Apóstol de los Gentiles, así ha sido conocido San Pablo por innumerables generaciones de creyentes en Cristo; a lo largo de dos milenios su vida, ministerio y doctrina han marcado el caminar de los discípulos de Cristo a lo largo de toda la historia de la Iglesia.
Como bien es sabido, en este año 2008 celebraremos en toda la Iglesia la gozosa efemérides de los 2000 años del nacimiento de San Pablo. A ello nos ha convocado el Santo Padre Benedicto XVI, a través de un Año Jubilar Paulino1, el cual iniciará solemnemente el próximo día 28 de junio, I Vísperas de la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.
En esta perspectiva es oportuno resaltar importantes aristas de la personalidad paulina que nos interpelan como Iglesia que peregrina en el Tercer Milenio.
A) El más grande misionero en la Iglesia.- Sin duda el talante misionero de San Pablo se pone ampliamente de relieve en el libro de los Hechos de los Apóstoles; gracias a su convicción de "anunciar" el Evangelio (Cf. Gál 1, 16) "con oportunidad o sin ella" (2 Tm 4, 2), su actividad evangelizadora se propagó en el Pueblo de Israel, y más allá del mismo, abarcando gran parte del Mundo conocido en aquel momento. Como herederos de este mismo Evangelio, todos en nuestra Arquidiócesis: Obispos, Sacerdotes, Religiosas y Religiosos, Laicas y Laicos, estamos llamados a asumir con nuevo impulso, nuevo ardor y, nuevos métodos2 la Misión en nuestra Arquidiócesis. Misión a la que he convocado con motivo del Año Jubilar 2000 y a la cual he seguido convocando a todos en actitud de "Misión Permanente". Que nadie desaproveche la oportunidad, la gracia de ser partícipe en esta Misión Permanente en nuestra Ciudad - Arquidiócesis; para afianzar los frutos de tantos misioneros laicos que han impulsado la Misión en nuestros Decanatos y Vicarías Territoriales, recientemente he establecido el Ministerio de Catequista como un impulso más a la Misión Permanente. Al reflexionar sobre la misión emprendida por el apóstol San Pablo, no podemos dejar de recordar la trascendente importancia que debemos dar a la formación de nuestros agentes laicos, como un aspecto decisivo de la Misión Permanente en nuestra Arquidiócesis.
B) El gran evangelizador en la Sagrada Escritura ("corpus paulinum" - los escritos paulinos).- La Visita Pastoral que a lo largo de ya casi tres años he ido haciendo a las Parroquias, convocadas en los Decanatos de nuestra Arquidiócesis, me ha dado la ocasión de percibir la vitalidad de las diversas comunidades de fieles, constatando que dicha vitalidad siempre se alimenta de la meditación de la Sagrada Escritura. Es por ello que deseo exhortar a todos al conocimiento de los escritos paulinos, para que por la palabra del Apóstol lleguemos a recibir la Palabra de Dios (Cf. Tes 2, 13). A ello nos irán ayudando los oportunos subsidios de la Comisión Arquidiocesana de Biblia, sin excluir la posibilidad —también en nuestros hermanos laicos— de profundizar seriamente, en el ámbito académico, en los estudios bíblicos relativos al "corpus paulinum".
C) La espiritualidad paulina.- "...ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí..." (Gál 2, 20); a través del estudio y meditación de la experiencia de San Pablo, expresada tanto en el libro de los Hechos de los Apóstoles como en sus escritos, es posible —para cada uno de nosotros—, encontrar a Cristo, pues el mismo Apóstol decía: "sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo" (1 Co 11, 1). Descubrir y redescubrir la inagotable riqueza del misterio de Cristo en la experiencia de San Pablo será siempre una fuente privilegiada para la vida espiritual del creyente en Cristo.
D) El gran testigo de la Fe.- El Apóstol nos ha enseñado, aún en la gran Urbe, en Roma, a dar testimonio del nombre de Cristo, sea a través de la misión de ser portadores de la Palabra, "espada de doble filo" (Hb 4, 12), sea con la propia vida: "para mí la vida es Cristo" o con la propia muerte: "y la muerte una ganancia" (Flp 1, 21); tal es el testimonio de esta radicalidad, que llega incluso hasta el derramamiento de la propia sangre (Cf. Hb 12, 4); en efecto, no son pocas las situaciones en las que en nuestra gran Ciudad el testimonio de la Iglesia se desarrolla en medio de grandes desafíos; el Apóstol nos enseña cómo, aún en un ambiente difícil, el Evangelio debe ser predicado y testimoniado, como lo hizo él en Atenas (Cf. Hch 17, 15-34), y coronando su carrera (2 Tim 4, 7-8) lo hizo también en la Gran Urbe de Roma "enseñando con toda libertad" (Hch 28, 31) la Palabra de Dios y ofreciendo su sangre como supremo testimonio de Cristo. Así pues, nos toca ahora a nosotros continuar ese testimonio de Cristo en nuestra Gran Ciudad de México, testimonio que comienza en el seno familiar a través de la formación de los valores humanos y cristianos, como pondrá de relieve el próximo Encuentro Mundial de las Familias a celebrarse, por designación del papa Benedicto XVI, en nuestra Ciudad - Arquidiócesis.
E) La comunión con San Pedro, cabeza del Colegio de los Apóstoles.- Pedro y Pablo quedaron unidos en una misma corona al derramar, ambos, su sangre en Roma. Pero esta unión no fue casual, pues el Apóstol Pablo dio siempre testimonio de la comunión con el "Príncipe de los Apóstoles", San Pedro (Cf. Gál 1, 18-20; 2, 1-10); por ello este Año Jubilar Paulino nos invita también a renovar nuestro empeño ecuménico y nuestra comunión con la Santa Sede, con el Papa, sucesor de San Pedro, tal y como lo vivió y testimonió el gran Apóstol de los Gentiles.
Así pues, en orden a incentivar en todos nosotros, personal y comunitariamente, el conocimiento y meditación de la vida, doctrina y escritos del Apóstol de los Gentiles,