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Vicaría      de Pastoral

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El Proceso Evangelizador como seguimiento de Jesús.
Orientaciones Pastorales 2006.
Norberto Cardenal Rivera Carrera

CAPÍTULO III

LA EUCARISTÍA, PAN COMPARTIDO


Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz,
anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas.
(Cfr. 1 Cor 11, 26)

Ideal evangélico de la primitiva comunidad

85. La imagen de la Iglesia naciente que Lucas ha esbozado en los Hechos de los Apóstoles (Hch 2, 42.44) es la imagen de la Iglesia de todos los tiempos y de cualquier lugar. Laicos, clérigos y miembros de la vida consagrada encontramos en esta descripción el germen y el sentido de nuestra tarea sacerdotal bautismal o ministerial, a saber, perseverar en la doctrina de los apóstoles y en la vida común, en la fracción del pan y en la oración. Son servicios que van de Dios Trinidad hacia las personas y de las personas hacia Dios. Son cuatro dimensiones de los discípulos del resucitado que hacen creíble y permanente el nuevo y vigoroso proyecto misionero para la Arquidiócesis de México.

86. Puestas en práctica, tanto en el campo individual como comunitario, se convierten en el dinamismo central de la tarea evangelizadora. Así, el proceso de crecimiento hacia la madurez del discípulo misionero y de las comunidades misioneras va unido a una vida que se hace oración, a una misión centrada en la fidelidad a las enseñanzas apostólicas, a un testimonio de poner en común diversos bienes y de participar en la formación de la Iglesia a partir de la fracción del pan o celebración eucarística.

87. Como Iglesia de Cristo, continuadora de aquella primera expresión del nuevo pueblo de Dios, hemos celebrado dos acontecimientos cuyos ecos deben iluminar el camino de esta Iglesia arquidiocesana: el Año Eucarístico 2004 y la XI Asamblea general ordinaria del Sínodo de Obispos en el 2005. El Año de la Eucaristía, inaugurado por Juan Pablo II, en octubre de 2004 y clausurado por Benedicto XVI, el domingo 23 de octubre de 2005, Jornada mundial de las Misiones, puso de relieve cómo los discípulos de Jesús van siendo formados interiormente por su presencia divina acogida, celebrada, adorada y proclamada en la Eucaristía. Además fue reforzada la misión evangelizadora de cada cristiano a ser "pan partido para la vida del mundo". En efecto, quien acoge el Cuerpo y la Sangre de Cristo se siente impulsado a compartirlo en el servicio de caridad a los hermanos.

88. Presididos por Benedicto XVI, en clima de comunión fraterna y de oración, los representantes de los obispos, sucesores de los apóstoles, confirmaron la unidad eclesial de la fe eucarística dentro de la gran variedad de ritos, culturas y situaciones pastorales e invitaron a orar con mayor fervor para que llegue el día de la reconciliación y de la plena unidad visible de la Iglesia en el misterio central de la fe, a saber, la Encarnación redentora, cuya presencia viva es la santa Eucaristía, según la oración del Señor Jesucristo la víspera de su muerte: "Que todos sean uno" (cf. Jn 17, 21).

89. Ambos acontecimientos nos colocan ante el desafío de proyectar la dimensión social de la Eucaristía en proyectos concretos de pastoral socio-caritativa, enmarcados dentro del proceso evangelizador iniciado por el II Sínodo. Dicha dimensión cuenta con el apoyo de la tradición religiosa del pueblo cristiano expresada en la recitación comunitaria de la Liturgia de las horas, del santo Rosario y del Vía Crucis, de la adoración al santísimo Sacramento, las peregrinaciones y devociones.

Celebración dominical de la Eucaristía, constructora de la comunidad

90. Como la Iglesia primitiva, también la Iglesia particular de la Arquidiócesis de México nace de la comunión de Dios con nosotros y de la comunión que promueve y realiza entre todos los hijos de Dios, siendo la Eucaristía la expresión más visible de esta realidad misteriosa y sociológica.

91. La celebración eucarística es una escuela que educa al individuo y a la comunidad para la vida, bajo la acción del Espíritu Santo, Señor y dador de vida. El contacto con el misterio de la vida, pasión, muerte y resurrección de Cristo hace que los hermanos vayan poniendo en práctica actitudes del discípulo como contemplación, adoración, alabanza, acción de gracias y actividades varias de caridad social con los necesitados. El "Hagan esto en conmemoración mía" marca el contenido y modo como debemos vivir nuestra relación con Dios y con los hermanos.

92. Además, los diversos momentos del rito litúrgico abarcan los pasos centrales del proceso de reiniciación cristiana: ante la misericordia de Dios y ante los hermanos reconocemos nuestra condición de pecadores; en la Liturgia de la Palabra somos catequizados por el contacto con Cristo, Palabra de vida eterna, explicada en la homilía por el presidente de la asamblea; en la Liturgia eucarística la Iglesia ofrece pan y vino, que serán convertidos en el Cuerpo y la Sangre del Hijo inmolado por nuestra redención; en la Comunión, se realiza y se anticipa el fin último de nuestra existencia, vivir en comunión con Dios para siempre; somos despedidos con un "vayamos en paz, a servir a Dios y a nuestros hermanos", alimentándose así el envío a compartir los contenidos de tan grande misterio. Y a todo ello se añaden las posturas, los gestos, las pausas, las respuestas, los símbolos que nos hacen vivir esta dimensión social de una celebración que nos une en una sola familia.

93. Especial importancia reviste la homilía como respaldo y acompañamiento del proceso evangelizador del discípulo. Por lo mismo debe ser preparada y adaptada a las circunstancias de la comunidad a la que se sirve.

94. La misa dominical parroquial se convierte en modelo pedagógico en la construcción de la comunidad arquidiocesana: allí es reunida visiblemente como comunidad evangelizada, y allí es enviada para evangelizar. La asamblea eucarística dominical es el espacio natural donde son congregados núcleos familiares y miembros de diversos movimientos; comunidades menores y personas que no pertenecen a grupo alguno; servidores públicos y empresarios; trabajadores y obreros; pobres y ricos; jóvenes y adultos mayores; casados y divorciados. Así va siendo construida, ya desde ahora, la comunión de gentes de toda raza, lengua, colonia y barrio, hasta que todos lleguemos a la comunión definitiva en el Reino del Padre.

95. Asistir y participar en la celebración dominical, es ocasión para promover las relaciones entre los ahí presentes. El saludo, la bienvenida, el encontrarse periódicamente, el compartir elementos de la vida pública, familiar y experiencias pastorales, irá favoreciendo la integración y la conciencia de pertenencia a una comunidad de crecimiento en la fe, así como creará el sentido de proyección misionera hacia la sociedad.

96. Esta dimensión de diversidad sociológica adquiere su base y culminación cuando se le valora en su dimensión de unidad teológica: la diversidad es plasmada como unidad. En efecto, el Espíritu de Cristo reúne a todos en un solo cuerpo, en un solo pan, en un solo pueblo cuya Cabeza, Sacerdote y Maestro es el Señor resucitado.

97. De este modo, la celebración eucarística es un itinerario pedagógico que nos hace partícipes de la pascua de Cristo: desde el sepulcro de la muerte causada por el pecado, se nos abren de nuevo las puertas para la libertad y la vida fraterna. La pascua de Jesucristo es la pascua de la Iglesia. Por lo mismo, la comunidad y el individuo tienen tanto el derecho de contar con celebraciones dignas y preparadas, como la obligación de participar en la actualización de tan grandes misterios, según la función de cada uno dentro del Cuerpo de Cristo.

98. Entendida así la Eucaristía dominical, consideramos la importancia dinamizadora que tiene para vivificar la Misión permanente, aspecto que hemos venido reflexionando con la consulta promovida a través del Senado Presbiteral. Así pues, los invito a seguir trabajando por revitalizar la celebración dominical en todas nuestras comunidades.

Compartir los bienes, expresión de comunión

99. La dimensión personal y comunitaria de la palabra, del sacramento y de la oración nos lleva a promover la comunión de bienes. Nuestra Iglesia particular cuenta con diversos recursos, como la variedad de dones y carismas que continuamente el Espíritu distribuye entre los hijos de Dios; la multiplicidad de laicos herederos de una venerable tradición de presencia evangélica en la sociedad civil y política; medios materiales y expresiones culturales. Hay parroquias que han entrado de lleno en el proyecto misionero; la vida consagrada y los movimientos llegan a sectores y ambientes varios, compartiendo así sus carismas; en torno a la actividad misionera de las parroquias los laicos participan con sus ministerios y sus virtudes humano-cristianas.

100. Sería benéfico para la comunidad arquidiocesana dar un paso decidido a experiencias organizadas de pastoral socio-caritativa interparroquiales (con motivo de tiempos litúrgicos fuertes, de celebraciones devocionales y culturales); de centros decanales o vicariales para formar agentes laicos; de aprovechar la presencia de laicos y sacerdotes en los medios de comunicación para ayudar a la formación de las conciencias; de promover la educación de nuestras comunidades a través de la música, el teatro, la pintura y otras formas del arte; de alentar el voluntariado como medio para que especialmente los jóvenes vayan formando una conciencia social cristiana en ellos y a su alrededor.

101. ¡Cuántos horizontes se nos abrirán si como comunidad apostólica proyectamos el contenido eucarístico en los diferentes aspectos de nuestra vida arquidiocesana!: las reuniones vicariales y decanales; la asamblea arquidiocesana; la programación pastoral parroquial; la formación de agentes; el trabajo por las vocaciones sacerdotales y religiosas; la promoción de movimientos laicales como espacios de crecimiento en la fe; la renovación de la catequesis; la peregrinación anual a la Basílica de Guadalupe; la celebración de la fiesta del Corpus Christi; los grupos de monaguillos.

102. De ahí la necesidad de que reavivemos nuestro ser discípulos de Jesucristo para participar de sus mismos sentimientos y para compartir su mismo ideal de instaurar el reinado de Dios ya desde ahora, como un cuerpo orgánico con diversos recursos y con iniciativas que favorezcan la unidad. Así la Eucaristía será para nosotros el vértice iluminador de todas las acciones evangelizadoras y de la pastoral social de la Iglesia arquidiocesana.

Nueva imagen de parroquia

103. Es común el que cada parroquia cuente con una comunidad, relativamente estable, en la participación eucarística dominical. Sin embargo, el total de habitantes del territorio parroquial supera la presencia del "pequeño resto"; y todos están llamados a disfrutar de los bienes de la salvación que Cristo nos mereció con su muerte y resurrección.

104. Por lo mismo hay que redoblar esfuerzos para llegar a los alejados de cada parroquia. Ello implicará una fantasía pastoral que nos lleve a "remar mar adentro", es decir, a invertir más fe, esperanza y caridad en una pastoral misionera proyectada en diversas direcciones, con diversos métodos, aprovechando la participación corresponsable de pastores, laicos y miembros de la vida consagrada.

105. Hay que retomar el valor de las etapas del proceso evangelizador de inspiración catecumenal que encuentra un referente en el catecumenado, al modo como nos lo presenta el RICA: precatecumenado — primer anuncio; catecumenado juntamente con la etapa de purificación e iluminación — reiniciación cristiana; mistagogia — catequesis permanente con el apostolado. Ciertamente no significa que las etapas se desarrollen de idéntica forma a como eran vividas en el primitivo catecumenado; sin embargo, encontramos en cada una de ellas y en las etapas del proceso evangelizador, puntos de contacto que nos ayudan a poner en práctica la opción pastoral arquidiocesana.

106. De forma análoga debemos recuperar lo que implica la misión permanente: anuncio del kerigma, sectorización, formación de pequeñas comunidades. Las comunidades menores de crecimiento en el seguimiento de Jesucristo siguen siendo un medio para que una parroquia llegue a incidir en la vida de los fieles que le han sido encomendados; los movimientos laicales han sido comunidades naturales de crecimiento en la fe y de servicios a los destinatarios prioritarios marcados por el II Sínodo Diocesano. Las experiencias de parroquias que eventualmente celebran la Eucaristía en distintos campos del territorio parroquial, es un recurso válido para hacer más cercana la presencia promotora del pastor.

107. La acción rectora y dinamizadora del sacerdote, con su consejo pastoral y demás agentes de evangelización, sigue siendo pieza clave para que la parroquia reconquiste su actualidad evangelizadora; de allí parte el dinamismo visible para la organización apostólica y la formación integral de nuevos agentes misioneros.

108. El templo y las instalaciones parroquiales deben ser espacios que favorezcan la expresión ordinaria de la vida litúrgica, la congregación de las comunidades menores, la reunión de los diversos movimientos presentes en la parroquia, la enseñanza de la doctrina salvífica de Cristo y la práctica de la caridad del Señor en obras buenas y fraternas.

109. Es de vital importancia que laicos, pastores y consagrados sintamos la urgencia de caminar unidos, para llevar adelante la misión que Cristo nos ha encomendado, como miembros de esta Iglesia particular, pero en forma solidaria y subsidiaria: los que se organizan mejor y avanzan, con quienes van más lentos en el proceso evangelizador. Un amplio horizonte abriremos, si los pastores y sus fieles parroquianos pasan de una mentalidad de islas pastorales o de conformismo ante el "pequeño resto", a experiencias pastorales sectoriales dentro del mismo territorio parroquial e interparroquiales, animadas por el espíritu misionero. Y dada la movilidad y sensibilidades de la población, debemos contar con una atención abierta, de modo que toda persona se sienta atendida como hermano en cualquier parroquia.

Formación de agentes para el testimonio de la caridad

110. La caridad, reina de las tres virtudes teologales, fue el motor del testimonio de Jesucristo. Amaba entrañablemente a su Padre, y por amor a nosotros y por nuestra salvación se hizo hombre. Y creciendo en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres, ungido y enviado por el Espíritu salió a recorrer los caminos de Judea, Galilea, Samaria y Decápolis para llegar a los alejados y compartirles los dones materiales y espirituales, como expresiones del amor del Padre. En su camino, escogió a un grupo de Doce y los llamó consigo para formarlos como sus colaboradores, y les dijo: "Vayan por todo el mundo" (Mc 16, 14). En la culminación de su caridad pastoral, murió y resucitó por nosotros, dejándonos en la Eucaristía el memorial supremo de amor redentor por todos.

111. Inspirados en su ejemplo, entendemos la necesidad de que los discípulos del Maestro nos formemos para aprender de su vida y así compartir con los hermanos lo mismo que hemos recibido.

112. Para esto retomemos la formación permanente de los pastores, proyectados hacia la integridad del testimonio, lo cual implica la continua revisión de criterios que inspiren la acción misionera. Impulsemos la formación de los laicos, siguiendo criterios comunes, favoreciendo el crecimiento por etapas: desde la inicial hasta desembocar en los ministerios y atendiendo tanto a las necesidades intraeclesiales como a la presencia del laico en las realidades seculares.

113. La vida consagrada, con su papel primordial de presencia evangelizadora en distintos campos intra y extraeclesiales crezca en su sentido de participación en el plan evangelizador diocesano. Los movimientos y organizaciones laicales encuentren la oportunidad de renovar el propio carisma, integrándose orgánicamente en el proceso evangelizador de la comunidad arquidiocesana, de acuerdo a lo que les es propio.

114. Por ello revitalicemos en todos la conciencia de que este impulso misionero debe tender puentes pastorales de ida y vuelta, de suerte que el evangelizar y ser evangelizado forme parte del modo como cada discípulo vive su participación en la construcción del pueblo de Dios.

115. Después de dos mil años seguimos reproduciendo aquella imagen primigenia de la Iglesia. Los miembros de esta Iglesia arquidiocesana animémonos mutuamente para continuar participando en la misión evangelizadora, cada uno de acuerdo a su función, y con actitud orante, de fe formada en la doctrina de los apóstoles, compartiendo el pan eucarístico y proyectando el Evangelio en obras concretas de caridad social, hasta que el Señor vuelva.

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