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Vicaría      de Pastoral

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Agentes de evangelización en Misión Permanente
Orientaciones Pastorales 2007.
Norberto Cardenal Rivera Carrera

III. DISCÍPULOS EN COMUNIÓN ECLESIAL PARA LA MISIÓN PERMANENTE

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos.
El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él,
produce mucho fruto;
porque sin mí no pueden hacer nada.
Jn 15, 5

52. La dignidad que se deriva del bautismo recibido constituye a cada bautizado en hijo de Dios y, al mismo tiempo, en miembro del Cuerpo de Cristo. En un solo Espíritu hemos sido bautizados, para no formar más que un cuerpo (1 Cor 12,13). Llegar a ser creyente y constituir una comunidad (cf. Hech 2,44) son cosas que van inseparablemente unidas.

53. Somos miembros vivos del Cuerpo de Cristo, también piedras vivas del edificio que es la Iglesia. En ambas figuras hablamos de una realidad donde sus partes están vivas y participan vitalmente del ser que se forma en común, que va siendo ensamblado por la acción silenciosa del Espíritu.

54. Entendiendo así a la Iglesia, como un ser vivo formado por numerosos miembros, la corresponsabilidad, la participación y la diversidad de carismas que maduran en servicios a favor del bien común, son actividades necesarias para que la comunión a la que están llamados los cristianos se vaya gestando paulatinamente. Para lograr esto es necesario atender la exhortación: Tengan, pues, unos con otros, los mismos sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús (Flp 2, 5).

55. La identidad de la Iglesia evangelizadora está fundada en la dignidad bautismal. La elección que el Señor hace de sus discípulos lleva consigo la intención del envío a la misión evangelizadora, que se ejerce en comunión eclesial responsable y fraterna.

56. Evangelizar no es para nadie un acto individual y aislado, sino profundamente eclesial. La evangelización es don para todos y todos han de ser evangelizadores.

Dignidad bautismal y compromiso con la Misión

57. Esa es la misma meta en que estamos empeñados en nuestra Iglesia local. El II Sínodo Diocesano enfocó este propósito con la finalidad de que nuestra pastoral se fuera modelando paulatinamente en una acción eclesial misionera, capaz de iniciar en la fe con sentido catecumenal, acompañar el camino de maduración de los bautizados para que se integren a la comunidad como miembros activos y desempeñen su compromiso cristiano donde estén insertos, como testigos de la Buena Noticia, como luz de Dios en la Ciudad.

58. Desde esa visión, tendríamos que apreciar el proceso pastoral reciente de nuestra Iglesia arquidiocesana como una "memoria viva" porque la guía del Espíritu se ha manifestado presente. El camino que hemos realizado en estos trece años ha hecho ver el contraste entre nuestros alcances pastorales y los desafíos que nos presenta la evangelización de la Ciudad de México.

59. Reconocer que, en gran medida, la misión evangelizadora que nos corresponde está aún por realizarse no nos debe asustar. Todo lo contrario, en este caminar el Espíritu nos va orientando para que seamos capaces de responder, cada vez con más certeza y compromiso, qué significa evangelizar en la Ciudad de México.

60. Inculturar el Evangelio es el reto, las actitudes de testimonio, diálogo y encarnación son la estrategia que abre el horizonte. Practicando esas actitudes, la comunidad creyente se va apropiando la capacidad de evangelizar. En ese sentido, todo lo vivido es útil de cara al futuro porque en cada esfuerzo ha estado presente el impulso del Espíritu y la respuesta generosa de muchos bautizados que desean convertirse en apóstoles de la fe.

61. La conciencia de ser discípulos debe seguir madurando en nuestras comunidades. Para lograrlo, es un instrumento eficaz implementar en nuestra pastoral habitual todos los momentos del proceso evangelizador. El apoyo mutuo que se sigan proporcionando las comunidades y grupos que comparten vecindad física, de carisma o de apostolado, nos hará avanzar cualitativamente.

Misión permanente, nuestra práctica pastoral habitual

62. Para muchas comunidades que realizaron la etapa misionera con motivo del Jubileo 2000, o en los años siguientes, y no supieron cómo dar el siguiente paso, quedándose en la pregunta ¿y ahora qué sigue?, es necesaria su apertura al enriquecimiento que otras comunidades les pueden brindar. Ese espíritu de comunión eclesial nos permitirá evolucionar de "las misiones" a la Misión.

63. Esta práctica pastoral misionera se hará habitual y eficaz en nuestras comunidades cuando sea cíclica, progresiva y permanente. Estas características hablan de la continuidad con que se deben realizar los momentos del proceso evangelizador y, sobre todo, de la conciencia de toda la comunidad creyente para acompañar a las personas que están viviendo ese camino de encuentro con Cristo. De esta manera, en nuestro proyecto pastoral diocesano, la tarea fundamental de las comunidades la podemos denominar proceso evangelizador misionero y comunitario.

64. Cada momento del proceso evangelizador genera la necesidad del siguiente paso, no con la simplicidad de la unión entre eslabones de una cadena, sino con la correspondencia que necesita la relación con una persona, pues lo que está de por medio es nuestro encuentro personal con Jesús. Su amor misericordioso, su elección y su llamada a seguirlo, pide una respuesta entusiasta y cada vez más entregada.

65. Para que se despierte ese amor en el corazón de los llamados y le respondan a Jesús, a la comunidad cristiana le corresponde acompañar la obra del Espíritu con su testimonio de fe. Éste se inicia con el primer anuncio, que se hace explícito en la catequesis, en los sacramentos y en la caridad, hasta llegar al servicio apostólico. Así el ciclo del testimonio no se detiene porque la comunidad cristiana se siente motivada por el deseo del Padre que quiere que todos los hombres se salven (1 Tim 2, 4).

66. La experiencia de cada vocación cristiana, por el carácter personal e irrepetible del encuentro con Cristo, hace que el ciclo evangelizador tenga siempre originalidad. Su secuencia, intensifica progresivamente la cercanía y el compromiso del discípulo con Jesús. En esa adhesión paulatina influye la acción del Espíritu, el apoyo de la comunidad creyente y la perseverancia de quien se ha encaminado en la senda de Jesús.

67. El carácter permanente del proceso evangelizador reconoce a la Ciudad como lugar de misión. La necesidad del anuncio de la Buena Noticia nos lleva a considerar que la tarea apenas está iniciándose. Consideramos la realidad de la Ciudad como signo del Espíritu y optamos como Iglesia local por privilegiar la opción misionera en nuestro proyecto pastoral.

68. La Misión es la razón de ser para la Iglesia, realizarla construye la comunión entre los discípulos de Cristo y, también, madura el sentido de universalidad y de servicio a la humanidad que debe motivar a los cristianos más allá de su Iglesia local.

69. Cuando en nuestra Arquidiócesis decimos "Misión permanente" estamos expresando el objetivo de poner en el centro de nuestra tarea pastoral ordinaria el proceso evangelizador, con sentido misionero y de índole catecumenal, teniendo como medios privilegiados el testimonio y el diálogo, para encarnar en la cultura urbana la Buena Noticia de Jesús.

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