LA
SANTIDAD EN LA VIDA DE LA FAMILIA
Ojalá
que todo el pueblo de Dios fuera profeta
y descendiera sobre todos ellos el Espíritu del Señor.
Las
palabras de Moisés, que hemos escuchado en la primera lectura,
son un marco magnífico para reflexionar sobre la diferencia que
hay entre el interior del hombre que vive según la ley de Dios
y Aquél que la ha olvidado. Es como si la Palabra de Dios nos
dibujara dos tipos de personas. Por un lado, los que ponen su corazón
nada más en lo que vale aquí en la tierra: el dinero,
el poder, el placer, el lujo. Por otro lado, los que viven con un corazón
sencillo, dirigido hacia Dios y hacia los bienes que permanecen para
siempre. Es la alternativa entre el corazón egoísta y
el corazón generoso, entre el corazón que sólo
se busca a sí mismo y el propio interés, sin importarle
el precio que haya que pagar, ni la maldad que haya que cometer, y,
por otro lado, el corazón que busca a Dios, que sabe ver a Dios
en los demás y que, por lo tanto, hace de la primacía
del amor a Dios y al prójimo la ley de su existencia.
Las
lecturas de hoy nos hacen ver que el corazón del hombre tiene
siempre consecuencias en su actuar. El corazón generoso se manifestará
en la apertura con que vive de cara a los demás, de cara a Dios,
en la importancia que da a las necesidades de los demás, a la
justicia en el trato con ellos. El corazón egoísta se
mostrará en la injusticia que comete con sus hermanos, en el
olvido de las carencias que sufren, en el olvido de Dios en su corazón.
El
lenguaje de la Sagrada Escritura es muy duro, muy fuerte, casi violento.
Y es que Cristo no quiere ocultar las consecuencias que tiene, para
la vida del hombre, la presencia o la ausencia de la santidad del corazón.
La ley de santidad no es sino fidelidad al camino de Dios en la práctica
cotidiana; la ley de la santidad no es sino el esfuerzo por levantar
cada día la mirada para ver qué es lo que Dios nos pide
hacer con los demás y en nuestro interior. Sin embargo, las lecturas
de hoy pueden llevamos al equívoco de mirar sólo el exterior
del hombre y no fijamos en el interior. Como si la bondad o maldad de
un hombre se midieran por la apariencia externa y no por la bondad de
sus obras. Jesús nos da la clave en el Evangelio: no ser motivo
de escándalo para nadie y esforzarse con decisión por
seguir de cerca su camino. Este es el verdadero criterio que hemos de
tener para juzgar nuestras obras.
Hoy,
en muchos ambientes, se cae en la tentación de señalar
y decir: "Éste es malo, éste es bueno", viendo
sólo la apariencia exterior, y no las obras de justicia que se
realizan. El dinero que se tiene, o del que se carece, no es el único
criterio; casi podríamos decir que ni siguiera es el principal
criterio. El criterio de la santidad está en el corazón
y en las obras que hablan de lo que hay en el corazón. Pobres
y ricos están llamados a buscar la santidad, y ninguno puede
decir que por tener o no tener, ya se posee o se carece de la santidad.
Hemos
de cuidarnos de las simplificaciones y mirar, más bien, cada
uno nuestro corazón para limpiarlo de toda soberbia antes de
mirar a los demás. No hacer esto nos llevaría al mutuo
desprecio, al odio, a la violencia, apartándonos del principal
mandamiento de Cristo que es la caridad con todos. Como dice el salmo
que se ha proclamado: Presérvame, Señor, de la soberbia,
no dejes que el orgullo me domine; así, del gran pecado, tu servidor
podrá encontrarse libre.
Por
ello es que todos tenemos la obligación de buscar, de modo individual
y colectivo, la santidad, es decir, la amistad con Dios, la vida según
los mandamientos de Dios y la imitación del ejemplo de Jesucristo.
Todos los seguidores de Cristo hemos sido llamados por Dios a ser santos
por el bautismo que nos hizo hijos de Dios y partícipes de la
naturaleza divina.
Estas
reflexiones nos conducen, como de la mano, a pensar en el lugar donde
cada uno de nosotros ha sido llamado a la santidad. Al nacer en una
familia, al ser bautizados por nuestros padres, nuestra familia se convirtió
en el inicio de nuestro camino a la santidad. Los ejemplos de nuestros
padres nos ayudaron a conocer lo que es la santidad; las necesidades
de la vida familiar nos dieron la ocasión de practicar las virtudes
que nos configuran con Cristo, modelo de toda santidad. La familia es
la cuna de la santidad y el camino de la santidad.
El
enemigo de la santidad es el pecado; de modo especial, el egoísmo,
al que acompañan lo que nosotros llamamos los vicios capitales:
la soberbia, la pereza, la ira, la avaricia, la gula, la lujuria y la
envidia; todos ellos son actitudes y comportamientos que dan origen
a otros muchos males: el pecado, que se manifiesta en nuestro interior
y, a veces, también en nuestro exterior; el pecado que a veces
cometemos nada más en nuestro pensamiento, o con nuestra palabra,
con nuestras obras y con las omisiones: las cosas buenas que pudimos
haber hecho y dejamos de hacer.
El
pecado es, así, un gravísimo enemigo de la familia, es
la raíz de su destrucción. El pecado que el hombre y la
mujer cometen no se queda encerrado en el oscuro secreto del corazón,
sino que perjudica a los que se encuentran alrededor, debilita los lazos
que se tienen con ellos, y hace que el amor deje de ser la ley de nuestra
vida y de nuestro entorno. Si la familia nace y vive del amor, es claro
que el pecado, enemigo del amor, la deteriora muy seriamente.
Al
mismo tiempo, la santidad es el gran aliado de la familia, pues la santidad
verdadera es la práctica interna y externa del amor, con lo que
los vínculos familiares de entrega mutua, de fidelidad, de servicio
desinteresado, de sacrificio por el otro, de alegría sincera,
se ven fortalecidos. Para lograr la vivencia de esta santidad, los miembros
de la familia no se encuentran solos, sino que cuentan con la ayuda
de la gracia divina que es otorgada, de modo especial, a los esposos
por el sacramento del matrimonio. ¡Qué diferente es vivir
la familia con el regalo divino que supone la gracia sacramental! Los
esposos deberían sentirse fuertes ante las dificultades, capaces
de salir adelante en situaciones que, si se estuviera dejado a las propias
fuerzas, sería imposible afrontar, firmes para sostenerse en
el reto diario de ser modelo de seguimiento de Cristo para los hijos.
Por
ello, no da lo mismo si la familia vive o no en la santidad; si en la
familia se vive o no de acuerdo con la ley de Dios. Cuanta mayor cercanía
tenga la familia a Dios, más posibilidades habrá de vivir
con un corazón íntegro, habrá más certeza
de que los valores de la familia y, por lo tanto, la felicidad de la
misma, se encuentran asegurados aún en medio de grandes dolores
y dificultades. La santidad hace presente a Cristo. Él que es
el Salvador del mundo y el Esposo de la Iglesia, sale al encuentro
de los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio.
Él, fiel a su Palabra, permanece con ellos para que los esposos,
con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como Él
mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella.
Como
dice el Concilio Vaticano II: Los esposos cristianos, para cumplir
dignamente su deber de estado, están fortificados y como consagrados
por un sacramento especial; en virtud de él, cumpliendo su misión
conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, con el
que toda su vida queda empapada en fe, esperanza y caridad, llegan cada
vez más a su pleno desarrollo personal y a su mutua santificación,
y a la glorificación de Dios.
Vemos,
queridos hermanos, que la santidad no es algo que se encuentra en las
nubes, alejado de nosotros y de nuestra vida real. La santidad es un
programa de vida, que se lleva a cabo al estilo de Dios. La santidad
es una vivencia concreta, real, cotidiana, que hace presente, en las
cosas más sencillas de la vida, la grandeza de la redención
y del amor de Cristo. ¿No lo dice Él en el Evangelio de
hoy, cuando asegura que todo aquel que les dé a beber un vaso
de agua por el hecho de que son de Cristo, no se quedará sin
recompensa?
Jesús
nos enseña que hasta en un vaso de agua se puede encontrar la
santidad. Y si esto es así, ¿qué será cuando
lo que los esposos entregan no es un vaso de agua, sino la vida toda,
el cuidado de los hijos, la preocupación por la salud, la inquietud
por su educación, la solicitud diaria por el alimento, el vestido?
Y, de modo muy particular, ¿qué recompensa habrá
para los padres y madres que dan a sus hijos el inmenso don de la vida
cristiana? ¿Qué recompensa tendrán las familias
que acercan a sus hijos a recibir el cuerpo de Cristo en la Eucaristía?
¿Qué recompensa dará Cristo a los padres que enseñan
a sus hijos la justicia, la honestidad, la rectitud? ¿Qué
recompensa dará Cristo a las madres que hacen que sus hijos reciten
con cariño: Dios te salve, María?
Empezábamos
hablando de la importancia que tiene el que la santidad revista toda
la vida del cristiano para no ser injusto con sus hermanos y no cerrar
el corazón a sus necesidades, y terminamos viendo que la familia
es el mejor lugar para construir corazones santos que lleven a cabo,
en la sociedad, la justicia que piden los hermanos menos favorecidos,
la ayuda que necesitan los miles de pobres de pan, de trabajo, de cariño,
los miles de pobres de Dios que hay en las calles de nuestra Ciudad
de México.
Durante
doce domingos, la familia ha sido el centro de nuestra reflexión.
Hemos hablado de ella, para conocerla mejor, para compartirla con los
que nos rodean, para defenderla ante quienes la atacan. Hoy, casi en
la víspera del encuentro de las familias con el Papa en Brasil,
quiero repetir a la familia mexicana, a la familia que vive en esta
tierra tan amada por la Virgen Morena, Nuestra Madre de Guadalupe: Familia,
sé tú misma; familia, sé lo que Dios quiere que
seas; no tengas miedo de las dificultades que te acechan; tú
eres más fuerte. porque tú eres la cuna de la vida, la
cuna del amor; porque de una familia quiso nacer el amor verdadero:
el Hijo de Dios vivo. Cristo Redentor, Jesús de Nazaret, Hijo
de María, en el hogar de José, el carpintero.
Cartas:
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