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Vicaría      de Pastoral

Logotipo de la Misión Permanente en la Arquidiócesis de México

Itinerario Pastoral para la Misión 2000. Norberto Cardenal Rivera Carrera

I. LA MISIÓN: RAZÓN DE SER DE LA IGLESIA

A ti, Dios, te alabamos,
a ti, Señor, te confesamos:
Padre infinitamente santo,
Hijo eterno, Unigénito de Dios,
Santo Espíritu de amor y de consuelo.

El Padre de nuestro Señor Jesucristo y Padre nuestro

Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único.
(Jn 3, 16)

11. En el origen de la misión está el Padre, principio y fin de toda una historia en la que ha ido manifestando diversos rasgos de su misericordia, especialmente a través de los patriarcas, los profetas, los reyes, los sacerdotes y el pueblo de Israel.

12. Pero cuando llegó el tiempo planeado por Dios, nos entregó todo, al enviarnos a su propio Hijo, quien es al mismo tiempo su Mensajero por excelencia y la mejor noticia que nos podría dar; de este modo comenzaba la historia definitiva. Tenemos así a un Padre pródigo en amor, que nos comparte lo más preciado que tiene.

13. Ningún otro motivo explica este movimiento de generosidad del Padre hacia nosotros sino su amor sin límites: somos su creación y nos ha recreado en su Hijo por el Espíritu Santo, hasta convertirnos en hijos adoptivos suyos.

Jesucristo, Hijo Unigénito del Padre y hermano nuestro

No he venido por mi propia cuenta,
sino que Dios me envió
(Jn 8, 42)

14. En el centro de la conciencia misionera del Hijo estaba la convicción de ser el enviado por el Padre amoroso: era el Mensaje vivo de Dios, la Palabra, la Misión encarnada.

15. La persona, vida, obras y palabras de Jesús no tenían otro contenido sino lo que aprendió de su Padre. Al realizar esta misión, Jesús vivía la comunión total con quien lo envió. La seguridad de Jesús como misionero radicaba en estar en comunión con su Padre, en vivir en constante relación con él: Yo no hago nada por mi propia cuenta; solamente enseño lo que aprendí del Padre. El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada (Jn 8, 28b-29).

El Espíritu Santo, prometido por el Hijo y enviado por el Padre

Si me aman, obedecerán mis mandamientos,
y yo rogaré al Padre y él les enviará otro Consolador,
para que esté siempre con ustedes
(Jn 14,15-16)

16. El Espíritu Santo aparece comunicando toda la riqueza divina, especialmente en el principio de la vida y en la misión de Jesús: por su acción dadora de vida se encarnó el Misionero del Padre. El Espíritu continuó su obra de prodigalidad ungiendo a Jesús: lo consagró, lo revistió del Amor misericordioso del Padre, a tal grado que se puede afirmar que, gracias a su vigorosa acción, el Hijo pasó haciendo el bien, se ofreció como víctima sin mancha para lavarnos de nuestros pecados y triunfó sobre el pecado y la muerte al resucitar de entre los muertos (cf. Lc 4, 18-21).

17. Pero Jesús no se quedó con el Espíritu, al contrario, comenzó a compartirlo con toda persona de buena voluntad. Ya desde el mismo momento en que lo estaba prometiendo a sus discípulos, ahí mismo comenzaba a realizar lo prometido (cL Jn. 14, 16. 26; 15, 26-27).

18. Además de realizar la propia misión que se le atribuye en la Historia de la salvación, el Espíritu manifiesta que su misión sólo puede ser entendida en comunión con el Padre y con el Hijo. El Padre y el Hijo envían al Espíritu Santo a la Iglesia, misión que inicia desde Pentecostés y que llegará a su cumplimiento hasta el final de los tiempos. En este espacio de salvación, el Espíritu no cesa de repartir misteriosa y abundantemente sus sagrados dones: engendra de modo admirable, a la vez que sencillo, a la nueva Familia de Dios (cf. Hch 2, 1~ 4), guía las decisiones de la Iglesia en momentos cruciales (cf. Hch 15, 22-30), indica las estrategias a seguir (cf. Hch 16, 6s), fortalece y alienta en el momento de las dificultades (cf. Hch 13, 50-52).

19. Esta misión conjunta asocia desde ahora a los fieles de Cristo en su comunión con el Padre, en el Espíritu Divino: el Espíritu impulsa y anima al misionero, le manifiesta al Señor resucitado, le recuerda sus palabras y le da su gracia para que entienda su muerte y su resurrección. Abre la mente y el corazón de los destinatarios para atraerlos hacia Cristo (cf. Hch 8, 29-39). Les hace presente el misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía, para reconciliarlos, para conducirlos a la comunión con Dios, para que den mucho fruto (cf. CEC 737).

20. La Iglesia con todo su ser y en todos sus miembros enriquecidos por diversos dones, carismas y ministerios provenientes de la Trinidad, cuyo amor no tiene fin, ha sido enviada para anunciar y dar testimonio, al estilo de este Dios pródigo en misericordia, para actualizar y extender el misterio de la comunión de la Santísima Trinidad (CEC 738; cf. Jn 17, 18).

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