"Consideren
el amor tan grande
que nos ha demostrado el Padre
"
Jn 3, 1
II.
EL AMOR, ORIGEN DE LA MISIÓN
1.
La Santísima Trinidad, fundamento misionero
En
la historia de Salvación todo parte de la Trinidad, que llama
a la vida y crea todo lo que existe; y todo culmina en la Trinidad,
cuando la humanidad salvada se encuentre cara a cara con las Personas
Divinas.
"...ahora
somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos.
Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque
lo veremos tal cual es" (1 Jn 3, 2).
El
Misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de nuestra
fe, de la vida cristiana y de toda vocación apostólica
y sacerdotal.
"Toda
la historia de salvación no es otra cosa que la historia del
camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único,
Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a
los hombres, apartados por el pecado, y se une a ellos" (CEC
234). Un Dios trino y uno que es amor y que ama con predilección.
La
Trinidad de Dios se nos descubre como iniciativa de Amor que busca la
cercanía personal con su creatura.
No
existimos por casualidad: nuestro nombre ha sido pronunciado desde la
eternidad; Dios nos conoce y nos ama desde siempre.
Dios
Trinidad es Comunión de Personas que crea dando la vida y, también,
fuerza de Amor que congrega.
El
hombre no es el primero que busca a Dios; es Dios el primero que busca
al hombre. Dios es un Padre que nos ama con una ternura sin límites.
Ser hijos de Dios es una realidad concreta: nuestra vida está
en manos del Padre, que nos ha hecho suyos por medio de su Hijo, y actúa
junto a nosotros por el Espíritu para llevamos a la salvación.
Dios
se revela como Trinidad en su acción salvadora. A los que elige
los sostiene con su Amor, los purifica con la Pascua y los convierte
en luz por su Gracia.
2.
Las misiones Trinitarias y la misión de la Iglesia
En
el centro de la fe de la Iglesia está el hecho de que el Hijo
fue enviado por el Padre al mundo como Salvador, misión que realizó
visiblemente en su historia humana hasta su ascensión.
A
ésta sigue otra misión: el Padre y el Hijo envían
al Espíritu Santo a la Iglesia, misión que empezó
a realizar en Pentecostés y sigue realizando hasta el retorno
del Señor glorioso.
Por
otra parte, Cristo, enviado del Padre, envía a su vez a los apóstoles
a todo el mundo a realizar una misión: "como el Padre
me envi6, también yo los envío. Dicho esto sopló
sobre ellos y les dijo: 'Reciban el Espíritu Santo'"
(Jn 20, 21-22). Como Él había sido ungido por el Espíritu
cuando fue bautizado para inaugurar la misión recibida del Padre,
así también les comunica su Espíritu a los Apóstoles
para que ellos realicen fa misión que Cristo les había
encargado. Desde Pentecostés, el Espíritu guía
a la Iglesia en la realización de esa misión.
Las
misiones Trinitarias de Cristo y del Espíritu y la misión
de la Iglesia tienen el mismo objetivo: la salvación de los hombres
mediante la fe en Jesucristo el Resucitado, es decir, el establecimiento
del Reino de Dios en el mundo y en la historia humana, en orden a participar
del mundo futuro de la esperanza cristiana (Cf. HERRERA ACEVES, J. J.,
en: La urgencia de la actividad misionera; UMP, México, 1992;
pp.27-28).
Pero
la salvación definitiva se consumará cuando Cristo vuelva
glorioso al mundo. Esta segunda venida también es llamada "misión":
"Por tanto, arrepiéntanse y conviértanse para
que sean borrados sus pecados. Llegarán así tiempos de
consuelo de parte del Señor, que les enviará de nuevo
a Jesús, el Mesías que les estaba destinado. El cielo
debe retenerlo hasta que lleguen los tiempos en que todo sea restaurado..."
(Hch 3, 19-21).
La
misión de la Iglesia, que es humilde servicio de colaboración
con Dios, tiene su origen en las misiones de Cristo y del Espíritu.
Cristo
resucitado envía a los Apóstoles hasta los confines de
la tierra; el Espíritu es quien guía la misión
y hace misionera a toda la Iglesia, en especial a aquellos que están
puestos como guías de la misma. Así, el Espíritu
Santo es el protagonista de la realización de la misión
de la Iglesia.
"Así
se manifiesta toda la Iglesia como una muchedumbre reunida por la unidad
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Vat II,
LG 4).
La
actividad misionera tiene como último fin la glorificación
de Dios: "por medio de la actividad misionera, Dios es glorificado
plenamente cuando los hombres reciben plena y conscientemente su obra
salvadora que completó en Cristo
cumpliéndose el
designio de Dios para que los regenerados en Cristo por el Espíritu
Santo, contemplando unánimes la gloria de Dios, puedan decir
Padre Nuestro" (Vat II, AG 7; Cf. LG 17). La misión
anuncia y promueve la conversión al amor ya la misericordia de
Dios (Cf. RM 23).
3.
Dios es Amor y la misión brota del Amor
Nosotros
hemos sido creados para participar del Amor Divino, y la vocación
apostólica cobra su sentido más originario en base a ese
Amor. El hombre y todo ministerio de fe, provienen de un misterio de
amor personal; y ahí está la clave de la vida y de toda
misión; sólo cuando sabemos que provenimos del amor y
que volvemos al amor, superando el sufrimiento y la muerte, es cuando
podemos dar lo mejor de nosotros mismos con desinterés y alegría.
Quien
ha sido llamado a la misión, debe incrementar su conciencia de
que tiene una dignidad divina porque se sabe amado por Dios, por un
Amor que no le corresponde como creatura: "Me amó y se
entregó por mí" (Gál 2, 20). Día
con día, debe experimentarse amado por el Padre en el mismo amor
con el que ama a su Hijo, participando de su filiación divina
por medio del Espíritu.
PARA
PROFUNDIZAR
"Como
el Padre me ama a mí, así los amo yo a ustedes. Permanezcan
en mi amor" (Jn 15,9).
-
¿En
qué momento de mi vida me dí cuenta de la elección
amorosa que hacía Dios de mí?
-
Esa
elección, ¿cómo la vivo hoy?