1.
Conversión: optar por Jesús para ser enviado
Convertirse
es salir de uno mismo y decidirse por Dios. Se trata de una opción
por un cambio radical en el modo de pensar y de vivir. Es aceptar
con sinceridad y coherencia a Dios como Padre y creer en la posibilidad
de realizar aquel «algo más» anunciado y practicado
por Jesús; aceptar la llamada a trabajar por los demás
con generosidad para que también ellos puedan creer en ese
«algo más» y lo vivan (Cf. Lc 6, 20-36). De esa
manera se descubrirá que convertirse en hijo de Dios y hermano
de los demás es ya un signo de la gracia del Reino que Dios
hace brotar entre nosotros.
Convertirse,
por tanto, es liberarse de todo lo que condiciona la existencia para
entrar en un proceso de crecimiento y madurez. La fe, raíz
de la conversión, consiste en creer que es posible lo que parecía
imposible (Cf. Lc 18,27), gracias al amor de Dios que quiere la salvación
del hombre (Cf. 1 Tim 2, 4).
La
conversión siempre es el primer paso que da el discípulo
para estar dispuesto a ser enviado. Esa fue la experiencia de los
primeros discípulos, y sigue siendo la exigencia para la Comunidad
creyente: "la Iglesia siempre tiene necesidad de ser evangelizada,
si quiere conservar su frescor, su impulso y su fuerza para anunciar
el evangelio... la Iglesia que se evangeliza, a través de una
conversión y una renovación constantes, para evangelizar
al mundo de manera creíble" (EN 15).
Cuando
no estoy dispuesto a la conversión se rompe la posibilidad
de que el Evangelio fluya a través de mí. La actitud
de conversión se manifiesta en que se mantiene la puerta abierta,
disponible para Jesús: "¿Qué debemos
hacer?" (Hch 2,37): ¿Qué debo hacer, Señor?
Es
indispensable la actitud de cambio porque el Espíritu actúa
en nosotros la conversión como una nueva creación que
supera nuestras expectativas y posibilidades: "Pues, por gracia
de Dios han sido salvados, por medio de la fe. Ustedes no tienen mérito
en este asunto: es un don de Dios...Lo que somos es obra de Dios:
él nos ha creado en Cristo Jesús..." (Ef 2,
8.10).
Convertirse
es pedir a Jesús que nos dé todo lo que nos falta, porque
se tiene la conciencia de las propias carencias, tan fundamentales
que sólo El puede saciar: "Señor, dame de esa
agua..." (Jn 4, 15).
La
conversión llena de humildad el corazón, permite decir
con verdad: "cuando me siento débil, es entonces cuando
soy fuerte" (2 Cor 12, 10). Esa claridad para saberse instrumento
de Dios capacita para escuchar el "sígueme" y estar
dispuesto y preparado para dejar todo ya todos para caminar tras Él
(Cf. Lc 5, 27-28).
Estar
dispuesto a la conversión y tener la conciencia de que Dios
es el que actúa la salvación, son condiciones necesarias
en el seguimiento de Jesús, pero eso no es todo, "falta
algo más" (Lc 18, 22): la renuncia total a la herencia
terrena.
Para
que el discípulo pueda llegar a ser Apóstol del Señor
necesita una fe radical. La vocación bautismal es un proceso
de conversión del corazón, que se renueva y se profundiza,
pero que ya, desde el primer momento, es una opción total por
Jesús.
Desde
el día de nuestro bautismo la propuesta está realizada,
pero existen obstáculos (Cf. Lc 9, 57-62) para que la fe se
manifieste radicalmente, y estemos dispuestos a romper ataduras ya
dejar atrás todo sin ningún apego.
Eso
es lo que Jesús quiere de nosotros: una disponibilidad y entrega
total. La vocación misionera la tenemos ofrecida, pero a diario
debemos responder. Es un trabajo largo, constante, nunca acabado.
Y, el Señor nos amina a la perseverancia pues ha puesto en
nuestras manos la misión: "Ustedes son la sal de la
tierra; pero si la sal pierde su sabor, 'con qué se salará?"
(Mt 5, 13).
Optar
por Jesús no es un momento dulce y emotivo. Optar por Jesús
es conversión, son momentos de ruptura (Cf. Mt 10, 37-39).
Es un paso cualitativo que hace sufrir, que exige arriesgarse. Es
saltar fuera y romper con el lugar donde se encuentra seguridad porque
así es el camino por donde el Señor nos pide seguirlo:
"Los zorros tienen guaridas y los pájaros del cielo
nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza"
(Mt 8, 20).
La
opción es exigente pero voluntaria. Se toma conciencia de lo
que nos falta y que sólo con Jesús podemos tener. Cuando
aceptamos el proyecto del crucificado sobre nosotros se convierte
en alegría. Alegría que llega siempre con la experiencia
de la entrega.
La
conversión es, entonces, optar por Jesús de manera radical.
Estos son los términos del llamamiento para el que quiera ser
discípulo: aceptar una maduración por medio del despojo
de sí (Cf. Flp 2, 5-8), para que ninguna atadura le impida
ser enviado a donde el Señor lo necesite.
2.
Seguimiento de Cristo: maduración para la misión
Ser
discípulo es estar tras de Jesús, estar con Él.
¿Qué más podría pedir alguien? Sin embargo,
no cualquiera lo resiste, siempre hay que estar dispuesto a caminar,
a desarraigarse, a convertirse en enviado, como Cristo, para quien
los Misterios de la Encarnación y Redención son "un
anonadamiento que, no obstante, está impregnado de amor y expresa
amor. La misión recorre este mismo camino y tiene su punto
de llegada a los pies de la cruz" (RM 88).
La
cercanía con Cristo no es fácil. Es una constante propuesta:
"si quieres... vete... vende... dalo... y, después, ven
y sígueme". El discipulado es un seguimiento que pide
sencillez, no llevar cosas de más; al misionero se le pide
"renuncia a sí mismo ya todo lo que tuvo hasta entonces
ya hacerse todo para todos" (Vat II, AG 24).
Esta
renuncia de sí mismo y de todo es la pobreza que lo deja libre
para el Evangelio:
"Siendo
como soy plenamente libre, me he hecho esclavo de todos, para ganar
a todos los que pueda... Me hecho débil con los débiles,
para ganar a los débiles. He tratado de adaptarme lo más
posible a todos, para salvar como sea a algunos. y todo eso lo hago
por el evangelio, del cual espero participar" (1 Cor 9, 19.22-23).
Mientras
maduran su fe, los discípulos son llevados de la mano, Jesús
se deja acompañar por los que él llama. Nuestra perseverancia
en el seguimiento de Cristo depende de que continuemos nuestra conversión
y de que entablemos una relación personal con Él.
"Les
he dicho todo esto, para que puedan encontrar la paz en su unión
conmigo. En el mundo encontrarán dificultades y tendrán
que sufrir, pero tengan ánimo, yo he vencido al mundo"
(Jn 16,33).
Debemos
aprender a poner toda nuestra confianza en Él, que camina delante
de nosotros.
¿Cómo
ha llegado a ser mi confianza en Jesús? La confianza es el
termómetro de mi maduración como discípulo.
El
crecimiento del discípulo se ve en los momentos claves de la
vida, cuando hay que confiar. Son etapas cualitativas de fe. La pregunta
del Señor es siempre la misma "¿Todavía
no tienen fe?" (Mc 4, 40).
Si
aflora el miedo y la preocupación excesiva, aún no hemos
madurado lo suficiente. Todavía la paz no nos invade porque
no hemos caído en la cuenta con quién estamos caminando.
Nunca estamos solos ni desamparados. El Señor nunca nos deja,
de forma especial en los momentos difíciles y oscuros.
"No
se vende un par de pájaros por muy poco dinero? Y sin embargo
ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita el Padre. En cuanto
a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados.
No teman, pues ustedes valen más que todos los pájaros"
(Mt 10, 29-31).
La
confianza echa fuera el miedo. El miedo y la confianza no viven juntos.
Así,
el discípulo que ama supera el miedo al esfuerzo y a los retos.
Se inicia en la experiencia de sentirse seguro aunque humanamente
no tiene razones para ello. Su sostén es el Señor:
"Antes
de la madrugada, Jesús se acercó a ellos caminando sobre
el lago. Los discípulos, al verlo caminar sobre el lago, se
asustaron y decían: -'Es un fantasma'. Y se pusieron a gritar
de miedo. Pero Jesús les dijo en seguida: - iÁnimo!
Soy yo, no teman'. Pedro le respondió: -'Señor, si eres
tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas'. Jesús
le dijo: -'Ven'. Pedro saltó de la barca y, caminando sobre
las aguas, iba hacia Jesús. Pero al sentir la violencia del
viento se asustó y, como empezaba a hundirse, gritó:
-'¡Señor, sálvame!' Jesús le tendió
la mano, lo levantó y le dijo: -Hombre de poca fe! ¿Por
qué has dudado?"' (Mt 14, 25-31).
El
Señor nos prepara a cada uno de manera diferente, pero siempre
con el mismo propósito de confiarnos su misión. Con
creces, nos devuelve la confianza.
3.
La Profesión de fe: inicio del testimonio de lo que se cree
y se vive
El
que tiene una buena noticia, un hecho que lo llena de entusiasmo,
ansía comunicarlo a los demás.
La
profesión de fe es expresión de que la primera opción
ha evolucionado hacia una verdadera elección de vida. Hacia
una forma de ser paciente, perseverante y llena de esperanza para
enfrentar los problemas.
Así,
evangelizar querrá decir, para un enviado a nuestra sociedad,
enseñar a leer, en el "silencio" de unos signos y
acontecimientos pobres, la presencia y la cercanía de Dios.
Pero, el apóstol que no pudiera presentar la propia experiencia
de Cristo en su forma de vivir, decepcionaría a quienes buscan
a Dios.
El
Apóstol es el que pone a los demás en contacto con Jesús.
Todo lo que hace lo hace en nombre de Jesús. Lo propio del
enviado, del misionero, es poner a los demás en contacto con
la fuente que lo llenó de alegría (Cf. Hch 2,32). Nuestra
sociedad, por sus especiales características, necesita ver
y encontrar personalmente testigos vivenciales de la presencia de
Dios. Estos testigos, por su rica sensibilidad -que es obra de la
gracia son portadores de una experiencia de encuentro con Cristo resucitado
(Cf. EN 76).
"El
hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los
maestros; cree más en la experiencia que en la doctrina, en
la vida y en los hechos que en las teorías. El testimonio de
vida cristiana es la primera e insustituible forma de la misión:
Cristo, de cuya misión somos continuadores, es el «Testigo»
por excelencia" (Ap 1, 5; 3, 14; RM 42).
Anunciar
el Evangelio es una necesidad para el que es elegido apóstol.
La presencia que ha cambiado su vida le urge interiormente a comunicarla:
"...anunciar el Evangelio no es para mí un motivo de
gloria; es una obligación que tengo, ¡Y pobre de mí
si no anunciara el Evangelio!" (1 Cor 9, 16).
El
discípulo que da el paso exigente de aceptar la misión
de Cristo como propia, realiza su profesión de fe e inicia
su camino de apóstol (Cf. Mc 8, 29; Jn 21, 15-18).
4.
Las acciones de los Enviados, frutos del Espíritu
Antes
de anunciar el Evangelio al mundo, los discípulos de Jesús
tendrán que abandonarse a! poder de Dios, que sostiene su debilidad.
El Espíritu del Resucitado que se derramará sobre ellos
los hará testigos de la vida y de la resurrección de
Jesús. Sin esta entrega incondicional al Espíritu, pobres
como eran, nunca habrían podido estar a la altura de la misión
que se les había encomendado.
Sólo
dejándose inundar por la fuerza del Espíritu podrán
comprender el proyecto de Dios que se va realizando en la historia,
podrán asimilarlo y dar testimonio de él. El mismo Espíritu
que resplandece en la existencia gloriosa de Jesús se derramará
sobre los apóstoles. Con su fuerza divina, llegará también
a través de sus obras hasta los hombres, para que el Reino
de Dios sea fermento de renovación y de transformación
de la historia.
Esta
es la promesa de Jesús: "El Espíritu Santo,
que enviará el Padre en mi nombre, será quien les enseñe
todo y les vaya recordando todo lo que les he dicho" (Jn
14, 26); "Cuando el Espíritu Santo descienda sobre
ustedes, recibirán fuerza para ser mis testigos" (Hch
1, 8).
Y,
Pentecostés llega (Cf. Hch 2, 2-4) provocando los frutos que
Jesús había prometido: los discípulos son capacitados
como testigos del poder de Dios y de la fuerza de su Amor que une
lo disperso.
Comienzan
los Apóstoles a realizar las obras de Jesús, y todos
están sorprendidos. Humanamente siguen siendo pobres hombres:
"No tengo plata ni oro" (Cf. Hch 3, 2-8), sin embargo,
actúan en "nombre de Jesús" y se manifiesta
a través de ellos la fuerza del Espíritu de Dios: "Entonces
Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Jefes del pueblo
y ancianos de Israel, hoy ha quedado sano un hombre enfermo, y nos
preguntan en nombre de quién se ha realizado esta curación;
pues sepan todos ustedes y todo el pueblo de Israel que este hombre
aparece sano ante ustedes en virtud del nombre de Jesucristo Nazareno,
a quienes ustedes crucificaron, ya quien Dios ha resucitado de entre
los muertos..." (Hch 4, 8-10).
Los
discípulos saben que no actúan por su cuenta. Escuchando
la voz del Espíritu, 10$ apóstoles toman conciencia
de que, con ellos, se han inaugurado tiempos nuevos, una Comunidad
en camino, a quien el Espíritu apremia a renovarse incesantemente,
para que no deje de ser semilla del Reino.
Dios
escogió para el Hijo el camino de la debilidad y de la humillación;
para su Iglesia escoge hombres pobres, frágiles, humildes.
Pero la presencia de Cristo y de su Espíritu, convierte a estos
hombres en una comunidad unida por el amor, y valerosa en el testimonio.
San Pablo escribe a los Corintios: "...tengan en cuenta quiénes
han sido llamados, pues no hay entre ustedes muchos sabios según
los criterios del mundo, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. Al
contrarío, Dios ha elegido lo que el mundo considera necio
para confundir a los sabios; ha elegido /o que el mundo considera
débil para confundir a los fuertes; ha elegido lo vil, lo despreciable,
10 que no es nada a los ojos del mundo para aniquilar a quienes creen
que son algo" (1 Cor 1, 26-28).
Nuestra
fuerza no nace de nosotros, podemos ser testigos porque somos enviados
y el Espíritu va con nosotros.
Así,
en nombre de Jesús, en fidelidad a la vocación recibida,
sembremos la Palabra con la vida. El Espíritu nos permitirá
comprender el tiempo de Dios para que la semilla germine, dar testimonio
de Jesús vivo y confiar en su acción siempre eficaz.
Todo
lo que realiza el apóstol en favor del evangelio es fruto del
Espíritu: "Ni siquiera somos capaces de pensar que
algo procede de nosotros, sino que nuestra capacidad procede de Dios,
el cual nos ha capacitado para ser ministros de una alianza nueva,
basada no en la letra de la ley, sino en la fuerza del espíritu..."
(2 Cor 3, 5-6).
PARA
PROFUNDIZAR
"Yo
te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has
escondido estas cosas a los sabios y prudentes, y se las has dado
a conocer a los sencillos. Si Padre, así te ha parecido bien.
Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre,
y al Padre lo conoce sólo el Hijo y aquél a quien el
Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están
fatigados y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo
y prendan de mí, que soy sencillo y humilde de corazón,
y encontrarán descanso para sus vidas. Porque mí yugo
es suave y mi carga ligera" (Mt 11, 25-30).