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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Cartas del Cardenal Norberto Rivera Carrera a los Jóvenes

Y tú, ¿quién dices que soy yo?

Séptima Carta del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, a los jóvenes de la Arquidiócesis de México como preparación para el Jubileo del Año 2000.

Salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos: Ellos dijeron: "Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas". Y Él les preguntaba: ...Pedro le contesta: "Tú eres el Cristo". Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de Él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente. Tomándole aparte, Pedro se puso a reprenderle. Pero Él, volviendo y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro diciéndole: . Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. (Mc 8, 27-35).

Querido Joven:

¿Quién es Jesucristo para ti? Jesucristo, en este episodio del Evangelio, pregunta a sus discípulos: . Ellos van buscando una respuesta hasta que al final, Pedro, iluminado por el Espíritu Santo, descubre la profunda identidad de Jesucristo. Hoy, a punto de iniciar el siglo XXI y el segundo milenio, Cristo te dirige a ti la misma pregunta: ¿Quién soy para ti?

¿Es un personaje histórico muy importante que dejó una doctrina muy rica? ¿Es un revolucionario que cambió las estructuras de su tiempo? ¿Es un buen modelo de conducta para el hombre de hoy? No es sólo eso. Viendo a Jesucristo vemos el rostro mismo de Dios. Él es Dios y hombre a la vez, Dios que se hace hombre. No vino a cambiar estructuras ni leyes (Mt 5, 17), sino corazones. Es un personaje histórico porque vivió en un tiempo y un espacio determinado y concreto, pero por ser Dios, su misión va más allá de lo que fue su vida entre nosotros. En 33 años realizó la redención de toda la humanidad, abriéndonos el camino de la salvación que cada uno puede apropiarse correspondiendo a la llamada del amor de Dios.

Para muchos, Cristo es una forma de llamar a Buda, pero esto no es exacto. Detrás de esta afirmación está seguramente la buena intención de quitar diferencias entre religiones y evitar conflictos, pero Cristo es un personaje único, es la encarnación de Dios que se vive entre los hombres en un período histórico concreto y en lugar concreto para revelarnos a Dios, un Dios que no tiene mucho que ver con el budismo o con otras religiones. Cristo muere una sola vez y resucita una sola vez para abrir las puertas de la salvación a todos los hombres.

Nosotros nos llamamos "cristianos", que quiere decir "seguidores de Cristo", pero muchas veces consideramos a Cristo como un personaje lejano, histórico, no como Dios y hombre a la vez, vivo hoy y entrelazado con nosotros por una profunda relación de amor.

Esta pregunta sigue brotando hoy del corazón mismo de Jesús. En ella, Jesucristo se abre ante ti y te pide una respuesta profunda. Cuando alguien abre el propio corazón, desea que la persona que está enfrente no le responda sólo con la mente. Esta pregunta proveniente del corazón de Jesús debe tocar nuestros corazones. ¿Quién soy yo para ti? ¿Qué represento yo para ti? ¿Me conoces realmente? ¿Eres mi testigo? ¿Me amas?

Pedro respondió: "Tú eres el Cristo, Hijo del Dios vivo". Desde entonces, las palabras de Pedro se han hecho normativas. Lo que dice Pedro es la verdad porque se lo inspira el Espíritu Santo en aquel momento. Lo que dice, según la explicación de Cristo, es revelación del Padre. Desde entonces, estas palabras se convierten en criterio de juicio para la Iglesia y en una actitud profunda con la que hay que acercarse al verdadero Jesús. Con estas palabras de Pedro se deben confrontar los esfuerzos de la Iglesia, que busca expresar en el tiempo lo que Cristo representa para ella. Pero cuando se encuentra ante Dios, no basta la profesión de fe hecha con los labios. El conocimiento de Cristo a través de la Escritura y de la Tradición es importante, el estudio del Catecismo es precioso, pero, ¿para qué sirve todo esto, si a la fe no le acompañan las obras?

Esto es lo que le pasa a Pedro. Descubre la identidad de Cristo, pero no es capaz de aceptar lo que Él le propone. Es paradójico, pero es real; también a nosotros nos pasa hoy; el mismo que había descubierto la identidad de Cristo, no acepta la misión de Jesucristo. Pedro quiere un Cristo triunfador, no una persona que sufre, aunque sea por amor. Eso nos pasa a muchos de nosotros: confesamos a Cristo, pero queremos seguir a otro tipo de Cristo, que no sea tan exigente, que satisfaga nuestros sentimientos y no nos exija nada.

La profesión de fe en Cristo llama al seguimiento de Cristo. Conocer a Cristo y percibir en Él a Dios nos lleva a amarlo y a imitarlo y seguirlo con amor. La correcta profesión de fe debe ser acompañada por una correcta conducta de vida. Desde el inicio, Jesús nunca ocultó esta exigente verdad a sus discípulos. De hecho, apenas Pedro formuló su extraordinaria profesión de fe, él y los discípulos escuchan de Jesús lo que Él espera de ellos: alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y que me siga. Así como era al inicio, así es también hoy: Jesús no busca personas que sólo lo aclamen. Él busca personas que lo sigan.

Este texto del Evangelio es desconcertante para nosotros. Una vez que Pedro ha confesado que Jesús es el "Cristo", el "Ungido" (Catecismo de la Iglesia Católica nn. 436 - 440), parece como si Jesús no quisiera que lo reconocieran como Dios. Lo que para Él es otro tipo de Mesías distinto al que esperaban sus discípulos. No les va a repartir reinos, ni los va a encumbrar en el mundo de la fama. Les ofrece cruz y dolor, un cáliz amargo que aparece como condición sin la cual no se puede seguir a Jesús. Negarse a sí mismo para seguir a Cristo en su camino de salvación. Parece paradójico, pero nos lo garantiza Jesucristo: ahí está la salvación del alma.

La cruz, ¡cómo nos cuesta aceptar la realidad del sufrimiento de cada día! Sin embargo, ante este fin de siglo y de milenio, el signo de la cruz toma un valor especial. Llevamos dos milenios de cristianismo y de predicar que la cruz es el signo de la salvación para el mundo, y seguimos rechazando la cruz. Los cristianos seguimos defendiendo la cruz como signo de salvación. En este mundo sigue presente la cruz en el sufrimiento de muchos hombres y mujeres, más bien, de todos los hombres y las mujeres, porque topamos con esa realidad del sufrimiento en nuestra vida. Pero aún no hemos aprendido a tomarlo como un medio para seguir mejor a Jesucristo. Tomar el sufrimiento de los demás sobre nosotros, ser como el ángel de Getsemaní (Lc 22,34) que consuela al Cristo místico, al hombre de hoy, maravillosa misión para los cristianos del próximo milenio. Como la Madre Teresa, cargar con los sufrimientos de los demás, ser bálsamo para nuestros hermanos.

Todos los santos que hoy conocemos en la Iglesia no fueron "cristianos fotocopiados". Fueron auténticos, irrepetibles, únicos. Comenzaron como tú: jóvenes, llenos de ideales, buscando dar a su vida un sentido. Y ese deseo fue madurando en el seguimiento de Cristo. Así también tu vida debe llegar a ser un fruto maduro. Cultívala de forma que pueda florecer y madurar. ¡Aliméntala con la savia del Evangelio! ¡Ofrécela a Cristo, a Él que es el sol de la salvación! ¡Planta en tu vida la cruz de Cristo! La Cruz es el verdadero árbol de la vida.

La incisividad social del mensaje depende de la credibilidad de sus mensajeros. Por esto, la nueva evangelización parte de nosotros mismos, de nuestro estilo de vida. La Iglesia de hoy no necesita católicos a tiempo parcial, necesita cristianos a tiempo completo. La Iglesia no necesita católicos a medias, que no siguen a Cristo porque no lo aman y se contentan con limitarse a cumplir algunas normas externas. En este final de siglo, ¿quién dices con tu vida que es Jesús? ¿Es tu amigo?

Tu hermano y amigo que te bendice


Norberto Cardenal Rivera
Arzobispo Primado de México

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