II.
MISIONAR: RAZÓN
DE SER DE LA IGLESIA PARTICULAR
EN
LA CIUDAD DE MÉXICO
Dios
me ha dado todo poder sobre cielo y tierra.
Vayan
y hagan discípulos a todos los pueblos
y
bautícenlos para consagrarlos al Padre
al
Hijo y al Espíritu Santo,
enseñándoles
a poner por obra
todo
lo que les he mandado.
Y
sepan que yo estaré con ustedes
todos
los días hasta el final de los tiempos.
(Mt
28, 18-20)
21.
La raíz y fin último de la misión es que como hijos
en el Hijo, lleguemos a conocer al Padre, a experimentar su Amor misericordioso
y, apoyados en esto, colaborar como Iglesia en la transformación
de la sociedad, como expresión concreta de compromiso por la
construcción del Reino aquí en la ciudad de México.
22.
Como comunidad misionera y de servicio en la caridad a los hombres y
mujeres de esta ciudad queremos seguir impulsando la misión de
la Iglesia, como forma permanente de la vida pastoral arquidiocesana.
23.
La Arquidiócesis de México continúa siendo objeto
y sujeto de la misión del Padre, por el Hijo, en el Espíritu
Santo. Objeto, porque es permanentemente evangelizada por la acción
de este Dios Trino y Uno. Sujeto, porque cada día es enviada
a evangelizar las culturas de la Ciudad de México. La naturaleza
misionera de esta Iglesia particular se proyecta en la entraña
de toda vocación, ministerio y carisma (cf. LG 3 l).
24.
Esta Iglesia Particular se ha ido abriendo lenta y dolorosamente al
reto que le proponen las diversas situaciones de los hijos del Padre
que viven y desarrollan la propia actividad en esta ciudad. El II Sínodo
Diocesano quiso recoger este reto y plasmarlo en el Nuevo y Vigoroso
Proyecto Misionero como respuesta a la necesidad de evangelizar.
25.
Cuatro Asambleas Diocesanas han mostrado diversos aspectos de nuestro
caminar juntos. Algunos de los signos esperanzadores arrojados como
resultado han sido: la toma de conciencia y apertura misionera de los
agentes de evangelización activos; la consolidación progresiva
de centros para formar agentes laicos; la preocupación de <<salir
del templo>> hacia los más alejados, como una de las expresiones
misioneras dentro de la misma Iglesia.
26.
En el 2° día de la IV Asamblea Diocesana, viernes 23 de octubre
de 1998, resonó el tema del "hijo pródigo":
me levantaré e iré a mi Padre.... (Lc 15, 18), tema que
toca a los diversos agentes de esta Iglesia particular; se trata de
la conversión hacia la propia comunidad y en favor de la misma,
como enfoque permanente de la formación continua de todos nosotros.
De entre las diversas aportaciones ofrecidas por los participantes,
invito a que pongamos especial atención a las siguientes:
27.
Que los Obispos, presbíteros y diáconos vivan la conversión
al sentido de la misión de la Iglesia, junto con nuestra comunidad,
para participar en la conversión de los hermanos; propiciar una
actitud permanente de liberación interior de toda desesperanza
e indiferencia sobre la eficacia del crucificado; prepararse como agentes
de santidad que vivan, al estilo de Jesucristo, el testimonio de encarnación,
diálogo, comunión y ofrecimiento de la vida divina, sobre
todo a los más alejados del influjo envagélico; redescubrir
y valorar la propia vocación y misión dentro de la Pastoral
de Conjunto, siendo corresponsables de esta Iglesia particular; aprender
a caminar y a buscar la santificación junto con los laicos.
28.
Que las religiosas y los religiosos trabajen para hacer visible la necesidad
y complementariedad de los diversos carismas dentro del plan pastoral
diocesano; de esta forma serán instrumentos para enriquecer la
pastoral de conjunto.
29.
Que los Laicos, las Organizaciones y los Movimientos busquen capacitarse
mejor como agentes de la misión en sectores y ambientes diversos,
participen en Consejos para una mayor eficacia misionera y conquisten
su derecho a participar en la planeación y toma de decisiones
en los diversos foros de la Iglesia arquidiocesana.
30.
Por esto, hermanos Obispos, Vicarios Episcopales y Presbíteros
todos, valoremos que somos pastores para el Pueblo de Dios. Unámonos,
ustedes conmigo y yo con ustedes, en el testimonio de ser los primeros
convencidos de la importancia del proyecto de la Misión 2000.
Reavivemos nuestro proceso de conversión para la misma. Este
es el servicio que nos corresponde en razón del ministerio a
nosotros confiado.
31.
Les pido, hermanas y hermanos de la Vida Consagrada, que en virtud de
que son agentes evangelizadores en diversos ambientes y sectores, fomenten
su caminar como representantes de un carisma específico, siempre
en comunión con la Iglesia Arquidiocesana.
32.
Ustedes, queridos Laicos, esfuércense en proyectar la propia
conversión sembrando semillas de justicia y de paz dentro de
los campos específicos de su presencia y acción misioneras.
33.
Así pues, nosotros todos somos los misioneros de hoy. Fuertes
por el Espíritu, aunque débiles por el pecado, a nosotros
se nos dirijen las palabras del texto de San Mateo que acabamos de citar
(Mt 28,18-20).
34.
¿Cuáles deben ser nuestras actitudes al escuchar estas
palabras llenos del Espíritu del resucitado? reconocer el poder
sin límites que Jesucristo ha recibido de su Padre, por la fuerza
del Espíritu (cf. Ef 1, 10; Col 1, 15-20); escuchar el mandato
misionero que nos encomienda (Cf. 1 Co 9, 16); favorecer el que cada
hermano salga de sí mismo y tenga un encuentro personal con Cristo
(cf. Jn 4, Ss), que le lleve a compartir lo vivido (cf. Jn 1, 35s) y
a permanecer fiel en el seguimiento de Jesús (cf. Hch 2, 42-47);
celebrar
esta identidad misionera a través de los signos acramentales
(cf. Jn 19, 34; 1 Jn 5, 6-8); poner en práctica esta identidad
participan do en la tarea de compartir lo aprendido con los demás
y dando testimonio junto con ellos de la eficacia de estas enseñanzas
en la vida diaria (cf. 1 Jn 1, 3; 2 Tim 1, 14); trabajar con nuevos
bríos apoyados en la presencia continua de Cristo en cada uno
de nosotros (cf. Rm 8, 35-39); colaborar con el Señor para que
se haga rea lidad el Plan de salvación del Padre: que Dios sea
todo en todos (cf. Apo 21, 1. 5).
35.
Como discípulos de Jesucristo, tengamos siempre presente la Regla
de Oro del Redentor: "No he venido por mí propia cuenta,
sino que Dios me envió". La seguridad de nuestra misión
debe apoyarse siempre en trabajar en comunión con Dios Trino
y en proyectar lo que hemos aprendido de sus enseñanzas. La fidelidad
en esta comunión, nos hará eficaces en el servicio de
la caridad fraterna, sobre todo hacia los más alejados y marginados.
36.
Bautizados y confirmados en el Espíritu, contamos con la luz
para descubrir en Jesucristo nuestra vocación y nuestra misión.