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Vicaría      de Pastoral

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Carta Pastoral como ayuda para vivir la Cuaresma del año 2006
Norberto Cardenal Rivera Carrera

III. "HA LLEGADO LA HORA EN QUE SEA GLORIFICADO
EL HIJO DEL HOMBRE"

"Porque hemos sido creados, hemos sido llamados, hemos sido destinados, ante todo y sobre todo, a servir a Dios, a imagen y semejanza de Cristo que, como Señor de todo lo creado, centro del cosmos y de la historia, manifestó su realeza mediante la obediencia hasta la muerte, habiendo sido glorificado en la resurrección" (JUAN PABLO II, Homilía en Santiago de Compostela, España, 20 de agosto de 1989).

20. "Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre". Jesús habla de ser glorificado justo después de haber probado la gloria humana, de haber sido aclamado por el pueblo de Jerusalén y los peregrinos que en esos días se preparaban para celebrar la pascua. San Lucas, cuando cuenta el episodio de la última entrada de Jesús en Jerusalén, nos dice que la multitud gritaba: "¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas" (Lc 19, 38).

21. Jesús entró gloriosamente en Jerusalén rodeado de los vítores de la gente y acompañado por la fama. Por eso, el hecho de que Jesucristo hable precisamente ahora de ser glorificado quiere acentuar la diferencia entre la gloria que ha recibido y la gloria que le espera. Es un salto de la gloria terrena -con la que parecen conformarse sus discípulos- a la gloria que va unida a la hora del cumplimiento de su misión. La "hora" de Cristo no se cumplió con la entrada gloriosa en la ciudad Santa, sino que está por cumplirse todavía.

22. En repetidas ocasiones san Juan presenta a Jesús hablando de su "hora" (Cf. Jn 2, 4; 7, 30; 8, 20), hasta el punto de que el término adquiere un sentido misterioso, que sólo en este momento parece que será develado en su significado más profundo. "¡Ha llegado la hora!" Es la hora del regreso de Jesucristo al Padre a través de la crucifixión, la resurrección y la ascensión. A partir de ahora, y en los capítulos siguientes del Evangelio de san Juan (Cf. Jn 13, 1; 17, 1), Jesucristo nos repetirá que ha llegado la "hora".

23. En este momento se descubre el misterio de Jesús, que entrega su vida, porque nadie se la puede quitar (Cf. Jn 10, 17-18). La entrega de Jesús es voluntaria, querida, conciente. Él la podría evitar, pero hay una motivación profunda que le lleva a aceptarla: el amor a sus hermanos, a cada persona, y la obediencia al Padre. Entrega su vida para redimir a los pecadores, sabiendo que la retomará de nuevo en la resurrección.

24. La actitud de Cristo de estar siempre pronto a cumplir la voluntad del Padre, por amor, es una de las grandes certezas que iluminan la vida del cristiano: también el creyente tiene la tarea de identificarse amorosamente con la voluntad de Dios, con plena confianza en él; y siempre lo hará por y en el amor, como correspondencia al amor con que Dios lo ha amado. Porque él nos ha amado totalmente, también nosotros podemos demostrarle nuestro amor en la entrega de nuestras vidas para cumplir su voluntad (Cf. Jn 14, 15; 14, 21; 14, 23; 15, 14).

25. Estamos, pues, ante el momento definitivo de la vida de Cristo, que nos invita a tomar partido a favor de él, a corresponder a su amor, a vivir en una actitud de aceptación de su palabra. Es el momento de la humillación que glorifica, de su humillación y de su vaciamiento total; y es el momento de la respuesta para cada uno de nosotros, también presentes en estos acontecimientos. No somos espectadores, sino protagonistas. Sabemos que nuestra vida está definitivamente unida al misterio de Cristo en razón del bautismo recibido.

26. Ese bautismo nos ha convertido en criaturas nuevas, miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Con él morimos y con él resucitamos. Por eso, la pasión de Cristo no es un suceso histórico ante el que podemos permanecer indiferentes, sino un misterio en el que se decide nuestra vida, nuestro futuro, nuestra salvación; un misterio en el que el Hijo de Dios hecho hombre se inmola en su humanidad para reparar nuestros pecados y abrirnos las puertas a la vida eterna junto al Padre. Cristo sale a nuestro encuentro para llevarnos a la casa del Padre de las misericordias.

27. Para captar el significado profundo de la glorificación de Cristo, hay que acudir a un texto de san Pablo en el segundo capítulo de su carta a los filipenses: "Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre, se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre" (Fil 2, 5-11).

28. Los últimos versículos hablan de la glorificación. Es una glorificación que viene de Dios y que es reconocida por toda la creación, que expresa su adoración a Cristo doblando las rodillas y confesando que Jesús es el Señor. El texto es un himno litúrgico, y san Pablo lo cita como parte central de su carta, con el fin de motivar a los filipenses para que se comporten de forma humilde y servicial con los demás.

29. San Pablo presenta a Jesús como ejemplo: los filipenses, como todas las personas, sólo llegarán a la glorificación que Dios les otorga, si pasan por la humildad y la obediencia a la voluntad de Dios, tal y como hizo Jesucristo. Este mensaje sirve también para los cristianos de hoy: la glorificación que Dios nos promete, la vida eterna junto a él, sólo se alcanza viviendo en la humildad y en la obediencia a Dios, en la entrega de nosotros mismos a él y a los demás, por amor. Nosotros, los siervos, somos transformados en hijos, del mismo modo que Cristo, el Hijo, por amor se hizo siervo.

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