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Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados,
y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición,
partió los panes y los fue entregando a sus discípulos
para que los distribuyeran.
También repartió los dos pescados entre la gente

(Mc 6, 41).

III - LA MISIÓN JUVENIL, CAMINO DE RENOVACIÓN PASTORAL

A. El proyecto de la misión juvenil

73. Con la Misión juvenil, a la que convoco una vez más a toda la comunidad arquidiocesana, quiero invitarlos a atender, con una amplia mirada de fe, a ese sector tan importante de nuestra población, que forma parte determinante del presente y del futuro de la historia y, por tanto de nuestra Iglesia. No sin razón el Magisterio reciente de los Papas, y antes el del mismo Concilio Vaticano II, el del episcopado latinoamericano, el de nuestra Patria y yo mismo, hemos hablado de esta exigencia de nuestra evangelización: los jóvenes. Exhorto a todos ustedes a que demos un paso decisivo para comprometernos en esta urgente necesidad, dando continuidad y poniendo al día lo pedido por nuestro II Sínodo diocesano.

74. En este proyecto es iluminador también el texto de Juan 6, 9, el de la multiplicación de los panes, en donde aparece la figura de un muchacho que porta los cinco panes y los dos pescados, poniéndolos al servicio de aquella multitud. Esto nos enseña que los jóvenes han de ser protagonistas de esta misión, por lo cual, debemos todos estar abiertos a acompañarlos en las distintas iniciativas que nazcan de ellos.

75. La forma de presentar esta misión juvenil, “al encuentro de la nuevas generaciones”, no sólo es un lema que indique un ideal más o menos lejano, sino es parte integrante de nuestro proyecto pastoral, porque partimos de la conciencia de que los jóvenes no son un sector aislado y un tanto diferente de nuestra sociedad sino que ellos son la expresión muy viva de lo que acontece en nuestra cultura y al mismo tiempo, en muchos casos, son los actores de los cambios culturales que se generan. Se trata de entender la misión con las nuevas generaciones como apertura a una nueva cultura que ya ha impregnado la forma de pensar y de vivir de toda la sociedad que formamos, convirtiendo, a veces, nuestra estructura eclesial en una referencia distante. Para muchos, inclusive practicantes, ya no es un lugar que les dé identidad, piensan y viven diferente a lo que ahí se dice. Asumir la misión con las nuevas generaciones es enfrentar un desafío global para la razón de ser de la Iglesia.

76. Con la realización de la misión juvenil podemos lograr la experiencia y el aprendizaje de una pastoral orgánica en nuestra Arquidiócesis. Efectivamente, un proyecto de esta naturaleza, que abarca un amplio sector de la población y que debe ser afrontado con una evangelización integral, no puede ser responsabilidad de unos cuantos, ni siquiera de una o dos instancias en cuanto a su coordinación. En los meses que llevamos de preparación de la misión, he visto con agrado como, a nivel arquidiocesano, se han venido organizando las vicarías funcionales con la participación de varias comisiones, -entre ellas, desde luego, la de pastoral juvenil-, para integrar la comisión central de la misión juvenil y diseñar el plan y los programas correspondientes. Igualmente he escuchado el propósito de las vicarías territoriales de llevar a cabo la misión, en sus propios ámbitos, con esta misma estrategia: que sea cada una de ellas en su conjunto, encabezada por el propio Obispo y su consejo de pastoral, quienes asuman esa responsabilidad.

77. El propósito fundamental de la misión juvenil es trabajar por la evangelización de las nuevas generaciones con todos los esfuerzos que esto implique, para suscitar en ellas la fe y hacer que ésta crezca de tal manera que vivan de forma madura su adhesión a Cristo y su comunión con la Iglesia. Se trata de propiciar el encuentro vital con Cristo, para que él sea el centro de la vida de cada persona y sea él quien anime e ilumine la vida de las familias y las comunidades. La evangelización exige como meta la referencia explícita al Señor, que lleve a la fe en él. Es favorecer en las personas y en las comunidades la obra del Espíritu que el Padre nos regala, nos identifica con Jesús-Camino, abriéndonos a su misterio de salvación para que seamos hijos suyos y hermanos unos de otros; nos identifica con Jesús-Verdad, enseñándonos a renunciar a nuestras mentiras y propias ambiciones, y nos identifica con Jesús-Vida, permitiéndonos abrazar su plan de amor y entregarnos para que otros “tengan vida en Él” (DA 137).

78. Esta evangelización deberá hacerse según la inspiración y el modelo de la pedagogía de Jesús: que toca y asume la realidad de las personas para iluminarla y transformarla con el anuncio del Reino, que comporta los valores que Jesús predicó y vivió. Es fiel a la historicidad del hombre y por ello parte de su propia realidad. Esta evangelización misionera consiste en la transmisión de la fe de una manera nueva, creativa y encarnada.

79. En la realización de este proyecto debemos tener como criterio y como punto de referencia el proceso evangelizador con sentido misionero. Este proceso evangelizador en la Arquidiócesis, partiendo del Magisterio, especialmente del Decreto Ad gentes y Evangelii nuntiandi y tomando en cuenta la experiencia de algunos sistemas de evangelización, lo hemos adaptado en tres etapas: Etapa misionera, que abarca el kerigma y primer anuncio; la etapa catequética, en la que se tiene la formación permanente de la fe y la etapa apostólica, como preparación integral para comprometerse en la construcción del Reino.

80. En este conjunto de diversos momentos, que los evangelizadores debemos cultivar para propiciar el encuentro con Cristo en nuestros hermanos, para este esfuerzo misionero al que vamos a lanzarnos con más ímpetu, reviste una especial importancia el kerigma, que comporta el primer anuncio y el testimonio expresado con actitudes fraternas. Este clima de actitudes fraternas siempre debe acompañar al primer anuncio para que sea acogido, pero muchas veces deberá darse antes de él para prepararlo, en este sentido hablamos de etapa pre-kerigmática o pre­evangelizadora.

81. Efectivamente, el encuentro fraterno, en el que se expresa amabilidad, apertura, disponibilidad, servicio, es determinante para crear cercanía; cuando no se da o se da lo contrario, se provoca el alejamiento en los hermanos que, tal vez eventualmente, buscan algún servicio o alguna relación con nuestra Iglesia o acuden a una actividad comunitaria. Viene al caso recordar lo que dije en las orientaciones pastorales del año 2011: el amor fraterno hace visible a la Iglesia comunidad a los ojos del mundo; son las actitudes fraternas lo que realmente realiza la misión (n. 30); Este es el lenguaje que inequívocamente es entendido por toda persona de buena voluntad y, aun, los lejanos a la Iglesia se podrán sentir interpelados por él. Este es el verdadero sentido de aquel principio: el primero y más importante medio de evangelización es el testimonio. No hay testimonio cristiano en donde no hay caridad (n. 94).

82. El Documento de Aparecida nos hace algunas reflexiones en este sentido: Según nuestra experiencia pastoral, muchas veces, la gente sincera que sale de nuestra Iglesia no lo hace por lo que los grupos ‘no católicos’ creen, sino, fundamentalmente, por lo que ellos viven; no por razones doctrinales, sino vivenciales; no por motivos estrictamente dogmáticos, sino pastorales… nuestros fieles buscan comunidades cristianas, en donde sean acogidos fraternalmente y se sientan valorados, visibles y eclesialmente incluidos (n. 225).