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Vicaría      de Pastoral

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Formación para l a vida cristiana
Orientaciones Pastorales 2008.
Norberto Cardenal Rivera Carrera

INTRODUCCIÓN

Queridos Hermanos y Hermanas en Cristo Jesús:

1. Con gran alegría les comparto mi acción de gracias al Señor por todos los dones con los que sigue bendiciendo a nuestra Iglesia Arquidiocesana. En especial quiero referirme a la esperanzadora reflexión de la XIII Asamblea Diocesana, que tuvo su momento culminante los días 22, 23 y 24 de noviembre, pero que se inició desde meses atrás por medio de una amplia consulta a los distintos ámbitos pastorales de la Arquidiócesis, sobre el tema de la formación de Agentes de Evangelización. Esta vez, ante la imposibilidad de participar personalmente, me correspondió acompañar en la oración a todos los convocados a este momento anual de evaluación y proyección de la tarea pastoral.

2. La consulta realizada anteriormente permitió contar con un documento de trabajo que, sin duda, facilitó a los asambleístas reflexionar sobre los puntos claves que nos pueden ayudar a mejorar los contenidos y la organización de la formación de agentes en nuestra Iglesia local.

3. Para impulsar las conclusiones de la XIII Asamblea Diocesana, quiero ahora exhortar a todos los bautizados a renovar nuestra misión de testimoniar el nombre de Jesús en el lugar donde el Señor nos ha puesto. Decía el año pasado, que el potencial de nuestra Iglesia local es que hay un bautizado en cada rincón de la Ciudad de México. Pero necesitamos lograr que esa presencia sea testimonio de Cristo. Si en su vida y labor cotidiana cada bautizado fuera conciente de su vocación y misión, entonces la luz de Cristo se haría presente de manera más fuerte en medio de la urbe.

4. Como Iglesia que se evangeliza para poder evangelizar, debemos hacernos cada día más capaces de transmitir la fe, privilegiando los medios del testimonio, diálogo y cercanía con las personas de cada ambiente urbano. Esta opción, nos exige aprender a acompañar a quienes se inician en la fe para que puedan recorrer el itinerario que los madure, como discípulos y como misioneros de Cristo. Es decir, debemos aprender a ser una comunidad capaz de formar para la vida cristiana, para vivir como cristianos.

5. Las líneas de acción y los ordenamientos privilegiados por la XIII Asamblea Diocesana deben ser un impulso que dé continuidad a las etapas de mediano y largo plazo que señalé el año pasado. Esta planeación es necesaria para avanzar en un tema que no es circunstancial, sino estructural y que es un factor real de renovación para nuestra Iglesia local.

6. Desde la consulta previa a la Asamblea Diocesana, llama la atención la insistencia de los diversos ámbitos pastorales para que la formación tome en cuenta las situaciones concretas que enfrentan los bautizados y, también, que el itinerario formativo represente una respuesta a las necesidades de nuestras comunidades. Así es en efecto, quien anuncia el evangelio debe partir de la situación concreta que viven los destinatarios y, la formación de los discípulos y apóstoles debe estar compenetrada con la realidad de las personas a las que se quiere proponer el Evangelio.

7. Con ese criterio, también debemos orientar la atención pastoral de la célula base de nuestras comunidades, la familia. Se hace imperioso darle una atención más cercana y sistemática, tomando en cuenta que ahí es donde debería realizarse el primer cultivo de la fe. Desde todas las vertientes posibles tenemos que apoyar la tarea educativa que les corresponde a los padres de familia. Durante este año, 2008, estaremos preparando a nuestra Ciudad Arquidiócesis para la realización del Encuentro Mundial de las Familias. Les invito a que también sea un año de revisión pastoral profunda en el ámbito familiar, de tal forma que la prioridad marcada por el II Sínodo tenga razón de ser en un programa más orgánico, que conjugue acciones sistemáticas a nivel parroquial, aprovechando mejor el aporte de los movimientos que tienen ese carisma. Es un momento providencial para privilegiar una mayor comunión que nos ayude a mejorar la atención de las familias. Con ese espíritu y voluntad sí podemos decidir objetivos comunes y estrategias para coordinar esfuerzos. Urge que la pastoral familiar se convierta en un instrumento que dé certidumbre a nuestras comunidades cristianas.

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