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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Cartas del Cardenal Norberto Rivera Carrera a los Jóvenes

La cultura de la alucinación

Octava Carta del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, a los jóvenes de la Arquidiócesis de México como preparación para el Jubileo del Año 2000.

Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo poda, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos. Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado. Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado (Juan 15, 1-12).

Cada época histórica tiene su modelo de comportamiento. Prometeo, desafiando la ira de Zeus, trajo a la tierra el fuego del cielo y se convierte en un símbolo que desencadena el progreso de la humanidad. Este es el prototipo de la filosofía de Fichte. Estábamos en el año 1800. En 1942, el mundo del pensamiento abandona a Prometeo y se interesa por Sísifo, el condenado por los dioses a hacer rodar una piedra sin cesar hasta la cumbre de una montaña de donde volvía a caer por su propio peso. La imagen es de Albert Camus. El mito de Sísifo explicaba muy bien la historia de la Europa que, después de la reconstrucción que siguió a la Primera Guerra Mundial, volvía a encontrarse sumergida de lleno en otra guerra. Pero Camus dice que de todas formas hay que "imaginarse a Sísifo feliz".

Quizás, en este final de siglo pensamos que Prometeo y Sísifo son en el fondo lo mismo: hombres que se sacrifican por algo inútil y sin sentido. Parece que el hombre de hoy, olvidándose de la sociedad, concentra todas sus energías en la realización personal. Se afirma que el hombre puede vivir sin ideales mientras tenga los ingresos adecuados, se conserve joven y cuide la salud. El símbolo de este fin de milenio no parece ser Prometeo, el héroe; ni Sísifo, el trabajador esforzado pase lo que pase. Es más bien Narciso, el hombre enamorado de sí mismo que no tiene ojos para el mundo exterior.

Ustedes, jóvenes, tienen también sus modelos de comportamiento. Muchas veces sin darse cuenta, y sobre todo a través del influjo de los medios de comunicación, se van configurando en su mente unos puntos de referencia que se convierten en guías de su comportamiento. Son sus ideales de vida, aquellos personajes que sí vale la pena imitar porque les llevarán al éxito seguro. El problema es que muchas veces estos personajes no son reales porque los personajes del cine y de la televisión no siempre existen en nuestro mundo; son sólo fruto de la ensoñación dramática que crea estereotipos y situaciones que no corresponden con la realidad. Esto origina que muchos jóvenes de hoy guíen su comportamiento buscando imitar estilos de vida que nunca se presentarán en un nuestro mundo y de aquí nace la frustración que sufren muchos de ustedes. Esto se ve muy claro cuando hoy le preguntas a un niño quiénes son sus héroes, a quién le gustaría imitar. Enseguida aparece una lista de personajes, la mayoría procedente de las caricaturas, cuyo comportamiento resulta imposible de imitar. En los jóvenes pasa igual: sus modelos de comportamiento en campos tan delicados como la sexualidad o el trabajo, los negocios, etc. se han formado a través de la asimilación de modelos sugeridos por la repetición constante de un estereotipo que una y otra vez han visto en las pantallas de televisión. Son raros los jóvenes que tienen a sus padres como modelo de comportamiento para la vida porque el criterio con el que los juzgan es el que han captado en los medios de comunicación que presentan un mundo irreal, creado sólo para entretener. Esto no quiere decir que los medios de comunicación sean malos, sino que hay que saber distinguir entre el mundo de la realidad y el mundo lúdico del entretenimiento, el mundo de lo realísticamente aspiracional y el del idealismo utópico, el mundo del ser humano concreto y la burbuja de cristal de un mundo creado para divertir.

En nuestras sociedades, quizás por esa influencia del plano de lo irreal en todas las esferas sociales, se está configurando un nuevo tipo de hombre que vive más de sueños y alucinación, que de realismo y trabajo programado para alcanzar objetivos. De ahí nace un nuevo modelo de hombre que defiende como máximo valor la autonomía. Por ella, por la exaltación de la autonomía, se va imponiendo un modelo de ser humano que puede y debe querer todo por encima de cualquier traba y de cualquier ley o mandato divino. Una y otra vez se repite: "La vida es breve y complicada y por ello quiero sacar el mayor partido de ella sin que nadie me obstaculice". No es cuestión de aprovechar el tiempo en favor de los demás o de proyectos que enriquezcan al ser humano, sino de gozar creando un mundo de fantasía donde el placer es la única regla. El hombre se concibe como un individuo aislado sin relación con los demás. Se realiza por sí solo sin influencias externas. Se crea un ser solitario que no conoce lo que es el marco afectivo de una familia porque no está dispuesto a asumir los riesgos y compromisos que supone crear una familia. No se tiene el valor para podar la propia viña ni se permite a Cristo que la pode, y se la deja crecer salvaje.

El hombre ha sido hecho para amar, no es una isla. Su vocación natural es dar y así enriquecer a los demás. Basta pensar en lo que hemos recibido de los demás para darnos cuenta de cómo es fundamental esto en la vida del ser humano. Pero el hombre de hoy huye de esta relación profunda con los demás porque esto significa ceder, entregar mucho de sí, podarse para dar fruto. Para dar fruto hay que saber morir a sí mismo (Cf Jn 12,24). El ser humano sólo puede dar fruto cuando se somete a una llamada que encuentra en su interior y que no es ni comparable con la alucinación de vivir siguiendo modelos irreales. Sólo dejándose llevar por Cristo, unido a Él, como decía el texto evangélico con el que se abría esta carta, el ser humano alcanza su felicidad que es eterna.

He visto que ustedes, los jóvenes, se sienten muchas veces infravalorados, como si se les pidiese menos de lo que pueden dar. Eso nos pasa en nuestra arquidiócesis y seguramente por eso muchos de ustedes se han desplazado a sectas radicales que les exigen mucho. Pero ahí no permanecen unidos a la vid que es Cristo. Me parece que ustedes buscan primero seguridad, ser protegidos, pero luego quieren afirmarse sometiéndose en serio a la prueba, al desafío de compromisos exigentes. Se puede decir que en la persona humana hay una fuerte conciencia de que debe probarse a sí mismo y que debe medirse con una unidad de medida muy superior a Él. Y también hay una convicción de que tiene que aprender a donarse, a entregarse, a perderse a sí mismo.

Ante la proximidad del fin de siglo tenemos que retomar este análisis de la realidad y esta comparación de la viña que nos ofrece Jesucristo, para trazar rectamente el rumbo de nuestras vidas con realismo. En el Evangelio de san Juan encontramos un pasaje donde Jesucristo afronta este problema en una conversación con un hombre bueno que, sin embargo, estaba muy apegado a la cultura de su época y esto le impedía dar un paso más allá para ser verdadero discípulo de Cristo. Este diálogo lo encontramos en el capítulo 3 (Juan 3,1-21) y el nombre del interlocutor de Cristo es Nicodemo, un hombre honrado que buscaba la verdad, pero acomodándose a lo que era el pensar de su tiempo. Jesucristo no lo duda y le propone nacer de nuevo. Luego va contestando a todas las preguntas y dificultades que le plantea Nicodemo.

Cristo siempre te presenta la verdad, sin rodeos, sin fantasías ni ensoñaciones: Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas. Entrad por la entrada estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que lo encuentran. Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los reconoceréis. No todo el que me diga: "Señor, Señor", entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: "Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?" Y entonces les declararé: "¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!" (Mateo 7,12-23). Es muy claro y no promete lo que no puede dar. Ahí comienza el valor de su enseñanza y su autoridad moral. Vale la pena nacer de nuevo si naces para Cristo dejando atrás modelos de vida que sólo llevan a la frustración.

Tu hermano y amigo que te bendice


Norberto Cardenal Rivera
Arzobispo Primado de México

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