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Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera,
Arzobispo Primado de México,
en la Celebración Eucarística
con motivo de la Peregrinación Anual de la Arquidiócesis de México
a la Basílica de Guadalupe.

12 de enero de 2013

Con la alegría de venir a encontrarnos con nuestra Madre Santa María de Guadalupe que siempre nos acoge con ternura, saludo a todos ustedes, a la sombra de la casita del Tepeyac:

A ustedes, hombres y mujeres, laicos que cada vez se integran con mayor decisión y entusiasmo al proyecto de la nueva evangelización.

A ustedes hermanos y hermanas de la vida consagrada, que con su testimonio ofrecen el mensaje del Evangelio en esta gran Ciudad.

A ustedes diáconos y presbíteros, que hacen presente al Buen Pastor en las más diversas comunidades de nuestra Arquidiócesis.

A ustedes mis queridos hermanos obispos, que prestan el servicio de la unidad en cada una de las vicarías y con esta Iglesia particular de la Arquidiócesis de México.

Un saludo especial a ustedes jóvenes de esta Ciudad. En la convocatoria de la Misión Juvenil que estamos a punto de iniciar el próximo mes, descubran ustedes el llamado del gran Amigo y siéntanse invitados a llevar ese llamado a todos sus amigos y amigas.

¡Jóvenes sean bienvenidos, ustedes alegran nuestra Iglesia, nuestra Iglesia los necesita a ustedes!

“Ninguno que crea en Él quedará defraudado”nos ha recordado el apóstol san Pablo. La fe es fortaleza, es confianza, es seguridad en bienes definitivos, porque es experimentar la presencia del que siempre nos acompaña, de Aquel que nunca nos defrauda, de Aquel que nos conduce en nuestra vida para que nos desarrollemos, para que alcancemos nuestras metas más anheladas y siempre nos acompaña infundiendo su espíritu de amor en nosotros, ese amor que le da sentido a nuestra vida.

Con esta seguridad venimos hoy aquí para retomar con más entrega el proyecto de la Nueva Evangelización en esta Ciudad de México. Con la mirada de Jesús, queremos estar muy atentos a nuestro mundo siempre cambiante, en el que hay multitudes que vagan sin un sentido profundo de la vida, pero también hay otros muchos que llevan importantes proyectos en nuestra gran Ciudad que en sus corazones van cautivando grandes ideales. Muchos hombres y mujeres, adultos y jóvenes, ancianos que quieren llenar sus vidas y que, en fin de cuentas, porque Él los llama, por eso buscan a Dios. Lo sabemos por experiencia y, recientemente, nos lo ha corroborado la encuesta de investigación en nuestra Arquidiócesis, sigue habiendo una gran sed de Dios, una gran sed de lo infinito, de lo trascendente, de ese amor de Dios que sólo Él mismo puede satisfacer. “Nos hiciste Señor para ti e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en Ti”.

El II Sínodo Diocesano, con el espíritu de la Nueva Evangelización, nos lleva a hablar a nuestro mundo con una actitud de testimonio cristiano y de diálogo, para lo que requerimos de un lenguaje que pueda ser entendido por quienes viven las culturas de hoy, llenas de tecnología y con una nueva simbología, expresada especialmente a través de los medios de comunicación social. De todos modos, aunque este esfuerzo es válido y necesario, tenemos que hacerlo, pero no debemos olvidar que el amor fraterno es lo que hace visible a la Iglesia ante el mundo, son las actitudes fraternas con las que principalmente podremos evangelizar, podremos realizar esta gran misión. Ese es el lenguaje que inequívocamente es entendido por toda persona de buena voluntad. El lenguaje del amor, el lenguaje del espíritu del amor.

Cuando Jesús vio aquella multitud “Se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas”. Nosotros le damos gracias porque nos llama para ser nuestro Pastor, por eso estamos aquí, porque Él nos ha llamado a su Iglesia, a su redil.

Y a nosotros nos pregunta el Señor lo mismo: “¿Cuántos panes tienen?” Nos hace la invitación y nos da la oportunidad de poner en juego los dones y las capacidades que Él mismo nos ha dado para transformar nuestro mundo, para superar la escasez y, a veces la carencia de amor, de justicia y de paz. Por eso con su misma pedagogía nos anima: “Denles ustedes de comer” así, por ser sus discípulos, porque somos sus discípulos quiere hacernos sus misioneros, “Denles ustedes de comer”.

“¿Cuánta gente hambrienta de la Palabra de Dios vaga por nuestra Ciudad? ¿Cómo van a invocar al Señor, si no creen en Él? ¿Y cómo van a creer en Él, si no han oído hablar de Él? ¿Y cómo van a oír hablar de Él, si no hay nadie que se lo anuncie? ¿Y cómo va a haber quienes lo anuncien, si no son enviados?”

Como Iglesia diocesana hemos de continuar nuestro esfuerzo para que la vivencia de la fe en el Señor Jesús nos lleve a construir un más fuerte ambiente de fe: invocar, oír, anunciar, ser enviados. La experiencia de la fe, en comunión con el Maestro, en lo íntimo de cada persona será el sustento para que realicemos esa gran misión a la que somos llamados. El Señor Jesús nos ha llamado no por nuestros méritos, aquí no estamos los que somos más buenos, ni los que somos más sabios simple y sencillamente estamos aquí porque el Señor ha tenido misericordia de nosotros y nos ha llamado, nos ha invitado a que pongamos nuestros peces, nuestros panes y Él los multiplicará, Él nos hará llegar a la multitud.

En el contexto del envió y de la participación en la misión, a la luz del relato de la multiplicación de los panes, nos resulta muy elocuente la escena en la que en el texto paralelo de San Juan (6, 9), Andrés presenta precisamente a un joven, a un muchacho, “un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces”. Los jóvenes tienen talentos, tienen recursos personales y culturales, que deben ser aprovechados y puestos al servicio del progreso humano y para implantar el Reino de Dios. Los dones que el Señor les ha dado pueden servir para que Cristo sea conocido, para zacear el hambre de esa multitud que no tiene que comer y que tiene esa sed, esa hambre de lo infinito.

Con esta finalidad de motivar a los jóvenes, de pedir su participación y colaborar con ellos, estoy convocando a la Misión Juvenil, cuyo lanzamiento lo tendremos el próximo día 9 de febrero, aquí precisamente, en un lugar cercano, la Arena de la Ciudad de México y al que invito especialmente a ustedes jóvenes, a ustedes adolescentes, a todos los muchachos y muchachas de esta Ciudad.

Les he escrito en las Orientaciones Pastorales de este año, los señores obispos ya vi que tienen el cuadernillo ahí en sus manos, les he escrito las Orientaciones Pastorales de este año: “El propósito fundamental de la Misión Juvenil es trabajar para misión de las nuevas generaciones, con todos los esfuerzos que esto implica, para suscitar en los jóvenes esa fe, esa fe que tiene que crecer, esa fe que tiene que madurar, esa fe que tiene que llegar a dar frutos y sobre todo esa fe que les va a dar el sentido de la vida que están llevando, porque esa fe los va a llevar a un encuentro vital con Cristo, para que Él sea el centro de su vida. Sea Él quien los ilumine, los anime a ustedes en lo personal, a sus familias, a sus compañeros de estudio o de trabajo, ustedes pueden contagiar esa fe en Cristo Jesús”.

Unámonos todos en la evangelización de estas nuevas generaciones, no es competencia solamente de los jóvenes, todos tenemos que apoyarlos para que ellos sean los protagonistas de esta nueva evangelización, ellos son actores principales de esta nueva cultura que ya ha impregnado la forma de pensar y de vivir en nuestra gran Ciudad, en este clima de peregrinación que nos hace vivir la experiencia de ir en continua búsqueda de los caminos que nos conducen al Padre en comunión con todos los hermanos, ciudadanos de este suelo, la nueva Tenochtitlan, a través de las celestiales manos de Santa María de Guadalupe, entrego a toda la comunidad arquidiocesana las Orientaciones Pastorales para el presente año. En ellas se han recogido las expresiones más importantes de lo que, especialmente los agentes de pastoral, aportaron el año pasado como etapa de evaluación, en donde nos dedicamos a escuchar las voces de nuestra gran Ciudad. Necesitábamos escuchar esas voces y esas voces nos surgen a 20 años del Sínodo Arquidiocesano, que pongamos más empeño en llegar a nuestros hermanos alejados, en llegar a nuestras familias, en llegar a los jóvenes y sobre todo en llegar a los más pobres.

En sus planes y proyectos, que continuamente deben estar revitalizando, acudan a estas orientaciones, sí, es la voz de su Pastor, pero también el Señor nos ha hecho escuchar la voz de los hermanos, la voz de aquellos que por algún motivo se alejaron de la influencia del Evangelio. Con el debido sentido de su corresponsabilidad y discernimiento ustedes los agentes de pastoral con espíritu de fe, también ahí encontrarán un importante instrumento para la comunión diocesana.

Que Jesús el Buen Pastor mire siempre con bondad a todos ustedes, a esta porción de su Iglesia, a cada una de las vicarías, a cada uno de los movimientos eclesiales, a cada uno de los grupos que organizadamente están comprometidos en el anuncio del Evangelio.

Que el Señor los bendiga, que el Señor haga fecundo su trabajo.

¡Felicidades!