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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Cartas del Cardenal Norberto Rivera Carrera a los Jóvenes

Nosotros esperábamos

Décima Carta del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, a los jóvenes de la Arquidiócesis de México como preparación para el Jubileo del Año 2000.

Y El les dijo: "¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?" Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?" El les dijo: "¿Qué cosas?" Ellos le dijeron: "Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados lo condenaron a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no lo vieron." El les dijo: "Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?" Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos lo forzaron diciéndole: "Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado." Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: "¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?" (Lucas 24,17-32).

Querido Joven:

A lo mejor a ti te ha pasado alguna vez lo mismo que a estos dos hombres que caminan pausadamente desde Jerusalén hacia Emaús. Se sienten defraudados porque Jesucristo no colmó sus esperanzas. Arrastran los pies defraudados, incapaces de ver las cosas desde la fe. Quieren que Dios se adapte a su mente y ellos no están dispuestos a adaptarse a la mente y voluntad de Dios. Querían un Dios sin cruz ni sacrificio, que no exigiera nada. Y ese Cristo irreal los ha defraudado.

A mí me toca escuchar muchas veces este trágico "yo esperaba". Muchos jóvenes dominados por la droga en la que habían puesto sus esperanzas de liberación, han venido a decirme: "yo esperaba que esto solucionaría mis problemas y ahora me atrapa más". Igual lo he visto en otros campos como en el libertinaje sexual que se acaba adueñando de la voluntad de muchos jóvenes como tú, el mundo de los negocios fáciles que promete grandes ganancias en poco tiempo sin importar los medios que se usen, la vida cómoda del que vive a expensas de los demás sin ningún proyecto en la vida, el esclavo del alcohol que se cree liberado en fugaces lapsos de tiempo a costa de todo, el consumismo atroz del que sólo busca tener, la soledad del egoísmo, la delincuencia , el pandillerismo y la violencia que marca para siempre la vida; todos ellos siempre terminan en el amargo desencanto del "nosotros esperábamos". Una y otra vez, cuando buscas llevar una vida al margen de lo que te propone Cristo, aparece este desencanto de los sueños incumplidos. Todo por no aceptar la cruz que Cristo nos propone pensando que podemos librarnos de ella, y al final acabamos llevando una cruz peor, una cruz sin Cristo, sin amor, sin entrega.

Pero a estos jóvenes tristes que pasean su fracaso por el mundo se les acerca Jesucristo. Generalmente no lo reconocen a primera vista, pero Él los busca porque sabe que es el único que tiene en sus manos la salvación de estos jóvenes atribulados. Cuántos jóvenes he visto que vuelven a recuperar el rumbo de su vida gracias a ese reconocimiento de la presencia de Cristo en ellos. Cristo modifica la actitud de fondo de estos jóvenes. Torna la tristeza en esperanza.

La discusión que llevaban los dos personajes del relato evangélico se convierte en escucha atenta a lo que Jesús les dice. Él enseguida aclara el concepto de Jesús que ellos tienen. Pensaban que era un profeta y Él les descubre el rostro de Dios. Sólo cuando se acepta a Jesucristo como verdadero Dios comienza esa transformación interior del hombre.

Jesús los reprende con cariño y les explica que era necesario que el Mesías padeciera para abrirles el camino a la gloria, a la felicidad eterna. Jesús se muestra como el camino hacia el Padre. Pasión - muerte - resurrección es el camino para abrir la posibilidad de la salvación eterna a todos los hombres y ese camino lo recorrió Cristo por amor a ti, pensando en ti y en tu salvación eterna.

Los discípulos de Emaús hacen una bella oración dirigida a Cristo: "quédate con nosotros porque viene la noche". Es una petición maravillosa dirigida a Dios porque lo necesitamos. Sin Él no hay luz. Aquellos discípulos se encontraban felices con aquel personaje al que todavía no habían reconocido como Cristo. Cristo estaba presente y, aunque no sabían quién era, producía una paz y una felicidad muy grande en los corazones de aquellos dos discípulos desanimados.

Jesús acepta y se sienta a cenar con ellos. Celebra la Eucaristía con ellos y en ese momento reconocen al Señor. La Eucaristía es el mejor lugar para encontrarse con Cristo. Él está allí realmente presente, en cuerpo y alma, esperando a darse a cada uno como consuelo, igual que hizo con los discípulos de Emaús. La Eucaristía es Jesús resucitado que se nos da hoy para aliviar nuestros desalientos y devolvernos la auténtica alegría. Es Jesús que camina junto a nosotros en la vida, que nos alienta con su alimento de vida eterna. La Eucaristía nos introduce, ya desde ahora, en la vida inmortal dándonos la garantía de que un día podremos realizarla en plenitud y para siempre. De esa certeza nace la valentía para afrontar cualquier dificultad y hacer de tu vida un don para Dios y para el prójimo. La Eucaristía es también el lugar de encuentro con la Iglesia, obra querida y creada por Cristo.

Con Jesucristo todo se ve con un nuevo sentido. Ocurre lo mismo que cuando uno llega por primera vez a Roma y ve las columnas del Vaticano. Las mira desde lejos, le parece que no hay un orden claro y se siente casi defraudado. Luego se sitúa en los focos de la elipse, los puntos señalados en la plaza para ver desde ahí las columnas, y descubre un orden maravilloso, una belleza y una simetría sin igual. Cuando se contemplan desde Jesucristo los problemas y las aspiraciones de los hombres, éstos cobran su verdadera dimensión.

Los discípulos vuelven felices a Jerusalén y cuentan con emoción lo sucedido. Son testigos de la alegría de la resurrección. Ellos que caminaban derrotados se convierten ahora en los que animan a los demás. Desde que conocieron íntimamente a Jesucristo ya nadie puede detener su empuje y su pasión por predicarlo a los demás. El secreto: su corazón ardía por el conocimiento profundo y experimental de Cristo resucitado.

Sólo si haces una experiencia profunda e intensa de Cristo puedes hablar eficazmente de Él a los demás. Sólo si cultivas una relación asidua con el Divino Maestro puedes llevar hasta Él a tus hermanos dándoles un nuevo sentido a su vida, un nuevo ideal por el que vivir, una nueva esperanza. Él es el único capaz de responder plenamente a todas las expectativas del ser humano.

Sé que tú ya has escuchado hablar de Él en tu niñez y que seguramente sabes mucho acerca de este Cristo que se presenta ahora de nuevo a tocar las puertas de tu vida. Pero ¿te has encontrado de verdad con Él o sigue siendo un extraño para ti? ¿Has hecho una experiencia viva de Él desde la fe como el amigo fiel que siempre está a tu lado o su figura te resulta muy lejana todavía?

Vuelve a Cristo, construye tu vida desde Él y con Él, invítalo a tu casa. No te contentes con todo aquello que te dejará el mal sabor de boca del "nosotros esperábamos". Abre tu corazón a Jesucristo que ha vencido a la muerte. No te arrepentirás, Él hará arder de amor tu corazón.

Tu hermano y amigo que te bendice

Norberto Cardenal Rivera
Arzobispo Primado de México

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