105.
Contemplando la obra del Espíritu de Jesús entre nosotros,
los exhorto a dar gracias a Dios Padre por sus dones. Que el Señor
Jesús nos permita valorar cada vez más el proceso pastoral
que estamos viviendo. Aportemos todos con sencillez, manteniéndonos
unidos al Salvador, sin cuya presencia nada podemos.
106.
El Cristo contemplado en su Palabra, que compartimos en la comunión
eucarística, con el que hemos venido caminando y del que hemos
sido constituidos como sus testigos, nos invita una vez más a
ponernos en camino con el mismo entusiasmo de los cristianos de las
primeras comunidades. Para ello contamos con el mismo Espíritu
enviado en Pentecostés con el que se consagró la gran
aventura de la evangelización.
107.
Nuestra contemplación tiene que extenderse también a la
Madre del Redentor. La misión que Cristo le encomendó
de tomarnos como sus hijos se hizo flor y canto en la colina del Tepeyac
desde 1531, a través del servicio del beato Juan Diego. Y a lo
largo de todos estos siglos, las diversas generaciones han experimentado
la mirada protectora de esta Madre y su voz que tranquiliza y que envía
a trabajar para que nuestra ciudad recorra los caminos de la paz y la
justicia que nos mereció el que murió en la cruz, resucitó
y fue glorificado a la derecha del Padre.
Ciudad
de México, 12 de diciembre, Solemnidad de Nuestra Señora
de Guadalupe, del año 2001.