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Vicaría      de Pastoral

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Carta Pastoral como ayuda para vivir la Cuaresma del año 2006
Norberto Cardenal Rivera Carrera

V. LA ESPIRITUALIDAD CUARESMAL

1. "Si el grano de trigo..."

"Él, aunque inocente, carga con los sufrimientos de todos los hombres, porque carga con los pecados de todos. "Yahvé cargó sobre Él la iniquidad de todos": todo el pecado del hombre en su extensión y profundidad es la verdadera causa del sufrimiento del Redentor. Si el sufrimiento "es medido" con el mal sufrido, entonces las palabras del profeta permiten comprender la medida de este mal y de este sufrimiento, con el que Cristo cargó. Puede decirse que éste es sufrimiento "sustitutivo"; pero sobre todo es "redentor". El Varón de dolores de aquella profecía es verdaderamente aquel "cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Juan 1,29). En su sufrimiento los pecados son borrados precisamente porque Él únicamente, como Hijo unigénito, pudo cargarlos sobre sí, asumirlos con aquel amor hacia el Padre que supera el mal de todo pecado; en un cierto sentido aniquila este mal en el ámbito espiritual de las relaciones entre Dios y la humanidad, y llena este espacio con el bien" (JUAN PABLO II, Carta apostólica Salvifici Doloris, 17).

68. "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto". Jesucristo será el grano de trigo que morirá para dar el fruto de la salvación y la remisión de los pecados. Él es perfectamente consciente de que su misión redentora pasa por la aniquilación completa de sí mismo, por la muerte más ignominiosa, la del reo despreciado e increpado por todos. Lo sabe y lo acepta. Así lo transmite a los que le están oyendo. Lo dice comenzando con un "En verdad, en verdad, os digo": el doble "Amén", una fórmula que indica toda la solemnidad de la enseñanza, la profunda verdad que contiene y el significado universal que sobrepasa el hecho al que se refiere.

69. Jesús habla de la muerte para conquistar la vida. En el contexto en el que se encuentra el Señor, el significado es muy claro: la muerte de Jesús será un medio para traer la vida verdadera a los hombres. El contraste de fondo, que no está dicho explícitamente, pero se deduce del contexto, presenta la posibilidad de que si Jesús eludiese la muerte, no daría fruto; su vida y su misión quedarían estériles. Es algo a lo que después se va a referir con la expresión "¿qué voy a decir?"

70. La comparación que presenta Cristo se interesa más por los frutos del grano que por el grano mismo. No importa lo que le pase al grano, sino el hecho de que dará frutos. Así hace ver que no se fija tanto en el destino que le espera, sino en que servirá para traer la salvación a los seres humanos y abrirles las puertas de la vida eterna. Jesús es plenamente consciente de que su muerte será la victoria sobre el pecado.

71. En el Evangelio de san Juan, la palabra "fruto" aparece en varias ocasiones (Cf. Jn 4, 36; 12, 24; 15, 1-8; 15, 16). En Juan 4, 36 y en Juan 15, 1-8 Jesús utiliza la palabra con dos significados, en dos dimensiones distintas: la propiamente natural, de la agricultura, y la dimensión sobrenatural en la que "fruto" significa las personas que vienen a Cristo, que se encuentran con él, verdadero Dios y verdadero hombre, y, a través de él, llegan a la salvación de su alma.

72. En el capítulo 12 de san Juan, hay una nota de mayor dramatismo, porque Cristo hace hincapié en que sólo a través de su muerte se puede dar este fruto. Por eso, aquí, más que ante una parábola, estamos frente a la trágica predicción de su destino, asumido libremente. Además, en esta ocasión, Cristo habla de "mucho fruto". Acentúa su libre elección del momento y de las condiciones de su muerte, y explica que todo eso lo acepta para dar mucho fruto. La muerte de Jesús permite que todos podamos alcanzar a Dios de un modo nuevo: la posesión eterna e inmediata de su amor. Con esto responde a lo que los griegos le pedían: "queremos ver a Jesús", descubriéndoles el lado íntimo de su identidad y de su misión. Cristo se presenta como el que morirá para darnos la salvación eterna.

73. A la luz de la generosa donación que Cristo hace de sí mismo, esta frase se convierte en una de las dos grandes leyes para dar frutos espirituales. La primera ley es que hay que morir a sí mismo para dar frutos de vida eterna: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, dará mucho fruto". El sufrimiento, más que cualquier otra cosa, es el que abre el camino a la gracia que transforma las almas. El sufrimiento, más que todo lo demás, hace presente en la historia de la humanidad la fuerza de la redención.

74. "En la lucha 'cósmica' entre las fuerzas espirituales del bien y las del mal, de las que habla la carta a los Efesios (Cf. Ef 6, 12), los sufrimientos humanos, unidos al sufrimiento redentor de Cristo, constituyen un particular apoyo a las fuerzas del bien, abriendo el camino a la victoria de estas fuerzas salvíficas" (JUAN PABLO II, Carta apostólica Salvifici Doloris, 27).

75. La segunda ley de la fertilidad espiritual la encontramos en Juan 15,5: la unión con Cristo, con la vid: "El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada". Sólo en la renuncia a sí mismo y en la unión con Cristo, el cristiano puede realizar la vocación a la que ha sido llamado por Cristo que nos ha elegido para dar fruto: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda" (Jn 15, 16).

76. El amor de Cristo hacia los hombres es un amor auténtico, que se manifiesta en la entrega generosa de toda su vida. Cristo se entrega consciente y deliberadamente a la muerte, al aniquilamiento de sí mismo, por nuestra salvación. Este es el verdadero amor.

77. Hoy, cuando se habla de amor, muchas veces se hace desde una concepción egoísta de la vida, y el amor se reduce a recibir un placer del otro. Entonces, "amar" significaría más o menos gozar placenteramente. Otras veces se reduce a un concepto vago, como una especie de "energía" que llena el planeta. Pero el amor auténtico es algo muy distinto de esas concepciones del "amor"; el amor es donación total de sí mismo.

78. El amor de Cristo, modelo de todo amor auténtico, es amor de entrega, amor que lleva a dar la vida al otro, por el otro. Ese es el amor al que nos invita Jesucristo: "Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos" (Jn 15, 12-13). Nadie tiene mayor amor que dar la vida por los que ama, aunque aquellos a los que ama no le correspondan. Este es el amor auténtico.

79. Ojalá que esta cuaresma sea para todos los cristianos de la arquidiócesis de México una oportunidad especial para vivir el verdadero amor que prefiere el sacrificio total de sí mismo (el grano que muere) antes que dañar al hermano; que busca el perdón antes que la revancha; que está dispuesto a entregarse a los demás. Este amor vivido con integridad es fuente de felicidad para el alma, según las palabras del Señor: "Mayor felicidad hay en dar que en recibir" (Hch 20, 35).

2. "El que ama su vida, la pierde"

"Jesús no es el Mesías del triunfo y del poder. En efecto, no liberó a Israel del dominio romano y no le aseguró la gloria política. Como auténtico Siervo del Señor, cumplió su misión de Mesías mediante la solidaridad, el servicio y la humillación de la muerte. Es un Mesías que se sale de cualquier esquema y de cualquier clamor; no se le puede "comprender" con la lógica del éxito y del poder, usada a menudo por el mundo como criterio de verificación de sus proyectos y acciones.

Jesús, que vino para cumplir la voluntad del Padre, permanece fiel a ella hasta sus últimas consecuencias, y así realiza la misión de salvación para cuantos creen en él y lo aman, no con palabras, sino de forma concreta. Si el amor es la condición para seguirlo, el sacrificio verifica la autenticidad de ese amor. "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Lc 9, 23). Estas palabras expresan el radicalismo de una opción que no admite vacilaciones ni dar marcha atrás. Es una exigencia dura, que impresionó incluso a los discípulos y que a lo largo de los siglos ha impedido que muchos hombres y mujeres siguieran a Cristo. Pero precisamente este radicalismo también ha producido frutos admirables de santidad y de martirio, que confortan en el tiempo el camino de la Iglesia.

Aún hoy esas palabras son consideradas un escándalo y una locura (Cf. 1 Corintios 1, 22-25). Y, sin embargo, hay que confrontarse con ellas, porque el camino trazado por Dios para su Hijo es el mismo que debe recorrer el discípulo, decidido a seguirlo. No existen dos caminos, sino uno solo: el que recorrió el Maestro. El discípulo no puede inventarse otro" (JUAN PABLO II, Mensaje para la XVI Jornada Mundial de la Juventud, 14 de febrero de 2001, 2-3).

80. "El que ama su vida la pierde, y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna". Parece como si Jesús, en este momento de la conversación, en lugar de referirse principalmente a los griegos, se estuviera dirigiendo a los discípulos, hablándoles con una especial intensidad. Es, por decirlo así, una invitación que hace el Maestro a seguirlo hasta la muerte. Está explicando cuál será su destino, pero al mismo tiempo plantea a sus discípulos que la entrega personal de su vida, no es un final, un ocaso completo, sino culminación de una vida verdadera que le llevará a la vida eterna. En el fondo, Cristo presenta su muerte como un inicio, como condición para alcanzar la salvación, la vida eterna.

81. En las culturas semíticas, los contrastes vivaces eran muy usados para expresar con más claridad lo que debía elegirse como bueno frente a lo malo (Cf. Dt 21, 15; Mt 6, 24; Mc 14, 26). Por eso, Jesucristo, en el pasaje evangélico sobre el que estamos reflexionando, contrapone "amor" y "odio"; es un modo de fijar la atención sobre la elección más conveniente a partir de las consecuencias de cada una. Jesucristo habla de amar u odiar la vida. El contenido de esta frase parece enigmático: el que ama la vida la pierde; y el que la odia en este mundo, la guarda para la vida eterna.

82. El evangelista san Juan usa aquí la palabra "Psijé" para designar la "vida", y esto es muy significativo. Los judíos, al revés que los griegos, no tenían claramente definida la distinción alma-cuerpo; por eso, san Juan usa la palabra griega "psijé" —que en griego significa "alma"— como la más adecuada para expresar el "yo" humano que vive, sin temor a que su auditorio judío pudiera entender esta palabra como opuesta a cuerpo.

83. La palabra "bios", con la que los griegos designaban la vida, no era suficiente en este caso, ya que san Juan sabe que Jesús se estaba refiriendo al "yo" que vive, al "nefes" judío, al hombre vivo, como en Juan 10, 15. Para la vida eterna usa otra palabra que es "zoe", la vida que el creyente recibe de lo alto. Es la vida "psijé" no "zoe", la que puede ser amada u odiada, y ese amor u odio, elegido libremente, tiene consecuencias distintas. Esto es lo que Cristo está explicando a los suyos.

84. El contraste entre los verbos "odiar-amar", aparece varias veces en los Evangelios (Cf. Lc 14, 26; Mt 10, 37). San Juan nos transcribe tres ocasiones en las que lo usó Jesucristo: aquí, donde contrapone el odio a la propia vida con el amor de la propia vida en este mundo; en Juan 3, 19-20, en que enfrenta el amor a la luz con el amor a las tinieblas; y en Juan 12, 43, que establece un contraste entre la gloria de Dios y la gloria entre los hombres. En estos dualismos, las tinieblas, la propia vida en este mundo y la gloria humana, aparecen "tocados" por el mal que se hace presente entre los hombres.

85. El amar a cualquiera de estos últimos se convierte en un obstáculo que imposibilita el amar a Dios sobre todas las cosas. Siempre, en los tres casos, el lenguaje es claro y contundente, e implica la elección entre un bien y un mal. En este caso concreto de Juan 12,25, parece como si Cristo quisiera repetir lo que ha dicho antes acerca del grano de trigo, pero diciéndolo ahora con más claridad, como explicándolo a fondo, sin comparaciones.

86. El tema es el mismo: morir para vivir, pero aquí Jesucristo introduce una variante: antes, en la comparación del grano de trigo, estaba claro que Jesús tenía que morir para darnos la vida; ahora vemos que los que quieran ser discípulos de Jesús tienen que pasar a través de la muerte para alcanzar su propia vida eterna. Ya no habla Cristo de sí mismo, sino que se refiere a todos los que quieran seguirle. Es, por decirlo así, la enseñanza de Jesús para que cada discípulo suyo alcance la vida eterna que él le ofrece con su muerte.

87. Cristo habla de una vida eterna más allá de la vida en este mundo, y de una continuidad entre ambas. En forma antitética, Cristo expresa que la vida verdadera se pierde cuando se quiere conservar y gozar de la vida de este mundo, mientras que cuando la vida de este mundo se utiliza para donarla generosamente a Dios y a los demás, sin guardarse nada para sí, entonces se llega a la salvación eterna. La enseñanza es clara: el que ama su vida en este mundo hasta el punto de no estar dispuesto a sacrificar su existencia terrena, se priva de la vida eterna; y el que odia esta vida terrena, temporal, renunciando a los placeres y a la limitada felicidad que ofrece y busca darse generosamente a Dios y a los demás, es quien conquista la vida eterna.

88. Para alcanzar la vida eterna, hay que superar un mundo hostil. Trayendo a nuestros días esta enseñanza, podemos analizar la gran realidad que encierra. Vivimos en un mundo que tiene la fuerte tentación de convertir todo en mercancía para el disfrute o el provecho personal, sin negarse nada; un mundo que incluso llega a aceptar que la vida humana, entendida sólo como unidad biológica, pueda ser comercializada o manipulada según su utilidad. Ante esta cultura tan extendida que, con su fuerte influencia, puede alejar al ser humano de Dios y del designio amoroso de felicidad que nos ha preparado, Cristo aparece como un Mesías que se sale de cualquier esquema; un Mesías que no se puede comprender con la lógica del éxito y del poder.

89. El seguimiento de Cristo, que lleva a la salvación, se convierte en una lucha contra un mundo que maneja unos valores distintos. Pero Cristo ha vencido ese mundo con su entrega a la muerte en la cruz, y esa cruz queda como el signo de su victoria en la que hemos vencido todos. "La Iglesia desde siempre cree y confiesa que sólo en la cruz de Cristo hay salvación. Una difundida cultura de lo efímero, que asigna valor a lo que agrada y parece hermoso, quisiera hacer creer que para ser felices es necesario apartar la cruz. Presenta como ideal un éxito fácil, una carrera rápida, una sexualidad sin sentido de responsabilidad y, finalmente, una existencia centrada en la afirmación de sí mismos, a menudo sin respeto por los demás" (JUAN PABLO II, Mensaje para la XVI Jornada Mundial de la Juventud, 14 de febrero de 2001, 6). La cruz de las renuncias de esta vida ofrece realísticamente un camino de salvación en el que el ser humano puede encontrar sentido al sufrimiento y al dolor.

90. Efectivamente, el dolor sigue presente en el ser humano, y sólo en la cruz de Cristo encuentra sentido, valor. Sólo desde esta cruz se entiende que lo verdadero debe prevalecer sobre lo útil, el bien sobre el bienestar, la libertad sobre las modas, la persona sobre la estructura. Sólo con la aceptación libre y amorosa del sacrificio se puede asumir una conducta ética sin ceder a las tentaciones que continuamente se presentan. El cristiano, desde la cruz de Cristo, sabe que su actitud ante los problemas del mundo no puede ser pasiva, que criticar no basta; que es necesario ir más allá: es necesario ser constructores.

91. El cristiano, en efecto, no puede limitarse a analizar los procesos históricos en acto, manteniendo una actitud pasiva, como si excedieran sus capacidades de intervención, como si estuviéramos guiados por fuerzas ciegas e impersonales. El creyente está persuadido de que todo acontecimiento humano está bajo la providente mano de Dios, quien pide a cada uno que colabore con él en la orientación de la historia hacia un fin digno del hombre, aún a costa del propio sacrificio personal unido al sacrificio de Cristo. Cada cristiano, en su ambiente, es portador de la cruz y desde ella edifica la sociedad del amor, cediendo el mando de su vida a sus propios principios y no a la simple satisfacción de sus tendencias.

92. El sufrimiento es "verdaderamente sobrenatural y a la vez humano. Es sobrenatural, porque se arraiga en el misterio divino de la redención del mundo, y es también profundamente humano, porque en él, el hombre se encuentra a sí mismo, su propia humanidad, su propia dignidad y su propia misión" (JUAN PABLO II, Carta apostólica Salvifici Doloris, 31). Y la respuesta al sufrimiento humano está en el amor, en el amor de Cristo que entrega su vida por amor. El dolor es una prueba (Cf. JUAN PABLO II, Carta apostólica Salvifici Doloris, 23) que evidencia el amor, que hace presente el amor de Dios en el mundo.

93. El sufrimiento humano es una expresión de amor, así como el dolor por el ser querido que ya no está junto a nosotros es un modo nuevo de expresarle nuestro amor. El dolor es un camino de esperanza gracias a la resurrección de Jesucristo. Eso es lo que refleja el rostro de la Piedad de Miguel Ángel: hay un dolor por su Hijo muerto y al mismo tiempo, una serena esperanza confiada en que no todo acaba ahí: hay un después. Sufrir es completar el sacrificio de Jesucristo a favor de la Iglesia. Por ello, los cristianos, "ciertamente, debemos hacer todo lo posible para atenuar el sufrimiento e impedir la injusticia que provoca el sufrimiento de los inocentes. Sin embargo, también debemos hacer todo lo posible para que los hombres puedan descubrir el sentido del sufrimiento, para que estén en grado de aceptar el propio sufrimiento y unirlo al sufrimiento de Cristo. De este modo, el sufrimiento se funde con el amor redentor y se convierte, por tanto, en una fuerza contra el mal en el mundo" (BENEDICTO XVI, Discurso a la curia romana, 22 de diciembre de 2005).

3. "Si alguno me sirve, que me siga"

"Jesús camina delante de los suyos y a cada uno pide que haga lo que Él mismo ha hecho. Les dice: yo no he venido para ser servido, sino para servir; así, quien quiera ser como yo, sea servidor de todos. Yo he venido a vosotros como uno que no posee nada; así, puedo pediros que dejéis todo tipo de riqueza que os impide entrar en el reino de los cielos. Yo acepto la contradicción, ser rechazado por la mayoría de mi pueblo; puedo pediros también a vosotros que aceptéis la contradicción y la contestación, vengan de donde vengan. En otras palabras, Jesús pide que elijan valientemente su mismo camino; elegirlo, ante todo, "en el corazón", porque tener una situación externa u otra no depende de nosotros. De nosotros depende la voluntad de ser, en la medida de lo posible, obedientes como él al Padre y estar dispuestos a aceptar hasta el fondo el proyecto que él tiene para cada uno" (JUAN PABLO II, Mensaje para la XVI Jornada Mundial de la Juventud, 14 de febrero de 2001, 3).

94. "Si alguno me sirve, que me siga". Jesús habla con claridad de cómo deben seguirle sus discípulos. La idea que quiere transmitir es que el seguirle a él hasta la muerte, para participar de su victoria, distingue a sus discípulos. La recompensa por el seguimiento es compartir el mismo destino de Cristo: la resurrección, la victoria sobre la muerte, la vida eterna. Con la frase: "si alguno me sirve, que me siga", Jesucristo está invitando a sus discípulos a estar dispuestos a seguirle en el sufrimiento y en la muerte.

95. En este momento, Jesús habla de "si alguno me sirve", de "servicio", pero más adelante aclara: "ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15, 15). No hay contradicción entre las dos frases, el que sirve a Jesús no es un siervo, sino alguien que le sigue como amigo. Cristo le invita a seguirle desde el amor, como amigo. Esta es la base del cristianismo, es ante todo un seguimiento de Cristo en y desde el amor.

96. La recompensa que Jesús promete a sus seguidores es estar con el Padre que los honrará. De esta forma, Jesucristo está concretando todavía más lo que acababa de decir acerca de que quien odia la vida en este mundo, la conservará para la vida eterna. Ahora sabemos que la vida eterna consiste en estar con Jesucristo en el amor del Padre. Jesucristo sigue explicando el significado que tendrá la hora de su muerte y resurrección para todos los hombres. Muchos mártires, a lo largo de la historia de la Iglesia, han encontrado consuelo en esta enseñanza y han vivido al pie de la letra esta frase. Han servido a Cristo, han seguido plenamente sus pasos, y han encontrado consuelo en él. También nosotros, cristianos del siglo XXI, encontramos luz para nuestra vida en esta enseñanza de Cristo. Sabemos que seguirlo nos lleva a la recompensa del gozo eterno vivido en el amor del Padre. Ya, desde ahora, ese pensamiento nos impulsa a ser mejores seguidores de Cristo, a ponerle en el centro de nuestra vida, a encontrar consuelo en él: "Cristo es todo para nosotros y por tanto: "si quieres curar una herida, él es médico; si ardes de fiebre, es manantial; si estás agobiado por la iniquidad, es justicia; si tienes necesidad de ayuda, es fuerza; si temes la muerte, es vida; si deseas el cielo, es camino; si huyes de las tinieblas es luz; si buscas alimento, es comida" (San Ambrosio, De virginitate, 16,99). Nuestra vida debe desembocar en el encuentro con Cristo: "Iremos a donde el Señor Jesús ha preparado las moradas para sus pobres servidores, a fin de estar también nosotros donde se encuentra él: esto es lo que él ha querido" (San Ambrosio, De bono mortis, 12,53)" (Juan Pablo II, Carta apostólica Operosam diem, 1 de diciembre de 1996, 25)

97. El amor y la entrega personal de sí mismo a Dios y a los demás no despersonalizan. A veces se podría pensar que la entrega, el salir de sí mismo, el darse a Dios o darse a los hermanos, nos resta posibilidades de realizarnos como personas, pero no es así. El vaciamiento de nosotros mismos en la entrega a Dios y a los demás, nos lleva a no preocuparnos tanto de nuestro pequeño mundo en el que solemos enredarnos, a abrir los horizontes del espíritu y a buscar lo que realmente llena el alma: el amor de correspondencia al amor de Dios, que se hace hombre y se entrega por mí. Este es el gran resumen de la espiritualidad cuaresmal, es lo que Cristo hace durante toda su vida y, de un modo especial, en su pasión: aceptación voluntaria de una muerte cruenta, en la obediencia al Padre, por amor. El cristiano, en su vida cotidiana, tiene muchas oportunidades para mostrar su amor a Dios en la entrega de sí mismo a él y a los demás, en la obediencia a la voluntad de Dios y en innumerables actos de caridad que se le presentan como oportunidades para crecer en el amor, para crecer como persona.

98. Negarse a sí mismo significa renunciar al propio proyecto, a menudo limitado y mezquino, para acoger el de Dios: este es el camino de la conversión, indispensable para la existencia cristiana, el camino que llevó al apóstol san Pablo a afirmar: "Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Gál 2, 20). Jesús no pide renunciar a vivir; lo que pide es acoger una novedad y una plenitud de vida que sólo él puede dar. El hombre tiene enraizada en lo más profundo de su corazón la tendencia a pensar en sí mismo por encima de todo, a ponerse a sí mismo en el centro de los intereses y a considerarse la medida de todo. En cambio, quien sigue a Cristo rechaza este repliegue sobre sí mismo y no valora las cosas según su interés personal. Considera la vida vivida como un don, como algo gratuito, no como una conquista o una posesión. En efecto, la vida verdadera se manifiesta en el don de sí, fruto de la gracia de Cristo: una existencia libre, en comunión con Dios y con los hermanos. Si vivir siguiendo al Señor se convierte en el valor supremo, entonces todos los demás valores reciben de éste su correcta valoración e importancia. Quien busca únicamente los bienes terrenos, será un perdedor, a pesar de las apariencias de éxito: la muerte lo sorprenderá con un cúmulo de cosas, pero con una vida fallida (Cf. Lc 12, 13-21). Por tanto, hay que escoger entre ser y tener, entre una vida plena y una existencia vacía, entre la verdad y la mentira (Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la XVI Jornada Mundial de la Juventud, 14 de febrero de 2001).

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