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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Carta Pastoral: La Familia Educadora de la Sexualidad. Norberto Cardenal Rivera Carrera

3. LOS PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DE LA SEXUALIDAD

a) La situación expuesta anteriormente nos lleva a tomar muy en serio el papel que la familia debe tener en la educación de la sexualidad, no sólo para evitar las situaciones dolorosas que por un mal manejo de la misma se producen, sino sobre todo para llevar a plenitud a la persona humana en cada uno de los hijos. Cada ser humano tiene derecho a realizar en totalidad el plan originario para el que Dios lo creó. Cristo, en el evangelio, a la hora de juzgar la cuestión sobre la relación entre el hombre y la mujer que se le hace con motivo de la indisolubilidad del matrimonio, reclama al principio, es decir a la naturaleza que Dios quiso dar al hombre. Cristo no se deja llevar por opiniones de su tiempo, ni por una falsa condescendencia con la dureza del corazón del hombre herido por el pecado, sino por el designio divino[5]. Por ello, es oportuno volver a dirigir la mirada hacia los principios básicos que deben regir la concepción de la sexualidad desde la visual de integridad que caracteriza al pensamiento católico en este campo, sin dejarse llevar ni por modas, ni por reduccionismos que acaban por degradar la verdadera identidad de este aspecto de la persona humana.

b) La sexualidad humana no es simplemente una parte de la persona, sino que participa de la persona. No la podemos aislar de la condición humana. Por ello tenemos que decir siempre que el ser humano es sexuado y que la sexualidad es humana. Precisamente por ello, la sexualidad se orienta en el ser humano hacia dos objetivos particularmente trascendentes: expresar la totalidad del amor entre un hombre y una mujer y ofrecer las condiciones que en colaboración con el Creador den origen a una nueva vida humana. En ambos casos, la sexualidad se orienta hacia el amor, hacia el amor esponsal o hacia el amor filial. La sexualidad humana contiene de modo esencial la capacidad de expresar el amor: ese amor precisamente en que el ser humano se convierte en don y mediante este don realiza el sentido mismo de su ser y existir[6].

c) Otro principio básico de la sexualidad humana es que refleja siempre a la persona. Por ello, la sexualidad no puede ser usada como una cosa, pues "la sexualidad es un elemento básico de la personalidad; un modo propio de ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros, de sentir, expresar y vivir el amor humano"[7]. En todo acto o expresión sexual está siempre en juego el valor de la persona. No se puede reducir la sexualidad a una simple función biológica o a una fuente de placer. Cuando desaparece el sentido y el significado del amor y del don de sí en la sexualidad, se acaba cayendo en "una civilización de las cosas y no de las personas; una civilización en la que las personas se usan como si fueran cosas. En el contexto de la civilización del placer la mujer puede llegar a ser un objeto para los hombres y los hijos un obstáculo para los padres"[8].

d) Un elemento más de esta visión cristiana es considerar la sexualidad como un bien, parte del don que Dios vio que era muy bueno cuando creó a la persona humana a su imagen y semejanza y hombre y mujer los creó. Aunque a lo largo de la historia se ha criticado la visión de la Iglesia juzgándola como oscurantista respecto a la sexualidad, la verdad es que un estudio equilibrado de la misma nos muestra que las concepciones rigoristas y negativas de la sexualidad obedecen más a corrientes ideológicas de la época que al pensamiento cristiano auténtico.

e) Sin embargo, también pertenece a la concepción cristiana de la sexualidad la realidad de que la sexualidad posee una carga de ambivalencia: se puede usar para la más alta expresión de amor o se puede usar para la degradación más dolorosa de la persona humana. Esto nos habla de que la sexualidad humana se encuentra herida y expuesta "a la fragilidad debida al pecado original y sufre, en muchos contextos socioculturales, condicionamientos negativos y a veces desviados y traumáticos"[9]. Sin embargo la gracia de la redención del Señor, hace posible una vivencia recta de la sexualidad, no con una actitud represiva, sino como un don precioso y enriquecedor, como el del amor, con vistas al don de sí como ser humano[10].

Por todo lo dicho anteriormente, la sexualidad requiere ser integrada en la persona a través de una oportuna educación, que va mucho más allá de la simple información funcional. Esta educación comporta la formación de toda la persona: carácter, temperamento, hábitos, conocimientos, de modo que se alcance la armonía entre la dimensión corpórea y espiritual de la persona.

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