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Orientaciones Pastorales 2010 -Ir al índice/contenido-

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Vicaría      de Pastoral

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Convertirnos en Buena Noticia para la Ciudad
Orientaciones Pastorales 2010.
Norberto Cardenal Rivera Carrera


Homilía del Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera
en la Celebración Eucarística con motivo
de la Peregrinación de la Arquidiócesis de México
a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe
9 de enero del 2010

Rom 8, 28.31-39; Sal 8, 1-10; Mt 9, 35-10, 1.7-8

Queridos Hermanos y Hermanas en Cristo Jesús.

Fieles Laicos que han venido esta mañana a la casa de nuestra Madre del Cielo, Santa María de Guadalupe.

Hermanos y Hermanas de Vida Consagrada, damos gracias al Señor por su compromiso de vida entre nosotros.

Hermanos Presbíteros y Diáconos, en el marco del año Sacerdotal, toda la comunidad se une en la oración para rogar la renovación de su amor y servicio al Señor y a la Iglesia.

Queridos Hermanos en el Episcopado, los invito a valorar el don recibido de ser pastores de esta comunidad que peregrina en la Ciudad. Sirvámosla en nombre de Jesús con alegría y entrega.

LOS SIGNOS DE DIOS EN NUESTRO PEREGRINAR

Hermanos y Hermanas

Hemos iniciado la segunda década del nuevo milenio y un año muy significativo para nuestra patria, pues se cumplen 200 años de la Independencia de México y 100 de la Revolución Mexicana, acontecimientos que han marcado el inicio de la construcción de México como nación y como estado democrático capaz de forjar su identidad y destino. Ambos aniversarios piden a los mexicanos retomar la herencia preciosa de su historia y responsabilizarse del México de hoy y del futuro.

Este empeño debemos realizarlo con un espíritu lleno de gran esperanza y gratuidad, porque los retos que hay que enfrentar son grandes. Mediante la encomienda pastoral nos corresponde acompañar la historia de nuestro pueblo con un testimonio que sea fermento. Como comunidad eclesial debemos ser capaces de aportar actitudes de servicio generoso que busquen contagiar la conciencia social de corresponsabilidad por el bien común. Ese testimonio de los creyentes está haciendo falta para lograr un ambiente más solidario.

De la realidad urbana nace la urgencia de avanzar en nuestra conversión pastoral para poder responder como luz, sal y fermento en la Ciudad. Los invito a poner nuestra mayor entrega en avanzar en las tres vertientes principales del programa sinodal, que hemos ido desarrollando poco a poco durante los 16 años que le han seguido: la renovación pastoral para convertirnos en una Iglesia misionera; el empeño especial en las prioridades pastorales: la familia, los jóvenes, los alejados y los más pobres; y, la estrategia principal, la formación de cada vez más discípulos misioneros.

Hoy les entrego las Orientaciones Pastorales para el período 2010-2012 que, recogiendo las propuestas de la XV Asamblea Diocesana, quieren ser un impulso de continuidad al proceso que hemos estado viviendo.

ESPERANZA Y GRATITUD, EL ESPÍRITU PARA NUESTRO SERVICIO PASTORAL

La realidad presente de nuestra patria y de nuestra Ciudad exige a la comunidad de bautizados una fe madura, que sea capaz de testimoniar los valores del Evangelio en el ambiente urbano secular donde coexisten diferentes criterios de valoración, de pensar y de vivir.

La comunidad cristiana debe ser sensible a quienes están sufriendo grandes tribulaciones, pues las circunstancias de crisis económica presionan a cada vez más personas. Hay que acercarse con comprensión a quienes, viendo las necesidades de sus familias, se sienten deprimidos, porque no encuentran alternativas para salir adelante. Nuestra presencia debe comunicarles esperanza y, nuestro compromiso de servicio debe estar impregnado de gratuidad, testimonio que es el núcleo de la Buena Noticia. Estas actitudes humanas y cristianas son las que más hacen falta en el ambiente urbano.

 
Leyendo la intensa experiencia de los primeros cristianos, humanamente, su entereza no es fácil de explicar. Los discípulos se daban cuenta que, apoyados en la fe, las adversidades también tenían un propósito y sus corazones se forjaban en la paciencia y en la perseverancia (Cf. Sant 1, 3). Es singular el ejemplo del apóstol Pablo, quien se alegraba en medio de las dificultades (Cf. Rom 5, 3) y soportaba las tribulaciones por amor a Cristo (Cf. 2 Cor 4, 12).
 
Y no es que podamos evitar la sensación de estrechez, esa angustia que proviene de hallarnos en situación apurada. La angustia puede venir por muchas cosas y nos puede deprimir. Jesús mismo se angustió en el huerto de Getsemaní (Cf. Mt 26, 37). Y ya les había anticipado a sus discípulos la persecución (Cf. Mt 5, 10-12), misma que llegó apenas iniciada la predicación (Cf. Hech 8, 1). Pero tampoco esto los hizo volver atrás y separarse del amor de Cristo.

La experiencia, a pesar de los muchos conflictos, es que el Señor no nos deja solos (Cf. 2 Cor 7, 5-7). Frecuentemente la vida del apóstol es la de alguien que está afligido, pero no desesperado (Cf. 2 Cor 4, 8). Es al discípulo misionero a quien le tocan mil penas y, a pesar de ello, permanece alegre. Es el más pobre pero, sin saber cómo, enriquece a muchos; porque no teniendo nada, lo posee todo (Cf. 2 Cor 6, 10).

Les exhorto a dejarnos iluminar por esta experiencia de fe viva. Cada uno somos interpelados: ¿Cómo está siendo tu experiencia? ¿Te están separando del amor de Cristo las tribulaciones? ¿Te sientes desorientado en medio de las constantes pruebas? No desesperes ni te dejes vencer por los problemas de la vida, al contrario, confía en el poder de Dios, cuando te sientes débil, si buscas apoyarte en el Señor, entonces serás más fuerte (Cf. 2 Cor 12, 10) y saldrás victorioso para recibir la corona de la vida (Cf. Sant 1, 12).

La Palabra de Dios nos ilumina de forma providencial para que tengamos confianza a pesar de las adversidades. Podemos afirmar en verdad, que nada, absolutamente nada, nos puede separar del Amor de Dios que se manifiesta en Cristo Jesús. Ninguna cosa o situación, por difícil, compleja o dañina que sea (Cf. Rom 8, 31-39). Quiero animar a todos a cimentar nuestra fe en el Amor de nuestro Salvador, que todo lo puede.

¿Es tiempo de problemas más grandes que nuestras fuerzas? Entonces hay que reavivar en nosotros la fe que espera y confía en Cristo Jesús. El Dios con nosotros tiene un enorme potencial de esperanza que es capaz de ensanchar nuestro corazón para hacer frente a los retos que nos rebasan.

El camino que está por delante nos reclama mayores niveles de fe, de esperanza y de conversión, pues no sólo se trata de sostenernos en la esperanza que no se rompe, sino en comunicarla. Esa es nuestra misión: Convertirnos en Buena Noticia para la Ciudad.

Para anunciar con nuestra vida y persona la Buena Noticia a todo el pueblo, hace falta que tengamos el lenguaje del Padre, la gratuidad. La Palabra de Amor gratuito del Padre es Jesús: su gratuidad orienta nuestra historia hacia los planes de Dios. Cuando nos ponemos en la senda de Jesús podemos aprender de Él a no vivir para nosotros mismos y convertirnos en instrumentos del Reino.

Así, el Señor otorga poderes a sus apóstoles, pero los envía a que los pongan al servicio de sus hermanos necesitados, con el sello de Dios que es la gratuidad. Porque sólo el amor gratuito confronta eficazmente, se ofrece a quienes no son mi comunidad. Cuando damos ese paso de calidad, entendemos que la razón de la comunidad cristiana es practicar la gratuidad y el amor de Cristo nos impulsa al encuentro con los más pobres.

Ahí también se ubica nuestra participación en el Sacerdocio de Cristo, la vocación del sacerdote y, también la del Pueblo Sacerdotal, es uno de los signos más claros de la gratuidad de Dios y, así se debe ejercer: don absoluto que se ejerce donándose.

Y es que Dios mismo es esencialmente “don” y “gratuidad” y todo lo hemos recibido de Él gratuitamente. Esa experiencia de ser los destinatarios del Amor gratuito de Dios es lo que recrea la esperanza en nuestros corazones y nos da una seguridad inquebrantable en que el Señor nos sostiene, pase lo que pase.

LA MISIÓN TIENE SU RAÍZ EN LA GRATUIDAD

Podremos ser Buena Noticia para la ciudad sólo en la medida en que nos sostiene la esperanza en el Señor y todo lo hacemos como expresión de la gratuidad de Dios.

La Misión es Misión en la gratuidad. Sin merecerlo el Señor nos eligió, nos llamó, nos acompaña y nos envía. Por su gratuidad nos necesita.

Cada bautizado está llamado a ser testigo de la gratuidad del amor en medio de una sociedad en la que todo se hace por una ganancia económica. Los que estén dispuestos a servir sólo por amor, son hoy tan necesarios como el ingeniero de informática o el comunicador.

Es la gratuidad la que nos permite reafirmar el valor de la persona sobre cualquier otro beneficio. Esa actitud de Dios es la que nos enseña a estar para los demás, capacidad fundamental de quien se convierte en discípulo misionero de Jesús.

Cuando se pierde el sentido de la gratuidad, se endurece el corazón del ser humano, se piensa dueño absoluto y ya no respeta como sagrados los dones recibidos, comenzando con la vida. Sus decisiones son expresión de ambición y de poder, se olvida que todo lo que tiene es regalo. Cuando olvida su  origen, su esperanza ya no radica en Dios sino en sí mismo. Ya no queda espacio para la gratuidad de las relaciones humanas ni, por tanto, para la fraternidad. Cuando se acepta que todo es don, se encuentra la libertad para compartir lo recibido. La lógica de la gratuidad permite entender que hay más alegría en dar que en recibir (Cf. Hech 20, 35), permite vivir la libertad de tratar a un semejante como hermano.

Como Iglesia arquidiocesana alimentemos la alegría de la misión que brota de la conciencia de todo lo bueno que es el Señor con nosotros. Él continúa modelándonos para convertirnos en Buena Noticia para la Ciudad de México. Estamos en sus manos, no tengamos miedo en renovarnos con ese espíritu.

A todos los llamo a intensificar su entrega al servicio de la Misión. Este período pastoral de 3 años que iniciamos, debemos aprovecharlo para consolidar nuestra capacidad de diálogo y cercanía con todos los ambientes urbanos para testimoniar el Evangelio. Para hacerlo es indispensable que nuestros ambientes eclesiales sean formadores de discípulos misioneros para la Ciudad.

Hermanos Obispos, quien más dones ha recibido debe dar más. Debemos ser motivación de servicio para todos nuestros hermanos y hermanas.

Queridos Presbíteros y Diáconos, fortaleciendo la comunión con su Obispo, realicemos nuestra labor pastoral con un solo corazón, para que los frutos sean abundantes.

Hermanos y Hermanas de Vida Consagrada, el aprecio a su vocación nos debe llevar a darle más atención a la vida comunitaria. Necesitamos de su testimonio.

Hermanos y Hermanas Laicos, ustedes son la Iglesia en medio de las realidades seculares, son la fuerza evangelizadora. Sigamos adelante en la evangelización de todos los bautizados, para que su presencia sea Buena Noticia para la Ciudad.

Con el Señor les digo a todos: gratis hemos recibido el don del Evangelio, ofrezcámoslo gratuitamente. Seamos luz de Dios en la ciudad.

NUESTRA ORACIÓN SE CONVIERTE EN ACCIÓN DE GRACIAS

Aprendiendo de Jesús y con Él, demos gracias porque el Padre nos ha elegido a pesar de nuestra pequeñez: En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los sencillos (Lc 10, 17-21).

Con María, aprendamos a reconocer la obra de Dios en nosotros y a estar dispuestos para su plan salvador: Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en la humildad de su esclava (Lc 1, 46-48).

El Señor, a través de María de Guadalupe, confirmó en el Tepeyac la lógica de la gratuidad al elegir a San Juan Diego y, en él, a todos nosotros.

Demos gracias al Señor con nuestra decisión generosa para convertirnos en sus discípulos misioneros para la Ciudad de México.


Homilía del Cardenal en la Basílica en la Peregrinación de 2010



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