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Vicaría      de Pastoral

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"...por la gracia de Dios soy lo que soy..."
I Cor 15,10

III. EL CAMINO PARA CONVERTIRSE EN APÓSTOL

Quien es elegido y llamado por Jesucristo comienza un itinerario que el Señor califica en el Evangelio como "puerta estrecha y camino angosto" (Mt 7, 14).

Se inicia un proceso que eslabona conversión -adhesión a Jesús-, seguimiento -conocer a Jesús y sus exigencias-, profesión de fe -testimonio de una fe madura- y envío -el discípulo se transforma en apóstol del Señor-. Este no es un proceso lineal, sino que se da como un movimiento espiral que retroalimenta su fuerza volviendo a su eje para impulsarse más lejos.

En el silencio de nuestro interior miremos a la Luz de quien nos ha llamado cómo está nuestro caminar.

Señor, ¿dónde estamos con respecto a lo que tú quieres de nosotros?

Concédenos, Señor,
el valor de examinarnos con verdad,
reconociendo que estamos muy lejos
del ideal que tú propones,
que nos sentimos comprometidos
y al mismo tiempo inquietos por tus palabras;
concédenos vivir con serenidad y paz el camino
que nos has puesto por delante,
porque deseamos llegar a su término
fiándonos de ti,
que nos has "amado y nos llamas.
Card. Martini.

1. Conversión: optar por Jesús para ser enviado

Convertirse es salir de uno mismo y decidirse por Dios. Se trata de una opción por un cambio radical en el modo de pensar y de vivir. Es aceptar con sinceridad y coherencia a Dios como Padre y creer en la posibilidad de realizar aquel «algo más» anunciado y practicado por Jesús; aceptar la llamada a trabajar por los demás con generosidad para que también ellos puedan creer en ese «algo más» y lo vivan (Cf. Lc 6, 20-36). De esa manera se descubrirá que convertirse en hijo de Dios y hermano de los demás es ya un signo de la gracia del Reino que Dios hace brotar entre nosotros.

Convertirse, por tanto, es liberarse de todo lo que condiciona la existencia para entrar en un proceso de crecimiento y madurez. La fe, raíz de la conversión, consiste en creer que es posible lo que parecía imposible (Cf. Lc 18,27), gracias al amor de Dios que quiere la salvación del hombre (Cf. 1 Tim 2, 4).

La conversión siempre es el primer paso que da el discípulo para estar dispuesto a ser enviado. Esa fue la experiencia de los primeros discípulos, y sigue siendo la exigencia para la Comunidad creyente: "la Iglesia siempre tiene necesidad de ser evangelizada, si quiere conservar su frescor, su impulso y su fuerza para anunciar el evangelio... la Iglesia que se evangeliza, a través de una conversión y una renovación constantes, para evangelizar al mundo de manera creíble" (EN 15).

Cuando no estoy dispuesto a la conversión se rompe la posibilidad de que el Evangelio fluya a través de mí. La actitud de conversión se manifiesta en que se mantiene la puerta abierta, disponible para Jesús: "¿Qué debemos hacer?" (Hch 2,37): ¿Qué debo hacer, Señor?

Es indispensable la actitud de cambio porque el Espíritu actúa en nosotros la conversión como una nueva creación que supera nuestras expectativas y posibilidades: "Pues, por gracia de Dios han sido salvados, por medio de la fe. Ustedes no tienen mérito en este asunto: es un don de Dios...Lo que somos es obra de Dios: él nos ha creado en Cristo Jesús..." (Ef 2, 8.10).

Convertirse es pedir a Jesús que nos dé todo lo que nos falta, porque se tiene la conciencia de las propias carencias, tan fundamentales que sólo El puede saciar: "Señor, dame de esa agua..." (Jn 4, 15).

La conversión llena de humildad el corazón, permite decir con verdad: "cuando me siento débil, es entonces cuando soy fuerte" (2 Cor 12, 10). Esa claridad para saberse instrumento de Dios capacita para escuchar el "sígueme" y estar dispuesto y preparado para dejar todo ya todos para caminar tras Él (Cf. Lc 5, 27-28).

Estar dispuesto a la conversión y tener la conciencia de que Dios es el que actúa la salvación, son condiciones necesarias en el seguimiento de Jesús, pero eso no es todo, "falta algo más" (Lc 18, 22): la renuncia total a la herencia terrena.

Para que el discípulo pueda llegar a ser Apóstol del Señor necesita una fe radical. La vocación bautismal es un proceso de conversión del corazón, que se renueva y se profundiza, pero que ya, desde el primer momento, es una opción total por Jesús.

Desde el día de nuestro bautismo la propuesta está realizada, pero existen obstáculos (Cf. Lc 9, 57-62) para que la fe se manifieste radicalmente, y estemos dispuestos a romper ataduras ya dejar atrás todo sin ningún apego.

Eso es lo que Jesús quiere de nosotros: una disponibilidad y entrega total. La vocación misionera la tenemos ofrecida, pero a diario debemos responder. Es un trabajo largo, constante, nunca acabado. Y, el Señor nos amina a la perseverancia pues ha puesto en nuestras manos la misión: "Ustedes son la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, 'con qué se salará?" (Mt 5, 13).

Optar por Jesús no es un momento dulce y emotivo. Optar por Jesús es conversión, son momentos de ruptura (Cf. Mt 10, 37-39). Es un paso cualitativo que hace sufrir, que exige arriesgarse. Es saltar fuera y romper con el lugar donde se encuentra seguridad porque así es el camino por donde el Señor nos pide seguirlo: "Los zorros tienen guaridas y los pájaros del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza" (Mt 8, 20).

La opción es exigente pero voluntaria. Se toma conciencia de lo que nos falta y que sólo con Jesús podemos tener. Cuando aceptamos el proyecto del crucificado sobre nosotros se convierte en alegría. Alegría que llega siempre con la experiencia de la entrega.

La conversión es, entonces, optar por Jesús de manera radical. Estos son los términos del llamamiento para el que quiera ser discípulo: aceptar una maduración por medio del despojo de sí (Cf. Flp 2, 5-8), para que ninguna atadura le impida ser enviado a donde el Señor lo necesite.

2. Seguimiento de Cristo: maduración para la misión

Ser discípulo es estar tras de Jesús, estar con Él. ¿Qué más podría pedir alguien? Sin embargo, no cualquiera lo resiste, siempre hay que estar dispuesto a caminar, a desarraigarse, a convertirse en enviado, como Cristo, para quien los Misterios de la Encarnación y Redención son "un anonadamiento que, no obstante, está impregnado de amor y expresa amor. La misión recorre este mismo camino y tiene su punto de llegada a los pies de la cruz" (RM 88).

La cercanía con Cristo no es fácil. Es una constante propuesta: "si quieres... vete... vende... dalo... y, después, ven y sígueme". El discipulado es un seguimiento que pide sencillez, no llevar cosas de más; al misionero se le pide "renuncia a sí mismo ya todo lo que tuvo hasta entonces ya hacerse todo para todos" (Vat II, AG 24).

Esta renuncia de sí mismo y de todo es la pobreza que lo deja libre para el Evangelio:

"Siendo como soy plenamente libre, me he hecho esclavo de todos, para ganar a todos los que pueda... Me hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles. He tratado de adaptarme lo más posible a todos, para salvar como sea a algunos. y todo eso lo hago por el evangelio, del cual espero participar" (1 Cor 9, 19.22-23).

Mientras maduran su fe, los discípulos son llevados de la mano, Jesús se deja acompañar por los que él llama. Nuestra perseverancia en el seguimiento de Cristo depende de que continuemos nuestra conversión y de que entablemos una relación personal con Él.

"Les he dicho todo esto, para que puedan encontrar la paz en su unión conmigo. En el mundo encontrarán dificultades y tendrán que sufrir, pero tengan ánimo, yo he vencido al mundo" (Jn 16,33).

Debemos aprender a poner toda nuestra confianza en Él, que camina delante de nosotros.

¿Cómo ha llegado a ser mi confianza en Jesús? La confianza es el termómetro de mi maduración como discípulo.

El crecimiento del discípulo se ve en los momentos claves de la vida, cuando hay que confiar. Son etapas cualitativas de fe. La pregunta del Señor es siempre la misma "¿Todavía no tienen fe?" (Mc 4, 40).

Si aflora el miedo y la preocupación excesiva, aún no hemos madurado lo suficiente. Todavía la paz no nos invade porque no hemos caído en la cuenta con quién estamos caminando. Nunca estamos solos ni desamparados. El Señor nunca nos deja, de forma especial en los momentos difíciles y oscuros.

"No se vende un par de pájaros por muy poco dinero? Y sin embargo ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. No teman, pues ustedes valen más que todos los pájaros" (Mt 10, 29-31).

La confianza echa fuera el miedo. El miedo y la confianza no viven juntos.

Así, el discípulo que ama supera el miedo al esfuerzo y a los retos. Se inicia en la experiencia de sentirse seguro aunque humanamente no tiene razones para ello. Su sostén es el Señor:

"Antes de la madrugada, Jesús se acercó a ellos caminando sobre el lago. Los discípulos, al verlo caminar sobre el lago, se asustaron y decían: -'Es un fantasma'. Y se pusieron a gritar de miedo. Pero Jesús les dijo en seguida: - iÁnimo! Soy yo, no teman'. Pedro le respondió: -'Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas'. Jesús le dijo: -'Ven'. Pedro saltó de la barca y, caminando sobre las aguas, iba hacia Jesús. Pero al sentir la violencia del viento se asustó y, como empezaba a hundirse, gritó: -'¡Señor, sálvame!' Jesús le tendió la mano, lo levantó y le dijo: -Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?"' (Mt 14, 25-31).

El Señor nos prepara a cada uno de manera diferente, pero siempre con el mismo propósito de confiarnos su misión. Con creces, nos devuelve la confianza.

3. La Profesión de fe: inicio del testimonio de lo que se cree y se vive

El que tiene una buena noticia, un hecho que lo llena de entusiasmo, ansía comunicarlo a los demás.

La profesión de fe es expresión de que la primera opción ha evolucionado hacia una verdadera elección de vida. Hacia una forma de ser paciente, perseverante y llena de esperanza para enfrentar los problemas.

Así, evangelizar querrá decir, para un enviado a nuestra sociedad, enseñar a leer, en el "silencio" de unos signos y acontecimientos pobres, la presencia y la cercanía de Dios. Pero, el apóstol que no pudiera presentar la propia experiencia de Cristo en su forma de vivir, decepcionaría a quienes buscan a Dios.

El Apóstol es el que pone a los demás en contacto con Jesús. Todo lo que hace lo hace en nombre de Jesús. Lo propio del enviado, del misionero, es poner a los demás en contacto con la fuente que lo llenó de alegría (Cf. Hch 2,32). Nuestra sociedad, por sus especiales características, necesita ver y encontrar personalmente testigos vivenciales de la presencia de Dios. Estos testigos, por su rica sensibilidad -que es obra de la gracia son portadores de una experiencia de encuentro con Cristo resucitado (Cf. EN 76).

"El hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros; cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y en los hechos que en las teorías. El testimonio de vida cristiana es la primera e insustituible forma de la misión: Cristo, de cuya misión somos continuadores, es el «Testigo» por excelencia" (Ap 1, 5; 3, 14; RM 42).

Anunciar el Evangelio es una necesidad para el que es elegido apóstol. La presencia que ha cambiado su vida le urge interiormente a comunicarla: "...anunciar el Evangelio no es para mí un motivo de gloria; es una obligación que tengo, ¡Y pobre de mí si no anunciara el Evangelio!" (1 Cor 9, 16).

El discípulo que da el paso exigente de aceptar la misión de Cristo como propia, realiza su profesión de fe e inicia su camino de apóstol (Cf. Mc 8, 29; Jn 21, 15-18).

4. Las acciones de los Enviados, frutos del Espíritu

Antes de anunciar el Evangelio al mundo, los discípulos de Jesús tendrán que abandonarse a! poder de Dios, que sostiene su debilidad. El Espíritu del Resucitado que se derramará sobre ellos los hará testigos de la vida y de la resurrección de Jesús. Sin esta entrega incondicional al Espíritu, pobres como eran, nunca habrían podido estar a la altura de la misión que se les había encomendado.

Sólo dejándose inundar por la fuerza del Espíritu podrán comprender el proyecto de Dios que se va realizando en la historia, podrán asimilarlo y dar testimonio de él. El mismo Espíritu que resplandece en la existencia gloriosa de Jesús se derramará sobre los apóstoles. Con su fuerza divina, llegará también a través de sus obras hasta los hombres, para que el Reino de Dios sea fermento de renovación y de transformación de la historia.

Esta es la promesa de Jesús: "El Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien les enseñe todo y les vaya recordando todo lo que les he dicho" (Jn 14, 26); "Cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, recibirán fuerza para ser mis testigos" (Hch 1, 8).

Y, Pentecostés llega (Cf. Hch 2, 2-4) provocando los frutos que Jesús había prometido: los discípulos son capacitados como testigos del poder de Dios y de la fuerza de su Amor que une lo disperso.

Comienzan los Apóstoles a realizar las obras de Jesús, y todos están sorprendidos. Humanamente siguen siendo pobres hombres: "No tengo plata ni oro" (Cf. Hch 3, 2-8), sin embargo, actúan en "nombre de Jesús" y se manifiesta a través de ellos la fuerza del Espíritu de Dios: "Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Jefes del pueblo y ancianos de Israel, hoy ha quedado sano un hombre enfermo, y nos preguntan en nombre de quién se ha realizado esta curación; pues sepan todos ustedes y todo el pueblo de Israel que este hombre aparece sano ante ustedes en virtud del nombre de Jesucristo Nazareno, a quienes ustedes crucificaron, ya quien Dios ha resucitado de entre los muertos..." (Hch 4, 8-10).

Los discípulos saben que no actúan por su cuenta. Escuchando la voz del Espíritu, 10$ apóstoles toman conciencia de que, con ellos, se han inaugurado tiempos nuevos, una Comunidad en camino, a quien el Espíritu apremia a renovarse incesantemente, para que no deje de ser semilla del Reino.

Dios escogió para el Hijo el camino de la debilidad y de la humillación; para su Iglesia escoge hombres pobres, frágiles, humildes. Pero la presencia de Cristo y de su Espíritu, convierte a estos hombres en una comunidad unida por el amor, y valerosa en el testimonio. San Pablo escribe a los Corintios: "...tengan en cuenta quiénes han sido llamados, pues no hay entre ustedes muchos sabios según los criterios del mundo, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. Al contrarío, Dios ha elegido lo que el mundo considera necio para confundir a los sabios; ha elegido /o que el mundo considera débil para confundir a los fuertes; ha elegido lo vil, lo despreciable, 10 que no es nada a los ojos del mundo para aniquilar a quienes creen que son algo" (1 Cor 1, 26-28).

Nuestra fuerza no nace de nosotros, podemos ser testigos porque somos enviados y el Espíritu va con nosotros.

Así, en nombre de Jesús, en fidelidad a la vocación recibida, sembremos la Palabra con la vida. El Espíritu nos permitirá comprender el tiempo de Dios para que la semilla germine, dar testimonio de Jesús vivo y confiar en su acción siempre eficaz.

Todo lo que realiza el apóstol en favor del evangelio es fruto del Espíritu: "Ni siquiera somos capaces de pensar que algo procede de nosotros, sino que nuestra capacidad procede de Dios, el cual nos ha capacitado para ser ministros de una alianza nueva, basada no en la letra de la ley, sino en la fuerza del espíritu..." (2 Cor 3, 5-6).

PARA PROFUNDIZAR

"Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes, y se las has dado a conocer a los sencillos. Si Padre, así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y al Padre lo conoce sólo el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y prendan de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus vidas. Porque mí yugo es suave y mi carga ligera" (Mt 11, 25-30).

    1. ¿En qué necesito convertirme para ser mejor instrumento del Espíritu de Jesús?
    2. En mi caminar diario, ¿necesito reavivar mi confianza en Cristo?
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