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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Instrucción Pastoral Sobre la Educación en las Escuelas y Universidades Católicas

V. AGENTES DE LA EDUCACIÓN(41)

60. Sería un error pensar que en la obra de la educación el único agente activo es el educador. En nuestro segundo sínodo diocesano decíamos: "Todos los cristianos estamos llamados, aunque de manera diversa, a ser agentes educadores y dinamizadores de la educación"(42). En lo que he insinuado en los apartados anteriores, ya se puede vislumbrar un horizonte activo de personas que colaboran en dicha obra. La tarea educativa está a cargo de un sinnúmero de agentes internos y externos que rodean esta labor. A continuación destaco los principales agentes en este relevante quehacer

a. El Espíritu Santo

61. Frecuentemente apoyados en las técnicas y en los métodos, en los cuales un sinnúmero de personas que se dedican a la educación ponen su esperanza, se olvida de que el principal Agente de la educación es el Espíritu Santo: "Es el Espíritu quien suscita el deseo de una respuesta plena; es Él quien guía el crecimiento de tal deseo, llevando a su madurez la respuesta positiva y sosteniendo después su fiel realización; es Él quien forma y plasma el ánimo de los llamados, configurándolos a Cristo..."(43). Sólo Dios puede realizar en el educando una obra tan definitiva como es la asimilación auténtica de una cultura de vida y el plasmar la imagen de Cristo en su ser y en su obrar; es el Espíritu Santo el que da la luz y el que comunica la energía suficiente para que se realice esta obra en la persona(44). "Yo planté, Apolo regó; mas fue Dios quien dio el crecimiento" (1 Cor 3, 6).

De aquí debemos deducir que toda persona que actúe en la educación de un individuo o de un grupo, tiene el deber de estar abierta del todo a la acción del Espíritu Santo; de no hacerlo tendrá como consecuencia el no realizar en el educando una obra divina, sino sólo humana, y, por tanto, muy difícilmente denominable "educación católica".

b. El Obispo

62. En su debido momento, he hecho ver cómo, tanto por parte de la Escuela como de la Universidad católicas, existía un vínculo de comunión especial con la misión pastoral del Obispo, con aquellos que el Espíritu Santo ha puesto para regir la Iglesia de Dios. Aunque los pastores respeten la autonomía de la enseñanza escolar y universitaria como el carisma de cada institución, la autoridad jerárquica puede intervenir para salvaguardar el auténtico carácter cristiano de la Escuela y Universidad católicas: es deber del Obispo diocesano, decía, "velar por la rectitud de la enseñanza y la observancia de la moral cristiana". Al mantener y fortalecer la identidad católica los Obispos cumplen como agentes de la evangelización escolar y universitaria. La relaciones estrechas, personales y pastorales entre la escuela y universidad con el obispo diocesano conllevan una confianza recíproca, una colaboración coherente y un continuo diálogo.

c. Los padres de familia

63. Ciertamente, como mencioné al inicio de este documento, no debemos olvidar que son los padres los primeros y principales responsables de la educación de sus hijos y que la escuela obra en estrecha colaboración con ellos y como asumiendo una delegación o encargo que, lejos de eximir a los padres les compromete en una actitud de participación en la vida escolar y atención constante al proyecto educativo. Los padres de familia tienen la primera e intransferible obligación y derecho de educar a sus hijos(45), y de educarlos cristianamente. La familia es la escuela del más "rico humanismo(46)". "No basta engendrar un hijo, hay que educarlo". En casi todas las familias se aseguran los cuidados primarios de los hijos; pero esto no es suficiente, se requiere, además, una educación de la inteligencia y de la voluntad.
El hijo de una familia cristiana exige, de por sí, que se le rodee de un ambiente que le ayude a alcanzar el ideal de llegar a ser un hombre y una mujer auténticos(47).

Una etapa importante en la educación de los hijos es la primera infancia. Ante todo hay que rodearlos de un clima de amor; la caridad familiar es la atmósfera donde el niño puede respirar mejor. Un matrimonio integrado engendra hijos formados. Es necesario iniciarlos en el ejercicio de las virtudes humanas y en la vida de fe(48); hay que enseñarles a decir siempre la verdad, y decirles, también, siempre la verdad. Es imprescindible que los hijos vean que sus padres están muy compenetrados entre ellos para no crearles conflictos de conciencia. Un padre cristiano, además, tiene que educar a sus hijos en el amor a la cruz, "único camino hacia la resurrección". "Guardar la palabra de Cristo es una exigencia que implica a la vez la transmisión de la fe. Todo cristiano debe ser transmisor de la fe, pero lo deben ser de manera primordial los padres en relación con sus hijos"(49).

64. En relación con las instituciones educativas católicas, los padres cristianos tienen la libertad y el derecho de elegir la escuela en la que se puedan formar mejor sus hijos, pero también tienen la obligación y el deber de buscar el lugar más propicio para dicha educación. No pueden encerrarse en la comodidad de pensar que el local que está más cerca de su casa sea el mejor. El centro más propicio para la educación de sus hijos no es el que está más cerca - aunque a veces pueda coincidir -, sino aquel que forma a sus hijos humana, cristiana y apostólicamente mejor. En este sentido también los padres son, pues, agentes de la educación de sus hijos.

d. El educando

65. "La pedagogía contemporánea de inspiración cristiana ve en el educando, considerado en su totalidad compleja, el principal sujeto de la educación"(50). En cualquier obra cristiana de educación, la fuerza del Espíritu Santo siempre actúa; podría además, intervenir la familia del educando encarnando todas las características necesarias para una educación excelente; incluso podría conseguirse al educador más completo, pero si el educando no está, debido a la misteriosa libertad humana, dispuesto a recibir positivamente ni la gracia del cielo, ni un ambiente familiar propicio, ni el testimonio y las enseñanzas cristianas de su educador, la formación ciertamente no se haría efectiva. En este sentido el papel del educando cobra toda su relevancia en términos de educación cristiana.

66. El papel de quien es formado no se reduce a prestarse a lo que sus educadores quieran realizar en él. En su preparación, el educando ha de tener una actitud positiva de cara a su formación que podría resumirse en tres disposiciones fundamentales: un mínimo esfuerzo de sinceridad, que implica abrir el corazón al educador al estilo del apóstol Bartolomé en cuyo corazón no había doblez. Un cierto sentido de obediencia, que no implica la virtud consumada pero sí una primera moción de buena voluntad hacia las orientaciones del educador. Y por último, un primer movimiento de responsabilidad, que es la actitud fundamental para lograr una madurez. Ciertamente las virtudes de la sinceridad, de la obediencia y de la responsabilidad son hábitos que han de ir siendo asumidos por el educando; sin embargo, debe existir un "germen" de ellos al principio de toda obra educativa. Desde el primer encuentro con el educador, el formando debe poseer las actitudes mínimas que lo puedan llevar a emprender un camino serio para su formación.

67. Realmente todo sujeto puede y debe ser educado. Pero considerando "la totalidad compleja" que posee cada individuo, en la práctica se ven muchos casos en los que la libertad se decide misteriosamente por la "no educación".
¡Cuántos sujetos, al sentirse como "esclavizados" por las exigencias de un conjunto de criterios formativos, deciden abandonar, en su corazón, el deseo de una educación cristiana completa, siguiendo sólo externamente las directrices que se les dan! Lo repetimos por última vez: la respuesta del educando es un misterio de la libertad y por ello él se convierte en el "agente trascendental" de su propia educación.

e. El educador

68. Los maestros -ya sean laicos, ya religiosos- están entre los protagonistas más importantes que han de mantener el carácter específico de la escuela católica. Es indispensable, pues, garantizar y promover entre ellos una "actualización" que tiene por objetivo tanto su testimonio cristiano, cuanto los aspectos relativos a su actividad docente, ayudándoles a profundizar en una visión cristiana del mundo y de la cultura, y adquirir una pedagogía adaptada a los principios evangélicos.

69. El papel del educador tiene su última fuente en Cristo. Él es el único Maestro que todavía hoy sigue atrayendo a sus "discípulos" hacia sí. La fuerza persuasiva de su enseñanza está precisamente en su coherencia de vida: "sus palabras, sus parábolas y razonamientos no pueden separarse nunca de su vida y de su mismo ser"(51). Por eso el rol del educador, no puede partir sino de una congruencia entre lo que dice y hace, pues ¿cómo podría el formando aceptar los consejos de una persona que no avala con su testimonio el ofrecimiento que hace de criterios evangélicos?

70. El educador debe saber crear, alrededor de quien educa, un clima de amor, de alegría, de estudio, de piedad y de amistad: "El mejor método de educación es el amor a vuestros alumnos, vuestra autoridad moral, los valores que encarnáis. Este es el gran compromiso que asumís, antes que nada, ante vuestra conciencia"(52). El amor se presenta como entrega total a los educandos e implica, además estar con ellos mucho tiempo, afrontar el sacrificio de la incomprensión que implica muchas veces la propuesta de la verdad. No se trata sólo de pensar que se está amando, cada discípulo ha de sentirse auténticamente amado por quien lo forma; a tal grado esto, que ante los ojos del educando, el formador no será sólo visto como un "superior" sino como un padre, un amigo, un hermano. En este medio el contorno cultural y católico penetran mejor.

71. El arte de la educación en la escuela católica, no está exactamente en la puesta en práctica de un conjunto de métodos psicológicos, pedagógicos o sociológicos. Aunque estos métodos son útiles, no debemos poner en ellos todo nuestro esfuerzo sino, sobretodo, en la calidad del formador. En este sentido, la formación consiste en proponer a los educandos la figura de una persona que encarne, no sólo intelectual sino vivencialmente los valores humanos, cristianos y apostólicos que quiere dar a conocer a quien educa. No se puede olvidar que el aspecto cultural, por muy bien presentado que esté, no aprovechará tanto a los discípulos como el testimonio de un hombre que ya ha experimentado en sí mismo realmente "su entronque personal con Jesucristo". El educador ha de estimular a la reflexión crítica, a la vivencia de los valores, a la entrega generosa, a través del "testimonio de una vida espiritual auténtica tanto personal como comunitaria"(53).

72. No se debe olvidar que aunque el trato del educador es casi siempre hacia la "masa" de alumnos, la educación produce todos sus frutos cuando se realiza en el diálogo de "tú a tú". ¡Cuántos educandos pueden concretizar mejor en su vida personal, tanto los aspectos culturales como los criterios evangélicos, cuando se encuentran ayudados individualmente por un formador auténtico! En esto también el educador ha de seguir el ejemplo de Jesús que ayuda uno a uno a los que nos consideramos sus discípulos y no sólo masivamente.

73. Por último, de un modo especial, los frutos de la enseñanza orgánica de la fe y de la ética cristianas, dependen, en gran parte, del profesor de religión. Él es persona clave que no sólo se presenta como maestro de fe, sino que ofrece un testimonio de vida, a semejanza de su modelo Cristo. Es preciso hacer lo posible para que la escuela católica tenga profesores idóneos para su misión. Su formación es una de las necesidades más importantes. Para ello es de desear que se aprovechen los medios e instituciones de formación de la fe y para la catequesis ya existentes y aprobadas por la Santa Sede o la diócesis. La colaboración en la formación pastoral y didáctica de los maestros de religión es una actividad de gran ayuda que todos debemos favorecer.

VI. HOMOGENEIDAD DE LA ENSEÑANZA RELIGIOSA

74. Considerando la importancia fundamental de los libros de texto elegidos, los responsables escolares presentan una gran atención a la elección de los que servirán de base a los cursos de religión y moral, cerciorándose de que reflejan con absoluta fidelidad la doctrina aprobada por el magisterio, sin incluir opiniones teológicas particulares o proposiciones objeto de discusión. Es una grave responsabilidad de los educadores y padres de familia evitar todo experimentalismo en materia que afecta el dogma y la moral. Igualmente se les debe enseñar la religión a los alumnos en toda su integridad, sin omitir ninguno de los elementos que constituyen el patrimonio de la fe y la moral cristianas. Afortunadamente contamos con la guía válida en el Catecismo de la Iglesia Católica que constituye un punto de referencia fundamental, tanto para la presentación de las verdades de la fe, como para el estudio sistemático de la ética cristiana. La autoridad competente de la diócesis responderá con mucho gusto ante cualquier duda sobre la fidelidad e idoneidad de algún texto.

75. Es muy aconsejable que los educadores se sirvan de aquellas técnicas de enseñanza y medios didácticos que pueden favorecer la comprensión e interiorización de la doctrina cristiana. Tal como aconseja la moderna pedagogía, es bueno fomentar la participación, la reflexión personal, la cercanía a las propias experiencias de los niños, jóvenes y adolescentes, adecuándose a las edades y circunstancias reales de los alumnos, de modo que éstos perciban la religión como una respuesta a sus inquietudes y un estímulo en el crecimiento y maduración personal.

EXHORTACIÓN FINAL

76. Conscientes de que la educación cristiana es un proceso que se desarrolla en la continua interacción entre la actuación experta de los educadores, la libre cooperación de los alumnos y el auxilio de la gracia, todos los miembros de nuestra Iglesia local estamos profundamente agradecidos a cuantos consagran su propia existencia a la misión fundamental de la educación, en todas las instituciones educativas.

La misión que, con gran esperanza, la Iglesia confía de un modo especial a las escuelas y universidades católicas, reviste un significado cultural y religioso de vital importancia que concierne al futuro mismo de la humanidad. ¿Debo recordar, una vez más, con cuánta ilusión la Iglesia y la misma sociedad esperan de ellas una renovada conciencia de la propia identidad y de la propia misión? Ella las hará más capaces de responder a la tarea de llevar el mensaje de Cristo al hombre, a la sociedad y a las culturas.

Pido a Dios y a María Santísima de Guadalupe que nos conceda la alegría de ver en nuestra Arquidiócesis de México, personas con una formación sólida, capaces de cambiar las estructuras de pecado y llevar a nuestra Nación a un progreso humano y cristiano definitivo. ¡Así sea!

+ NORBERTO RIVERA C.
Arzobispo Primado de México

Fiesta de San Juan Bosco
México-Tenochtitlán a 30 de Enero de 1997

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