PROGRAMA PASTORAL PARA EL AÑO
2000
53.
En el presente año, durante la etapa intensiva de la Misión
2000, además de un servicio más esmerado en la pastoral
ordinaria de nuestras parroquias, habremos de consolidar nuevos instrumentos
y métodos para impulsar el primer anuncio, la reiniciación
cristiana, el catecumenado, la comunión fraterna y el compromiso
apostólico de comunidades menores, la formación y capacitación
de los laicos, el compromiso por la justicia y la pastoral de la caridad,
como partes fundamentales del proyecto evangelizador.
54.
La pastoral ordinaria ha estado recibiendo ya, durante los últimos
meses, un impulso fraterno para su renovación con la visita pastoral.
Habremos de ir consolidando esta dinámica para el futuro de nuestra
Iglesia local, con cambios indispensables en las estructuras pastorales,
las actitudes y las acciones, en los diversos niveles.
55.
Durante la evangelización intensiva, realizaremos con los equipos
parroquiales dos tandas del primer anuncio de la Salvación: la
primera del 8 de marzo al 11 de junio y la segunda del 15 de agosto
al 28 de noviembre, con visiteo y pregones. En la etapa del 12 de junio
al 14 agosto habrá oportunidad de evaluar la primera etapa, afianzar
los grupos y estar listos para la segunda tanda de primer anuncio.
56.
Mientras tanto será necesario acoger a quienes respondan acercándose
a los misioneros, para ofrecerles los pregones de una primera explicitación
del kerigma y de la primera conversión, invitándolos a
incorporarse al proceso de la reiniciación cristiana y a la formación
de comunidades menores, para vivir la experiencia de ser Iglesia misionera
en la ciudad de México.
57.
El complemento y la consolidación de la dimensión misionera
hacia los alejados exigen, en los diversos niveles de nuestra Arquidiócesis,
la transformación de algunas estructuras y de las actitudes en
los agentes de la pastoral:
Obispos
y Vicarios Episcopales
58.
Mi visión primera, en orden a la organización de esta
arquidiócesis fue la descentralización de los servicios
pastorales, para llevarlos con mayor cercanía y eficacia a todos
los fieles esparcidos por las ocho vicarías episcopales. Para
ello he delegado mi autoridad de la manera más amplia en mis
obispos auxiliares y vicarios episcopales, de acuerdo con las normas
establecidas en mi Decreto sobre la "Organización y Gobierno
pastoral de la Arquidiócesis de México".
59.
Esta perspectiva exige que los Vicarios episcopales, a su vez, busquen
esta misma orientación en sus respectivas vicarias territoriales
y sectoriales, para promover un amplio movimiento de participación
responsable de cada vez más amplios sectores; propiciando específicamente
que los Decanos, los Delegados de pastoral, Secretarios, Directores
y responsables de las diversas comisiones participen en el ejercicio
de la autoridad y promuevan una amplia coordinación de los diversos
servicios.
60.
La atención y el acompañamiento cercano de los presbíteros
es una de las principales responsabilidades de los Vicarios episcopales.
Es necesario que todos los que han recibido la encomienda de presidir
una comunidad, experimenten este apoyo constante, pues de esta manera
se favorecerá la comunión en el proyecto pastoral.
61.
He insistido, igualmente, en la urgencia de mantener la corresponsabilidad
y coordinación, atendiendo a las exigencias que se desprenden
de la comunión indispensable como signo y como instrumento de
una auténtica y eficaz evangelización
62.
Durante la V Asamblea Diocesana, insistí en que la pluralidad
de ministerios y carismas es riqueza con la que Dios ha bendecido a
esta arquidiócesis; que es necesario dar testimonio de unidad
para que el mundo crea; y que nadie se sienta dueño de la Iglesia
con pretensiones de exclusión de algunos, sino por el contrario
habrá que extender la comunión con todos, aún los
que no pertenecen a la iglesia, pero que promueven los valores evangélicos.
Decanatos
y Decanos
63.
El Decanato deberá ser la unidad básica de coordinación
y de ejecución de los programas arquidiocesanos. Los Decanos
habrán de asumir con mayor consciencia y responsabilidad el ejercicio
de la autoridad episcopal para el seguimiento de los programas de pastoral
y del ministerio de fraternidad en favor de sus hermanos sacerdotes,
en estrecha colaboración con los Vicarios episcopales.
64.
Los Decanos deberán estar más cerca de los sacerdotes
de su jurisdicción, acompañarlos como verdaderos hermanos
e impulsar el nuevo proyecto evangelizador de la Misión 2000.
Parroquias
y presbíteros
65.
El presbítero es hombre de fe, hombre de lo sagrado y es también
hombre de comunión.
66.
Urge en los presbíteros de nuestra arquidiócesis un cambio
de mentalidad y de actitudes para no ser en la parroquia rémora
u obstáculo hacia sus hermanos laicos en el proceso de transformación
de la pastoral en esta arquidiócesis. Por el contrario, sean
personas comprometidas en el proceso evangelizador, para que la parroquia
sea una vital comunidad de comunidades.
67.
Esto exige que vayan dejando en manos de los laicos muchas de las actividades
administrativas de que se ocupan actualmente y que no son estrictamente
esenciales a su ministerio específico.
68.
Los presbíteros deberán respaldar y fortalecer los Equipos
misioneros.
69.
Favorezcan también una actitud de acercamiento y diálogo
con las familias, con los más alejados, con los pobres y con
los jóvenes, a fin de que puedan todos reecontrarse con Cristo.
Diáconos
Permanentes
70.
La pastoral misionera proyecta gran luz sobre el ministerio y formación
de los Diáconos Permanentes, al privilegiar el trabajo de evangelización
para todos los agentes de la Arquidiócesis. Los diáconos
habrán de ser líderes en la animación y capacitación
fundamental de agentes. Además, como el testimonio de la caridad
es el primer instrumento evangelizador, tendrán que revalorar
con toda fuerza su misión de promotores y organizadores del ejercicio
de la caridad en las comunidades. Este será un camino seguro
para romper con la tentación de ubicarse sólo como ministros
de ceremonias litúrgicas y sacramentales, y dar preferencia al
potencial de testimonio que tiene el ministerio diaconal.
Vida
consagrada
71.
Es necesario que la vida consagrada dé testimonio de su misión
peculiar: mantener en los bautizados la conciencia de los valores fundamentales
del Reino. Y para esto conviene que los miembros de estas comunidades
se inserten adecuadamente con los otros miembros del pueblo de Dios.
72.
En las diversas Vicarías episcopales establézcanse lazos
de comunicación y participación que permitan a los miembros
de la vida consagrada y a los responsables de la pastoral, reconocer
el lugar que ocupan los diversos carismas en la pastoral sectorial o
territorial y encontrar caminos para una colaboración más
estrecha.
Seminario
y demás casas de formación
73.
Deberán acrecentar su inserción en las preocupaciones
y proyectos arquidiocesanos para descubrir y cultivar las nuevas actitudes
pastorales que requieren los candidatos al sacerdocio.
74.
La pastoral misionera es un desafío para la formación
de los futuros pastores. Exige cultivar, en el espíritu y en
la acción, una verdadera disponibilidad y capacidad para llegar
a los alejados; una actitud eclesial que se concrete en el trabajo de
equipo; y la integración en un ambiente de corresponsabilidad
y promoción interactiva, especialmente hacia los laicos.
Los
laicos
75.
La renovación de la Iglesia en América no será
posible sin la presencia activa de los laicos. En la actualidad, recae
en ellos gran parte de la responsabilidad del futuro de la Iglesia,
como ha sido señalado en la reflexión sinodal y he remarcado
en el Itinerario Pastoral.
76.
Su protagonismo de servicio en los diversos ministerios, al interior
de la comunidad eclesial, es señal de vitalidad y hace posible
la vida de la Iglesia, como Cuerpo de Cristo, en donde todos son importantes
y participan del proyecto de Dios.
77.
Pero el laico también ha de proyectar su dignidad de profeta,
sacerdote y rey hacia el exterior de su comunidad, en el ámbito
ordinario de su vida, trabajo y esparcimiento con una actitud misionera,
que lo impulse a buscar siempre nuevos caminos y ámbitos para
dar testimonio de la Buena Nueva del Reino y cumplir su tarea específica
de consagrar el mundo a Dios.
Movimientos
y organizaciones laicales
78.
Como promotores de diversos carismas en la Iglesia los miembros de los
diversos movimientos y organizaciones laicales deberán conocer
los planes y programas arquidiocesanos, respetarlos y buscar que el
carisma que promueven sea una colaboración y complementación
en la comunión.
La
Arquidiócesis
79.
La nueva pastoral misionera tiene que respaldarse en una Iglesia mayoritariamente
laical.
80.
Considerar a los laicos como animadores, promotores y corresponsables
en la elaboración y no sólo en la ejecución de
los planes de la pastoral orgánica.
81.
Promover liderazgos laicales.
82.
Fortalecer el sistema arquidiocesano de los centros de formación
de agentes laicos para acciones específicas.
83.
Encontrar nuevas formas de presencia de la Iglesia en medio de los diversos
ambientes.
84.
Fomentar entre los responsables de la pastoral una clara conciencia
de la necesidad e importancia de destinar suficientes recursos para
las acciones pastorales.
85.
Estudiar diligentemente el fenómeno de los movimientos religiosos
libres y las causas que motivan su rápido crecimiento, para responder
a los planteamientos que tales grupos pretenden atender.
86.
En las parroquias donde ya se viene trabajando en la línea de
la sectorización, de promoción de comunidades menores
en sus diversas expresiones, hágase un estudio cuidadoso, para
que se aproveche la experiencia lograda y se garantice su continuidad.
Misión
2000
Conclusión
y Oración
87.
Aun resuenan las palabras con las que, hace un año, el Papa Juan
Pablo II dio gracias por su IV visita a nuestro país y, al mismo
tiempo, bendijo a todos sus habitantes: "Dios te bendiga, México..."
Ese mensaje nos recordó que el Espíritu Santo con su trabajo
silencioso es el principal evangelizador, haciéndose presente
en todos los acontecimientos y en el corazón de cada persona.
Hoy nos debe mover a acompañar con un constante espíritu
de oración, el esfuerzo por concretar una pastoral misionera
para nuestra ciudad.
Señor,
Jesús, la primera oración es por tu Iglesia que peregrina
en la Ciudad de México, pues al querer asumir con todas sus consecuencias
la misión de evangelizar que nos encomiendas, nos sentimos pequeños
y temerosos, porque ha aparecido la tentación de argumentar excusas,
de eludir el seguimiento, de no aceptar este tiempo de gracia.
Pero
tu Espíritu no nos abandona y nos acompaña en el caminar
juntos:
por
medio de tantos laicos sencillos que se están constituyendo en
pilares de los equipos misioneros; por muchos hermanos que se habían
alejado y al escuchar lo que se está haciendo a favor del trabajo
misionero han regresado a comprometerse; por los presbíteros
que están renovando su cercanía contigo y su servicio
a la comunidad; por el signo de comunión de muchos movimientos
y grupos apostólicos que están respondiendo al llamado
de unidad para evangelizar.
Señor,
has que no tengamos miedo a reconocernos pecadores y a convertirnos,
porque sólo así será creíble tu mensaje
en nuestros labios.
En
este Año Santo abre nuestros ojos para reconocer tu presencia
en los más pobres; abre nuestros corazones para compartir lo
que somos y tenemos; has surgir entre nosotros actitudes nuevas que
nos permitan tratarnos como hermanos; que así entendamos lo fundamental
de la Misión.
Que
nuestra acción en común siempre sea generosa para alcanzar
a todos, porque nuestra Ciudad necesita reencontrar confianza en la
buena voluntad, en las actitudes solidarias, en la búsqueda del
bien común.
Te
pedimos por cada habitante de esta gran ciudad, porque todos resienten
problemas que parecen no tener solución. Por los jóvenes
que están luchando por encontrar un camino positivo de realización,
por los padres de familia que se desviven para impulsar a sus hijos,
por los empleados y obreros de salario mínimo que ya no sienten
esperanza, por los líderes sociales y gobernantes para que no
olviden a los que deben servir, por aquellos empresarios que necesitan
sensibilidad social, por todos los que se sienten con hambre de paz...
Señor, aumenta nuestra fe, nuestra esperanza, nuestra caridad.
Porque ¿cómo podremos lograr ser luz de Dios en nuestra
Ciudad, ante esta realidad que nos rebasa? Hemos sentido tu mirada providente
en nuestro Caminar Juntos que nos ha hecho llegar a la Misión
2000, ponemos en tus manos nuestra acción eclesial para que sea
cada vez más cercana a nuestra Ciudad.
Gracias
por darnos en Santa María de Guadalupe un ejemplo evangelizador
y una presencia protectora; que su amor maternal mantenga encendida
la luz de la fe que estamos llamados a testimoniar. Amén.
5 de febrero del 2000, Año Jubilar
Norberto
Cardenal Rivera Carrera