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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Instrucción Pastoral sobre la Promoción Vocacional Sacerdotal en la Arquidiócesis de México

IV. LLAMADA Y RESPUESTA DESDE LA FE TRINITARIA

36. En la salvación Dios se vale de medios. Quiere hacer llegar su llamado a través de diversos canales, que pueden ser personales: los papás, un amigo, un sacerdote; o acontecimientos: una misa, una jornada vocacional, un familiar que fallece, una guerra que estalla, etcétera, o a través de circunstancias: una novia que nunca llegó, una carrera que no satisface, etc.

37. La iniciativa siempre es divina; no se trata simplemente de un deseo humano, o de una pura inclinación que hace al joven abrazar este camino. En el origen de toda vocación está Dios, está su llamada.

38. La vocación a la vida consagrada entra en el mismo misterio de Dios, en el misterio de lo que Él es, en el misterio de su designio salvífico y al mismo tiempo en el misterio de nuestra libertad.

A) Llamó a los que Él quiso

39. ¿A quiénes llama Dios? Llama a los que quiere, San Marcos lo dice con toda claridad al hablar de la elección de los doce "subió al monte y llamó a los que él quiso" (Mc 3, 13).

40. Los criterios de Dios no son los nuestros. Su llamada no es necesariamente a los más capaces, a los más inteligentes, a los más astutos o a los más fuertes, sino a los que quiere, por puro don gratuito.

41. En una vocación consagrada se descubre el Don Divino, a quien llama y a través de él a la humanidad. En esta llamada está en juego un movimiento del amor divino, que elige, sin méritos previos por puro amor. "¿Por qué a mí Señor?" -"Porque te amo".

42. Nuestra actitud, ante este Don y Misterio ha de ser de agradecimiento, de humildad y de confianza. No tratemos de entender el misterio, porque los misterios no se entienden, se paladean... en el silencio... en la contemplación...

43. Agradecidos por tal predilección nos queda responder a su llamada con lo poco que podamos, en realidad nunca podemos mucho; con nuestras limitaciones, achaques y frustraciones; y también con nuestras capacidades, energías y realizaciones.

44. Con la humildad de quien reconoce que en sí mismo no encuentra nada bueno que no haya recibido y con la confianza de quien sabe que todo lo puede en aquel que lo conforta.

45. Porque, además, en esta respuesta no está sólo el granito de arena que ponemos nosotros, está ante todo y sobre todo la potencia arrolladora de la gracia, que eleva la naturaleza, cuando ésta se dispone y es capaz de hacer maravillas, porque todo lo puede.

46. Así se lleva a cabo el misterioso coloquio entre Dios y el hombre; el maravilloso intercambio en el que el hombre pone su nada y Dios pone su todo, en el que el hombre pone su miseria y Dios su misericordia.

47. En la encarnación el Padre ha dado al Hijo una humanidad para que Él pueda tomarla como instrumento de salvación. Dios sigue necesitando prolongar su presencia en la historia, de modo que la humanidad del consagrado siga siendo en el tiempo "Instrumento de Salvación".

B) "Muchos son llamados y pocos escogidos" (Mt 22, 14)

48. En todas las épocas Dios ha llamado a una consagración al Evangelio, pero siempre han sido pocos los que se han decidido a responder a ella.

49. Es obvio que las circunstancias tienen mucho que ver, que en un ambiente religioso se darán más fácilmente las vocaciones consagradas, que en un ambiente irreligioso, materialista, hedonista. Que las plantas crecen donde se siembra la semilla y se abona la tierra.

50. Crear las condiciones para que se fomenten las vocaciones, en la casa, en la escuela, en los círculos de amistad, etcétera. Es nuestra tarea vivir con la mayor perfección que podamos las virtudes cristianas que harán el mejor ambiente del que se valdrá el Señor para seguir llamando.

V. FUNDAMENTACIÓN DOCTRINAL

A) La Vocación cristiana: llamado de Cristo y encuentro con Él

51. Una reflexión sobre la vocación cristiana y la promoción de las vocaciones sacerdotales ha de tomar en cuenta la enseñanza de Juan Pablo II, que nos invita a contemplar en oración el rostro de Cristo antes de cualquier actividad y planeación pastoral[5]; en efecto, la vocación cristiana ha de ser considerada a la luz del proyecto que Dios tiene para el hombre.

52. Más allá de las limitaciones propias del ser humano y por encima incluso de su pecado, Dios ha decidido amarlo, es decir, ha establecido una "estrategia" de amor, por medio de la cual quiere convertir a los seres humanos en hijos suyos, ayudándoles con su gracia a vencer el mal y capacitándolos a vivir en comunión. Dios en Cristo sale al encuentro del hombre y lo llama para llevarlo a una realización que sobrepasa cualquier expectativa puramente humana, de modo que pueda vivir en íntima unidad con Él, su Creador y Señor y en verdadera fraternidad con sus hermanos, los hombres. Así, el llamado fundamental que Dios hace a la vida a cada uno de los seres humanos se vuelve en Cristo un llamado a la santidad, una "vocación universal a la santidad".[6]

53. En realidad, la vocación constituye la dinámica propia de toda vida cristiana. En ella se reconoce la iniciativa original por parte de Dios, a la vez que implica por parte del hombre su capacidad de respuesta, su libertad.[7]

54. Sin olvidar la primacía de la gracia en la vida de la Iglesia[8], hay que tener en cuenta las estructuras humanas que posibilitan la respuesta al llamado divino.

55. Toda persona realiza actos verdaderamente humanos cuando involucra su inteligencia y su capacidad de decisión.

56. Delante de realidades que reconoce como valiosas, se desencadena un proceso que parte del descubrimiento del valor a la convicción de que vale la pena luchar por él y a las acciones de vida consecuentes que le permitan asimilarlo y asumirlo.

57. Sólo el valor que se presenta con carácter de absoluto es capaz de involucrar al hombre de modo definitivo en orden a su realización plena y total; en este contexto se enmarca la repuesta libre y consciente de la persona humana.[9]

58. La Antropología Cristiana sabe que el hombre sólo halla lo más valioso de sí mismo cuando el amor le viene al encuentro, y que ese amor es nada menos que Cristo mismo.[10]

59. La Iglesia sirve a este único fin: "que todo hombre pueda encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida, con la potencia de verdad acerca del hombre y del mundo contenida en el misterio de la Encarnación y de la Redención y con la potencia de amor que irradia de ella".[11]

60. El hombre, que no puede vivir sin amor, necesita que el mismo amor se le revele, lo llame, se encuentre con él, experimentarlo y hacerlo propio, participar en él vivamente.

61. La vocación cristiana no es un fenómeno enajenante o despersonalizador; en realidad, el encuentro con Cristo genera un proceso plenamente humanizante.

62. El primer encuentro con Él se vuelve el foco detonador de un camino que podemos llamar "conversión permanente". Más allá del enamoramiento del primer encuentro, se reconoce el llamado a un "vivir con Cristo" (Jn 1, 39), a un "establecerse en Cristo" (Jn 15, 5) escuchando sus enseñanzas, recibiendo los efectos benéficos de su fuerza y siguiéndolo fielmente en su camino pascual.

63. La convicción de luchar por asimilar el valor personal absoluto que se descubre en el llamado de Cristo, atrae a una constante actitud de nueva búsqueda, donde el corazón no termina de saciarse y el hombre, superando su pecado y su limitación, se acerca más a sí mismo en la medida en que emprende su camino personal hacia Dios.

64. Por último, el llamado del amor de Cristo se convierte, necesariamente, en un proceso de anuncio. Quien ha encontrado a Cristo como valor decisivo de su propia existencia, tiende naturalmente a compartir. Dicho compartir adquiere, desde el mismo Cristo, un valor imperativo de misión: quien ha compartido con Jesús su vida, recibe del Señor el encargo de comunicar a los hombres lo que él mismo ha experimentado (Lc 9, 1-2; Mt 28, 19-20).

B) La Vocación Sacerdotal en la Iglesia

65. El proyecto amoroso de Dios a favor del hombre incluye el misterioso designio de que el hombre mismo colabore como signo e instrumento del amor divino, para conducir a todos a la plenitud de su condición humana y, más allá, a la condición de hijos suyos.

66. En este sentido, cada cristiano está llamado a ser testigo desde su propia existencia del amor salvífico de Dios. El proceso que hemos descrito, común a todo cristiano maduro, se especifica en modos de respuesta; es lo que llamamos vocación específica, por ejemplo la vocación a la Vida Religiosa, Misionera o Laical.

67. Todos, desde su propio lugar, están llamados a la santidad y se hacen corresponsables de la santidad de sus hermanos.

68. De un modo particular hemos de considerar aquí la vocación del ministro ordenado, en especial del Presbítero.

69. También el Presbítero toma su identidad de un Sacramento, del Orden, vinculado estrechamente desde su institución con el de la Eucaristía. Tomado de entre los hombres como un miembro más del pueblo de Dios, el sacerdote queda establecido a la vez como servidor de la comunidad.

70. Se trata de la identidad del pastor felizmente descrita por San Agustín: "Para ustedes soy obispo, con ustedes soy cristiano".[12]

71. Esta identidad implica una dinámica propia, retomada magistralmente por Pastores Dabo Vobis: el Sacerdote se ubica, por una parte, en la Iglesia y, a la vez, al frente de la Iglesia, como su servidor.[13]

72. Esto se expresa de modo claro en la Celebración Eucarística, pues en ella se percibe la acción del ministro como miembro de la Asamblea, a la vez que representa para ella a Cristo Cabeza, Pastor y Esposo.

73. Con amor de esposo, con solicitud de pastor, pero también haciendo las veces de Cristo cabeza, el ministerio sacerdotal se pone al servicio de todo otro ministerio dentro de la Iglesia, a fin de que todos y cada uno puedan ejercitar su propia función en el cuerpo místico de Cristo. En este sentido, el sacerdocio ministerial es el promotor del sacerdocio común.[14]

C) La Santísima Virgen María y las Vocaciones

74. La Santísima Virgen María, siempre ha estado presente en la vida de la Iglesia, desde su nacimiento en Pentecostés (Cfr. Hech.1, 14) hasta nuestros días, cuidándola, alentándola e intercediendo por ella. La Inmaculada Virgen María es la Patrona de nuestro Seminario y será siempre su protectora.

75. La Virgen María es a la vez modelo e inspiradora de la formación de los futuros sacerdotes. María, Madre del Redentor, introduce en la comprensión de fe del misterio de Cristo y en la comunión con su ofrenda Pascual.[15]

76. María es madre de los Apóstoles animados por el Espíritu de la Misión, por tanto, María es madre de los sacerdotes, animados por el Espíritu de su ministerio.

77. A ella se le puede confiar filialmente el ministerio de Pentecostés, que es el de la Iglesia naciente, de nuestra Iglesia hoy y dirigida hacia el futuro, el trabajo de la formación de los Sacerdotes.[16]

 
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