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Vicaría      de Pastoral

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Carta Pastoral como ayuda para vivir la Cuaresma del año 2006
Norberto Cardenal Rivera Carrera

IV. LOS ENCUENTROS DE LA CUARESMA

30. La cuaresma nos recuerda los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto (Cf. Mt 4, 1-11; Mc 1, 12-13; Lc 4, 1-13), en un lugar del territorio de Judea que hoy día se conoce con el nombre de Gjebel Qarantal, o Monte de la Cuarentena, caracterizado por un paisaje desolador, baldío, de relieve accidentado, con altas colinas y profundas barrancas llamadas "wadis". Allí, Jesucristo vivió cuarenta días dedicado a la oración y a la penitencia en absoluta soledad.

31. Desde la carretera de Jericó a Jerusalén, la que recorrió el buen Samaritano de la parábola (Cf. Lc 10, 30-35), hay una buena perspectiva de esa zona desértica, y desde allí se puede ver un monasterio construido directamente en la roca seccionando la montaña. En ese monasterio greco-ortodoxo, edificado en 1895, se encuentra una gruta, hoy convertida en capilla, donde según la tradición, vivió Jesús esos cuarenta días. Aquellos cuarenta días fueron para Cristo un momento de absoluta soledad, donde no hubo nadie que estuviese junto a Él. A pesar de ello, no se puede considerar un período de aislamiento, pues Jesús se estaba preparando para llevar a cabo la obra de la salvación del género humano, movido por el amor. Se preparaba para la misión que tenía como fin abrir las puertas de la vida eterna a todos los seres humanos que quisieran aceptar la salvación.

32. En aquellos días, la humanidad estaba muy presente en la mente y en el corazón de Cristo. Y enfrentó y venció el mal para que con él lo enfrentáramos y venciéramos todos. En Jesucristo, en ese momento y en toda su obra de redención estaba presente cada ser humano, con sus características más íntimas, con sus dificultades, con sus debilidades, con su capacidad de amar. Por ser Dios, infinito, todopoderoso, Jesucristo "piensa" en cada ser humano individualmente, en todos, hasta en el que nunca llegó a nacer. Esa es la cuaresma de Cristo, cuaresma de ofrecimiento y oración por todos.

33. En la vida de Cristo, además de esa cuaresma de preparación para la vida pública, hay otra "Cuaresma", otra preparación, quizás más intensa y dura, que corresponde a los días inmediatamente anteriores a su pasión y muerte. Es el momento en el que experimenta la traición y el abandono de los suyos, y es también el momento donde se intensifica su kénosis o total abajamiento de la divinidad, voluntaria y misteriosamente elegida por él. Es, efectivamente, otra preparación; si la anterior era una preparación para la vida pública, ésta es una preparación para la pasión, para la inmolación de sí mismo.

34. Según el Evangelio de san Juan, el texto evangélico que nos sirve de base para esta reflexión (Juan 12, 20-33) presenta la última manifestación de la divinidad antes de la crucifixión. Es uno de los textos evangélicos que nos ofrece la liturgia en la cuaresma, un episodio de inmediata proximidad a la última Cena y al Misterio pascual de Cristo. Jesucristo es manifestado como Hijo de Dios por una voz del cielo, del mismo modo que sucedió en su bautismo (Cf. Mt 3, 17; Mc 1, 11; Lc 3, 22) o en la transfiguración (Cf. Mt 17, 5; Mc 9, 7; Lc 9, 35): Vino entonces una voz del cielo: "Le he glorificado y de nuevo le glorificaré". Es el último destello de su divinidad antes de su resurrección y después de la resurrección de Lázaro.

35. La preparación de Cristo para su muerte también está marcada por la soledad. Sin embargo, en esta ocasión no se retira al desierto; son más bien los seres humanos los que le abandonan y traicionan. Aquellos a quienes de diversas formas ha expresado íntimamente su amor, le dejan ahora en un vacío de apoyos humanos. El hecho acentúa el dramatismo de estos momentos finales, aunque hay otros, los menos, que permanecen fieles y cercanos. Desgraciadamente, muchas de estas actitudes de abandono de Cristo en los momentos difíciles siguen repitiéndose en el mundo de hoy.

36. En esta cuaresma del año 2006 estamos acercándonos, junto con Cristo, a su misterio pascual, a su pasión y a su victoria definitiva. Para hacerlo con mayor profundidad, contemplemos las reacciones de los contemporáneos de Jesús ante este momento decisivo, examinemos nuestras actitudes y lleguemos a una decisión basada en el amor.

María, la hermana de Marta y de Lázaro

37. Es propio de la mujer y de su generosidad en el amor el querer agradar siempre y en todo a la persona amada, incluso en elementos aparentemente superficiales como el vestido o la propia imagen. Así, María, la hermana de Marta y de Lázaro, muestra su amor a Cristo de modo generoso, delicado, femenino, ungiendo los pies del Señor con una libra de perfume de nardo puro, carísimo, derramado magnánimamente (Jn 12, 1-8). Es algo aparentemente exagerado, pero es una muestra de amor hospitalario y de agradecimiento a Jesús por haber resucitado a su hermano Lázaro. Como ella, también nosotros, en esta cuaresma y en toda nuestra vida, podemos tener muchos gestos de amor obsequioso con Dios para expresarle nuestro amor y agradecerle todos los beneficios que a diario nos concede.

38. El gesto de María es un consuelo para el Señor, un precioso gesto de amor que le reconforta. Judas Iscariote critica el hecho delante de Cristo, usando un argumento al que sabe que es muy sensible el Maestro: le habla de los necesitados a los que se podría socorrer con ese dinero. Sin embargo, el Señor defiende a María y ensalza el significado de su acto de amor. También hoy, no son pocos los que critican los actos delicados con los que muchos mexicanos muestran su amor a Dios y a la Santísima Virgen; pero no por que existan las críticas, los actos pierden valor.

39. Hay diversas formas de expresarle a Dios el amor que le tenemos, desde la limosna generosa hasta el sacrificio ofrecido; desde el apostolado más exigente hasta el cumplimiento responsable de los propios deberes por amor: todos son actos de entrega, de donación. Y, si siendo actos buenos, tienen como fondo este deseo sincero de agradar a Dios, siempre serán actos meritorios que Dios acepta, verdaderos consuelos para el corazón de Cristo.

Pedro

40. Pedro es uno de los grandes protagonistas de este período que antecede al Misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo. Su presencia en el Evangelio se caracteriza por grandes afirmaciones de fe y de amor que siguen a momentos en que Cristo expresa su gloria, especialmente a través de los milagros. Sin embargo, ahora, cuando su testimonio de fidelidad a Cristo resulta más comprometedor, llega a negar tres veces a Cristo, y con esa traición nos muestra su debilidad humana. Pedro, el hombre de los grandes arranques de valor, se viene abajo cuando se encuentra con otro Cristo distinto al que él había conocido en el lago de Tiberíades. Ahora, ve a un Cristo débil, derrotado, preso, en manos de los verdugos, que, no obstante, le mira con amor (Cf. Lc 22, 61); y de esa mirada de amor nacerá su arrepentimiento.

41. En nuestro seguimiento de Cristo, nos puede suceder como a Pedro: no sabemos reconocer a Jesucristo en el dolor, en la debilidad, y eso nos escandaliza. Pedro se había quedado con la imagen del Cristo del poder, de los milagros, sin captar al Cristo del amor, que también se muestra y se hace presente en la desolación, en la derrota, en la debilidad, en el dolor. Pero Pedro tiene a su favor el saber reconocer humildemente su pobreza: "Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador" (Lucas 5, 8), y el acudir enseguida a Cristo (Cf. Jn 21, 7); eso le salva.

42. Frecuentemente, ante la experiencia de nuestra debilidad que nos hace muy difícil avanzar en la práctica de las virtudes cristianas, puede venir la desesperación, el desánimo, el desaliento, el abandono de los esfuerzos por vivir la santidad cristiana, por colaborar con la gracia. Pero esta es una actitud que debemos superar. No hay que escandalizarse de la propia debilidad. Al revés, cada vez que el cristiano experimenta su debilidad, descubre, a través de ella, la necesidad de Dios que hay en su conciencia. Es la debilidad la que nos hace darnos cuenta de que no somos autosuficientes y de que necesitamos de Dios, y esto podemos y debemos aprovecharlo para acercarnos más a Él.

43. Jesucristo tomó sobre sí nuestra debilidad incorporándola al misterio de la redención. Con su cruz nos redimió desde nuestra debilidad, y esto es un verdadero apoyo para levantarnos. La debilidad humana entra ya en los planes de Dios, se ha convertido en instrumento de salvación. Con ella, y a través de ella podemos continuar la obra de Cristo, podemos colaborar en la salvación de muchos hermanos, porque podemos ganar méritos ante Dios ofreciéndola y superándola por amor; pero nunca desde el desánimo y el desaliento, sino desde la profunda confianza y el amor a Dios.

Judas

44. Mientras Cristo se prepara para su pasión, Judas prepara fríamente la pasión de Cristo. Negocia con la figura de Cristo, lo vende por treinta monedas de plata (Cf. Mt 26, 15). Su traición es una traición sin salida, sin esperanza. Hay, en su vida, una cerrazón misteriosa ante la elección que Cristo había hecho de él, ante los milagros y los signos de amor que había visto en Cristo. Su mente parece polarizada por otros intereses difíciles de descubrir: intereses políticos, de poder, económicos; algo se intuye en los Evangelios, pero es muy difícil hacer un juicio exacto.

45. Desgraciadamente, Judas, en su dramático recorrido junto a Cristo, no es un caso único en la historia. Sus motivaciones de fondo, sus intereses al margen de los de Jesús, a pesar de vivir junto a él, parecen repetirse en algunos cristianos que, en su debilidad, entregan a Cristo y rompen su amistad con él, incluso por cosas mucho más pequeñas que treinta monedas de plata.

46. La traición de Judas nos enseña a vigilar continuamente sobre nuestras intenciones y los deseos más íntimos del corazón, para vivir nuestro amor a Cristo con autenticidad, con sinceridad, buscando agradarle en todos los actos de nuestra vida.

Juan

47. Juan, el "discípulo amado", aparece en los Evangelios como el único que acompaña a Cristo hasta el pie de la cruz. Es el modelo de fidelidad —de fidelidad por amor— en los momentos difíciles, en la persecución. Es verdad que él también había huido en la noche del jueves, durante la oración en el huerto de Getsemaní, igual que todos los demás apóstoles (Cf. Mt 26, 56; Mc 14, 50), pero vuelve enseguida junto al Maestro, guiado por el amor, para acompañarle en su sufrimiento hasta el final.

48. Todos somos discípulos amados que podemos corresponder con nuestro amor al amor que Cristo nos tiene. Esta cuaresma es una oportunidad de gracia para acercarnos a Cristo y crecer en el amor por él, haciendo que nuestra entrega a él sea más obsequiosa, más completa, más generosa.

La gente que estaba en Jerusalén

49. También, en estos momentos finales de la vida de Jesús, las "masas" tienen su protagonismo. Aparecen en el Evangelio como gente fácil de manipular, que un día recibe a Cristo con ramas de palmera y pocos días después grita que sea crucificado. Son voluntades volátiles, fáciles de teledirigir por los formadores de la opinión pública, que manejan la verdad según sus intereses. ¡Cuánto pesa la opinión de la masa en la opinión de cada persona! No resulta fácil no dejarse arrastrar por la imagen que nos pintan de un político, de una persona de la Iglesia, de un miembro de nuestra propia comunidad, de un deportista. Son gente a los que ni siquiera conocemos, pero basta el hecho de haber oído hablar mal de ellos para formarnos una opinión negativa que nos guíe en nuestro actuar respecto a él.

50. Es muy fácil inducir el odio en las masas, pero es muy difícil conducirlas hacia el amor. En el Evangelio se ve cómo los sumos sacerdotes destruyen en muchos corazones la adhesión a Cristo. Él había querido indicarles el camino de la vida, y los sumos sacerdotes los arrastran a pedir la muerte del inocente, la crucifixión.

51. "La ciudad posee su propio lenguaje ruidoso y sensacionalista, y poco dado a aceptar el valor del silencio. Sus habitantes lo expresan de distintos modos: el escándalo es fuente segura de noticia; paradójicamente se publicitan las debilidades, aunque son consideradas como lacras sociales; los medios de comunicación tienen el poder de orientar o confundir al ciudadano en la búsqueda de la verdad. Nosotros debemos entrar con la propuesta concreta de los valores evangélicos, con toda la riqueza que ofrecen los recursos del Espíritu que inspiró las santas Escrituras y valiéndonos de los profesionales creyentes que se mueven en el mundo de los medios de comunicación." (La Parroquia Comunidad para Todos, 37-38)

Anás y Caifás

52. Anás y Caifás representan a la autoridad que se permite juzgar a Cristo, a quienes detentan el poder y lo ejercen más como una prerrogativa personal que como un servicio. Están cerrados a la autocrítica o al examen personal de su conciencia frente al bien o el mal; están cerrados al mensaje de Cristo. Para ellos, un hombre que se hace pasar por Hijo de Dios sólo puede ser un blasfemo. No se plantean ni siquiera la hipótesis de que Jesucristo pueda ser Dios; es algo demasiado grande para sus mentes dedicadas sólo a preocuparse de sus intereses políticos y económicos, incapaces de elevar la mirada por encima de ellos.

53. Anás y Caifás no se encuentran con Cristo. Lo tienen delante, pero no llegan a conocerlo y descubrir en él al Hijo de Dios, porque simplemente proyectan sobre él su concepción de lo que debe ser el Mesías. Son los hombres de los prejuicios, que juzgan antes de analizar, que rechazan antes de escuchar. Pero no son personajes ausentes de nuestras sociedades.

54. Hoy como siempre resulta necesario vencer muchas resistencias culturales y mentales para poderse abrir sinceramente a Cristo, a la revelación de Dios en él. Nuestra razón, nuestra libertad tienen que vencer muchas resistencias para llegar a aceptar las formas con que Cristo quiere manifestarse en nuestras vidas. Hace falta un esfuerzo ascético, una verdadera voluntad de querer ver a Jesús, para llegar hasta él, a lo más profundo de su identidad. Sólo la experiencia de la oración, la caridad, y la vida de gracia abren nuestra mente y nuestro corazón al Cristo del evangelio.

Poncio Pilato, el procurador romano

55. Poncio Pilato es el prototipo del hombre indiferente, que no se complica la vida. Pasa ante Jesucristo y ni siquiera se preocupa por saber a fondo quién es esa persona que tiene delante y que se presenta como un Maestro. Condena a Cristo entre la curiosidad y el miedo, sin juzgarlo apegado a la ley y sin ni siquiera escucharlo. En el Evangelio de san Juan, se recoge su diálogo con las autoridades judías (Jn 18,29-31; 19,4-8; 19,14-16; 19,21-22) y con Jesús (Jn 18, 33-38 y 19, 9-12).

56. En cada uno de los dos interlocutores de Jesús se ven diversas actitudes: las autoridades judías quieren a toda costa presionar al procurador, Poncio Pilato, para que condene a muerte a Jesús; sin embargo, Jesucristo, con sus palabras, en lugar de buscar su propia salvación, busca salvar a Poncio Pilato, acercarle a la verdad que él revela. Pilato piensa que Jesús se cree rey de este mundo y no acierta a descubrir en aquel preso al Mesías, al único Salvador. No encuentra delitos en él, pero decreta su muerte. Pierde la oportunidad de encontrarse cara a cara con Dios hecho hombre, y reconocerlo como tal.

57. Cuántos hermanos nuestros, como el procurador Poncio Pilato, siguen indiferentes al llamado de Cristo que les invita a cambiar su vida, a la conversión, a abandonar la vida de pecado y a buscar al Salvador. La cuaresma es un momento propicio para esta conversión, pero hace falta superar la indiferencia que nos lleva a quedarnos anclados en lo nuestro, nuestros problemas, nuestras preocupaciones, sin abrirnos a Dios.

Los soldados


58. Los soldados son los hombres que cumplen su deber y nada más, incapaces de amar a Jesús cuando lo ven padecer por amor a los hombres. Obedecen órdenes, porque es lo único que saben hacer. No pueden descubrir a Dios en aquel reo que les han entregado para que hagan con él lo que quieran. Incluso algunos aprovechan para descargar su odio sobre ese prisionero indefenso y desamparado.

59. También en nuestro mundo, hay muchos seres humanos que viven sólo de sus deberes civiles, de lo que "tienen que hacer", incapaces por ello de tomar algo de su tiempo o de su atención para dedicarlo a descubrir a Jesús y encontrarse personalmente con él. Más bien, en ocasiones, Jesús se convierte en la descarga de sus frustraciones, en alguien con quien pueden descargar sus tensiones o echarle la culpa de su intranquilidad interior. Para ellos, Jesucristo también tiene un mensaje en esta cuaresma; les dice: "yo puedo dar sentido a tu vida". Él quiere entrar en la vida de los hombres y mujeres de hoy y hacerles conocer el amor que Dios les tiene; amor que llega hasta la donación completa de Jesucristo que se entrega a la muerte por salvarlos.

El Buen Ladrón

60. No era un hombre inocente, y lo reconoce. Es honesto. Hay que pensar en él como en un hombre duro, curtido por la vida; alguien que, por la pena que se le impuso, tendría sobre sí delitos de sangre. Quizá se habría reído de Cristo si le hubiera escuchado predicar las bienaventuranzas, normas de vida posiblemente muy contrarias a las suyas; pero se conmueve al ver la humildad que Cristo muestra ante sus verdugos que le castigan. Cristo no porfía, no maldice su suerte; simplemente acepta el sufrimiento, lo asume consciente y deliberadamente. El "Buen Ladrón" es el hombre arrepentido que se dejó alcanzar por Cristo en los últimos minutos de su vida sobre la tierra. Los dos comparten la agonía. Los dos se encuentran para siempre en la vida eterna.

61. El "Buen Ladrón" nos enseña que no hay que perder nunca la esperanza, que la misericordia de Dios siempre está al alcance de nuestra mano, mientras haya arrepentimiento humilde. No importa lo lejos que se esté de la casa del Padre, ni el tiempo transcurrido desde que se abandonó la seguridad del hogar. Dios está siempre dispuesto a sanar el alma que se acerca a él con humildad, buscando la salvación. Por eso, esta cuaresma puede ser un buen momento para hacer una confesión sincera, como el "Buen Ladrón", y volver a la casa del Padre. Este Padre amoroso ya ha salido a tu encuentro dispuesto a darte el perdón y el premio de la vida eterna. Sólo hace falta tu arrepentimiento.

María, la Madre de Jesús

62. La presencia de la Madre de Jesús es siempre discreta, pero muy intensa. María fue siempre apoyo para su Hijo, como lo es ahora para cada cristiano. Fortalece a su Hijo en la decisión de asumir generosa y libremente la voluntad del Padre. Está junto a él en su dolor, hasta el pie de la cruz y hasta la sepultura del amor de sus entrañas.

63. Nosotros, durante la cuaresma, podemos tomarnos de la mano de María y vivirla con ella. El rezo del Rosario, con la contemplación de los misterios dolorosos, nos ayudará a prepararnos para la pascua junto a ella, con ella, como ella, meditando en nuestro corazón (Cf. Lc 2, 19; 2, 51).

"El Rosario escoge algunos momentos de la pasión, invitando al orante a fijar en ellos la mirada de su corazón y a revivirlos. El itinerario meditativo se abre con Getsemaní, donde Cristo vive un momento particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse. Allí, Cristo se pone en lugar de todas las tentaciones de la humanidad y frente a todos los pecados de los hombres, para decirle al Padre: "no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc 22, 42).

Este "sí" suyo cambia el "no" de los progenitores en el Edén. Y cuánto le costaría esta adhesión a la voluntad del Padre se muestra en los misterios siguientes, en los que, con la flagelación, la coronación de espinas, la subida al Calvario y la muerte en cruz, se ve sumido en la mayor ignominia: Ecce homo! En este oprobio no sólo se revela el amor de Dios, sino el sentido mismo del hombre. Ecce homo: quien quiera conocer al hombre, ha de saber descubrir su sentido, su raíz y su cumplimiento en Cristo, Dios que se humilla por amor "hasta la muerte y muerte de cruz" (Flp 2, 8).

Los misterios de dolor llevan al creyente a revivir la muerte de Jesús poniéndose al pie de la cruz junto a María, para penetrar con ella en la inmensidad del amor de Dios al hombre y sentir toda su fuerza regeneradora" (JUAN PABLO II, Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, 22).

64. En México, la presencia de la Santísima Virgen tiene un nombre y un rostro propios: el de la Santísima Virgen de Guadalupe, la Madre del Tepeyac, siempre cercana al sufrimiento humano. Durante esta cuaresma, el significado y la pedagogía del mensaje y del hecho guadalupano han de ser una fuente de inspiración para nuestra acción y para nuestra espiritualidad pastoral (Cf. Evangelización de las Culturas en la Ciudad de México 2998). María de Guadalupe nos enseña a estar junto a la cruz de nuestros hermanos, unidos a ellos en su dolor y unidos a Cristo. María de Guadalupe, la Madre del amor auténtico, nos acompaña en esta cuaresma mostrándonos con su testimonio el camino de la fidelidad en el amor a Dios y a los hermanos.

Tu encuentro con Cristo

"El mártir, en efecto, es el testigo más auténtico de la verdad sobre la existencia. Él sabe que ha hallado en el encuentro con Jesucristo la verdad sobre su vida y nada ni nadie podrá arrebatarle jamás esta certeza. Ni el sufrimiento ni la muerte violenta lo harán apartarse de la adhesión a la verdad que ha descubierto en su encuentro con Cristo. Por eso el testimonio de los mártires atrae, es aceptado, escuchado y seguido hasta en nuestros días. Ésta es la razón por la cual nos fiamos de su palabra: se percibe en ellos la evidencia de un amor que no tiene necesidad de largas argumentaciones para convencer, puesto que habla a cada uno de lo que él ya percibe en su interior como verdadero y buscado desde tanto tiempo. En definitiva, el mártir suscita en nosotros una gran confianza, porque dice lo que nosotros ya sentimos y hace evidente lo que también quisiéramos tener la fuerza de expresar" (JUAN PABLO II, Carta encíclica Fides et Ratio, 32).

65. Efectivamente, el verdadero alcance de un auténtico encuentro con Cristo nos llevará siempre hasta la fidelidad más completa, hasta la fidelidad plena; como a la Santísima Virgen, como a Pedro y a Juan, como a María, la hermana de Lázaro y de Marta, como al Buen Ladrón, como a muchos cristianos que a lo largo de la historia han llegado incluso a dar su vida por testimoniar a Cristo. Y es que un verdadero y profundo encuentro con Cristo enciende en el alma un amor y una certeza de estar en la Verdad, que lleva incluso a preferir perder la vida antes que perder esta profunda relación de amor y esta certeza que ilumina todos los aspectos de la vida.

66. El cristianismo, en su esencia, es el seguimiento de Cristo por amor. No es una simple tradición cultural transmitida, ni siquiera una doctrina o un código de leyes. El verdadero cristiano es aquel que se ha encontrado personalmente con Cristo a través de la oración, de los sacramentos, de la vida espiritual. El cristiano es alguien que conoce a Cristo, lo ama y, por tanto, busca imitarle, seguirle y transmitirlo a los demás. Esta cuaresma puede ser un momento apropiado para encontrarnos con Cristo y fortalecer nuestra vocación misionera cristiana.

67. En esta Cuaresma, Cristo va a tocar el alma de muchos; pasará a nuestro lado y buscará una respuesta. Por eso, atraídos por la fe, saldremos al encuentro de Cristo y lo buscaremos con intensidad. La Eucaristía será el lugar seguro de encuentro, de oración en diálogo profundo con él. "En el proceso de fortalecimiento de la fe, la Eucaristía es el lugar privilegiado para el encuentro con Jesucristo vivo" (JUAN PABLO II, Discurso a la Pontificia Comisión para América Latina, 23 de marzo de 2001). En la Eucaristía se abre el corazón para amar lo que Dios ama y seguir sus huellas con fidelidad. Cristo, realmente presente en ella, es el verdadero protagonista de la cuaresma, que quiere encontrarse con cada uno de nosotros, contigo. Este período sólo se puede vivir provechosamente si se da en él un profundo encuentro con Cristo, que nos lleve a aborrecer el pecado y amar a Jesús sobre todas las cosas.

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