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La Parroquia, comunidad para todos. Norberto Cardenal Rivera Carrera


I. CONTINUIDAD DEL CAMINAR ARQUIDIOCESANO

A. El proceso pastoral arquidiocesano y la pastoral parroquial

6. Como culminación de los trabajos sinodales, el 21 de noviembre de 1993 el Cardenal Arzobispo Don Ernesto Corripio Ahumada promulgó el Decreto General del II Sínodo con las líneas pastorales para dirigir y alentar la evangelización de esta ciudad. Comenzaba la tarea de llevar a la práctica las orientaciones sinodales.

7. Al final del 2003 se cumplirán diez años de este proceso iluminado por los dones del Espíritu Santo. Ahora es tiempo oportuno para retomar conciencia de ellos, de la manera como los hemos vivido y de entrever hacia dónde y cómo habremos de orientar nuestros pasos en el futuro.

8. Con el eco todavía de las asambleas sinodales se inició la difusión del contenido del II Sínodo. La aceptación de las líneas propuestas fue contrastante en los diversos ambientes diocesanos: desde el entusiasmo y el compromiso, hasta las dificultades de comprensión o poco convencimiento e interés respecto a la metodología y a las prioridades pastorales.

El Programa Inicial Arquidiocesano (PIA)

9. En noviembre de 1993 fue dado a conocer el Programa Inicial Arquidiocesano, primer impulso para la renovación pastoral. Con su propuesta de programas específicos para áreas estratégicas, como la sectorización y la formación de agentes laicos, invitaba a continuar el trabajo evangelizador, reestructurando tanto el ámbito como la atención pastoral ofrecida por las comunidades parroquiales. Fue un estímulo al ritmo y la creatividad de las parroquias y decanatos.

10. A partir del PIA fue necesario programar acciones dentro de una reforma que visualizara los cambios graduales que requería la estructura pastoral. Así sería posible hacer realidad una Iglesia movida por el espíritu misionero que tuviera como preocupación fundamental prepararse y organizarse para evangelizar en las parroquias y en los distintos ambientes y sectores de la ciudad.

11. Uno de los primeros pasos para coordinar la evolución de los esfuerzos comunes fue el nombramiento del Vicario de Pastoral y la creación de la Vicaría correspondiente, que estuvo antecedida por una Comisión permanente integrada por un grupo de cercanos colaboradores del Sínodo.

12. Enseguida fue configurado un nuevo organigrama del proceso de renovación pastoral. En torno al Arzobispo fue integrado el Consejo Episcopal compuesto por los Vicarios territoriales, el Vicario de Agentes, el Vicario de Pastoral, el Vicario del Área administrativa y el Vicario de Guadalupe con funciones específicas complementarias. En la misma línea fueron agrupados los servicios pastorales en Comisiones y Secretariados.

13. Desde mayo de 1994 se buscó una mayor colaboración de los Decanos para que actuaran como los animadores de la puesta en práctica de los programas pastorales en las parroquias.

14. Esta etapa abrió el camino a la difusión de los contenidos del proyecto misionero, de las necesidades de los destinatarios prioritarios y de las perspectivas necesarias para incorporar a los laicos en la misión evangelizadora. Los programas propuestos, dependiendo de las parroquias y de los presbíteros, se transformaron en impulso o en cuestionamientos.


Las etapas de estructuración del plan arquidiocesano


15. Desde el principio de mi servicio episcopal en esta Iglesia arquidiocesana tuve muy clara la importancia de la formación de los agentes laicos, pues no era posible imaginar una Iglesia diocesana renovada sin la participación activa de los fieles laicos. Para responder a estos requerimientos di mi Orientación Pastoral acerca de la Formación de Agentes Laicos para Acciones Específicas (26 de mayo de 1996), con los criterios fundamentales para los centros de formación.

16. En mi documento Hacia el Plan Pastoral de la Arquidiócesis de México (12 de enero de 1997) señalé el rumbo de los proyectos por venir. En consonancia con la Iglesia universal que se preparaba para celebrar el Gran Jubileo del año 2000, propuse la semblanza de los programas para los tres años siguientes, que culminarían con la Misión 2000. El propósito fue propiciar un proceso de organización que integrara los diversos niveles y sectores de la comunidad arquidiocesana en una visión de pastoral de conjunto. El impulso debía venir desde las comunidades parroquiales, donde se trabaja en forma directa con las personas y los grupos, y desde las instancias diocesanas en sus diferentes niveles.

17. En el Plan Pastoral para 1998 (10 de enero de 1998) y en el Itinerario Pastoral para la Misión 2000 (9 de enero de 1999) insistí en la necesidad de formar nuevos agentes, de modo que las parroquias fueran capaces de generar y acompañar procesos de evangelización.

18. En el programa y orientaciones para La Evangelización Intensiva (5 de febrero del 2000) convoqué a la Arquidiócesis a ponerse en estado de misión. Esta experiencia despertó el entusiasmo y renovó diversas acciones pastorales. Aunque los resultados de la Misión 2000 no lograron llegar a los ambientes más alejados, sí se logró una experiencia eclesial motivadora que abre un futuro esperanzador.

La etapa de perseverancia

19. Una vez celebrado el Jubileo por el fin del milenio, el desafío fue perseverar en el compromiso misionero de evangelizar la ciudad. De ahí surgió la determinación de que la Misión, realizada de manera intensiva durante el año 2000, se convirtiera en La Misión Permanente (25 de diciembre del 2000), como el proceso de inculturar el Evangelio en esta ciudad dentro de una vigorosa pastoral de conjunto (cfr. n 9)

20. En el documento Consolidar el Proceso Misionero (12 de diciembre del 2001) reiteré que la Misión permanente es la opción pastoral de la Arquidiócesis de México, pidiendo a los pastores y a las comunidades interesarse en conocer el sentido de la Misión, sus etapas y los elementos fundamentales de dicho proceso (cfr. n° 47).

B. La importancia de la parroquia dentro del plan pastoral diocesano

21. Antes de celebrarse la VIII Asamblea Diocesana del 2002, la Vicaría de Pastoral convocó a cien párrocos para puntualizar el tema de la parroquia. Al recabar el número de las que habían asumido el proyecto sinodal, resultó el siguiente dato: en promedio, de cada diez parroquias sólo tres están comprometidas en el proceso misionero. Sin absolutizar una cifra, este resultado es coincidente con la voz de los laicos que he escuchado en las distintas vicarías territoriales.

22. Si queremos reafirmar el propósito de transformar la práctica pastoral de nuestra Iglesia local, debemos ocuparnos del ser y quehacer de las parroquias en la ciudad. La parroquia es el lugar de la concretización de todas las etapas pastorales vividas hasta ahora desde la promulgación del Decreto sinodal, y el mejor termómetro del real estado pastoral de la Arquidiócesis.

23. Ocuparnos de la parroquia estimulará la búsqueda conjunta de la metodología pastoral que anime el trabajo habitual de las parroquias, que se refleje en el plan diocesano, lo cual ayudará a moldear la estructura de la Iglesia particular arquidiocesana.

La conversión pastoral

24. Todavía estamos paralizados por la pasividad ante muchas realidades de esta ciudad que están pidiendo ser redimidas y transformadas. La única estrategia válida para superar este desafío es la puesta en práctica de los valores evangélicos, base de la renovación pastoral.

25. La adhesión a Cristo es el origen de la renovación eclesial. Sin este fundamento, todo sería una peligrosa mistificación. Podríamos actualizar las formas y los modos, y hasta conseguir una cierta eficacia administrativa y de organización en el funcionamiento de las parroquias, los decanatos, las vicarías o la diócesis, pero esos logros serían sólo parciales.

26. Consecuencia natural de lo apenas dicho es que seremos Iglesia evangelizadora si los laicos, los consagrados, los diáconos, los presbíteros y los obispos hacemos realidad la conversión evangélica concretizada en la conversión pastoral.

27. La conversión es creíble si se traduce en actitudes y acciones de caridad tales como renunciar a sí mismo, perseverar en la oración, creer en el poder de Dios, construir relaciones fraternas y de comunión, estar siempre dispuestos al perdón, ejercer la autoridad como servicio, realizar lo ordinario y extraordinario con la actitud de ofrendar la vida a Dios a través del servicio a los hermanos.

28. Una renovación así vivida responde a la profunda hambre de Dios con la que diariamente viven y luchan los habitantes de esta gran ciudad. No aspiramos a una transformación que sólo nos haga sentir satisfechos y con la conciencia tranquila; ni a una imagen agradable sólo pensada para la opinión pública. El llamado de Cristo, el Señor, es radical: para ser instrumentos de salvación tenemos que ser testigos creíbles de su Amor, lo que sólo es posible caminando y actuando cotidianamente con Jesucristo y como él lo hizo.

29. Así pues, toda parroquia está llamada a ser la comunidad de comunidades, animadas por el Espíritu, donde las personas puedan encontrarse con Cristo y afianzarse en su seguimiento, por el servicio con el que unos a otros se expresen el amor cristiano y compartan dones y carismas. Demos los pasos concretos para que nuestras parroquias sean comunidades forjadoras de apóstoles, lugar donde encuentren a Jesucristo los que todavía no lo conocen y vuelvan a él los que lo han olvidado. Hagamos de cada parroquia un centro promotor donde los esposos puedan revivir el entusiasmo y la entrega en el amor y la fidelidad que se profesan, donde las familias aprendan a ser escuelas de fe para los hijos y las generaciones más jóvenes.

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