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Vicaría      de Pastoral

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"...manténganse firmes e inconmovibles;
trabajen sin descanso en la obra del Señor..."
1 Cor 15, 58

I. HACIA UNA MISIÓN PERMANENTE

1. Para responder al reto de evangelizar

¿Qué respuesta puede ser suficiente para evangelizar a la Ciudad de México?

Tendría que ser una presencia llena de entusiasmo, de cercanía, de entrega comunión y caridad. Un testimonio vivo de la fe en Jesucristo.

La valentía de los apóstoles en Pentecostés, el incansable trabajo de San Pablo, la alegría de vivir y convicción de los primeros cristianos, son signos patentes que nos hablan de la fuerza que es capaz de infundir el Espíritu Santo.

Ese don es lo único que puede ser respuesta: el espíritu misionero que mueve al apóstol, que penetra toda la persona y compromete su vida con la Misión del Salvador del mundo.

No será eficaz ninguna forma intermedia, pues la medida ya está señalada: la cruz, la entrega de la vida. Y este llamado, que es para todos, es a tiempo completo, involucra la vida entera de la persona.

Para "actualizar" nuestra vocación procuraremos recrearla hacernos conscientes de que está vigente, porque el Amor que nos llamó no se cansa ni se arrepiente.

2. Cuestionamiento para el que ha sido llamado

En el Apocalipsis del apóstol San Juan hay una palabra que puede ayudarnos a entender cómo ve el Señor a quienes nos llama a colaborar en su obra: "Yo sé todo lo que haces; conozco tu duro trabajo y tu constancia, y sé que no puedes soportar a los malvados... Has sido constante, y has sufrido mucho por mi causa sin desmayar. Pero tengo una cosa que reprocharle: que dejaste enfriar el primer amor" (Ap 2,2-4).

El Señor reclama a la Iglesia de Éfeso que ha perdido el primer amor y la invita a volver a él. Así podrá mantener su lugar de metrópoli religiosa.

También hoy, el Señor podría dirigir el mismo "reproche amoroso" a algunos de sus elegidos, en especial a quienes ha confiado ser pastores de un Comunidad. Ciertamente reconoce el trabajo desgastante de la parroquia; reconoce la defensa de la grey ante los malvados; reconoce y agradece todas las fatigas y cansancio a favor de los que Él les ha encomendado cuidar y acompañar. Pero, hay un pequeño detalle que les descubre al hablarle a cada uno: "ya no tienes el mismo amor que al principio".

El inicio de toda misión, de toda tarea evangelizadora, debe comenzar volviendo al amor primero. Sólo retornando al fervor del primer encuentro, se es capaz de reavivar esfuerzos, que superen los años que se cargan encima, los fracasos y aún las miserias propias. Para emprender una nueva misión hay que volver al lugar de aquel encuentro que dio la capacidad de dejarlo todo (Cf. Mt 4,18-22), para ir al seguimiento del Señor:

"Así dice el Señor: Recuerdo tu amor de juventud, tu cariño de joven esposa, cuando me seguías por el desierto, por una tierra sin cultivar" (Jer 2, 2).

El primer paso de la misión no consiste en salir a la búsqueda de la oveja perdida, sino en dejarse reencontrar por el amado.

¡Que el Espíritu Santo suscite en nosotros la disposición de regresar a las manos amorosas del alfarero! (Cf. Jer 18, 6).

3. Una reflexión a fondo para nuestra Iglesia Local

Como Cuerpo Eclesial que se pregunta sobre su razón de ser y misión, no podemos conformarnos con una pastoral de acciones intermitentes, incapaces de transformar la inercia habitual que contrasta con el dinamismo y creatividad de los Apóstoles del Evangelio.

Evangelizar no es una tarea para "tiempos fuertes". La necesidad no es de "un momento" de misión, sino de una misión permanente. Lograr que nuestras Comunidades y sus Agentes maduren un "estado de misión" "como forma permanente de vida pastoral diocesana" (PP 98, n° 5). Para lograrlo debemos convertir a la Arquidiócesis de México en "formadora de misioneros" (ídem).

Pero, ¿por qué se llegó a esta conclusión? ¿qué signos se descubrieron al contemplar el rostro de la Iglesia de la Ciudad de México? ¿por qué la "necesidad imperiosa de replantear a fondo su misión pastoral"? (DG n° 34).

Los signos contrastantes con los que el Espíritu sigue iluminando nuestro proceso eclesial tienen que ver con nuestra forma de ser Iglesia en medio de la sociedad urbana y su evolución compleja y acelerada:

  • Comunidades eclesiales que viven una pastoral de conservación, absortas en sus acciones "ad intra".
  • Sociedad con horizontes abiertos, con información constante que rompe distancias y tabúes.
  • Práctica pastoral que no muestra claridad en sus objetivos y planes, incapaz de romper con la inercia que sigue generando un creciente número de bautizados no evangelizados.
  • Sociedad en crisis por la relativización de los valores humanos y de fe, que muestra en la familia desintegrada su rostro más representativo.
  • Vida eclesial sin dinamismo, sin fuerza de testimonio, que no atrae ni cuestiona, que dice muy poco a los indiferentes y alejados.
  • Sociedad cada vez más secularizada.
  • Laicos manteniéndose sin protagonismo y como un potencial evangelizador poco apoyado y promovido.
  • Sociedad civil que reclama y exige participar en las decisiones.
  • Vida eclesial ordinaria distanciada de los anhelos, necesidades y luchas del cuerpo social. Y, sin mucha preocupación por buscar cercanía e involucrarse en las realidades "profanas" que le parecen ajenas.
  • Multiplicación de grupos y organizaciones sociales interesadas en generar un cambio para el bien común.
  • Testimonio de caridad insuficiente y mal organizado.
  • Grandes sectores sociales desprotegidos y en pobreza extrema.
  • Falta de atención pastoral para la juventud, que se refleja en su ausentismo e indiferencia y en la falta de vocaciones consagradas.
  • Una sociedad integrada mayoritariamente por jóvenes.
  • Incapacidad para adecuar el lenguaje de Iglesia a las formas y modos de las culturas que conviven en la Ciudad.
  • Ambiente social desconfiado a las palabras y promesas...

Todos son retos que nos rebasan con mucho si pretendemos responder sólo con nuestras fuerzas. Pero, estamos ante este desafío porque el Señor nos puso en el sendero de los Apóstoles.

Por eso, sólo Él puede ayudarnos a tener el espíritu misionero para anunciar con eficacia su Evangelio.

4. Lo que nos pide una "Misión Permanente"

Toda acción evangelizadora tiene su fundamento en la acción del Espíritu Santo. Jesús lo envía como fuego para transformar interiormente a los discípulos y hacerlos sus enviados. Esta obra de instauración del Reino es el designio amoroso del Padre.

Procuremos profundizar ese plan de Dios para que, como discípulos y comunidad creyente, respondamos a las exigencias de la Misión.

No olvidemos el fundamento de nuestro apostolado (Cf. 1Cor 3, 9-11):

  • una conciencia profunda de ser instrumentos del Amor del Padre;
  • la convicción de que sólo Cristo, por su muerte y resurrección, es el mensaje personal del Padre que nos redime, encomendándonos el anuncio de esta Buena Noticia;
  • y, la esperanza inquebrantable en la acción del Espíritu que actúa en todos.

La meditación constante del porqué y para qué somos elegidos y enviados retroalimenta nuestra alegría y nuestra fuerza.

PARA PROFUNDIZAR

"Sabe también la Iglesia que aún hoy día es mucha la distancia que se da entre el mensaje que ella anuncia y la fragilidad humana de los mensajeros a los que está confiado el Evangelio..." (GS 43).

    1. Según el momento que vivo, ¿qué necesito para 'actualizar' mi vocación misionera?
    2. ¿ Qué le hace falta a nuestra Arquidiócesis para poner en práctica una pastoral misionera?
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