero
juntamente con esto, los padres se convierten en verdaderos testigos
de evangelización, cuando ellos son los primeros que viven e
invitan a vivir a sus hijos la fe. Cuántas oportunidades nos
ofrece el mundo de hoy de ser ejemplo de vida cristiana para los hijos
y hacer que ellos, a su vez, lo sean en su ambiente. Pensemos en los
padres que hablan con sus hijos en la medida de su capacidad, de las
decisiones morales que deben tomar para ser honestos, o para mantenerse
dentro de la coherencia cristiana. Pensemos en los padres que sacrifican
su tiempo de descanso y llevan consigo a sus hijos para predicar la
palabra de Dios y la fe católica entre quienes no la conocen.
Pensemos en los padres que ponen en guardia a sus hijos frente a los
antivalores del mundo actual y llevan a cabo acciones concretas que
promueven y no sólo destruyan los verdaderos valores humanos
y cristianos en los medios de comunicación, en el mundo artístico,
cultural, económico, político, etc.
Con
todo esto, la familia se convierte, no sólo ella misma, en lugar
donde el Evangelio de Cristo se conoce y se vive, sino también
en fuente de nuevas familias cristianas, cuando los hijos, al formar
cada uno su propia familia, lleven a su nuevo hogar las semillas de
fe que recibieron de sus padres.
Si
Cristo prometió que lo recibiríamos a Él si recibíamos
a uno de los pequeños, qué gran amistad y qué gran
cercanía nos regalará el Señor si nuestra tarea
ha sido que muchos de esos pequeños lo reciban a Él. Hagamos
de cada una de nuestras familias el lugar donde Cristo es conocido,
amado e imitado; hagamos de ellas el lugar desde donde Cristo pueda
ser conocido, amado y seguido, por otros muchos hombres y mujeres.
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