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Vicaría      de Pastoral

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Carta Pastoral como ayuda para vivir la Cuaresma del año 2006
Norberto Cardenal Rivera Carrera

VI. EL CUMPLIMIENTO DE LA MISIÓN DE CRISTO:
LA OBRA DE LA REDENCIÓN

1. "¿Qué voy a decir?"

"Los acontecimientos del Viernes Santo y, aún antes, la oración en Getsemaní, introducen en todo el curso de la revelación del amor y de la misericordia, en la misión mesiánica de Cristo, un cambio fundamental. El que "pasó haciendo el bien y sanando" (Hch 10, 38), "curando toda clase de dolencias y enfermedades" (Mt 9, 35), Él mismo parece merecer ahora la más grande misericordia y apelarse a la misericordia cuando es arrestado, ultrajado, condenado, flagelado, coronado de espinas; cuando es clavado en la cruz y expira entre terribles tormentos (Cf. Mc 15, 37; Jn 19, 30). Es entonces cuando merece de modo particular la misericordia de los hombres, a quienes ha hecho el bien, y no la recibe. Incluso aquellos que están más cercanos a Él, no saben protegerlo y arrancarlo de las manos de los opresores. En esta etapa final de la función mesiánica se cumplen en Cristo las palabras pronunciadas por los profetas, sobre todo Isaías, acerca del Siervo de Yahvé: "por sus llagas hemos sido curados" (Is 53, 5). Cristo, en cuanto hombre que sufre realmente y de modo terrible en el Huerto de los Olivos y en el Calvario, se dirige al Padre, a aquel Padre, cuyo amor ha predicado a los hombres, cuya misericordia ha testimoniado con todas sus obras. Pero no le es ahorrado —precisamente a Él— el tremendo sufrimiento de la muerte en cruz: "a quien no conoció el pecado, Dios le hizo pecado por nosotros" (2 Cor 5, 21), escribía san Pablo, resumiendo en pocas palabras toda la profundidad del misterio de la cruz y a la vez la dimensión divina de la realidad de la redención" (JUAN PABLO II, Carta encíclica Dives in misericordia, 7).

99. "¿Qué voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre". En este momento aparece en Jesús la tentación de pedir al Padre que le salve de esta hora, de su "hora". Aquí, por primera vez en el Evangelio de san Juan, se toca la humanidad sufriente de Cristo. Jesús confiesa su temor ante la terrible lucha que le espera con Satanás, con el Príncipe de este mundo que será derrotado por él (Cf. Jn 12, 31). Cristo se enfrenta a la tentación de pedir al Padre que lo libre de su hora, que le ahorre sufrir la ignominia y el dolor. Es la misma lucha que sufrirá en Getsemaní, donde terminará por imponerse sobre sí mismo y seguir la voluntad de Dios antes que su querer humano, que naturalmente aborrece el dolor (Cf. Mc 14, 36). Cristo triunfa en los dos momentos sometiendo su libertad a la voluntad de Dios. La oración que pronuncia: "Padre, glorifica a tu nombre", es precisamente una súplica para que se cumpla el designio de Dios. En Jesucristo luchan la voluntad divina y la voluntad humana, pero vence el querer de Dios. Es el primer paso de la kénosis, o vaciamiento de sí mismo, aceptado libremente por Jesucristo, por amor.

100. Dios sólo será glorificado cuando Cristo cumpla completamente su misión en la entrega completa de sí mismo, a través de la muerte y la resurrección. Pero ahora, el Padre adelanta la glorificación de Cristo, que se somete al designio del Padre y recibe del cielo una confirmación: "le he glorificado y de nuevo le glorificaré". Es una anticipación de la gloria que recibirá Cristo resucitado.

101. Jesús mismo explica la finalidad de esa voz que ha venido del cielo. No es para él, sino para los que le escuchan. Es como una aprobación de Dios, desde lo alto, a lo que está diciendo el Señor. Desde el cielo, el Padre responde a la petición del Hijo y le asegura la victoria ante el duro destino que le aguarda. De ese modo garantiza a los presentes el triunfo de Jesús, a pesar del sufrimiento por el que debe pasar. Jesús se va a sacrificar, pero en ese mismo acto va a encontrar su glorificación. Los judíos de entonces esperaban un mesías glorioso y Jesús los prepara con esta explicación para que acepten su mesianismo de humildad, de servicio, de entrega, de amor, de aniquilación de Sí mismo. El Padre, desde el cielo, refuerza la autenticidad de este mesianismo.

102. La enseñanza de este texto es fundamental para la vivencia de la cuaresma y para toda nuestra vida cristiana. Nos invita a guiar nuestras vidas por la voluntad de Dios, con la fe cierta en que ese es el camino de la felicidad y del triunfo para la eternidad. Nos invita a superar las dificultades que sufrimos como consecuencia de nuestra debilidad humana para aceptar generosamente la voluntad de Dios, uniéndonos a él que también venció su debilidad humana confiando en el Padre.

2. "Ahora es el juicio de este mundo"

"Esta redención es la revelación última y definitiva de la santidad de Dios, que es la plenitud absoluta de la perfección: plenitud de la justicia y del amor, ya que la justicia se funda sobre el amor, mana de él y tiende hacia él. En la pasión y muerte de Cristo —en el hecho de que el Padre no perdonó la vida a su Hijo, sino que lo "hizo pecado por nosotros" (2 Cor 5, 21)— se expresa la justicia absoluta, porque Cristo sufre la pasión y la cruz a causa de los pecados de la humanidad. Esto es incluso una "sobreabundancia" de la justicia, ya que los pecados del hombre son "compensados" por el sacrificio del Hombre-Dios. Sin embargo, tal justicia, que es propiamente justicia "a medida" de Dios, nace toda ella del amor: del amor del Padre y del Hijo, y fructifica toda ella en el amor. Precisamente por esto la justicia divina, revelada en la cruz de Cristo, es "a medida" de Dios, porque nace del amor y se completa en el amor, generando frutos de salvación. La dimensión divina de la redención no se actúa solamente haciendo justicia del pecado, sino restituyendo al amor su fuerza creadora en el interior del hombre, gracias a la cual él tiene acceso de nuevo a la plenitud de vida y de santidad, que viene de Dios. De este modo, la redención comporta la revelación de la misericordia en su plenitud. El misterio pascual es la culminación de esta revelación y actuación de la misericordia, que es capaz de justificar al hombre, de restablecer la justicia en el sentido del orden salvífico querido por Dios desde el principio para el hombre y, mediante el hombre, en el mundo" (JUAN PABLO II, Carta encíclica Dives in misericordia, 7).

103. "Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera". Cristo realiza la justicia de Dios con su crucifixión, asumida voluntariamente, y con su resurrección gloriosa. Si no hubiera sido por ello, no nos habría conquistado la vida eterna en Dios.

104. En estas palabras de Jesús: "ahora es el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera..." se anuncia la victoria de Cristo sobre el mal. Es otro aspecto de la "hora" de Jesús. La "hora" de Cristo traerá la condena y la derrota para el Príncipe de este mundo, Satán, pero también otorgará la vida a los que sean atraídos por Jesús (Cf. Jn 12, 32). Es un momento de contrastes: condenación para el Príncipe de este mundo, y vida para los discípulos de Jesús: luz que vence sobre las tinieblas.

105. Efectivamente, la hora que conduce a Jesús a la glorificación es también el momento de la expulsión de su mayor enemigo, Satanás. La humillación de Cristo derrota al "padre de la mentira" (Cf. Jn 8, 44) y de la soberbia. La victoria de Cristo quitará la autoridad al demonio que dominaba el mundo hasta considerarlo su principado (Cf. Jn 12, 31; 14, 30; 16, 11), su posesión (Cf. Mt 4, 8-9). Es una victoria definitiva sobre el mal, pero ahora, cada cristiano debe hacer realidad esta victoria en su vida, debe hacerla suya con su libertad, con su capacidad de amar, de elegir el bien y de rechazar el mal. La vida cristiana es una tensión constante entre esa victoria ya obtenida por Jesús y la libre apropiación que hace de ella el cristiano, cada cristiano, habilitado gracias a la muerte y resurrección de Cristo, para vencer el mal con el bien (Cf. Rm 12, 21).

106. Jesucristo se convierte en el Juez ya que el Padre "le ha constituido en juez supremo porque es el Hijo del hombre" (Jn 5, 27). Juzgar es una facultad propia de Dios, y Jesús, por ser Dios y hombre a la vez, goza de la facultad de Dios para juzgar y de la posibilidad de hacerlo entre los hombres. La facultad exclusiva de Dios (Cf. Gn 18, 25; Jue 11, 27; Tb 3, 2; Sal 7, 9; Sant 4, 12; etc.), el Juez Universal (Cf. Hbr 12, 23), el Juez Justo (Cf. 2 Mac 12, 6; 12, 41, Sal 7, 12; Jr 11, 20; 20, 12; 2 Tm 4, 8; etc.), sólo la posee Cristo y la ejecuta de modo absoluto por ser Dios. Él es el Juez Justo que conoce el interior del corazón de los hombres, y sólo él puede juzgar el mundo entero. No es un juez como los jueces humanos, que se ocupan de los litigios entre los hombres (Cf. Lc 12, 14), sino un Juez total de vivos y muertos (Cf. Hch 10, 42), que juzga los corazones de los hombres porque los conoce perfectamente. Cristo es un juez que no juzga sobre las apariencias (Jn 7, 24), sino en profundidad, en lo más hondo del hombre. Sólo él puede decir al mundo cuál es su mal de raíz, dónde está escondido su enemigo. Por eso, solamente Cristo puede sacar a Satanás a la luz y vencerlo.

107. Al ser humano no le toca juzgar (Cf. Mt 7, 1; Lc 6, 37), no tiene la suficiente capacidad para hacerlo sin errar. Sólo Cristo puede realizar en la historia humana, en este mundo, el juicio en que se condena al "Príncipe de este mundo". Es una sentencia ejecutada por alguien que, siendo Dios, a la vez también es hombre. El que ya ha condenado a Satanás, juzgará también a la humanidad (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1021-1022 y 1038-1041). Nos juzgará Cristo, Dios hecho hombre, que ha tenido experiencia de la vida humana, de sus dificultades, de sus tentaciones, y se ha hecho solidario, en la condición humana, con aquellos a los que debe juzgar. Precisamente en virtud de esta total solidaridad puede decir como juez: "Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era peregrino y me hospedasteis, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, prisionero y vinisteis a verme... En verdad os digo, todo aquello que hicisteis a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 35-36 y 40). El Hijo del hombre permanece unido a todos los hombres para siempre desde el primer momento de la encarnación. Por ello experimenta en sí mismo el sufrimiento de cada uno y la indigencia del ser humano que necesita de los demás (Cf. Jn 19, 28).

108. El Hijo del hombre pasó por el mundo perdonando los pecados; y esa es una de las graves acusaciones que le hacen sus enemigos porque reconocen que ese poder sólo pertenece a Dios. Pero él tiene verdaderamente esta facultad "en la Tierra" (Cf. Mc 2, 10) por su divinidad. Los judíos saben que Dios tiene este poder para perdonar pecados, pero con Cristo es la primera vez que ven que un hombre perdona en la tierra las faltas cometidas. Es real, el perdón de Dios se hace más cercano, más accesible. Esa era y es la voluntad de Dios, que quiere de nuevo acercar a sus hijos a la felicidad que sólo él puede ofrecerles con su amor. Y ahí se muestra el juicio de este mundo que comienza desde el nacimiento de Cristo, Dios que penetra en la historia humana. Al final del relato de la curación del paralítico, el evangelista san Mateo nos dice que las muchedumbres "glorificaban a Dios por haber dado tal poder a los hombres" (Mt 9, 8). Se refiere al poder para perdonar los pecados, las ofensas a Dios. Ahí se ve un anticipo del sacramento del perdón, que es juicio y curación. La cuaresma es una buena ocasión para acercarse al sacramento de la reconciliación en el que Dios actúa a través de un hombre, de un sacerdote, dotado de una potestad que ha recibido de Dios para juzgar y perdonar los pecados. Es el poder de Dios que juzga el mundo, que sigue así presente entre nosotros y nos reconcilia con el Padre como nos reconcilió el Hijo desde la cruz.

109. La cuaresma es el momento más propicio para aprovechar el perdón de Cristo que nos quiere liberar del pecado y acercarnos de nuevo a su amor. El pecado es alejamiento del amor de Dios, rotura de la relación con él. Como en el primer pecado (Cf. Gn 3), también hoy, el Maligno, a través de diversos medios, hace al ser humano olvidar el amor de Dios, alejarse de él. Para ello, igual que en el pecado de Adán y Eva, comienza generando la desconfianza en Dios. En todo pecado, Dios, el Creador, es puesto en estado de sospecha: "¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles del jardín?" El Príncipe de este mundo hace ver al hombre que la voluntad de Dios que se concreta en sus Mandamientos, no nace del amor del Señor, sino del capricho de un tirano, que es presentado como enemigo de la criatura, del hombre; como obstáculo de realización, no como Padre. Y el Maligno reta al ser humano, lo presiona para que llegue a amarse desordenadamente a sí mismo hasta enfrentarse o desinteresarse de Dios. En el caso de Adán y Eva, el engaño es tan claro que el alma se defiende de la falacia con una puntualización: "Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Mas del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte". Pero el Maligno no es tomado por sorpresa, y sabe replicar acusando de nuevo a Dios: "De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal".

110. Esta acción del Príncipe de este mundo se refleja en una mentalidad muy extendida hoy que ve los mandamientos de Dios como una tiranía, como una ley esclavizante. Detrás está la acción del Príncipe de este mundo que cierra al hombre al amor de Dios. Eva, apartada del amor, cayó en la trampa, desobedeció al Creador, traicionó a quien la había creado por amor, prefirió obedecer al Señor del odio y de la mentira, y consideró la falacia de la serpiente como algo dignificante para ella. En nuestras sociedades, son continuas las invitaciones a dudar de Dios y a ver su Ley como una esclavitud; a considerar su amorosa voluntad como opresora, y a su Iglesia como tiránica y retrógrada, obstáculo para la plena realización del ser humano, para la liberación de los viejos tabúes. Estas son las secuelas del pecado de las que nos quiere salvar Jesucristo.

111. Jesús, el hombre universal, se acerca a la muerte. Mediante la expresión el "Hijo del hombre", Jesús quiere subrayar la universalidad que caracteriza su misión entre los hombres. No quiere sólo reconciliar a los hombres con Dios, sino también a los hombres entre sí. Por eso, no se denominó nunca a sí mismo como "Hijo de David", que hubiera sido el título mesiánico más reconocible. Es verdad que otros le dieron ese título sin que él lo rechazara, pero evitó cuidadosamente aplicarse un título que habría sugerido la reducción de su misión a una sola nación, a un único pueblo, el pueblo de Israel. Al presentarse como "Hijo del hombre" quiere significar que su misión no tiene límites, que es universal, que se abre a todos los seres humanos de su tiempo y de siempre. Jesucristo, con su juicio, destruye todas las barreras que oponen a los hombres entre sí. Igual que, durante su vida, se dirigía a judíos y gentiles, a pueblos enemistados, ahora se ofrece para todos, se inmola por todos para abrirnos el camino de la salvación.

3. "Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí"

"De la misma manera que la cruz puede reducirse a mero objeto ornamental, así también "tomar la cruz" puede llegar a ser un modo de decir. Pero en la enseñanza de Jesús esta expresión no pone en primer plano la mortificación y la renuncia. No se refiere ante todo al deber de soportar con paciencia las pequeñas o grandes tribulaciones diarias; ni mucho menos quiere ser una exaltación del dolor como medio de agradar a Dios. El cristiano no busca el sufrimiento por sí mismo, sino el amor. Y la cruz acogida se transforma en el signo del amor y del don total. Llevarla en pos de Cristo quiere decir unirse a él en el ofrecimiento de la prueba máxima del amor. No se puede hablar de la cruz sin considerar el amor que Dios nos tiene, el hecho de que Dios quiere colmarnos de sus bienes. Con la invitación "sígueme", Jesús no sólo repite a sus discípulos: tómame como modelo, sino también: comparte mi vida y mis opciones, entrega como yo tu vida por amor a Dios y a los hermanos. Así, Cristo abre ante nosotros el "camino de la vida", que, por desgracia, está constantemente amenazado por el "camino de la muerte". El pecado es este camino que separa al hombre de Dios y del prójimo, causando división y minando desde dentro la sociedad. El "camino de la vida", que imita y renueva las actitudes de Jesús, es el camino de la fe y de la conversión; o sea, precisamente el camino de la cruz. Es el camino que lleva a confiar en él y en su designio salvífico, a creer que él murió para manifestar el amor de Dios a todo hombre; es el camino de salvación en medio de una sociedad a menudo fragmentaria, confusa y contradictoria; es el camino de la felicidad de seguir a Cristo hasta las últimas consecuencias, en las circunstancias a menudo dramáticas de la vida diaria; es el camino que no teme fracasos, dificultades, marginación y soledad, porque llena el corazón del hombre de la presencia de Jesús; es el camino de la paz, del dominio de sí, de la alegría profunda del corazón" (JUAN PABLO II, Mensaje para la XVI Jornada Mundial de la Juventud, 14 de febrero de 2001, 5).

112. "Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí". Esta es la tercera vez en el Evangelio de san Juan que Cristo habla de "ser levantado". Anteriormente, lo ha hecho en otras dos ocasiones: la primera vez en el capítulo 3: "Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna" (Jn 3, 14-15), y la segunda en el capítulo 8: "Les dijo, pues, Jesús: "Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo. Y el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él" (Jn 8, 28-29). Las tres se refieren remotamente al cumplimiento de la profecía de Isaías sobre el Siervo Doliente de Yahvé: "He aquí que prosperará mi Siervo, será enaltecido, levantado y ensalzado sobremanera" (Is 52, 13). La palabra "levantado" es, en este caso, un signo de prosperidad para el Siervo que ha sido humillado y ha sufrido las mayores torturas. En el texto del Evangelio de san Juan, las tres veces, Jesús se refiere a algo físico, corporal: es levantado de la tierra, es izado como la serpiente de bronce que colocó Moisés sobre un mástil para que el que fuese mordido y la mirase no muriese (Cf. Nm 21, 6-9), y será levantado por los que ahora le escuchan. También en las tres aparece esta acción unida al triunfo de Cristo, con tres diversas manifestaciones: atraerá a todos los hombres, dará la vida eterna a los que crean en él y se verá que lo que él hablaba y enseñaba venía del Padre a quien siempre se mantuvo fiel. Los tres signos de triunfo serán comprobados por los hombres, del mismo modo como se puede constatar el hecho de que sea levantado. El mensaje de fondo es claro: está hablando de la muerte con la que será ejecutado, pero al mismo tiempo está señalando con claridad que esa muerte será en beneficio de los hombres, para que se acerquen a Cristo, para que tengan vida eterna, para que crean en Él y reconozcan su divinidad; como el centurión (Cf. Mc 15,39), el pagano que afirma que Jesucristo es el Hijo de Dios precisamente al verle morir en la cruz.

113. También nosotros, en esta cuaresma, contemplemos a Cristo crucificado, que se entrega por nosotros, por amor a cada uno de nosotros. Contemplemos la pasión de Cristo para descubrir en ella al Hijo de Dios que se entrega por cada uno de los seres humanos, para que tengamos vida eterna. Que la cruz no sea para los cristianos un objeto de escándalo, sino una escalera de salvación.

114. ¿Era necesario para la salvación del hombre que Dios entregase a su Hijo a la muerte en la cruz?, ¿podía ser de otro modo? ¿podía Dios, digámoslo así, justificarse ante la historia del hombre, tan llena de sufrimientos, de otro modo que no fuera poniendo en el centro de esa historia la misma cruz de Cristo? Evidentemente, una respuesta podría ser que Dios no tiene necesidad de justificarse ante el hombre: es suficiente con que sea Todopoderoso. Desde esta perspectiva, todo lo que hace o permite debe ser aceptado. Esta es la postura del bíblico Job. Pero Dios, que además de ser omnipotencia, es sabiduría y amor, desea, por así decirlo, justificarse ante la historia del hombre. No es el Absoluto que está fuera del mundo, y al que por tanto le es indiferente el sufrimiento humano. Es Emmanuel, Dios con nosotros, un Dios que comparte la suerte del hombre, y participa de su destino. Su sabiduría y su omnipotencia se ponen, por libre elección, al servicio de la criatura. Si en la historia humana está presente el sufrimiento, se entiende entonces por qué su omnipotencia se manifestó con la humillación mediante la cruz. El escándalo de la cruz sigue siendo la clave para la interpretación del gran misterio del sufrimiento, que pertenece de modo tan integral a la historia del hombre (Cf. JUAN PABLO II, Cruzando el Umbral de la Esperanza, Dios es amor. Entonces, ¿por qué hay tanto mal?).

115. La cuaresma es un camino de esperanza, una esperanza gozosa e inquebrantable. Sabemos que la cuaresma tiene un final feliz; culmina en la resurrección de Cristo, victoria sobre la muerte, centro del misterio cristiano, suprema revelación de Dios en Cristo. La cuaresma nos lleva a pensar que el dolor y la tristeza, el pecado y la muerte, ya han sido vencidos por Cristo, y nosotros podemos apropiarnos de esa victoria. Lo que logró la Cabeza, lo pueden legítimamente esperar los miembros del mismo Cuerpo. Esta esperanza cierta de una felicidad eterna es lo que hace que el cristianismo no sea una utopía, sino una realidad posible y al alcance de la mano, gracias a la redención operada por Cristo. Sabemos que las promesas se realizarán.

116. La cuaresma de esta vida es espera de la resurrección, de la vida eterna. Esta vida eterna que nos espera es una certeza inamovible que nos hace juzgar todo lo demás como pasajero, no definitivo; ni siquiera los peores males de la humanidad. Esto no quiere decir que los males de este mundo no nos afecten y que al cristiano no le importe ni su suerte ni la de sus hermanos en este mundo, sino que puede luchar con todo el empeño y la abnegación posible, sabiendo que la victoria está asegurada en Cristo. La cuaresma nos enseña a librar un continuo combate contra el mal para instaurar el reino de Cristo, sabiendo que contamos con la presencia del Espíritu Santo, nuestro guía, y con la seguridad del triunfo final.

117. En la resurrección de Cristo, el Espíritu Santo Paráclito se reveló sobre todo como el que da la vida: "Aquél que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros" (Rm 8, 11). En nombre de la resurrección de Cristo, la Iglesia anuncia la vida que se ha manifestado más allá del límite de la muerte, la vida que es más fuerte que la muerte. Al mismo tiempo, anuncia al que da la vida: el Espíritu vivificante; lo anuncia y coopera con él en dar la vida. En efecto, "aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia" (Rm 8, 10) realizada por Cristo crucificado y resucitado (Cf. JUAN PABLO II, Carta encíclica Dominum et Vivificantem, 58).

118. Ahora, cargando con nuestras cruces y unidos a María Dolorosa, sigamos muy de cerca a Cristo que en esta Santa Cuaresma se dirige al encuentro de su pasión y muerte para resucitar al tercer día. Él es nuestra victoria sobre el pecado y sobre la muerte.

México, D. F. a 1 de marzo de 2006,
Miércoles de Ceniza

Su hermano y obispo que los bendice,

Norberto Card. Rivera Carrera
Arzobispo primado de México

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