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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Cartas del Cardenal Norberto Rivera Carrera a los Jóvenes

Yo los envío a ustedes

Duodécima Carta del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, a los jóvenes de la Arquidiócesis de México como preparación para el Jubileo del Año 2000.

Y les dijo: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien". Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban (Marcos 16, 15-20).

Querido joven:

Así termina el Evangelio de san Marcos. Es un momento triste, de despedida. Los apóstoles se separan del Maestro al que han visto ya resucitado, triunfador de la muerte. Por otro lado, recuerdan la promesa del Espíritu Santo que estará con ellos para siempre (Jn 14, 16). Él les ayudará a llevar a cabo la misión que Jesucristo les asigna ahora: proclamar la Buena Nueva a toda la creación. Esa es la misión de todo cristiano, ser promotor de la Buena Nueva, llevar a todos los hombres el anuncio de esperanza de Cristo muerto y resucitado. Él murió y resucitó por cada uno de nosotros, por amor. Y nosotros, por amor, compartimos a los demás un don que valoramos de verdad. Ésta es nuestra misión, ser testigos de Cristo, de un Cristo que conocemos por la revelación (la Sagrada Escritura y la Tradición) y que experimentamos por la fe.

Sabemos bien que no todos están dispuestos a escucharnos. Ya nos lo había anunciado el Señor (Mt 10, 16). Nos envía como ovejas en medio de lobos, pero nuestro esfuerzo vale la pena, sabemos que ofrecemos a nuestros hermanos el mayor bien, la mayor felicidad: el encuentro con el amor de Dios. Nuestra misión continúa la misión de Cristo (Jn 20, 21). Somos portadores del mayor bien que se le puede ofrecer a un hombre: la salvación y la eterna felicidad en Cristo.

En estas postrimerías del siglo XX, Jesucristo nos llama a todos sus seguidores a ser de verdad testigos de Cristo resucitado entre los hombres. Nos llama a revivir nuestra alianza de amor con Él y entre nosotros para hacer que nuestra arquidiócesis sea más humana, más verdaderamente libre, más cristiana. Joven, tú puedes sumarte a este esfuerzo; puedes llevar esperanza a todos los que conviven contigo, una esperanza auténtica que no se acaba en esta vida. Puedes llevar el consuelo de Cristo, el único real y eficaz, a donde reina el desaliento. Puedes ayudar y acoger a los que buscan acercarse a la auténtica fe y a la auténtica Iglesia, la que fundó Jesucristo. ¡Que no se pierda ninguno de los seres humanos que Dios ha puesto en nuestro camino!

Tú no eres testigo de excepción en este importante período histórico. Eres agente de transformación, alguien que no solamente se contenta con observar los acontecimientos en torno a sí, sino que actúa sobre ellos imprimiendo una huella en el nacimiento de una nueva sociedad más humana y más justa. Tú tienes una misión que realizar en este proceso de transformación y, no lo olvides, eres insustituible. Lo que tú dejes de hacer, nadie lo va a hacer.

Él nos envía, a ti como a mí. Nos envía a despertar a los dormidos, a sostener a los débiles, a revitalizar en los bautizados el celo que nace del amor a Cristo y a su mensaje. Tus pequeños actos de generosidad pueden tener unas consecuencias inesperadas para ti que cambien la vida de muchos hombres. Cuenta con la acción de Dios que bendecirá tu trabajo abnegado y generoso en el amor, en la entrega de ti mismo.

Propón la experiencia profunda de Cristo a todos los hombres con los que te encuentres. Llévalos al camino de la escucha amorosa de la Palabra de Dios, del silencio interior y de la oración. Promueve todo aquello que pueda conducir a los hombres a Dios.

Joven, ama a la Iglesia, es la obra de Cristo, la continuación de su obra en la tierra. Acepta los límites de las personas que la componemos. No te rebeles ante lo que sólo es debilidad humana, piensa que Dios quiso manifestarse a los hombres en la imperfección constante de los hombres, reaviva tu fe. Descubre el corazón de la Iglesia, un corazón de amor que acoge a todos, pobres y ricos, sabios y torpes, santos y pecadores; no te dejes llevar por el egoísmo del hermano mayor del hijo pródigo que nunca entendió el amor del Padre. En esta barca todos encontramos cobijo, basta aceptar la revelación de Dios en Cristo.

Nada hay imposible para Dios. Dejémosle actuar y secundemos su esfuerzo callado en los corazones de tantos hombres para que dé fruto abundante y su fruto dure. Considera tu vida como un proyecto de salvación para muchos hombres a los que tú les puedes llevar alegría y amor. No olvides que sólo en Él está la salvación y la respuesta a las preguntas de los hombres, de todos los hombres.

María, Reina de los apóstoles, que acompañó a la naciente Iglesia en la preparación para la venida del Espíritu Santo (Hechos de los Apóstoles 1, 14), también nos acompaña ahora a nosotros en la espera del gran jubileo del año 2000.

Tu hermano y amigo que te bendice

Norberto Cardenal Rivera
Arzobispo Primado de México

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