21.
La voz de Cristo sigue resonando: "como el Padre me envió
así yo los envío a ustedes" (Jn 20,21) "Vayan
y anuncien la Buena Nueva a todos los pueblos, bautícenlos en
el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles
todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los
días hasta el final de los tiempos" (Mt 28,19-20). Certeza
explícita que ha acompañado a esta Iglesia particular,
desde que pusieron sus pies en estas tierras los primeros evangelizadores.
Es una apasionante tarea que el Señor resucitado encomienda una
vez más a antiguos y nuevos misioneros.
22.
Este descubrimiento ha de impulsarnos a señalar metas audaces
y concretas. A lo que ya hemos hecho como bautizados comprometidos,
debemos añadir los nuevos impulsos que vienen del Espíritu.
Se trata de contemplar nuevamente el rostro de Jesús para descubrir
su voluntad, escuchar su palabra y lanzarnos a buscar a nuestros hermanos;
sólo así viviremos nuestra existencia como pertenecientes
al ámbito del reino de Jesús, que es el ámbito
del Espíritu divino.
23.
Cuando escuchamos la voz de Jesús, confiamos en él y creemos
en lo que nos dice, los prodigios acontecen tanto en las tareas pastorales
diarias como en el reconocimiento de nuestra condición de pecadores:
"recogieron tal cantidad de peces que las redes se rompían
y las barcas casi se hundían" (Cf. Lc 5, 6-7).
24.
Al ver esto, Simón Pedro se postró a los pies de Jesús
diciendo: "apártate de mí, Señor, que soy
un pecador" (Lc 5, 8). Jesucristo sigue invitándonos cada
día a encontrarnos con él, a experimentar en su compañía
el amor misericordioso del Padre, a reconocer y confesar que somos pecadores,
a aceptarlo como nuestro Salvador y Señor. En el perdón
a los pecadores se revela la eficacia de la acción misericordiosa
del Padre manifestada en la entrega de su Hijo a la muerte y en su resurrección.
La invitación a que experimentemos la conversión es de
cada día.
Quiero, enseguida, enunciar algunos aspectos de nuestra vida cristiana
que debemos tomar muy en cuenta para renovarnos, siguiendo los caminos
del Espíritu.
a)
Ser santos en la ciudad
25.
La pesca abundante se dará cuando la vida entera de la comunidad
eclesial, de las familias, los jóvenes, los pobres y de cada
persona se dejen ungir por el Espíritu de Jesucristo, cuando
se realice la conversión de las personas y de las estructuras
y cuando todos nos organicemos para colaborar en la humanización
del tejido social de la ciudad capital.
26.
Es un deber permanente de la Iglesia escrutar los signos de los tiempos,
porque a través de ellos también el Señor nos interpela
y manifiesta su voluntad. La voz del Padre se manifiesta en la ciudad;
él camina con nosotros. Enseñados por el Espíritu
Santo, maestro de discernimiento, hemos de ir escuchando, interpretando
y respondiendo a las ansias y esperanzas de quienes habitamos este valle.
27.
Cuando la Iglesia discierne la voluntad divina, encuentra la fuerza
para dar testimonio de comunidad y de amor en una ciudad donde imperan
el egoísmo y sus múltiples manifestaciones. En este contexto,
la experiencia cristiana integrará el encuentro con Cristo, la
contemplación de su rostro tal como lo presentan los Evangelios
y la Tradición viva de la Iglesia, el caminar desde Cristo y
el testimonio de amor con todos los hermanos y hermanas para luchar
y vencer el mal, todo esto vivido en la comunidad de la Iglesia.
28.
No obstante nuestra condición de pecadores, frágiles,
inclinados al mal, imposibilitados para perseverar en el bien sin la
gracia del Señor, él nos llama a la perfección.
La santidad es el resultado de la bondad y misericordia de Dios que
se acerca a cada uno ofreciéndole su amor y su perdón
(Cf. Heb 10,10). Y cada cual recibe estos dones en la docilidad de la
fe.
29.
La santidad es la vocación de Dios a todos sus hijos e hijas,
cada uno en las circunstancias del propio estado de vida. Y esta es
la finalidad última de nuestra tarea misionera en la perspectiva
de la nueva evangelización: colaborar para que cualquier persona
y todas las personas caminen y colaboren en la construcción de
una nueva sociedad junto con Cristo, hasta llegar al reino preparado
para todos desde la creación del mundo (Cf. Mt 25, 34).
30.
El compromiso de cada uno en la misión como miembros de la Iglesia
es parte del llamado a la santidad. La gente de nuestro tiempo no se
conforma con oír hablar de Jesús: quiere descubrir su
rostro en los evangelizadores que se esfuerzan por vivir diariamente
como integrantes de la comunidad de Jesús, al modo de la Virgen
María y los santos.
31.
Una visión de esta índole nos lleva a concluir que la
Iglesia fundada por Cristo no es una estructura más en la vida
humana. Al contrario, es concreción y sacramento del reino de
Dios, espacio vital, visible y social en el que ha de verificarse el
encuentro salvador y la unión entre Dios y sus hijas e hijos.
Esta es la razón de ser de nuestra Iglesia particular.
b)
Orar para evangelizar
32.
Antes de mirar hacia el futuro en términos inmediatamente operativos,
hemos de profundizar la contemplación del misterio de Cristo
orante (Cf. NMI 16) La oración para Jesús era: encontrarse
en la soledad con su Papá, diálogo amoroso entre Padre
e Hijo, alabanza y bendición por el modo como su Padre actuaba,
abandono confiado a la voluntad paterna, reclamo amoroso ante la profundidad
del sufrimiento, súplica de perdón e intercesión
a favor de sus hermanos, petición y consagración de sus
discípulos.
33.
El camino de espiritualidad apostólica para los misioneros y
misioneras del tercer milenio arranca del discernimiento en un clima
de oración y disponibilidad. Dar prioridad a la oración
personal y comunitaria significa respetar un principio esencial de la
visión cristiana de la vida: la primacía de la gracia.
Dios nos pide una colaboración real a su gracia, pero sin Cristo
nada podemos hacer (Cf. Jn 15,5).
34.
La verdadera oración nace de la inspiración del Espíritu
Santo que nos mueve a dejarnos amar por el Padre de nuestro Señor
Jesucristo, a quien el creyente desea corresponder. Es atracción,
es adhesión, es amor, es disponibilidad. Con este espíritu
debemos esforzarnos por celebrar la Eucaristía, culmen y fuente
de la vida cristiana.
35.
Una oración así practicada se convierte en el ámbito
donde debe ser captado tanto el proyecto del Padre como el rostro y
las voces de la ciudad. De este discernimiento en clima de oración
deberán brotar fervientes propósitos y líneas de
acción concretas en el nivel de cada templo, de los decanatos,
de las vicarías y de la Arquidiócesis en torno al obispo.
36.
Es el momento para que cada comunidad analice su fervor y recupere un
nuevo impulso para su compromiso pastoral animados por el Espíritu
de Dios. Es así como las experiencias vividas deben suscitar
un dinamismo renovado, empujándonos a emprender nuevas iniciativas
y a tomar compromisos apostólicos organizados como un instrumento
concreto de corresponsabilidad eclesial (Cf. NMI 15).
c)
En una espiritualidad de comunión
37.
Queriendo ser fieles al designio de Dios y a las profundas esperanzas
de quienes viven en esta ciudad trataremos de hacer de nuestra Iglesia
la casa y la escuela de la comunión. Este es el principio educativo
en todos los lugares donde se forma cualquier persona y donde se construyen
las familias y las comunidades y es el principio animador de toda programación
pastoral (Cf. NMI 43).
38.
Esta espiritualidad nace de la contemplación del misterio de
la Trinidad que habita en nosotros y en cada prójimo. Se proyecta
en el descubrimiento del lugar que cada uno tiene en la Iglesia, de
lo positivo que hay en toda persona para acogerlo y valorarlo como don
de Dios y de la vocación a caminar juntos, compartiendo las cargas
de la vida (Id.)
39.
Necesitamos cultivar y ampliar diariamente los espacios de comunión
entre obispos, presbíteros y diáconos, entre pastores
y todo el pueblo de Dios, entre clero y religiosos, entre asociaciones
y movimientos eclesiales, favoreciendo la escucha recíproca,
aportando la propia voz en orden a tomar opciones ponderadas y compartidas,
respetando los campos de competencia, con reglas claras y precisas para
la participación, manteniéndonos unidos en todo lo esencial
(NMI 45).
d)
Dentro de una variedad de vocaciones
40.
La unidad de nuestra Iglesia arquidiocesana quiere integrar orgánicamente
las legítimas diversidades, que a la vez constituyen un aspecto
de la gran riqueza de nuestra Arquidiócesis. Es necesario insistir
en la necesidad de impulsar a todos los bautizados y confirmados para
que tomen conciencia de la propia responsabilidad en la vida eclesial.
41.
Enraizados en la riqueza nueva recibida en el sacramento del bautismo
hay que trabajar en la promoción de las vocaciones al sacerdocio
y a la vida de especial consagración, en forma amplia y capilar
y en la oración para que cada bautizado responda a su vocación
específica por la causa del reino.
42.
De igual forma, debemos descubrir y alentar la vocación propia
de los laicos llamados a trabajar por el reino de Dios ocupándose
de las realidades temporales y empeñándose por evangelizarlas
y santificarlas ordenándolas según Dios (Cf. LG 31).
43.
Con la conciencia de que no debemos extinguir el Espíritu (Cf.
1 Ts 5, 19-21) tenemos que promover las asociaciones y movimientos apostólicos
para que actúen en plena sintonía eclesial, en espíritu
de comunión y en obediencia a las directrices de los pastores
(NMI 46).
44.
La familia debe seguir siendo objeto de nuestras atenciones pastorales,
para que se acepte como destinataria y agente de evangelización.
Que los matrimonios sean para la sociedad testimonio de relación
recíproca, total, única e indisoluble entre el hombre
y la mujer según el plan de Dios, expresando en su dignidad sacramental
el gran misterio del amor de Cristo esposo por su Iglesia (Cf. Ef 5,
32). De esta forma la familia puede cumplir con su misión de
hacer una presencia eficaz en la Iglesia y en la sociedad para tutelar
los derechos de sus integrantes (Cf. NMI 47).
45.
Los jóvenes son un vasto campo de la sociedad y su importancia
en la evangelización es una urgencia pastoral. Vapuleados en
su integridad física, emocional y moral por el mundo de los adultos,
encuentran seriamente comprometido su presente y su futuro. Son el espejo
de la crisis generalizada de la sociedad actual. Sin embargo, los pastores
debemos darnos cuenta de que cuando logramos contagiarlos con el interés
por integrarse en la Misión, se convierten en agentes que imprimen
un gran dinamismo al trabajo de la Iglesia (Cf. DG 71).