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Vicaría      de Pastoral

Logotipo de la Misión Permanente en la Arquidiócesis de México

Itinerario Pastoral para la Misión 2000. Norberto Cardenal Rivera Carrera

II. MISIONAR: RAZÓN DE SER DE LA IGLESIA PARTICULAR

EN LA CIUDAD DE MÉXICO

Dios me ha dado todo poder sobre cielo y tierra.
Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos
y bautícenlos para consagrarlos al Padre
al Hijo y al Espíritu Santo,
enseñándoles a poner por obra
todo lo que les he mandado.
Y sepan que yo estaré con ustedes
todos los días hasta el final de los tiempos.
(Mt 28, 18-20)

21. La raíz y fin último de la misión es que como hijos en el Hijo, lleguemos a conocer al Padre, a experimentar su Amor misericordioso y, apoyados en esto, colaborar como Iglesia en la transformación de la sociedad, como expresión concreta de compromiso por la construcción del Reino aquí en la ciudad de México.

22. Como comunidad misionera y de servicio en la caridad a los hombres y mujeres de esta ciudad queremos seguir impulsando la misión de la Iglesia, como forma permanente de la vida pastoral arquidiocesana.

23. La Arquidiócesis de México continúa siendo objeto y sujeto de la misión del Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo. Objeto, porque es permanentemente evangelizada por la acción de este Dios Trino y Uno. Sujeto, porque cada día es enviada a evangelizar las culturas de la Ciudad de México. La naturaleza misionera de esta Iglesia particular se proyecta en la entraña de toda vocación, ministerio y carisma (cf. LG 3 l).

24. Esta Iglesia Particular se ha ido abriendo lenta y dolorosamente al reto que le proponen las diversas situaciones de los hijos del Padre que viven y desarrollan la propia actividad en esta ciudad. El II Sínodo Diocesano quiso recoger este reto y plasmarlo en el Nuevo y Vigoroso Proyecto Misionero como respuesta a la necesidad de evangelizar.

25. Cuatro Asambleas Diocesanas han mostrado diversos aspectos de nuestro caminar juntos. Algunos de los signos esperanzadores arrojados como resultado han sido: la toma de conciencia y apertura misionera de los agentes de evangelización activos; la consolidación progresiva de centros para formar agentes laicos; la preocupación de <<salir del templo>> hacia los más alejados, como una de las expresiones misioneras dentro de la misma Iglesia.

26. En el 2° día de la IV Asamblea Diocesana, viernes 23 de octubre de 1998, resonó el tema del "hijo pródigo": me levantaré e iré a mi Padre.... (Lc 15, 18), tema que toca a los diversos agentes de esta Iglesia particular; se trata de la conversión hacia la propia comunidad y en favor de la misma, como enfoque permanente de la formación continua de todos nosotros. De entre las diversas aportaciones ofrecidas por los participantes, invito a que pongamos especial atención a las siguientes:

27. Que los Obispos, presbíteros y diáconos vivan la conversión al sentido de la misión de la Iglesia, junto con nuestra comunidad, para participar en la conversión de los hermanos; propiciar una actitud permanente de liberación interior de toda desesperanza e indiferencia sobre la eficacia del crucificado; prepararse como agentes de santidad que vivan, al estilo de Jesucristo, el testimonio de encarnación, diálogo, comunión y ofrecimiento de la vida divina, sobre todo a los más alejados del influjo envagélico; redescubrir y valorar la propia vocación y misión dentro de la Pastoral de Conjunto, siendo corresponsables de esta Iglesia particular; aprender a caminar y a buscar la santificación junto con los laicos.

28. Que las religiosas y los religiosos trabajen para hacer visible la necesidad y complementariedad de los diversos carismas dentro del plan pastoral diocesano; de esta forma serán instrumentos para enriquecer la pastoral de conjunto.

29. Que los Laicos, las Organizaciones y los Movimientos busquen capacitarse mejor como agentes de la misión en sectores y ambientes diversos, participen en Consejos para una mayor eficacia misionera y conquisten su derecho a participar en la planeación y toma de decisiones en los diversos foros de la Iglesia arquidiocesana.

30. Por esto, hermanos Obispos, Vicarios Episcopales y Presbíteros todos, valoremos que somos pastores para el Pueblo de Dios. Unámonos, ustedes conmigo y yo con ustedes, en el testimonio de ser los primeros convencidos de la importancia del proyecto de la Misión 2000. Reavivemos nuestro proceso de conversión para la misma. Este es el servicio que nos corresponde en razón del ministerio a nosotros confiado.

31. Les pido, hermanas y hermanos de la Vida Consagrada, que en virtud de que son agentes evangelizadores en diversos ambientes y sectores, fomenten su caminar como representantes de un carisma específico, siempre en comunión con la Iglesia Arquidiocesana.

32. Ustedes, queridos Laicos, esfuércense en proyectar la propia conversión sembrando semillas de justicia y de paz dentro de los campos específicos de su presencia y acción misioneras.

33. Así pues, nosotros todos somos los misioneros de hoy. Fuertes por el Espíritu, aunque débiles por el pecado, a nosotros se nos dirijen las palabras del texto de San Mateo que acabamos de citar (Mt 28,18-20).

34. ¿Cuáles deben ser nuestras actitudes al escuchar estas palabras llenos del Espíritu del resucitado? reconocer el poder sin límites que Jesucristo ha recibido de su Padre, por la fuerza del Espíritu (cf. Ef 1, 10; Col 1, 15-20); escuchar el mandato misionero que nos encomienda (Cf. 1 Co 9, 16); favorecer el que cada hermano salga de sí mismo y tenga un encuentro personal con Cristo (cf. Jn 4, Ss), que le lleve a compartir lo vivido (cf. Jn 1, 35s) y a permanecer fiel en el seguimiento de Jesús (cf. Hch 2, 42-47); celebrar esta identidad misionera a través de los signos acramentales (cf. Jn 19, 34; 1 Jn 5, 6-8); poner en práctica esta identidad participan do en la tarea de compartir lo aprendido con los demás y dando testimonio junto con ellos de la eficacia de estas enseñanzas en la vida diaria (cf. 1 Jn 1, 3; 2 Tim 1, 14); trabajar con nuevos bríos apoyados en la presencia continua de Cristo en cada uno de nosotros (cf. Rm 8, 35-39); colaborar con el Señor para que se haga rea lidad el Plan de salvación del Padre: que Dios sea todo en todos (cf. Apo 21, 1. 5).

35. Como discípulos de Jesucristo, tengamos siempre presente la Regla de Oro del Redentor: "No he venido por mí propia cuenta, sino que Dios me envió". La seguridad de nuestra misión debe apoyarse siempre en trabajar en comunión con Dios Trino y en proyectar lo que hemos aprendido de sus enseñanzas. La fidelidad en esta comunión, nos hará eficaces en el servicio de la caridad fraterna, sobre todo hacia los más alejados y marginados.

36. Bautizados y confirmados en el Espíritu, contamos con la luz para descubrir en Jesucristo nuestra vocación y nuestra misión.

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