PRIMERA
PARTE. NUESTRO CAMINO DE RENOVACIÓN PASTORAL
1.
Hermanas y hermanos en Jesucristo el Señor, les anuncio con gran
alegría que la semilla de la Misión 2000 ha comenzado
a brotar. Sus retoños crecen y se palpan en el campo de toda
la Arquidiócesis.
I.
Los frutos del tiempo de preparación y de la Misión Intensiva
2.
Después de la preparación de la misión, con la
etapa intensiva hemos enfatizado el momento kerigmático del proceso
evangelizador, guía para la renovación pastoral de nuestra
Arquidiócesis. Ha sido una experiencia de conjunto, con la que
hemos llegado a un pequeño grupo de hermanas y hermanos, sin
embargo habremos de seguir avanzando en la extensión del anuncio
de la salvación a cada vez más amplios sectores de la
comunidad, hasta alcanzar a los más alejados en sus diversos
territorios y ambientes.
3.
He podido valorar más de cerca nuestra marcha, por medio de la
visita pastoral canónica, auxiliado por los Decanos, mis Vicarios
territoriales y mis Vicarios sectoriales, de agentes y de acciones pastorales,
en tres momentos sucesivos. Asimismo por medio de los trabajos de la
VI Asamblea Diocesana en su preparación y realización.
4.
Una de las estrategias misioneras que más resultados ha obtenido
ha sido la integración de los equipos misioneros. Casi todos
los decanatos y muchas parroquias cuentan ya con un equipo. Los equipos
misioneros decanales han sido un impulso y una oportunidad de compartir
experiencias. En un buen número de parroquias se han sectorizado
los territorios y se ha realizado la visita a los domicilios para anunciar
el kerigma; en muchas otras se han formado ya comunidades menores que
están avanzando en la profundización de los pregones,
en la reiniciación cristiana y en la consolidación de
estas comunidades. Hay una gran diversidad de ritmos y de compromisos.
5.
La corresponsabilidad entre laicos y sacerdotes está dando sus
primeros pasos. La apertura entre parroquias para ayudarse y colaborar
en el proceso misionero se va afianzando. He podido constatar que cada
vez más parroquias y rectorías comienzan a sumarse a la
marcha inaplazable de esta Arquidiócesis por el camino de la
renovación en sus métodos pastorales.
6.
Numerosas comunidades de vida consagrada, femeninas y masculinas, también
se van interesando por el proceso misionero en el que estamos comprometidos.
7.
A lo largo del camino hemos tenido algunas señales, a manera
de rayos intensos de luz, que nos han permitido redescubrir: el potencial
de los decanatos, como ámbitos de animación pastoral;
la importancia de los laicos, que reclama ser desarrollada y encauzada;
la urgencia de su formación en los diversos ámbitos en
los que se desarrollan, para propiciar su entrega personal a la causa
de Jesucristo.
8.
No me queda la menor duda de que una de las fuerzas presentes y futuras
de esta Iglesia Particular radica en la integración de los laicos
al compromiso evangelizador. En mi contacto con los equipos misioneros
y con los grupos, movimientos y organizaciones laicales, he percibido
una mezcla de entusiasmo e impaciencia propia de quienes se sienten
convocados y experimentan el impulso de cumplir con su encomienda.
9.
Mi ordenamiento fundamental para el año 2001 es el de la continuidad
del proceso evangelizador que hemos emprendido con sentido misionero,
dentro de una más vigorosa pastoral de conjunto que oriente las
exigencias de la conversión y los cambios exigidos a todos, tanto
a las personas como a las estructuras.
10.
Lo más valioso del momento que vivimos no son sólo los
logros pastorales, sino también la iluminación en el discernimiento.
Vamos descubriendo el rostro de nuestra Iglesia animada por el Espíritu
divino, con su riqueza en personas, carismas, ministerios y dones materiales,
que ofrecen amplias posibilidades para ser fermento evangélico
en el corazón de las culturas que conforman esta gran urbe.
11.
La decisión de extender nuestra acción pastoral más
allá de los dinteles de los templos no la consideramos cumplida
con la mera acción mecánica de salir, sino de salir con
una intención evangelizadora y misionera, convencidos de que
sólo una Iglesia peregrina, que con su vida da testimonio del
Señor Resucitado, puede acompañar a esta ciudad en la
movilidad que la caracteriza.
12.
Hemos podido vivir y comprobar con muchos hermanos que el ser misioneros
no nos pide ante todo saber muchas cosas, sino ser amigos, discípulos,
testigos, y apóstoles de Jesús. El llamado que el Señor
nos hace en este momento es a profundizar nuestra conversión
personal y comunitaria. El cambio interior vivido en comunidad nos transformará
para poder seguir por los caminos del Espíritu.
13.
Por su presencia que nos apremia con amor, doy gracias a Dios, Padre
de nuestro Señor Jesucristo y Padre nuestro, y los invito a unirse
en la acción de gracias, por los dones que su Espíritu
ha derramado sobre nosotros especialmente por el año jubilar
2000.
Padre
Bueno, te damos gracias porque estás entregándonos los
dones que necesitamos para renovarnos como Iglesia; en verdad somos
la casa que tú edificas.
Nos
has dejado oír tu voz en tu Hijo muy amado, en las necesidades
de la Ciudad, y en los anhelos de todos los que la habitan.
Jesucristo
vive entre nosotros y nos recuerda tus deseos: quieres que seamos una
casa siempre abierta para recibir a cada uno y nos quieres dispuestos
a salir al encuentro de todos.
Delante
de las exigencias de la Misión nuestras fuerzas no alcanzan.
Gracias porque nos has permitido ver nuestras limitaciones y lo necesitados
que estamos de convertimos para ser tus misioneros.
Estás
infundiendo en nuestros corazones tu Espíritu divino, que nos
hace vivir la alegría de haber sido escogidos para testimoniar
la Buena Noticia; tu Hijo es la Buena Noticia que alegra nuestro corazón,
rostro humano de Dios y rostro divino del hombre.
Este
mismo Espíritu no ha dejado de trabajar entre nosotros: ha hecho
crecer el hambre de una verdadera comunión eclesal y nos ha descubierto
que la caridad es la primera forma de evangelizar.
Nos
regalas la actitud maternal de María de Guadalupe para con todos,
especialmente para con los más humildes y sencillos. Este ejemplo
de amor llama a nuestras comunidades a transformarse en lugares fraternos,
que comuniquen misericordia y esperanza.
Gracias
por el testimonio de tu humilde sierva María. Gracias por el
testimonio de los más humildes: su sencillez y entrega son una
lección silenciosa que estarnos recibiendo, para colaborar generosamente
en la transmisión de tu Evangelio, de modo que el mundo crea
y por Ti sea salvado. La voz de tu Hijo está resonando con fuerza
para que no temamos los retos:
"En
el mundo encontrarán dificultades y tendrán que sufrir,
pero tengan ánimo, yo he vencido al mundo" (Jn 16,33).
Gracias,
Padre, por llamamos hoy a ser tu luz en nuestra Ciudad.
II.
La Misión, nuestra tarea permanente de Iglesia
14.
Desde que asumí la responsabilidad de esta Arquidiócesis
he caminado, estrechamente acompañado por mis más cercanos
colaboradores, con la convicción de que "para el creyente,
en singular, lo mismo que para toda la Iglesia, la causa misionera debe
ser la primera" (RM 86).
15.
Dios nos ha dado la fuerza para no flaquear ante la complejidad de los
problemas que se conjuntan en esta ciudad y buscar, desde nuestro campo
propio, una respuesta a ellos de una manera organizada y eficaz. Porque
"si se mira superficialmente nuestro mundo, impresionan no pocos
hechos negativos que pueden llevar al pesimismo" (lb.), pero somos
hombres de fe y confiamos en Dios, Padre y Señor, en su bondad
y misericordia.
16.
El reto al que tenemos que responder ahora es la continuidad y consolidación
del compromiso evangelizador que hemos impulsado con la Misión
2000 y que estamos decididos a declarar como la forma habitual de llevar
a cabo los trabajos pastorales en esta porción de la Iglesia.
17.
Con el Papa Juan Pablo II afirmamos que "La esperanza cristiana
nos sostiene en nuestro compromiso a fondo para la nueva evangelización
y para la misión universal. Hemos de fomentar en nosotros el
afán apostólico por transmitir a los demás la luz
y la gloria de la fe, y para este ideal debemos educar a todo el Pueblo
de Dios" (lb.).
18.
En la VI Asamblea Diocesana, sobre todo en el trabajo de las Vicarías,
fue ratificada la constatación de que el camino misionero que
hemos emprendido es el correcto y que, como apenas comienza a calar,
es necesario mantenerlo y cultivarlo con la colaboración de todos:
de los decanatos, los equipos misioneros, las comunidades y los grupos
organizados, bajo el cuidado atento de los Vicarios Episcopales.
19.
En efecto, se hizo evidente que el proceso evangelizador necesita que
se sumen a él todas las fuerzas apostólicas de la Arquidiócesis,
siendo el decanato la instancia operativa clave de todo el proceso.
III.
Por qué la Misión 2000 no puede terminar con el año
jubilar
20.
La Iglesia existe para evangelizar (EN 14). Desde sus orígenes
ha tenido la conciencia de haber recibido una misión; ésta
le ha inspirado los más variados proyectos evangelizadores en
su historia bimilenaria. La misión es la razón de ser
de la Iglesia.
21.
La Iglesia es consciente de su misión hacia los no creyentes
(ad gentes), y de sus responsabilidades consigo misma, comprometiéndose
en la Nueva Evangelización o evangelización de los ya
bautizados.
22.
Misionar es la razón de ser de esta Iglesia particular en la
Ciudad de México. Sabemos que hoy es urgente relanzar en esta
ciudad la misión fundamental que Cristo le confió a la
Iglesia, armonizando e impulsando la fecunda variedad de carismas.
23.
Evangelizar las culturas que conforman la ciudad capital es una tarea
difícil que sólo será posible cumplir con proyectos
de largo alcance que tengan consistencia y continuidad que aúnen
personas y complementen capacidades, en una sinergia cada vez vigorosa.
El reto es grande: llevar el evangelio a la realidad urbana no de una
manera decorativa, como un barniz superficial, sino de manera vital,
en profundidad y hasta sus mismas raíces (EN 20).
24.
En el II Sínodo Diocesano y en muchos otros signos, a lo largo
de estos últimos años, redescubrimos que la dimensión
misionera es la voluntad de Dios para la Pastoral de esta Arquidiócesis,
y lo hemos plasmado en el proyecto que llamamos Misión 2000.
25.
"Casi cinco años han transcurrido de afanosa y esperanzada
búsqueda de la voluntad actual del Señor para esta Iglesia
local, desde el anuncio de mi deseo de realizar un Sínodo diocesano
... El Señor ha sido misericordioso con nosotros y nos ha manifestado
su voluntad que se nos revela en el Decreto General" (ECUCIM 4588-4589),
afirmó el Card. Corripio en la entrega de ese documento, éste
es "como el gran marco de referencia de nuestro quehacer pastoral,
que habremos de realizar, poniendo en práctica variados programas
que vayan respondiendo con oportunidad y eficacia al ritmo de nuestro
caminar" (Ib.4593).
26.
Desechemos, pues, el temor y adentrémonos por el camino que el
Señor nos señala, consolidando el crecimiento de la capacidad
misionera de los agentes, en cada una de nuestras comunidades y en nuestra
organización pastoral.
27.
Recordemos además que la misión de la Iglesia no consiste
únicamente en anunciar el mensaje de la fe, sino también
en ofrecer el servicio de la caridad y ser continuadora de la praxis
transformadora de Jesús. La Iglesia ha entendido que su misión,
como servicio de la caridad, se manifiesta en un compromiso por la justicia,
la paz, los derechos humanos, la comunión y la solidaridad.