III. CAUCES PARA
LA RENOVACIÓN PARROQUIAL
52.
Al proponerles, en este tercer capítulo del documento, los cauces
o líneas de acción para afianzar y dar continuidad al
proceso de pastoral misionera en la Arquidiócesis, puedo repetir
lo que ya dije en el Itinerario Pastoral para la Misión 2000
(No. 48): "En las Asambleas Diocesanas anteriores y en otras muchas
ocasiones, hemos llegado a la conclusión de que el avance de
nuestra pastoral está condicionado por la respuesta y compromiso
de los Agentes, especialmente de los Presbíteros" (cfr.
OT 1).
53. Hoy, después de otras tres asambleas, podemos decir algo
semejante, aunque con distinto alcance, ya que la respuesta va avanzando,
en número y en calidad, en lo organizativo y operativo, en lo
pastoral y en la espiritualidad. En sintonía con lo dicho en
la VIII Asamblea, quiero insistir en la formación de agentes
ya comprometidos, y en la convocación de otros nuevos (cfr. IPM
54-55) para que se sumen a la misión que el Señor Jesús
ha dejado a su Iglesia.
A. Formación de
agentes laicos para la pastoral parroquial
54. Para la formación de agentes laicos ya se han dado las orientaciones
generales, pero aún permanecen sin concretarse varios aspectos
importantes. Esto se hace evidente cuando se verifica la irregularidad
en el funcionamiento de los CEFALAEs. Expresamos fácilmente que
la formación de los laicos es una prioridad, pero difícilmente
se asume el compromiso que implica. Por eso, cada Vicaría, decanato
y parroquia destinarán más tiempo, personas y recursos
materiales para que sus centros de formación lleguen a integrarse
en la pastoral como generadores de apóstoles y puntos de apoyo
para que las parroquias faciliten la participación de sus miembros
en la evangelización.
55.
El trabajo realizado para definir el plan de formación, elaborar
los programas y el marco organizativo de los centros de formación,
ha tenido un significativo avance, aunque todavía debe completarse.
Es conveniente retomar ese camino, clarificando qué elementos
faltan y marcando tiempos para alcanzarlos. Con base en esa experiencia,
para el futuro inmediato podemos considerar como guía los siguientes
criterios:
56. Cada párroco motivará y acompañará la
formación espiritual y apostólica de sus laicos que desean
prepararse para algún apostolado, mediante el así llamado
"curso propedéutico".
57. Cada decanato promoverá el funcionamiento, al menos, de un
centro de formación para agentes laicos, tomando siempre como
líneas fundamentales las propuestas por la Arquidiócesis.
58. Cada Vicaría realizará un acompañamiento puntual
de sus CEFALAEs, estableciendo una coordinación que garantice
la aplicación de orientaciones y contenidos comunes, evaluando
su funcionamiento y valorando las medidas necesarias para que respondan
de mejor manera a la renovación parroquial.
59. La coordinación arquidiocesana promoverá el intercambio
entre las Vicarías, de modo que el plan diocesano de formación
consolide y enriquezca la participación de éstas, en la
elaboración de los materiales para el estudio y para las experiencias
de vida espiritual y apostólica.
60. El plan atenderá las tres áreas de formación
de un apóstol laico: su crecimiento como discípulo de
Cristo, el conocimiento de su fe y la capacitación para insertarse
como apóstol en la pastoral de conjunto.
61. Dos son los niveles de formación, a saber: el básico
o fundamental y el específico o ministerial. En el segundo nivel,
las comisiones arquidiocesanas y vicariales, cuya encomienda es la animación
de alguna área de pastoral, tendrían que apoyar a los
CEFALAEs con los programas y subsidios que les corresponden, pero adaptados
al plan general, para que resulten en plena continuidad con la formación
básica.
62. Hay que cuidar que el nivel y el lenguaje de la formación
básica de los agentes laicos no reproduzca la formación
teológica de los seminarios, ni tenga como nota predominante
la preocupación académica. Debemos ubicar el alcance de
esta etapa de la formación fundamental, de modo que corresponda
al proceso pastoral y a un lenguaje catequético.
63. En ese mismo sentido debe avanzarse en el área espiritual.
La espiritualidad del laico tiene como base la vocación y dignidad
bautismales, pero posee características peculiares, distintas
a la de los ministros ordenados y consagrados. Su presencia en el mundo
secular requiere una sólida preparación apostólica,
y la promoción de ministerios tanto para el ámbito parroquial
como para todos los ambientes donde habitualmente se desenvuelven los
laicos; son ellos quienes hacen presente a la comunidad creyente en
los diversos ambientes donde desarrollan sus actividades. Todo este
esfuerzo en la formación de los agentes laicos será un
camino importante para la identificación de los ministerios apropiados
a las necesidades pastorales de la ciudad.
B. Formación
permanente del presbítero, Pastor y guía de la comunidad
parroquial
64. Hablar de la renovación de la parroquia
implica hablar del cambio de la mente y del corazón de aquel
que hace cabeza en la comunidad, de tal forma que él continuamente
se esté transformando con la novedad de la vida en Cristo. El
Párroco ha de reavivar, permanentemente, su proceso de conversión
como el servicio que le corresponde en razón del ministerio a
él confiado (Cf. IPM 30). Ha de vivir dicha conversión,
junto con la comunidad; ha de redescubrir y valorar la propia vocación
y misión junto con los laicos (Cf. Id. 27).
65. En varias ocasiones hemos reflexionado juntos sobre estos principios
y otros similares, igualmente importantes, y los hemos tenido presentes
en nuestras asambleas diocesanas. Conviene recordarlos siempre y reconocer
ante la comunidad que necesitamos unos de otros, para contar con parroquias
cada vez más maduras en la misión pastoral y en la vida
espiritual. En la VIII Asamblea se nos hacía esta propuesta:
"Tener unidad de vida entre orar, pensar y actuar". Esto nos
recuerda, a los pastores, lo que escuchamos el día de nuestra
ordenación sacerdotal: "Considera lo que realizas, imita
lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la cruz del
Señor".
66. Ahora el Señor nos hace otro llamamiento y nos da otra oportunidad
para renovarnos como pastores, valiéndonos de la Instrucción
"El Presbítero, Pastor y Guía de la Comunidad Parroquial",
recientemente publicado por la Congregación para el Clero, en
la que se nos exponen fundamentos teológicos de la vida sacerdotal
y se nos ofrecen cauces para llevarlos a la práctica.
67. Pido a los señores Obispos, Vicarios episcopales, que, ayudados
por las instancias arquidiocesanas y guiados por esta Instrucción,
así como de otros documentos del Magisterio -sobre el tema-,
organicen jornadas de estudio, oración y reflexión para
que los ministros ordenados crezcan espiritualmente y respondan adecuadamente
a los reclamos pastorales que se le presenten.
68. En esta misma línea, búsquese a través de un
diálogo abierto con las distintas universidades católicas,
la UPM y con el Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos,
la posibilidad de ofrecer de manera sistemática cursos de actualización
teológica, espiritual y pastoral al presbiterio, inclusive con
la posibilidad de alcanzar un reconocimiento académico.
Las metas de la formación permanente del Presbítero serán,
entre otras:
69. a. Que haya una preocupación muy clara en cada uno de la
pastores por ejercer el servicio de ser signo y constructor de unidad,
atento al surgimiento y al crecimiento de apóstoles laicos, dispuesto
a apoyar a los miembros de la vida consagrada, reconociendo sus carismas
e integrándolos a la pastoral de conjunto.
70. b. Que la unidad se exprese en el compromiso por la pastoral de
conjunto, estando dispuestos y siendo generosos para participar en los
planes diocesanos y llevando a cabo programas interparroquiales.
71. c. Que nos convirtamos "al sentido de Iglesia particular"
(IPM 61), "hacia la propia comunidad y en favor de la misma, como
enfoque permanente de nuestra formación continua" (Id. 26);
y por esta conversión, asumir la Misión permanente como
opción pastoral. (cfr. CPM 47).
72. d. Que la fraternidad entre los pastores sea cada vez más
sólida, de tal manera que ésta se exprese por medio de
una convivencia no sólo de eventos, sino también en acciones
cotidianas. Que se sigan buscando formas más estables de "vida
en común", (Cf. PO No. 8). Que la preocupación de
unos por otros nos lleve a compromisos más efectivos, interesándonos
por el bienestar del hermano y acudiendo a él, sobre todo en
situaciones difíciles.
73. e. Que los recursos, de los que somos administradores, estén
siempre al servicio común, canalizándolos adecuadamente
para la realización de programas pastorales, misioneros, litúrgicos,
de la caridad etc. Esto implica el fiel cumplimiento de las prescripciones
diocesanas en esta materia, pero también una mayor sensibilidad
para superar desigualdades entre los pastores y entre las comunidades.
74. f. Que tales esfuerzos estén sólidamente apoyados
en el diálogo fraterno y oportuno entre los pastores, según
los distintos niveles de responsabilidad, a saber: de los presbíteros
entre sí, de los presbíteros con el Obispo, de los obispos
entre sí. En este espíritu de diálogo se fomentará
la disponibilidad para hacer la voluntad de Dios, en donde él
los llame a través de la voz de la autoridad correspondiente.
C. Promoción
vocacional sacerdotal
75. Aunque estén repuntando las vocaciones sacerdotales, todavía
son pocos los que anualmente ingresan al Seminario y los que son ordenados,
en comparación con las necesidades pastorales.
76. Hemos de cuidar, por lo tanto, la sólida formación
espiritual, humana, intelectual y apostólica de los seminaristas
y la formación permanente de los sacerdotes (MP 109). Como Iglesia
procuremos que la presencia de los sacerdotes entre el pueblo no sólo
no venga a menos, sino que sea cada vez más fuerte y apreciada.
77.
Durante las reflexiones de la VIII Asamblea Diocesana, en el grupo formado
por el Consejo episcopal uno de los principales problemas que atendimos
fue el de la promoción de los candidatos a la vida sacerdotal.
Nos damos cuenta de la urgencia de redoblar esfuerzos en todos para
que los resultados sean mejores, a plazos más o menos inmediatos.
En consonancia con tales reflexiones presento los siguientes requerimientos:
78. a. Todos los agentes de pastoral, especialmente cada párroco
en su parroquia, estimulados por los Vicarios episcopales, fomenten
la oración por las vocaciones sacerdotales, así como otras
variadas formas nacidas del interés y la creatividad, de tal
manera que, al tiempo que imploramos la ayuda de Dios, alentamos la
corresponsabilidad de las comunidades en el surgimiento y cultivo de
las vocaciones sacerdotales.
79. b. El Rector del Seminario conciliar, en coordinación con
los Promotores vocacionales, elaboren un plan sencillo encaminado a
suscitar o acrecentar, especialmente en los párrocos, el interés
por descubrir y cultivar los gérmenes de vocación sacerdotal
que, por gracia de Dios, existen en algunos jóvenes, adolescentes
o niños. Es necesario, en esta línea, distinguir la promoción
vocacional sacerdotal, que es la que habrá que enfatizar en este
tipo de trabajo, de la pastoral vocacional, que también ocupa
un lugar muy importante en el quehacer de la Diócesis, pero que
tiene otros alcances.
80.
c. En la promoción vocacional para la vida sacerdotal diocesana,
cada Vicaría tomará como punto de apoyo las parroquias
que tengan mayor disponibilidad y capacidad de respuesta. De estas parroquias
estará debidamente enterado el Vicario episcopal, para que les
dé cuidadoso seguimiento.
81.
d. Los superiores del Curso Introductorio y los del Seminario Menor,
encabezados por el P. Rector y en coordinación con los Promotores
vocacionales arquidiocesanos, preséntenme por escrito, en forma
clara y sucinta, los criterios y requisitos para el ingreso de los candidatos
al Seminario, mismos que difundirán entre el clero, sobre todo
a través de encuentros grupales.