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Vicaría      de Pastoral

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Directrices Pastorales 2004. Norberto Cardenal Rivera Carrera

IV: Una espiritualidad para la pastoral en la ciudad

49. Cuanto más avanzamos en el proceso que estamos realizando, más valor y generosidad necesitamos. Pidamos con insistencia el don de la fortaleza, pues vivimos un tiempo de retos. Si bien las realidades que nos presenta la ciudad, y que descubrimos al interior de la Iglesia, son complejas y casi nunca tenemos todas las respuestas, no hay que desorientarse ni desanimarse. Dar respuesta pastoral a la Ciudad de México requiere iniciativa, creatividad, abrir nuevos caminos, siempre con el Evangelio como punto de apoyo. Nuestra labor habitual debe continuar, pero con un esfuerzo de profundidad y renovación a la altura de la exigencia que nos presenta el ambiente urbano.

50. EI II Sínodo al hablar de la evangelización de las culturas de la Ciudad de México abrió de manera definitiva una faceta de búsqueda en nuestra tarea pastoral, que implica aceptar que los nuevos areópagos piden que incursionemos donde diariamente se juega la suerte de los jóvenes, donde se difunden los valores que mueven a la familia y a la sociedad, donde están los pobres en soledad... Ya no podemos prescindir de ponernos a la escucha de la voz de la ciudad, porque es el Espíritu, que antecede nuestros pasos, quien nos habla en todas las situaciones que impactan a quienes viven en la ciudad. No tengamos miedo a los retos, enfrentarlos es lo que nos hará estar más unidos a Cristo, que es el único que puede alimentar a tanta gente.

51. La pobreza de nuestros medios nos coloca en la misma situación en que se encontraron los apóstoles cuando había necesidad de dar de comer a más de cinco mil gentes (Cfr. Lc. 9, 10-17). El Señor les dijo: Denles ustedes de comer. Los discípulos contestaron: sólo tenemos cinco panes y dos pescados. Pero, ¿qué es eso para tanta gente?

52. Así, con esa pobreza, nos descubre la voz de la ciudad, voz que son las personas que la habitan, que le dan rostro. Pero, a pesar de su dureza, la voz de nuestros hermanos nos purifica, nos impulsa a una mayor fe. Si escuchamos esos anhelos con atención nos revelan el lenguaje en el que tendríamos que proclamar el Evangelio para la ciudad.

53. El secularismo y otros aspectos de la modernidad impactan negativamente a todos los sectores sociales, y la comunidad de bautizados no es ajena a esa problemática. La voz de la ciudad pide ayuda, parece que no hay alimento capaz de saciarla.

54. Esa voz se expresa con anhelos fuertes respecto a lo que espera de los pastores, de los consagrados, y de todos los bautizados.

55. La mirada de los habitantes de la ciudad está principalmente sobre los pastores. Nos están pidiendo coherencia, sencillez en nuestro estilo de vida, opción verdadera de estar para la comunidad y con la comunidad, ser presencia de espiritualidad y promotores de unidad.

56. La vida precaria de una buena parte de la población urbana necesita de la comunidad eclesial comprensión, voluntad de compartir, de escuchar.

57. En las parroquias que son los lugares donde la Iglesia se hace visible, los habitantes de la ciudad quisieran encontrar actitudes de acogida para todos. La comunidad parroquial por su vivencia de fe tendría que ser capaz de convocar a todos al servicio de caridad.

58. Los jóvenes parecen estar en una búsqueda frenética de algo que dé sentido a su existencia. La mayoría, aún los bautizados, no lo están encontrando en el ambiente eclesial. Parece no haber cabida para ellos, porque comúnmente se salen del esquema, rompen el ambiente habitual, quieren construir relaciones nuevas, un ambiente propio.

59. En su mayoría, las familias de la ciudad tienen una integración irregular. Necesitan fortalecer su capacidad para transmitir valores que proporcionen un cimiento a quienes empiezan a vivir. Las familias necesitan ser aceptadas, buscadas con paciencia y amistad, con solicitud paternal.

60. Los laicos requieren ser tratados con dignidad, necesitan ser tratados con respeto y verdad, con amistad y confianza. No son inferiores, son indispensables en el Cuerpo de Cristo. Sin los laicos es impensable la evangelización de la ciudad.

61. Sin embargo, toda esta problemática que rebasa nuestras fuerzas humanas sí tiene una respuesta. Al ver Jesús que las posibilidades de sus apóstoles eran insuficientes para las necesidades, pidió que le trajeran "los cinco panes y los dos pescados". Dio gracias, los partió y los entregó a sus discípulos para que los distribuyeran. Todos, a pesar de ser tantos, comieron hasta saciarse. Y, todavía, recogieron doce canastos con lo que sobró.

62. Ese signo de Jesús revela la espiritualidad que debemos ejercitar constantemente: escuchar y ver las necesidades de la ciudad, decidirnos a poner en las manos de Jesús nuestros cinco panes y dos pescados, para después recibir de Él el alimento que tenemos que distribuir y que puede alcanzar y saciar el hambre de nuestros hermanos.

63. Debemos animar intensamente esa motivación para que se multipliquen los verdaderos discípulos de Jesús, que quieren poner en práctica su ejemplo, se esfuerzan en transmitir sus enseñanzas y tienen sinceros deseos de estar íntimamente unidos a Él. En favor de este esfuerzo la Eucaristía es inspiración y es camino para que cada vez más bautizados asuman su vocación apostólica. Así, resulta providencial el acontecimiento que se realizará este año en nuestra patria, el 38º Congreso Eucarístico Internacional, es una oportunidad para que la Eucaristía esté cada vez más en el centro de nuestro proceso de crecimiento como Iglesia. Porque la fracción del pan es fuente de evangelización y suscitadora de evangelizadores.

64. Nuestras comunidades parroquiales tendrían que vitalizar su vivencia eucarística como lugar donde los misioneros, los catequistas, los ministros extraordinarios de la eucaristía, los animadores de grupos juveniles, los que atienden a los enfermos y a los hermanos de la tercera edad, los agentes de pastoral de la caridad, los que forman nuevos agentes, quienes realizan un servicio a algún grupo necesitado y, antes que todos, los mismos diáconos y sacerdotes, experimenten la misericordia de Dios, al participar de un mismo pan se unan como hermanos y se preparen, así, a dar testimonio del Amor, que es el único alimento que puede saciar el hambre del ser humano hasta saciarlo.

65. La Eucaristía es también fuerza generadora de unidad. ¡Cuánto necesitamos de la unidad entre nosotros! Entre los sacerdotes. Entre los religiosos. Entre los laicos. Entre todos los miembros y grupos de la Iglesia. "Por el amor que se tengan los unos a los otros reconocerán todos que son discípulos míos" (Jn 13, 35). Ese es el distintivo de la Iglesia de Cristo. Vivamos la Eucaristía con la conciencia de que es la fuerza que edifica la Iglesia. Lugar de la reconciliación con Dios y con el prójimo. Medio privilegiado para crear comunión y educar para la comunión.

66. Cuando la fuerza de la Eucaristía impulsa a la comunidad, sus miembros van madurando la opción misionera: se sienten enviados por Jesús. Porque participan de un mismo pan, enviados a edificar relaciones más fraternas. Porque el Señor los acompaña todos los días, enviados a dar testimonio de una esperanza siempre nueva.

67. El Señor ya realiza la multiplicación de los panes para la ciudad. Es lo que sostiene la fe de los más sencillos y el testimonio apostólico de los creyentes. Por eso, la eficacia de nuestra misión depende de que actualicemos diariamente la opción para entregar en las manos de Jesús lo poco que somos y tenemos.

68. El Señor Jesús, que por su muerte y resurrección da vida a cada cristiano y a toda la Iglesia en el sacramento eucarístico, nos guíe para continuar adelante en la renovación de nuestra práctica pastoral.


10 de enero de 2004
Peregrinación de la Arquidiócesis de México a la Basílica
de Ntra. Sra. de Guadalupe.

+ Norberto Card. Rivera Carrera
Arzobispo Primado de México

 
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