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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Cartas del Cardenal Norberto Rivera Carrera a los Jóvenes

Una carrera de obstáculos

Sexta Carta del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México,
a los jóvenes de la Arquidiócesis de México como preparación para el Jubileo del Año 2000.

Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina (Mt 7, 24-27).

Querido joven:

Te confieso que una de las cosas que más me ha ayudado siempre en mi vocación sacerdotal ha sido el ver la capacidad de Dios para resolver los problemas de los hombres desde dentro. Cuánta gente acude a mí con graves dificultades aparentemente insuperables: un hijo drogadicto, una rotura matrimonial, la pérdida de un ser querido, un homicidio, un intento de suicidio. Son cosas que aparentemente uno ve sin solución. Entonces, ante todo esto, el hombre pone muchos medios para arreglar las cosas. Acude a especialistas, a consejeros, etc. Y al final termina pidiendo a Dios que le quite de encima esas pesadas cargas. Y Dios, en lugar de quitar las cargas, nos da las fuerzas y la luz para llevarlas y poner solución a todo lo que nos preocupa.

A veces, en tu vida, puedes sentirte como el hombre al que se le estropea el coche y pone todos los medios para componerlo: revisa el motor, el circuito eléctrico, el radiador, etc. Y al final descubre que simplemente no tenía gasolina. Esto pasa en nuestras sociedades; encontramos cientos de problemas que parecen difíciles de solucionar. Nos preguntamos por las causas, buscamos aquí y allá. Acudimos a muchas ciencias humanas para encontrar las claves de resolución y no nos preguntamos por el problema de fondo: ¿estamos construyendo sobre roca?

Este es el problema, no estamos construyendo sobre roca. El que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica construye sobre roca, pero nuestras sociedades parecen sordas en muchos aspectos a la palabra de Dios y no hay un verdadero interés por poner en práctica lo que Dios nos pide. Por eso, los mínimos obstáculos se convierten en dificultades y problemas que nos afectan profundamente y nos destruyen. A veces quisiéramos ser como los atletas que pasan los obstáculos a toda velocidad sin inmutarse, pero las dificultades de la vida dejan una profunda huella en nosotros. A veces la huella es de amargura y un dolor nacido del deseo de revancha. Otras veces, las trazas que dejan los problemas de la vida son muy positivas y nos ayudan a crecer como personas; sufrimos el dolor que nace del amor cuando perdemos a un ser querido, experimentamos la enfermedad y la vemos como un medio maravilloso para unir nuestra vida a la de Cristo y crecer en el amor del ofrecimiento personal. En todo descubrimos que la diferencia está en nuestras bases. Si estás asentando en esta roca, los problemas y las dificultades de la vida te pueden ayudar a crecer; si no, te van a derrumbar hasta las cosas más sencillas y fáciles de superar.

En algunos países de Europa, y también en el nuestro, empieza a registrarse un fenómeno inaudito: los números de suicidios juveniles han crecido mucho en los últimos años. El problema es que estos jóvenes, sin grandes ideales, no saben afrontar el fracaso en su vida. Un problema en sus estudios o un revés amoroso se convierten para ellos en algo insuperable. La casa edificada sobre arena no sirve para afrontar la dureza natural de la vida humana. Se destruye enseguida.

Es verdad, la vida es una carrera de obstáculos y dificultades. Pero no te olvides de lo que dice san Pablo. Lo puedes hacer máxima de tu vida: "Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio. Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó. Ante esto ¿qué diremos? Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros? El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, y que intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, como dice la Escritura: 'Por tu causa estamos expuestos a la muerte cada día; tratados como ovejas destinadas al matadero'. Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquél que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor Nuestro" (Rm 8, 28-39). Nada nos puede separar del amor de Cristo que nos hace invencibles ante las dificultades y convierte todos los acontecimientos de nuestra vida en ocasiones que nos hacen acercarnos al bien. Para los verdaderos amigos de Dios todo es victoria.

La Iglesia nació de 11 hombres rudos que pasaron por muchos obstáculos en su vida, desde la traición al martirio. Pero en todos, desde Pentecostés, resonaba con fuerza la voz de Cristo: "En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33). En Cristo está la victoria. La Iglesia de Cristo es indestructible para las potencias del mal (Mt 16, 18). En ella está la victoria. No hay que tener miedo (Cf Mt 1, 20; 10, 26; 10, 31; 14, 27; 17, 7; 28, 5; 28, 10; Mc 5, 36; 6, 50; Lc 1, 13; 1, 30; 2, 10; 5, 10; 8, 50; 12, 7; 12, 32; Jn 6, 20; 12, 15; Hechos 27, 24; Ap 1, 17 y muchas más referencias, porque las Sagradas Escrituras están repitiendo continuamente este mensaje). Una y otra vez, Dios pide al hombre, especialmente a sus elegidos, que no tengan miedo, que confíen en Él. Tú, igual; no temas ante el futuro que tienes en tus manos, constrúyelo desde Dios. Si lo construyes desde Él y con Él, en su Iglesia, encontrarás todas las seguridades que necesitas.

El miedo aparece sólo cuando no hay fe (Mt 8, 26; Mc 4, 40), cuando no estás unido a Dios, cuando edificas sobre arena. Un viejo proverbio latino dice "amicus certus in re incerta cernitur": "El amigo verdadero se muestra en las situaciones inciertas". Eso es lo que nos enseña Jesucristo muriendo en la cruz para alcanzarnos la salvación y eso es lo que todavía hoy vivimos: Jesucristo se nos muestra más cercano en el dolor, en la dificultad. Nos identificamos más fácilmente con Él cuando sufrimos y, al mismo tiempo, es en ese momento cuando Él se identifica más con nosotros.

Además, los católicos contamos con otro consuelo: nuestra Madre del Cielo, una Madre que nos acompaña en nuestras situaciones difíciles. No en vano Jesucristo nos la entregó como Madre precisamente cuando Él moría en la cruz y experimentaba con más fuerza lo que era el sufrimiento humano y cómo afectaba profundamente al hombre (Jn 19, 25-27).

La mejor forma de construir tu futuro, de crecer como hombre, es imitar a Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre. Él es el modelo perfecto de hombre, el hombre que vivió el amor perfecto hasta dar la vida por los demás. Por eso se puede poner como ejemplo y decirnos que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado, hasta el fin (Jn 13, 34 y 15, 12). Busca conocer a Cristo para amarlo e imitarlo. Cristo es el hombre sin obstáculos para cumplir su misión en la vida.

Tú tienes un futuro por delante. Seguramente estará lleno de obstáculos porque así es la vida humana. Puede ser, incluso, que el mayor obstáculo seas tú mismo. Por eso te resulta muy necesario el edificar sobre roca, poner a Cristo de tu parte. No te olvides de que Él no elimina las dificultades, pero siempre da las fuerzas para superarlas.

Tu hermano y amigo que te bendice

Norberto Cardenal Rivera
Arzobispo Primado de México

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