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Vicaría      de Pastoral

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El Proceso Evangelizador como seguimiento de Jesús.
Orientaciones Pastorales 2006.
Norberto Cardenal Rivera Carrera

CAPÍTULO I

EL PROCESO EVANGELIZADOR,
CAMINO DEL DISCÍPULO


En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido
Lc 24, 14

En los comienzos del discipulado — Ser discípulo como María

12. La historia del Testamento nuevo de Dios para la humanidad se abre con el testimonio de una mujer, María de Nazaret. Con ella el Espíritu inicia el camino de formación que todavía hoy siguen recorriendo los discípulos de Jesús. En efecto, bajo la acción del Espíritu Santo, María refleja todas las características de quien es discípulo según el corazón de Dios: es la mujer de la Encarnación y del ministerio del Hijo; es la señora del misterio pascual del Redentor; es la virgen orante que acompañó el momento de la Iglesia en Pentecostés; es la madre que sigue mostrando a Jesús a todos los moradores del Anáhuac y más allá.

13. Elegida desde la eternidad para ser santa e inmaculada en presencia de Dios, en diálogo de fe escuchó atentamente la voz del Padre y la aceptó con amor; con obediencia de corazón se abandonó a la voluntad divina y selló un pacto de disponibilidad sin límites para actuar dentro del proyecto de salvación. Agraciada por el Padre, cooperó para que la semilla del Espíritu Santo fuera tomando cuerpo dentro de ella. Y habiendo formado en su corazón y en su vientre el fruto bendito, lo dio a luz y comenzó un camino de compartir el don recibido de lo alto.

14. Con su Esposo José fue maestra de Jesús en la infancia. Siguió el camino evangelizador de su Hijo hasta las últimas consecuencias, uniéndose a él en la pasión, muerte y resurrección. Asociada por Dios para participar en la redención de la humanidad, fue convertida en mujer eucarística al ofrecer su sacrificio unido al del Hijo.

15. Y así como amó a su Hijo, amó también a los que su Hijo había amado y elegido para enviarlos como sus apóstoles. Con ellos se mantuvo unida en la oración y en la espera amorosa del cumplimiento de la promesa del envío del Espíritu Santo.

16. Esta mujer, convertida en madre de los hermanos de su Hijo, desde el Tepeyac nos enseña a encontrar a Jesucristo, a convertirnos a él y a ser los discípulos evangelizadores que el Padre quiere enviar a México Tenochtitlan.

Los Doce y el seguimiento de Cristo

17. Los Evangelios dan testimonio de que Jesús llamó a los que él quiso y los invitó a vivir con él y como él, iniciando así un proceso formativo de quienes serían las columnas de los continuadores de su obra evangelizadora, después de su ascensión gloriosa a los cielos y la venida del Espíritu Santo en Pentecostés.

18. Los escogidos eran gente sencilla de la comarca, dedicados a trabajos para el sostenimiento de una casa o de una familia. Por lo mismo, el itinerario para educarlos como discípulos en la fe y en el apostolado iba a ser lento, laborioso y muy exigente, pues tenía que abarcar toda la existencia de cada uno y capacitarlos para algo totalmente nuevo, que iría más allá de la cultura y los confines judíos.

19. Por ello importaba mucho la relación cercana y constante. Paulatinamente Jesús la fue realizando con ellos y los inició en el relacionamiento con él y entre ellos mismos. Queriéndolos educar a través de la acción, hizo que lo acompañaran en sus recorridos por los distintos lugares a donde iba evangelizando. Además, dado que la misión futura exigiría saberse adaptar a los diversos auditorios, los llevó consigo para que comprobaran la acción del Espíritu, manifestada en los milagros y signos, y para que aprendieran los diversos métodos que usaba en la transmisión de los contenidos del evangelio a las distintas personas y sectores de la población. Esta relación proporcionaba a los discípulos elementos formativos en cuanto iban viendo, oyendo y tocando, tanto del maestro mismo como de los ambientes, sectores y personas por él visitados.

20. También los quería hombres de Dios. Por lo mismo los fue adentrando repetidamente en los misterios del reino, junto con el pueblo, y explicándoselos en privado para que entendieran su alcance. Les enseñó a invocar a Dios como Padre y el modo como hacerlo; a retirarse en lo secreto para hablar con él, sintiéndose hijos amados; les pidió que velaran y oraran con él, para saber cómo enfrentar las tentaciones y superarlas.

21. La personalidad del discípulo debía integrar hábitos y disposiciones para el recto modo de proceder. Por lo mismo los fue iniciando en el mundo de las virtudes como la mansedumbre, la humildad, la prudencia, la astucia, la confianza en el Espíritu Santo, la servicialidad, la caridad. A la enseñanza teórica, unía las experiencias misioneras, que luego eran evaluadas y convertidas en oportunidad para continuar el aprendizaje.

22. En medio de la confusión provocada por la diversidad de intereses en los grupos políticos y religiosos, las interpretaciones de las escuelas de los maestros de la ley, las normas que regulaban la vida diaria, les llevó a la simplificación profunda de la ley, con el mandamiento del amor a Dios y al prójimo.

23. Junto con la admiración que provocaba en ellos y en el pueblo, pronto aparecieron los riesgos del privilegio de andar con el Maestro y las ambiciones humanas. Aparecieron, pues, las rivalidades y se enojaron entre ellos; si por un lado manifestaban una visión humana de su experiencia, por otro lado emitían declaraciones que expresaban fidelidad o confesión de fe; el miedo se mezclaba con la alegría de reconocerlo; confiaban en él, pero deseaban una recompensa tangible. A la dureza de corazón y lentitud de los discípulos para entender, el Maestro respondía con la corrección, los llevaba a descansar con él y les anunciaba que también él pasaría por pruebas mayores que las que le habían visto enfrentar.

24. Pasado el tiempo, las confidencias habidas entre ellos desembocaron en algo nuevo: ya no sólo eran sus discípulos, sino que también los convirtió en sus amigos, lo cual sería de vital importancia para cuando comenzaran a ser sus colaboradores inmediatos y los responsables visibles de extender el reino hacia todas las naciones.

25. La culminación del proceso formativo de los futuros misioneros se llevó a cabo en la experiencia pascual. A partir de la cena de despedida, entre la tristeza y la esperanza, Jesús los condujo a las entrañas del amor de quien se inmola para el perdón de los pecados y para la salvación de todos. Con su ejemplo les enseñaba el modo y el contenido de lo que ellos mismos tendrían que poner en práctica: el "hagan esto en conmemoración mía" significaría tanto el celebrar el memorial de la Pascua de Cristo, como el que cada uno de ellos tendría que tomar libremente la propia cruz, cargarla y dar la vida por los demás a ejemplo del Señor.

26. Pero no todo terminaba allí. Como hombres de esperanza, tenían necesidad de alguien que les ayudara a interpretar el sentido y a conservar la memoria de cuanto habían vivido con el Maestro. Lo exigía la responsabilidad que tendrían de salir a evangelizar por todos los rincones de la tierra, convirtiéndose así, por voluntad del Maestro, en las columnas de la comunidad de los creyentes en el resucitado, o sea, la Iglesia.

27. Pentecostés fue el cumplimiento de la promesa de Jesús, de enviarles un Abogado Consolador: el Espíritu Santo se posó sobre cada uno de ellos, los ungió como lo había hecho con el Hijo, les ayudó a recordar todo lo que Jesús les había enseñado y los lanzó, con renovados bríos, a la misión de continuar el servicio evangelizador en bien de sus nuevos hermanos. Y junto con ellos, estaba María, la Madre del Señor.

28. Uniendo estas dos experiencias de discipulado, la de María, Madre del Hijo de Dios y la experiencia eclesial de los Doce, encontramos el punto central de referencia para nuestra vocación y para la vocación de quien quiera llegar a ser discípulo de Jesús y colaborador suyo en la obra evangelizadora en la Arquidiócesis de México.

Llegar a ser cristiano

29. La Tradición viva de la Iglesia nos enseña que, desde los tiempos apostólicos, el llegar a ser discípulo se realiza mediante un itinerario de iniciación cristiana que comporta varias etapas esenciales: el anuncio de la Palabra, la acogida del Evangelio que lleva a la conversión, la profesión de fe, el Bautismo, la efusión del Espíritu Santo y el acceso a la comunión eucarística.

30. La próxima reunión de la Conferencia del Episcopado Latinoamericano a celebrarse el 2007, en el santuario brasileño de Ntra. Sra. Aparecida, nos ofrece la pauta para que en el 2006 sigamos viviendo el proceso de la Misión permanente, ahora en sintonía con dicho acontecimiento eclesial. En este contexto entendemos que la participación en el proceso evangelizador que vive nuestra Iglesia particular debe ser reafirmada bajo la dimensión de ser discípulos de Jesucristo.

31. Como discípulos de Jesucristo, cada quien se acepta como alguien que ha recibido la gracia de escuchar el llamado de Dios, de contemplar su presencia misteriosa en el Verbo hecho carne, de participar a los demás la vida encontrada y de vivir siguiendo las huellas marcadas por quien ha querido ser nuestro hermano y salvador.

32. La comunión de vida y de misión que día a día vamos formando, será un don que desembocará en la gracia de la amistad con el Señor. Esta amistad implica aprender el nuevo estilo de vivir y de trabajar ofrecido por Jesús: amar a quien él ama, tener sus mismos sentimientos, actuar como él actuaba, anunciar lo que él anunció, vivir toda la vida como servicio y participar en sus mismos sufrimientos llevando la propia cruz. Experimentando la estrecha amistad de Cristo y con la ayuda de su gracia, avanzaremos como discípulos suyos por el camino de santidad, por el cual madura nuestra identidad y misión, con la conciencia cierta de ser peregrinos en este mundo y ciudadanos del cielo.

33. La comunión de vida y de misión se hace sacramento, siendo la Eucaristía la síntesis del movimiento circular entre los discípulos y el Maestro. En el sacramento de la Pascua de Cristo admiramos su presencia, nos instruye cuando nos explica las Escrituras, nos enseña a vivir conforme a la voluntad del Padre con la confianza de hijos adoptivos. En la experiencia sacramental el discípulo encuentra la presencia y la acción salvadora del Señor, y con ella la fuerza para vivir con fidelidad el seguimiento y para realizar con entusiasmo la misión confiada.

34. La comunión de vida entre Jesús y sus discípulos es tan importante que, cuando los miembros del pueblo de Dios se encuentran con cualquiera de nosotros, sus evangelizadores, lo que quieren experimentar es que se hallan ante discípulos del resucitado, que actuamos con la disposición de servir, como lo hizo nuestro Maestro y Señor (cf. Jn 13, 13-17) y con la transparencia de nuestra relación con el Maestro y Pastor, del cual seguimos siendo discípulos.

35. Esta dimensión de servicio al estilo de Jesús y de actuar siempre como sus discípulos debe ser una constante en la formación de los candidatos al sacerdocio y al diaconado y en la formación permanente de los presbíteros, miembros de la vida consagrada y laicos.

Discípulos en comunión eclesial

36. Comunión de vida con Cristo y comunión entre los discípulos de Cristo son dos gracias que crecen al participar en la misión del redentor en nuestras comunidades parroquiales, ambientes y sectores de la ciudad.

37. La dimensión eclesial de la comunión entre el Maestro y sus discípulos, viene presentada con una rica gama de contenidos en la oración que Jesús dirigió a su Padre. En ella, los discípulos van compartiendo la vida eterna en varias etapas: conocer al Padre y a su enviado Jesucristo; recibir y aceptar las enseñanzas impartidas; ser objeto del cuidado divino mientras peregrinan por el mundo; participar de la plenitud de la alegría del Señor al ser santificados en la verdad y enviados como misioneros para el mundo; ser dignos del amor del Padre y del Hijo que crea la comunión entre los hijos de Dios y entre éstos y Dios Trinidad; participar de la bienaventuranza eterna.

38. Ahora bien, para llevar a cabo la maduración del discípulo en el seguimiento de Jesús se requieren comunidades eclesiales menores que trabajen progresivamente en ser casa y escuela de comunión y solidariedad. De ahí que el discípulo que quiera formarse como evangelizador, normalmente necesita formar parte de una comunidad unida, sacramento de comunión con Dios y entre los hermanos. En este ambiente el discípulo madura su vocación cristiana y descubre la riqueza y la gracia que encierra ser miembro de la Iglesia católica.

39. También en nuestro tiempo debe ser algo distintivo de los discípulos el encuentro plural de los creyentes para celebrar la pascua del Señor en la Asamblea litúrgica dominical. La Liturgia santa nos lleva a entrar en contacto vivo con Cristo Palabra y a comulgar con su Cuerpo y su Sangre; a celebrar los acontecimientos centrales de la salvación durante el año litúrgico y en diversas fiestas marianas y de los santos. Así, iluminados y fortalecidos por él, somos enviados como misioneros al encuentro con los hermanos para anunciarles la experiencia de salvación en Jesucristo y para colaborar orgánicamente en la construcción de una sociedad capitalina basada en el amor, la justicia y la paz.

40. La tarea de construir la comunión eclesial, para que la Iglesia arquidiocesana crezca como "casa y escuela de comunión", se realiza de un modo solidario a través de diversos ministerios, carismas y servicios. Recordemos que todos los ministerios y todos los carismas, incluso los más sencillos, están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de las personas y a responder a las necesidades de la sociedad.

41. Puntualizando la participación de los discípulos en la edificación de la Iglesia, tengamos presente que se necesita la colaboración de todos y una adecuada animación, coordinación y conducción pastoral, sobre todo de los sucesores de los apóstoles.

42. Por su parte, el presbítero recuerde que su identidad y misión se fundan en el encuentro con Jesucristo vivo y en su seguimiento como discípulo suyo, se desarrolla en la vivencia de comunión presbiteral con el Obispo y se proyecta en la caridad pastoral. Por eso, el presbítero deberá profundizar el camino espiritual como discípulo y misionero de Jesucristo, para poder configurar su vida cada vez más al estilo y a las características del Señor y Maestro, que lavó los pies a sus discípulos (cf. Jn 13, 12-15). Esa escuela eucarística es la fuente permanente y la cumbre hacia la que tiende el ministerio y la vida del presbítero y donde es capacitado para vivir y actuar como discípulo y misionero de Jesús.

43. En el camino del discipulado los miembros de la vida consagrada, con la diversidad de los carismas de sus institutos religiosos, han recibido una especial vocación a la comunión, a la santidad y a la misión en esta Iglesia particular. Sin embargo, todavía estamos lejos de ser un reflejo verdadero de la unidad que ha querido el Señor entre sus discípulos. Por lo tanto, urge la tarea de colaborar en la construcción de la Iglesia como casa y escuela de comunión, para ser testimonios de la nueva evangelización y fermento del Evangelio en nuestra ciudad. Sigue siendo de gran inspiración el itinerario que trazó el Papa Juan Pablo II en su carta a los religiosos de América Latina: a) seguir en la vanguardia misma de la predicación, dando siempre testimonio del Evangelio de la salvación; b) evangelizar a partir de una profunda experiencia de Dios; c) mantener vivos los carismas de los fundadores; d) evangelizar en estrecha colaboración con los obispos, sacerdotes y laicos, dando ejemplo de renovada comunión; e) estar en la vanguardia de la evangelización de las culturas; f) responder a la necesidad de evangelizar más allá de nuestras fronteras (Cf. Juan Pablo II, Los Caminos del Evangelio, 29 de junio de 1990 n. 24-28; Documento de Santo Domingo n. 91)

44. Para llevar a cabo esa tarea se requieren proyectos de formación exigentes y diferenciados que ahonden en el misterio de comunión y misión de la Iglesia. A partir de la común vocación a la santidad de todos los bautizados, es necesario también plantear proyectos de formación para todos: obispos, presbíteros, diáconos permanentes, consagrados y laicos.

45. En la historia pasada y presente de nuestra Iglesia van surgiendo diversos movimientos y organizaciones laicales con itinerarios y etapas propios para la iniciación cristiana y el seguimiento de Jesucristo en santidad de vida. Estos itinerarios son valiosos para muchos cristianos porque los encaminan hacia el encuentro con Jesucristo vivo y les ayudan a vivir la comunión y a descubrir su vocación y misión en la Iglesia y en la sociedad. Estos caminos de evangelización y de santidad nos llevarán a la madurez apostólica si son expresión de comunión orgánica en torno al plan pastoral de la Iglesia diocesana.

Discípulos para la misión

46. La experiencia de cercanía y conversión que vive el discípulo de Jesucristo al encontrarse con él en la comunión de la Iglesia, lo prepara para dar testimonio ante quienes han sido bautizados, pero no tienen la experiencia gozosa de la vida en Cristo, de la riqueza de la fe, la esperanza y la caridad cristianas. También lo impulsa a salir al encuentro de quienes tienen sed de Dios y no conocen su rostro. La experiencia de la vida nueva en Cristo hace que nos duela profundamente la orfandad y la soledad de quienes no lo conocen. Por ello, nuestra vocación es esencialmente misionera.

47. Encontrarse con Jesús y ser misionero suyo prepara al discípulo a acercarse a los diversos ambientes de gran densidad familiar, de hacinamiento y de graves desarraigos familiares y culturales con métodos de nueva cercanía y atención pastoral.

48. Especial atención merecen los grupos que animan y deciden la dirección en materias de educación, de economía, de trabajo, de arte, de comunicaciones y de política: los así llamados "constructores de la sociedad". Son sobre todo estos laicos quienes están llamados a desechar estructuras marcadas por el pecado y a trabajar por un nuevo orden social más justo, equitativo e incluyente. Sin embargo, frecuentemente se comprueba en ellos el divorcio entre las convicciones de fe cristiana que profesan y la puesta en práctica de los respectivos valores evangélicos en los campos que gestionan. El discípulo se compromete, con coherencia de vida y de acción, a luchar por la transformación del sistema político, económico, laboral, cultural y social que propicia la miseria espiritual y material en muchos habitantes de nuestra ciudad.

49. En diversos ambientes de la ciudad existe una resistencia a mirar de frente el misterio de la cruz de Cristo en la vida propia y ajena. Demasiados sufrimientos rodean a las personas como cadena de maldición que se busca romper. Por lo mismo la tendencia es huir del dolor y tratar de ignorar la muerte como algo sin sentido. Ante esta realidad, el discípulo de Jesús está llamado a vivir y proponer el valor redentor de unir los propios sufrimientos a la cruz de Cristo. Así evidencia delante de los ojos de sus contemporáneos que la vida verdadera pasa necesariamente por la pasión, muerte y resurrección.

Proceso evangelizador que debe recorrer cada agente misionero

50. Lo que hemos venido haciendo en el proceso evangelizador con sentido misionero ha sido la expresión de nuestra identidad como discípulos de Jesucristo. Cierto que hasta el presente hemos concentrado la insistencia en el aspecto de ser evangelizadores; ahora buscamos reforzar la dimensión de discípulos, viviendo nosotros mismos el camino propuesto para los así llamados destinatarios de la misión.

51. Ello implicará, en primer lugar, que así como hemos tenido la experiencia de proclamar el kerigma o primer anuncio para convocar a la comunión con Cristo vivo, también hagamos parte de nuestro proceso de educación en la fe, los contenidos de este kerigma, en modo tal que la conversión producida por dicho anuncio, cambie paulatinamente nuestro modo de vivir y actuar, aceptándonos amados por Dios. Así podremos alcanzar la conversión pastoral, colocándonos disponibles ante el Señor y cambiando nuestros esquemas, estilos, estructuras y procedimientos evangelizadores.

52. En segundo lugar, el que nosotros evangelizadores y discípulos de Jesús vivamos las etapas de la reiniciación cristiana, comportará que renovemos el compromiso contraído a través de los sacramentos de la iniciación cristiana. En efecto, la filiación adquirida en el bautismo es para que la traduzcamos en un nuevo modo de relacionarnos con el Padre y entre nosotros, como hermanos. La confirmación en el Espíritu Santo nos lleva a unirnos más estrechamente en la comunión y la misión de la Iglesia, para ser testigos valientes del Evangelio de Jesucristo ante el mundo. Participar en la Eucaristía provocará que revitalicemos la propia identidad como discípulos y evangelizadores, haciendo de ella el alimento y centro inspirador de lo que realicemos diariamente.

53. En tercer lugar, quienes somos agentes evangelizadores estamos llamados a profundizar en la fe, a través del contacto progresivo con la Palabra escrita, la celebración comunitaria de los misterios que nos salvan y la respuesta a los signos de los tiempos, por medio de acciones concretas de pastoral misionera. Así iremos viviendo nuestra catequesis.

54. Los contenidos del proceso evangelizador apenas mencionado constituyen la esencia de nuestro apostolado.

Ministerios al servicio de la misión

55. La maduración del proceso misionero arquidiocesano se manifestará en la multiplicación de agentes cualificados y en el surgimiento de diversos ministerios.

56. La realidad de las comunidades arquidiocesanas testimonia la existencia de tres ministerios reconocidos, a saber, lectorado, acolitado y ministros extraordinarios de la sagrada Eucaristía.

57. El primer congreso arquidiocesano sobre ministerios laicales, celebrado el 29 de octubre de 2005, se convirtió en el espacio donde resonaron distintas expresiones de búsqueda en este campo.

58. Será conveniente continuar profundizando sobre la doctrina y posibles aplicaciones concretas de nuevos ministerios laicales, por ejemplo, los coordinadores de comunidades menores, de los Equipos misioneros parroquiales, decanales y de Vicaría.

59. De modo análogo piénsese en servicios que contribuyan a la mejor participación litúrgica, como coordinadores de música, de áreas de pastoral (juvenil, familiar, movimientos y asociaciones laicales) y sectores territoriales y ambientales.

60. El laico presentado para ser reconocido como ministro, debe haber dado muestras de eficacia en su servicio, de coherencia en su testimonio, de obediencia al pastor y de comunión con la Iglesia. Estas y otras exigencias contarán con el respaldo de la formación requerida para el desempeño del ministerio en cuestión.

61. Sólo al obispo compete instituir los ministerios en una comunidad. Pero, antes de proceder a la institución de nuevos ministerios, puede resultar pedagógico establecer la etapa de su reconocimiento como servicios provechosos para la misión de la Iglesia arquidiocesana, apoyada por la propuesta de pastores y comunidades. Así entenderemos en la práctica la diferencia entre ministerios instituidos y servicios reconocidos.

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