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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Cartas del Cardenal Norberto Rivera Carrera a los Jóvenes

Volver a casa

Novena Carta del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, a los jóvenes de la Arquidiócesis de México como preparación para el Jubileo del Año 2000.

Y entrando en sí mismo, dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros". Y, levantándose, partió hacia su padre. Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: "Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo". Pero el padre dijo a sus siervos: "Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado. Y comenzaron la fiesta" (Lucas 15, 17-24).

En este texto del Evangelio, Jesucristo nos enseña cómo es el corazón de Dios, Padre de misericordia. Es la historia de dos jóvenes como tú, y de un Padre amoroso que ama a sus hijos con todo su corazón. Jesucristo la usa para explicar lo que es el amor del Padre que acoge al pecador arrepentido, el arrepentimiento del pecador que retorna a la casa del Padre y la cerrazón del hombre que vive del deber y no del amor, con un corazón seco incapaz de amar y darse a los demás aceptándolos como son. Los hijos vivían felices junto a su padre, pero uno de ellos sentía, como seguramente también te pasa a ti muchas veces, el atractivo de vivir por su cuenta y aventurarse en el mundo construyéndose el futuro según sus propios deseos. Le pide al Padre la parte de su herencia y el Padre amorosamente se la da. Era algo que él no había merecido, no había hecho nada para conseguirlo, pero sólo por ser hijo recibió esta prueba de amor.

El hijo respondió a esta prueba de amor saliendo de su casa, separándose del amor del Padre y malgastando todo lo que él le había dado. Es la respuesta de un joven que quiere descubrir el mundo por sí mismo, de gozar de prisa de todas las cosas aunque en ello invirtiera todo lo que a su Padre le costó años de esfuerzo conseguir. Al Padre le causó un gran dolor; no le dolía el dinero de la hacienda, sino el ver alejarse al hijo que tanto amaba porque prefiere edificar su propia vida lejos de su amor. Pero el dolor del Padre no entraba en la valoración de este hijo pródigo. Lo único importante era gozar de cada momento de la vida y abrirse paso por sí mismo afrontando los retos que se presentan como desafiantes a la imaginación del joven. El idealismo se impone con fuerza por encima de lo que es justo y recto, de lo que dicta el sentido común y de la realidad de la vida. Se piensa en un futuro a corto plazo y se pierde de vista el verdadero sentido de la vida.

La dureza de la vida, el mundo real con todas sus leyes echó abajo los sueños del hijo pródigo. Gastó el dinero de su Padre y tuvo que empezar a ganarlo por él mismo. Entonces comenzó a apreciar lo que había perdido. Su corazón había perdido la limpieza de la infancia y sentía la vergüenza de haberle fallado a la persona que más lo amaba y que además le había mostrado que su amor era desinteresado. Entonces decide volver y confesar su pecado a un Padre que lo ama. Cree que su Padre lo castigará, pero prefiere volver a él antes que seguir viviendo así. Sin embargo, el Padre ha estado esperando este momento con mucho cariño y, cuando ve a lo lejos a su hijo, comprende que ha recuperado al hijo que tanto amaba y que ha hecho un largo camino para volver. El Padre sabe que en la casa está la felicidad de su hijo, que el viaje sólo le produjo frustración, pero le enseñó a valorar lo que tenía a su alcance en casa.

Nosotros somos hijos del mismo Padre. Como el hijo pródigo, también lo hemos abandonado muchas veces para ir en busca de la felicidad fuera de casa y también hemos despilfarrado los dones que él con tanto amor nos había entregado. Este es el momento de volver a buscar la paz que nos espera en la casa del Padre. Esto es la conversión. Es ir a buscar el perdón del Padre y retomar su amistad con Él, que siempre está esperando nuestro regreso. La conversión auténtica nace del amor y se expresa en el arrepentimiento. La conversión auténtica refuerza nuestra fe. Se puede decir que la vida del hombre es conversión constante. Necesitamos convertirnos cada día, corregir el rumbo para buscar siempre a Cristo y dirigirnos a Él. La conversión implica, en primer lugar, considerar la grandeza y bondad de Cristo, y en segundo lugar dar cuenta de mi respuesta a su amor. De ahí nace el deseo sincero de buscar el perdón y la presencia de Dios.

La conversión requiere la confesión de nuestras faltas: "He pecado contra el Cielo y contra Ti". Esto le confiere un sello de autenticidad al arrepentimiento. Sabemos que ya no merecemos ser hijos del Padre, pero confiamos en su misericordia. Cristo, que nos revela al Padre de la misericordia, ha conferido a sus discípulos el poder de perdonar pecados que Él tenía. Éste es el fundamento del sacramento de la confesión, que es la forma en que el Padre sale a tu camino para esperarte cuando regresas a casa (Catecismo de la Iglesia Católica nn. 1440-1460). La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. "Dios nos ha creado sin nosotros, pero no ha querido salvarnos sin nosotros" (San Agustín, se Rom 169, 11, 13). La confesión es un reencuentro con el Padre que nos ha creado por amor.

A veces, este regreso de la confesión nos exige vencer muchas dificultades, como seguramente le pasó al hijo pródigo. Pero la fuerza del amor es más fuerte, hace que todo eso se supere. El Evangelio nos cuenta el caso de una mujer que venció muchos obstáculos para volver al amor de Dios en Cristo: Estando él en Betania, en casa de Simón el leproso, recostado a la mesa, vino una mujer que traía un frasco de alabastro con perfume puro de nardo, de mucho precio; quebró el frasco y lo derramó sobre su cabeza. Había algunos que se decían entre sí indignados: "¿Para qué este despilfarro de perfume? Se podía haber vendido este perfume por más de trescientos denarios y habérselo dado a los pobres". Y refunfuñaban contra ella. Mas Jesús dijo: "Dejadla. ¿Por qué la molestáis? Ha hecho una obra buena en mí. Porque pobres tendréis siempre con vosotros y podréis hacerles bien cuando queráis; pero a mí no me tendréis siempre. Ha hecho lo que ha podido. Se ha anticipado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. Yo os aseguro: dondequiera que se proclame la Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho para memoria suya" (Marcos 14, 3-9). Esta mujer venció la resistencia de algunos personajes que actuaron como el hermano mayor del hijo pródigo, con un rechazo contundente hacia aquella que mostraba su amor a Cristo y era correspondida. Pero ella, por la fuerza del amor, superó la vergüenza de ser mal considerada. Yo creo que ni siquiera se fijó en la opinión de los demás porque quería encontrar el Amor que daba razón de ser a su vida, el amor de Dios. Todo lo demás no le afectaba.

Muchas veces me he encontrado con jóvenes como tú que tienen muchos prejuicios ante la confesión; igual que me he encontrado jóvenes, y no son pocos, que la aprecian y la valoran como un verdadero encuentro con Jesucristo a través del sacerdote. Generalmente los que valoran la confesión es porque la ven desde la fe y porque consideran el pecado en su justa dimensión, con su toda su gravedad. El fondo del problema es este: la visión de fe es fundamental para acercarse a la confesión. Sin ella, deforma su sentido.

La humildad es la virtud que nos lleva a buscar a Cristo porque lo necesitamos y a reconocernos como pecadores ante Él cuando hemos roto su plan de amor sobre nosotros. Es tener la convicción de que nada podemos sin su ayuda. Por eso vencemos toda dificultad para ir a Él. Y Él no le niega la salvación a quien se la pide con esa actitud de humildad (Cf Mc 7, 24-30 y Lc 23, 39-43). Jesucristo perdona y disculpa; eso lo expresa en la cruz cuando dice: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34). Realmente no sabemos lo que hacemos cuando traicionamos a Dios. No nos podemos imaginar lo que significa enfrentarnos a Dios, alejarnos de su amor.

La conversión y el volver continuamente al camino de Cristo requiere de la oración, donde pedimos ayuda a Dios, nos reconocemos pecadores y le agradecemos su perdón. El Papa Juan Pablo II en su primer viaje a México dirigió una oración a la Santísima Virgen de Guadalupe en la que pedía una verdadera conversión para todos los mexicanos:

Esperanza nuestra, míranos con compasión; enséñanos a ir continuamente a Jesús y, si caemos, ayúdanos a levantarnos, a volver a Él mediante la confesión de nuestras culpas y pecados en el sacramento de la Penitencia, que trae sosiego al alma.

Tu hermano y amigo que te bendice


Norberto Cardenal Rivera
Arzobispo Primado de México

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