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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Doce cartas a la FAMILIA, del Cardenal Norberto Rivera Carrera

LA SANTIDAD EN LA VIDA DE LA FAMILIA

Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta
y descendiera sobre todos ellos el Espíritu del Señor.

Las palabras de Moisés, que hemos escuchado en la primera lectura, son un marco magnífico para reflexionar sobre la diferencia que hay entre el interior del hombre que vive según la ley de Dios y Aquél que la ha olvidado. Es como si la Palabra de Dios nos dibujara dos tipos de personas. Por un lado, los que ponen su corazón nada más en lo que vale aquí en la tierra: el dinero, el poder, el placer, el lujo. Por otro lado, los que viven con un corazón sencillo, dirigido hacia Dios y hacia los bienes que permanecen para siempre. Es la alternativa entre el corazón egoísta y el corazón generoso, entre el corazón que sólo se busca a sí mismo y el propio interés, sin importarle el precio que haya que pagar, ni la maldad que haya que cometer, y, por otro lado, el corazón que busca a Dios, que sabe ver a Dios en los demás y que, por lo tanto, hace de la primacía del amor a Dios y al prójimo la ley de su existencia.

Las lecturas de hoy nos hacen ver que el corazón del hombre tiene siempre consecuencias en su actuar. El corazón generoso se manifestará en la apertura con que vive de cara a los demás, de cara a Dios, en la importancia que da a las necesidades de los demás, a la justicia en el trato con ellos. El corazón egoísta se mostrará en la injusticia que comete con sus hermanos, en el olvido de las carencias que sufren, en el olvido de Dios en su corazón.

El lenguaje de la Sagrada Escritura es muy duro, muy fuerte, casi violento. Y es que Cristo no quiere ocultar las consecuencias que tiene, para la vida del hombre, la presencia o la ausencia de la santidad del corazón. La ley de santidad no es sino fidelidad al camino de Dios en la práctica cotidiana; la ley de la santidad no es sino el esfuerzo por levantar cada día la mirada para ver qué es lo que Dios nos pide hacer con los demás y en nuestro interior. Sin embargo, las lecturas de hoy pueden llevamos al equívoco de mirar sólo el exterior del hombre y no fijamos en el interior. Como si la bondad o maldad de un hombre se midieran por la apariencia externa y no por la bondad de sus obras. Jesús nos da la clave en el Evangelio: no ser motivo de escándalo para nadie y esforzarse con decisión por seguir de cerca su camino. Este es el verdadero criterio que hemos de tener para juzgar nuestras obras.

Hoy, en muchos ambientes, se cae en la tentación de señalar y decir: "Éste es malo, éste es bueno", viendo sólo la apariencia exterior, y no las obras de justicia que se realizan. El dinero que se tiene, o del que se carece, no es el único criterio; casi podríamos decir que ni siguiera es el principal criterio. El criterio de la santidad está en el corazón y en las obras que hablan de lo que hay en el corazón. Pobres y ricos están llamados a buscar la santidad, y ninguno puede decir que por tener o no tener, ya se posee o se carece de la santidad.

Hemos de cuidarnos de las simplificaciones y mirar, más bien, cada uno nuestro corazón para limpiarlo de toda soberbia antes de mirar a los demás. No hacer esto nos llevaría al mutuo desprecio, al odio, a la violencia, apartándonos del principal mandamiento de Cristo que es la caridad con todos. Como dice el salmo que se ha proclamado: Presérvame, Señor, de la soberbia, no dejes que el orgullo me domine; así, del gran pecado, tu servidor podrá encontrarse libre.

Por ello es que todos tenemos la obligación de buscar, de modo individual y colectivo, la santidad, es decir, la amistad con Dios, la vida según los mandamientos de Dios y la imitación del ejemplo de Jesucristo. Todos los seguidores de Cristo hemos sido llamados por Dios a ser santos por el bautismo que nos hizo hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina.

Estas reflexiones nos conducen, como de la mano, a pensar en el lugar donde cada uno de nosotros ha sido llamado a la santidad. Al nacer en una familia, al ser bautizados por nuestros padres, nuestra familia se convirtió en el inicio de nuestro camino a la santidad. Los ejemplos de nuestros padres nos ayudaron a conocer lo que es la santidad; las necesidades de la vida familiar nos dieron la ocasión de practicar las virtudes que nos configuran con Cristo, modelo de toda santidad. La familia es la cuna de la santidad y el camino de la santidad.

El enemigo de la santidad es el pecado; de modo especial, el egoísmo, al que acompañan lo que nosotros llamamos los vicios capitales: la soberbia, la pereza, la ira, la avaricia, la gula, la lujuria y la envidia; todos ellos son actitudes y comportamientos que dan origen a otros muchos males: el pecado, que se manifiesta en nuestro interior y, a veces, también en nuestro exterior; el pecado que a veces cometemos nada más en nuestro pensamiento, o con nuestra palabra, con nuestras obras y con las omisiones: las cosas buenas que pudimos haber hecho y dejamos de hacer.

El pecado es, así, un gravísimo enemigo de la familia, es la raíz de su destrucción. El pecado que el hombre y la mujer cometen no se queda encerrado en el oscuro secreto del corazón, sino que perjudica a los que se encuentran alrededor, debilita los lazos que se tienen con ellos, y hace que el amor deje de ser la ley de nuestra vida y de nuestro entorno. Si la familia nace y vive del amor, es claro que el pecado, enemigo del amor, la deteriora muy seriamente.

Al mismo tiempo, la santidad es el gran aliado de la familia, pues la santidad verdadera es la práctica interna y externa del amor, con lo que los vínculos familiares de entrega mutua, de fidelidad, de servicio desinteresado, de sacrificio por el otro, de alegría sincera, se ven fortalecidos. Para lograr la vivencia de esta santidad, los miembros de la familia no se encuentran solos, sino que cuentan con la ayuda de la gracia divina que es otorgada, de modo especial, a los esposos por el sacramento del matrimonio. ¡Qué diferente es vivir la familia con el regalo divino que supone la gracia sacramental! Los esposos deberían sentirse fuertes ante las dificultades, capaces de salir adelante en situaciones que, si se estuviera dejado a las propias fuerzas, sería imposible afrontar, firmes para sostenerse en el reto diario de ser modelo de seguimiento de Cristo para los hijos.

Por ello, no da lo mismo si la familia vive o no en la santidad; si en la familia se vive o no de acuerdo con la ley de Dios. Cuanta mayor cercanía tenga la familia a Dios, más posibilidades habrá de vivir con un corazón íntegro, habrá más certeza de que los valores de la familia y, por lo tanto, la felicidad de la misma, se encuentran asegurados aún en medio de grandes dolores y dificultades. La santidad hace presente a Cristo. Él que es el Salvador del mundo y el Esposo de la Iglesia, sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio. Él, fiel a su Palabra, permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como Él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella.

Como dice el Concilio Vaticano II: Los esposos cristianos, para cumplir dignamente su deber de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial; en virtud de él, cumpliendo su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, con el que toda su vida queda empapada en fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su pleno desarrollo personal y a su mutua santificación, y a la glorificación de Dios.

Vemos, queridos hermanos, que la santidad no es algo que se encuentra en las nubes, alejado de nosotros y de nuestra vida real. La santidad es un programa de vida, que se lleva a cabo al estilo de Dios. La santidad es una vivencia concreta, real, cotidiana, que hace presente, en las cosas más sencillas de la vida, la grandeza de la redención y del amor de Cristo. ¿No lo dice Él en el Evangelio de hoy, cuando asegura que todo aquel que les dé a beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, no se quedará sin recompensa?

Jesús nos enseña que hasta en un vaso de agua se puede encontrar la santidad. Y si esto es así, ¿qué será cuando lo que los esposos entregan no es un vaso de agua, sino la vida toda, el cuidado de los hijos, la preocupación por la salud, la inquietud por su educación, la solicitud diaria por el alimento, el vestido? Y, de modo muy particular, ¿qué recompensa habrá para los padres y madres que dan a sus hijos el inmenso don de la vida cristiana? ¿Qué recompensa tendrán las familias que acercan a sus hijos a recibir el cuerpo de Cristo en la Eucaristía? ¿Qué recompensa dará Cristo a los padres que enseñan a sus hijos la justicia, la honestidad, la rectitud? ¿Qué recompensa dará Cristo a las madres que hacen que sus hijos reciten con cariño: Dios te salve, María?

Empezábamos hablando de la importancia que tiene el que la santidad revista toda la vida del cristiano para no ser injusto con sus hermanos y no cerrar el corazón a sus necesidades, y terminamos viendo que la familia es el mejor lugar para construir corazones santos que lleven a cabo, en la sociedad, la justicia que piden los hermanos menos favorecidos, la ayuda que necesitan los miles de pobres de pan, de trabajo, de cariño, los miles de pobres de Dios que hay en las calles de nuestra Ciudad de México.

Durante doce domingos, la familia ha sido el centro de nuestra reflexión. Hemos hablado de ella, para conocerla mejor, para compartirla con los que nos rodean, para defenderla ante quienes la atacan. Hoy, casi en la víspera del encuentro de las familias con el Papa en Brasil, quiero repetir a la familia mexicana, a la familia que vive en esta tierra tan amada por la Virgen Morena, Nuestra Madre de Guadalupe: Familia, sé tú misma; familia, sé lo que Dios quiere que seas; no tengas miedo de las dificultades que te acechan; tú eres más fuerte. porque tú eres la cuna de la vida, la cuna del amor; porque de una familia quiso nacer el amor verdadero: el Hijo de Dios vivo. Cristo Redentor, Jesús de Nazaret, Hijo de María, en el hogar de José, el carpintero.

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