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Vicaría      de Pastoral

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Agentes de evangelización en Misión Permanente
Orientaciones Pastorales 2007.
Norberto Cardenal Rivera Carrera


Homilía del
Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera,
con motivo de la peregrinación de la
Arquidiócesis de México a la Basílica de Guadalupe

Hermanos y Hermanas en Cristo Jesús:

Ha resonado nuevamente la voz del Señor Jesús convocando a sus discípulos. Al pasar vio a Mateo y le dijo: Sígueme. Él se levantó y lo siguió. Es la misma llamada que ha penetrado en nosotros como espada de dos filos, llegando hasta lo más íntimo de nuestra persona, hasta la médula de nuestros huesos, como dice este día la Palabra de Dios. Nosotros también seguimos respondiendo a esa llamada y por eso estamos aquí reunidos como Iglesia.

Venir en peregrinación al encuentro de nuestra Madre, María de Guadalupe, es un signo que habla de nuestra realidad de Pueblo de Dios que camina guiado por las huellas de Jesús. Ser seguidores de Jesús es un don precioso que debemos aquilatar y desarrollar.

Hace dos mil años el Señor Jesús comenzó a llamar a los que quiso para que le siguieran. Hoy, entre nosotros, continúa haciéndolo. De muchas y distintas maneras el Señor sigue hablando al corazón de quienes elige para descubrirles nuevos caminos, una nueva vida.

Este mismo cerro del Tepeyac hace 475 años fue testigo de otra llamada. En esa ocasión el amor maternal de María fue el medio para que la elección de Dios se manifestara al corazón de uno de los hijos de esta tierra. Juan Diego, Juandieguito, escuchó el que había sido elegido. Esa palabra que penetró su corazón cambió la vida de Juan Diego y lo convirtió en enviado. ¡Cuántos y cuántas han recibido y siguen recibiendo el auxilio del amor de Dios a través de la solicitud maternal de María! La respuesta de Juan Diego a la llamada proveniente del Dios por quien se vive, sigue dando abundantes frutos, que sólo se explican con la fuerza de Dios.

Así es la vocación de todo cristiano. El Señor elige a cada uno sólo por amor, nos llama por nuestro nombre, es decir, nos habla de manera especial, para que vayamos entendiendo que su amor se manifiesta de forma personal. Quiere mostrarnos que la encomienda de amor que tiene para nosotros, la necesitan y esperan muchos de nuestros semejantes. Nuestro "sí" para seguirlo y para aceptar ser enviados, nos hace partícipes de su Misión Redentora sin merecerlo.

Miremos en el relato del Evangelio cómo la vocación de Mateo está en el mismo contexto de la afirmación de Jesús: no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. Esa es la historia de los discípulos de Jesús, esa es nuestra historia. El Señor, Palabra Viva, nos conoce, pues descubre los pensamientos e intenciones del corazón. Sin embargo, insiste en llamarnos, a pesar de nuestra pequeñez.

Ese don gratuito que recibimos en el bautismo es un proyecto de transformación interior que el Señor Jesús quiere realizar en nosotros por medio de su Espíritu para que podamos ser instrumentos de su misericordia y de su amor. Es ésta experiencia de encuentro con el amor de Dios lo que nos capacita. Es lo único que puede convertirnos en apóstoles de Jesús.

Tengamos presente que nuestra respuesta es indispensable para que la obra de Dios se realice en nosotros. Cada cristiano es el primer responsable de su propia vocación. Los principales medios a los que debemos acudir para alimentar y hacer crecer nuestra intimidad con Jesucristo son: la mesa de la Palabra de Dios, la mesa de la Eucaristía, el encuentro fraterno en la comunidad creyente y el servicio de la caridad hacia todos nuestros semejantes.

En el desarrollo del bautizado, el apoyo de la familia cristiana, la "pequeña Iglesia", resulta insustituible para que la conciencia de fe pueda germinar y se den las primeras experiencias de encuentro con el amor de Dios. Allí, los padres de familia son los primeros colaboradores del Señor mediante el ambiente de amor, de fe y de caridad que logren crear en su propio hogar.

Es claro que como Iglesia local tenemos una gran responsabilidad para poner al alcance de los bautizados los medios que les permitan profundizar en su vocación y puedan convertirse en piedras vivas del edificio que el Señor va construyendo. Es tarea de la Comunidad en su conjunto, acompañar a cada bautizado a descubrir y vivir su propia vocación y misión. Eso significa ayudar a que crezca la conciencia de lo que el Espíritu está realizando y quiere realizar en su propia persona y en el mundo. Abrir este horizonte a cada bautizado permite que maduremos como Iglesia evangelizadora.

Para llevar la Buena Noticia de Jesús a nuestra ciudad, es de especial importancia que la formación de los bautizados tome en cuenta su crecimiento como miembros de la Iglesia y como ciudadanos de la sociedad en que estamos insertos, pues estas realidades no deben ser dos vidas paralelas. Debemos ser capaces de vivir de tal forma nuestra fe en la cotidianidad urbana, que cada bautizado comprenda que su misión debe realizarla donde el Señor lo ha colocado. De esta manera, en la vida de la familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de las diversas expresiones culturales en la ciudad, siempre habrá bautizados que encarnen los valores evangélicos.

Iniciando este nuevo año y motivados por el fruto que el Señor ha producido en la sencillez de Juan Diego, quiero invitarlos a renovar nuestra respuesta de discípulos de Jesús en la Ciudad de México. El Señor quiere que seamos cada día sus enviados.

Para responder como Iglesia diocesana que desea ser más capaz de anunciar el Evangelio en la Ciudad de México, les invito a dar un paso adelante poniendo especial énfasis en la formación de los agentes de evangelización. A partir de esta fecha, les propongo que iniciemos una etapa de seis años, de tal manera que podamos definir metas y programas que mejoren substancialmente la formación básica, la específica y la permanente de todos los que quieren o están colaborando en la tarea de evangelización. Esta etapa pastoral tendrá un momento especial de evaluación al cumplirse veinte años de la entrega del Decreto General del II Sínodo Diocesano, en el año 2013.

Exhorto a todos los fieles laicos a responsabilizarse de su propia vocación y de su necesaria formación. Los signos del Espíritu que se manifiestan en la dinámica social nos exigen que todas las facetas de nuestra vida estén compenetradas por la fe en Cristo. Despertemos con mayor fuerza el deseo de participar en la obra del Señor en nuestra Ciudad. Él nos llama a estar comprometidos en esa tarea.

Con gran confianza, llamo a todos nuestros Hermanos y Hermanas de Vida Consagrada a sentirse parte importante en este proyecto. Sus carismas y su capacidad en la formación para la evangelización han sido, y será en el futuro, un gran apoyo para muchos bautizados de nuestra Iglesia local. Fomentemos el diálogo de colaboración para fortalecer este servicio que tenemos en común.

Animo a mis hermanos Presbíteros a profundizar la importancia que tiene su presencia en medio de nuestras comunidades para convocar y acompañar el crecimiento de todos los fieles, para que así puedan madurar como discípulos y misioneros de Jesús. Tengan presente que su palabra, su interés y, sobre todo, su testimonio de entrega, suelen ser definitivos en la motivación y en la respuesta de las personas que el Espíritu va integrando en la Comunidad creyente. Consideren que la participación de los bautizados en la misión evangelizadora es nuestro objetivo primordial como Iglesia local. Tengamos la certeza de que ese es el camino para hacer más eficaz nuestra labor pastoral.

Les pido a mis Hermanos Obispos que nos comprometamos con gran entusiasmo en este propósito de ayudar a madurar la vocación cristiana y la capacidad apostólica de todos los bautizados. Nos corresponde fortalecer la unidad con el Presbiterio y con nuestros Hermanos y Hermanas de Vida Consagrada, junto a una mayor cercanía con todos los agentes laicos. Alimentemos un ambiente de oración y de reflexión pastoral para que todos sientan suyo el proyecto diocesano. Impulsemos la corresponsabilidad y la coordinación que permitan compartir las experiencias y programas a favor de la tarea común.

El Espíritu, que el Señor Jesús ha enviado a su Iglesia, es nuestra fuerza en este camino.

Pongamos a los pies de María de Guadalupe nuestros propósitos. Ella nos ayudará a comprender el significado de ser enviados en medio de nuestra Ciudad.

13 de enero de 2007

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