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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Carta Pastoral: La Familia Educadora de la Sexualidad. Norberto Cardenal Rivera Carrera

5. LOS CAMINOS DE LA EDUCACIÓN DE LA SEXUALIDAD EN FAMILIA

Ante todas estas reflexiones es oportuno ofrecer a la familia algunas pautas que le iluminen para fortalecerse en su tarea educativa.

a) La formación de los padres

  • La primera tarea de los padres es la de su propia formación. Es cierto que no siempre es fácil sacar el tiempo para ello y aunque no siempre en todas las áreas y niveles sociales se tienen a la mano los recursos para ello. Sin embargo hay que sembrar esta inquietud en los corazones de los padres y, una vez conscientes de ello, hay que cultivarla con tenacidad. Es una situación muy grave la que hoy se vive como para no buscar dentro de las propias posibilidades el formarse.
  • Esta formación no debe quedarse simplemente en el nivel de la información de funciones o de métodos, sino que, sobre todo, debe llegar a la formación interior de la persona en los valores, principios y virtudes que hagan de la sexualidad, en primer lugar la propia y en consecuencia la de los hijos, un ámbito de amor humano. Ello supone el que los padres sean los primeros en buscar medios de superación personal sea en lo personal, sea asociándose con otros padres de familia, sea acudiendo a instituciones que lo impartan para así llegar a adquirir los elementos necesarios para la gravísima tarea de educar a los hijos.
  • De un modo muy especial, hay que recomendar a los padres y madres de familia, la solicitud par la formación en la sexualidad que se imparte en la escuela de los hijos, de modo que no sean fáciles para aceptar cualquier instrucción sin haber ellos primero aprobado lo que se les está dando. No cabe duda que el diálogo sincero y claro con quien imparte la educación sexual en las variadas instituciones será un elemento de particular importancia.
  • Por otro lado, los padres y madres de familia deberán estar muy atentos al influjo que los ambientes sociales y los medios de comunicación ejercen sobre sus hijos. Ellos tienen el deber de apoyar a sus hijos para que la información distorsionada sobre la sexualidad y la visión materialista de la relación afectiva de la pareja no acabe dañando el concepto del amor humano que se va formando en sus hijos.

b) El acompañamiento a los hijos

  • Es importante que los padres sepan estar al lado de sus hijos en las diversas etapas de su desarrollo afectivo y sexual. Aunque no siempre es fácil, la tarea de acompañar a los hijos en su crecimiento será uno de los medios que otorgarán a la familia una especial cohesión ante los problemas de la vida.
  • Se ha de prestar especial atención a las diversas etapas de la vida de los hijos. Desde la niñez, el hijo debe ser educado en el sentido de su sexualidad, descubriendo lo que significa ser hombre o ser mujer sin caer ni en la sensiblería ni en el machismo. Los padres deberán tener un especial cuidado en que los niños no se vean contaminados por una información sexual prematura que no tienen la capacidad de manejar. Casi podríamos decir que hay que salvaguardar el derecho que todo niño tiene a la inocencia[15].
  • La pubertad es la gran segunda etapa del crecimiento de los hijos, "la labor de la información y de la educación de los padres en esta etapa es necesaria no porque los hijos no deban conocer las realidades sexuales, sino para que las conozcan de modo oportuno"[16]. Esta época requiere un especial tiempo de diálogo y de ofrecimiento de seguridad ante las diversas angustias y miedos que pueden presentarse. Siendo la época de las primeras transformaciones fisiológicas en los hijos, los padres deberán proporcionarles explicaciones serenas y detalladas de la sexualidad, orientadas en la perspectiva del amor que tendrá un día que entregarse en el matrimonio, o vivirse en la vida consagrada.
  • La adolescencia es un período de definición personal y, por lo tanto, de particular relevancia en la evolución de los hijos. En esta época los hijos son particularmente sensibles al testimonio que los padres les pueden ofrecer, más que a las palabras que se les dirijan aunque estas también son necesarias. De modo especial hay que saber ayudar a los hijos a enfrentar la aparición de la masturbación, pues es un desorden en el comportamiento sexual que, además de su gravedad moral, conlleva y expresa la afirmación de una visión egoísta de la sexualidad. El esfuerzo paterno por enseñar a los hijos a ver siempre la sexualidad en clave de amor y el delicado consejo para que se acerquen al sacramento de la reconciliación y de la eucaristía, serán apoyos de un valor inestimable en este momento de la vida.
  • El paso de los años y el afirmarse de la personalidad de los hijos, no excluye el que los padres abandonen su acompañamiento de los mismos. Es obvio que los padres deberán saber evolucionar en su trato con sus hijos hacia un clima de responsabilidad y respeto, pero no por ello dejan de ser un luminoso punto de referencia en la maduración de su amor y su sexualidad. De modo especial se deberá ayudar a discernir a los hijos en el período del noviazgo. Y quizá, por las particulares condiciones de nuestra cultura, es muy válida la recomendación del Pontificio Consejo para la Familia: "Se deberá evitar la difusa mentalidad según la cual deben hacerse a las hijas todas las recomendaciones en tema de virtud y sobre el valor de la virginidad, mientras no sería necesario a los hijos, como si para ellos todo fuera lícito"[17].

c) La tarea de distinguir entre el bien y el mal

  • No se puede dejar pasar un elemento en el que los padres son particularmente responsables: se trata de la formación de la conciencia de los hijos. Si esto es importante en todos los temas, campo de la educación de la sexualidad. La conciencia es el santuario donde el ser humano descubre el bien y el mal y donde surge la determinación ética fundamental: Tengo que hacer el bien y evitar el mal.
  • Sin embargo, la conciencia no puede ser abandonada a sí misma, sino que requiere la ayuda de principios que rijan su juicio. Es en este punto donde la educación que imparte la familia se hace muy necesaria. Es cierto que la formación de la conciencia se hace inicialmente en los hijos por una simple imitación, pero la evolución progresiva del niño en joven y en adulto requiere también una progresiva maduración en la asimilación de los motivos que conducen a un determinado juicio de conciencia.
  • Por ello, corresponde a los padres ir otorgando a los hijos de modo paulatino los argumentos que conducen a una sexualidad humana vivida con rectitud. No es justo abandonar la formación de la conciencia en el campo de la sexualidad y del amor humano cuando se tiene la preocupación par la formación en otras áreas del saber humano. Los hijos tienen derecho a que sus padres les ayuden en la formación de la conciencia para que a su tiempo puedan discernir el bien del mal en su vida.
  • Para ello, los padres deberían preocuparse por ser los primeros en conocer los criterios morales que rigen el comportamiento de la sexualidad. Un conocimiento que deberán obtener no sólo de las opiniones de moda o de los criterios que el ambiente considera justificados, sino que, en la medida de lo posible, deberán iluminar su conciencia y la de sus hijos con la doctrina de Cristo, de modo especial a través del conocimiento de la Sagrada Escritura y a través de la enseñanza del Magisterio auténtico de la Iglesia. Cabe en este sentido citar la afirmación del Concilio Vaticano II sobre la importancia de la fidelidad al Magisterio de la Iglesia: "La índole moral de la conducta no depende solamente de la sincera intención y apreciación de los motivos, sino que debe determinarse con criterios objetivos tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos,... No es lícito a los hijos de la Iglesia, fundados en estos principios, ir por caminos que el Magisterio, al explicar la ley divina, reprueba"[18].
  • Nunca tengan los padres de familia miedo de que sus hijos vayan a considerarlos menos por el hecho de que mantengan con rectitud los criterios de la Iglesia Católica. Al contrario, si hay algo que un hijo aprecia en sus padres, es, más que la condescendencia cobarde, la coherencia con los propios principios.
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